Experimentos mentales para incrédulos II

17 09 2012

EXPERIMENTOS MENTALES PARA INCRÉDULOS-SEGUNDA ENTREGA

cien metros
No se desesperen si no han logrado el éxito con el primer experimento. ¿Qué pensarían de quien les obligara a hacer los cien metros en 9 segundos y encima al primer intento? Que está loco. Un atleta no nace, se hace con el tiempo y duro entrenamiento. Y sin embargo en los temas mentales actuamos con ese surrealismo de los hermanos Marx de pretender que los experimentos mentales salgan al primer intento o abandonamos, que los poderes mentales se muestren chasqueando los dedos o no existen. No seamos surrealistas, si el cuerpo necesita entrenamiento, la mente igual o aún más, mucho más, puesto que está bastante más desentrenada del cuerpo, al que manejamos todos los días, en cambio usamos la mente una vez al año, para que no haga daño.

Sigan experimentando con el primer experimento que les he propuesto y pasen al segundo, que es complementario y coadyuvante, digámoslo así, del primero.

SEGUNDO EXPERIMENTO

Seguimos en el mismo entorno, un lugar pública, cerrado o abierto, con mucha gente desconocida para nosotros que pulula por allí, a sus cosas, sin sentir la menor curiosidad por nosotros que nos mantenemos relajados, sin hacer nada que llame la atención y procurando no mirar con fijeza a nadie. Intentamos pasar desapercibidos, somos anónimos y nos gusta. Ahora prepárense para transformarse de sujetos activos, como en el primer experimento, a sujetos pasivos. No vamos a pensar en nadie, ni a mirar con fijeza su nuca, ni a mirar a nadie con deseo, sexual o no, ni a dejarnos llevar por el raca-raca mental de nuestras ideas fijas, siempre centradas en nuestros problemas. Estamos vacíos, somos el vacío, estamos tranquilos y relajados, no buscamos nada, no esperamos nada.

Estemos atentos a una sensación específica y concreta y solo a ella. Esta sensación es la siguiente: ligero cosquilleo en la nuca, un cierto malestar indefinible, la sensación de que alguien nos está mirando con fijeza o pensando en nosotros con intensidad desusada.

Bien, tranquilos, no volvamos la cabeza con rapidez, buscando al infractor. No empecemos a ponernos nerviosos y lo mostremos de mil maneras, moviendo un pie, luego el otro, cambiando de posición, moviendo la cabeza, moviendo las manos, pasándonos los dedos por los ojos, sudando y trasegando saliva, en fin todo lo que hacemos cuando nos ponemos muy nerviosos. Si hacemos esos quien nos está mirando con fijeza o pensando en nosotros con intensidad se dará cuenta, porque ha establecido un vínculo mental con nuestra mente y percibe lo que nosotros pensamos y sentimos. Todo esto lo analizaremos con detalle en las cartas de Milarepa sobre la vinculación en la sección “Escuela espiritualista” que comenzaré a subir este otoño.

Permanezcamos tranquilos, mirando donde mirábamos antes, adoptando la pose más natural y permanezcamos atentos a la sensación. Si es muy intensa, muy molesta, es probable que la mirada del otro esté clavada en nosotros, que su pensamiento, por el motivo que sea, sea un vampiro que nos chupa la sangre desde la yugular del cuello. Lo que menos deseamos es asustar al vampiro, al contrario, queremos que se sienta tranquilo, sin esperar ninguna reacción extraña por nuestra parte. Cuando pensemos que lo hemos conseguido y que seguramente pillaremos por sorpresa al “infractor”, moveremos la cabeza con suavidad, sin prisa, sin la menor brusquedad, con naturalidad, como si buscáramos a alguien o algo hubiera atraído nuestra atención. Entonces nos dejamos llevar por esa sensación y al girar en panorámica nuestros ojos sin duda descubriremos a alguien que aparta con rapidez la mirada de nosotros, que se pone nervioso, como si hubiera sido atrapado “in fraganti”. Los gestos de esa persona serán inconfundibles. A mí no me engañas, pensaremos, y con razón. Nada más sencillo que darse cuenta de si alguien nos ha estado mirando con fijeza o pensando con intensidad en nuestra persona. En cuanto crea haber sido descubierto se pondrá tan nervioso como si le hubiéramos atrapado practicando sexo con nuestra pareja, poniéndonos los cuernos. Sí, aunque la metáfora resulte chocante y divertida, el descubrimiento del pensamiento del otro es muy, pero que muy parecido a sorprender al prójimo en la intimidad más íntima, que todos conocemos bien, por lo que no voy a describir todos los supuestos.

No hagamos como que le hemos descubierto, no le pongamos más nerviosos, con naturalidad seguimos el movimiento de nuestra cabeza y nos fijamos en cualquier cosa que hubiera podido atraer nuestra atención antes de darnos cuenta de que nos estaban mirando con fijeza. Una vez que hemos logrado el primer éxito, no lo repitamos a continuación ni ese mismo día, concedámonos tiempo. Si repetimos este experimento con naturalidad cada cierto tiempo, cuando nos sintamos sensibles, cuando nos apetezca volver a hacerlo, iremos adquiriendo una sorprendente facilidad para “atrapar o sorprender” al prójimo. Es posible que nos equivoquemos muchas veces, especialmente si nos fiamos demasiado de nuestros sentidos y de nuestra razón, si no hacemos más caso a ese cosquilleo en la nuca, a ese extraño malestar corporal que nos invade, que a la lógica racional que nos dice, pues me parece que alguien me está mirando fíjamente, pues creo que sí, que no me equivoco. Entonces casi siempre nos equivocamos.

Cuando pasemos de la incredulidad a la sorpresa y de ésta a la reflexión y de ésta a la experimentación concienzuda, y de ésta al convencimiento progresivo y de éste a la certeza, entonces nos daremos cuenta de que nuestra vida comienza a cambiar. Entonces nos plantearemos con seriedad la posibilidad de que el dicho oriental, budista, de yoga mental, que dice que al menos UN TERCIO DE NUESTROS PENSAMIENTOS NO SON NUESTROS, SINO DEL PRÓJIMO O PRÓXIMO, no es ninguna tontería y eso nos llevará a reflexionar sobre la causa y procedencia de nuestros pensamientos. Toda una revolución en nuestras vidas.

En el próximo experimento trataremos con la intoxicación mental, con el envenenamiento mental, y nos daremos cuenta de lo tontos que fuimos no apercibiéndonos de los claros síntomas de esa enfermedad, cuando la intoxicación o envenenamiento físico, alimentario, es tan evidente que nadie lo negaría. Hemos descuidado la mente, ha llegado el momento de ser conscientes de cómo funciona y de lo que “tragamos” todos los días. Un saludo.

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