Meditación 4

21 07 2012

CUARTA MEDITACIÓN/ EL ARTE DE LA CURACIÓN

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Ya hemos adquirido una rutina. Vamos a meditar. Hacemos los preparativos con el corazón alegre. Nos sentamos o tumbamos cómodamente. Cerramos los ojos, respiramos con calma. Hacemos el recorrido por nuestro cuerpo relajando cada músculo, cada órgano.

 

Ahora nos disponemos a visualizar un nuevo objetivo. Necesitamos curarnos de nuestros achaques, enfrentarnos a la enfermedad. Somos conscientes de que cuando nuestro coche no funciona bien lo llevamos al taller. Vamos a hacer lo mismo con nuestro cuerpo.

 

El taller está en plena naturaleza. Hemos elegido una playa, una montaña, una llanura, un mar en calma, cualquier paisaje que nos guste y nos relaje puede servirnos. Caminamos sin prisas y de pronto observamos una especie de nave transparente. Es el taller de nuestro cuerpo. Nos acercamos con curiosidad y en la entrada leemos las instrucciones. Es un autoservicio. No hay nadie. Solo tenemos que ir cumpliendo las instrucciones paso a paso y nuestro cuerpo-vehículo se autoreparará.

 

Podríamos llamar en nuestra ayuda a los mecánicos, los ángeles, los maestros cósmicos, los budas, o como queramos llamarlos. Son nuestros hermanos más evolucionados espiritualmente y siempre dispuestos a echarnos una mano. Pero aún no tenemos bastante confianza en ellos, aún no somos capaces de percibirlos, así que nos conformamos con autorepararnos.

 

Nos situamos en una especie de máquina de diagnóstico. Observamos en el monitor cómo está nuestro cuerpo físico. Vemos el discurrir de la energía por los canales o nadis, la sangre fluyendo por arterias y venas, el oxígeno entrando en nuestros pulmones. Observamos los bloqueos de energía. Un obstáculo en su camino hace que la energía no fluya. Es la parte de nuestro cuerpo que nos está molestando, que está enferma.

 

La enfermedad no es otra cosa que un bloqueo de la energía. Se produce por la mala alimentación, por emociones y pensamientos negativos, por el estrés y el mal humor, por una vida desequilibrada. Ahora que somos conscientes de dónde está la enfermedad, pasamos a otra sección. Nos situamos bajo una especie de cúpula abierta. Las instrucciones dicen que debemos separar los pies, abrir los brazos con las palmas de las manos al frente. Nos ponemos en posición. Ahora nos damos cuenta de que la postura que hemos adoptado se parece a la clásica imagen de Leonardo Da Vinci.

 

Las instrucciones dicen que debemos abrirnos al universo, de ahí la postura, una postura abierta, receptiva, no cruzamos los brazos sobre nuestro pecho, una postura cerrada y defensiva, no unimos las manos y los pies, para cerrar un circuito defensivo de energía, nos abrimos a todo y a todos.

 

 

 

Ahora nos recogemos y con humildad iniciamos una oración. No es preciso ser creyente para ello. Nos dirigimos a la Totalidad, a la divinidad, al universo y la mente que lo rige. Desde nuestro interior, que está en contacto con todo y con todos, como ya hemos visto en la anterior meditación, suplicamos humildemente la curación, para nosotros y para todos. No podemos pensar solo en nosotros, desear lo mejor solo para nosotros, ya sabemos que estamos unidos a todos. Cualquier oración que implore de forma egoísta nuestro bienestar  a costa del sufrimiento ajeno será desatendida. Por eso imploramos por todos y siguiendo las instrucciones abrimos aún más nuestros brazos y alzamos la mirada hacia lo alto. Vemos bajar un chorro de energía que se une a la energía que brota de nuestra cabeza. El color es el más adecuado para la terapia curativa que estamos haciendo. Dejemos que sea el chorro de energía que baja desde lo más alto, desde el sol, desde el centro del universo, el que elija el color.

 

Nosotros dejamos que nos empape. Adoptamos una postura abierta, pasiva, alegre. Visualizamos cómo el chorro de energía luminosa baña nuestro cuerpo, se infiltra en su interior y se une a los puntos de luz de nuestros órganos. Vemos cómo la energía se centra en las partes de nuestro cuerpo enfermas y pasivamente dejamos hacer.

 

Agradecemos en silencio la curación y enviamos pensamientos de amor hacia todo y hacia todos. Damos lo que recibimos y entregamos lo que nos es dado. Esa es la ley cósmica.

 

En un momento determinado el chorro de energía se va atenuando hasta desaparecer. En silencio enviamos palabras de agradecimiento hacia todo y hacia todos. Hemos recibido y estamos dispuestos a dar. Cruzamos las palmas de las manos sobre nuestro pecho e inclinamos la cabeza en un saludo budista. Con calma salimos del taller y regresamos caminando.

 

No sabemos el tiempo que ha transcurrido. Hemos estado en meditación profunda, regenerando nuestro cuerpo físico y recibiendo las lecciones que necesitamos para curar o prevenir la enfermedad. Somos conscientes de que no podemos pedir la curación y seguir viviendo como antes. No podemos cortarnos con un cuchillo y luego acudir al taller para que nos reparen. No podemos echar agua en la gasolina, estropear el motor y luego creer que en el taller lo repararán todo. En algún momento el motor fallará y moriremos, llevarán nuestro vehículo-cuerpo al desguace. Nos prometemos estar atentos a los avisos que recibamos de nuestro cuerpo. Si es preciso cambiar de vida lo haremos.

 

Seguimos caminando y de pronto nos encontramos en el lugar elegido para la meditación. Despertamos moviendo manos y piernas, desperezando el resto del cuerpo. Abrimos los ojos y nos levantamos. Nos hacemos conscientes de cómo está nuestro cuerpo. Puede que tengamos que regresar más veces al taller. Es posible que la avería sea grave o muy grave. Una sesión no es suficiente. Mañana volveremos al taller y pasado, cuantas veces sean necesarias. Si lo hacemos bien habrá efectos. Si éstos no se producen reflexionaremos sobre lo que estamos haciendo mal. Tal vez tenemos una úlcera y seguimos atracándonos de comida. Es imposible curarse así. Si hay que cambiar algo en nuestras vidas lo haremos.

 

Que la paz profunda

 

 

esté con todos vosotros.

 

 

 

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