Meditaciones para no iniciados V (La mochila del Karma)

12 10 2012

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MEDITACIONES PARA NO INICIADOS V

LA MOCHILA DEL KARMA

Como siempre, vamos a buscar un lugar adecuado y a relajarnos, antes de comenzar esta nueva meditación. Con el tiempo llegará a ser algo tan placentero como unas horas en una hermosa playa, pero antes deberemos de practicar y trabajar duro. Nada en la vida es sencillo y la meditación es la llave que nos abre el maravilloso cofre de la vida. Quienes no tengan práctica en la relajación deberán buscar un método sencillo y acostumbrarse a practicarla diariamente, al menos diez minutos, que luego podrán incluir en el tiempo diario de sus meditaciones, como un todo.

Una vez relajados podemos entonar algún sonido vocal para buscar una vibración más alta y adecuada al periodo de meditación que estamos iniciando. El sonido OM, el mantra de la totalidad, es perfecto.
La visualización previa a la meditación propiamente dicha es muy conveniente para practicantes no iniciados. Un verdadero iniciado puede caer en trances meditativos en cualquier lugar y en cualquier momento, estar el tiempo necesario y alcanzar grandes logros espirituales y lecciones prácticas para la vida. Nosotros, como aún no estamos iniciados en este maravilloso arte espiritual, deberemos apoyarnos en cuantas muletas nos ayuden a caminar. La visualización es perfecta para centrar la meditación en un tema que nos hayamos propuesto tratar con nuestro ser interno.

Hoy vamos a visualizarnos de tal manera que logremos hacernos una idea bastante aceptable de lo que es el karma. Luego, al salir de la meditación, seguramente alcanzaremos lecciones más profundas y maravillosas.
Nos visualizamos en un valle. Miramos al suelo y está verde, una hierba suave, mecida por la brisa. Miramos al cielo y está despejado, azul, luminoso hasta cegarnos. Nos disponemos a trepar una alta montaña. Miramos hacia ella y nos parece enorme. Nos llevará muchas horas, incluso días ascender por su ladera hasta la cumbre. No nos preocupa porque no tenemos prisa en llegar.

Trepamos por una ladera suave, alfombrada con hierba verde. Respiramos profundamente y nos disponemos a pasar una maravillosa jornada, disfrutando de las bellezas del camino. Es entonces cuando advertimos que a la espalda llevamos una mochila. Sorprendidos nos desprendemos de ella, la abrimos y miramos en su interior. Vemos piedras, guijarros, de todas las formas y tamaños. Nos preguntamos qué hacen allí y qué hacemos nosotros con una mochila.

No recordamos nada anterior a ese momento. No sabemos quiénes éramos antes, si es que existíamos. Nuestra memoria está bloqueada. Hemos comenzado a existir aquí y ahora.

Antes de continuar ascendiendo nos sentamos un momento en la hierba, para reflexionar. Un recién nacido también desconoce qué era antes de nacer, si era algo, si existía. Su memoria solo llega hasta un determinado momento, y a partir de ahí todo es vacío.

Los niños duermen mucho, se pasan horas durmiendo. Sin embargo no necesitan tanto reposo para el gasto energético que hacen. ¿Qué sucede? Aunque no lo recordemos, aunque nuestra memoria no sea capaz de darnos un solo dato anterior al nacimiento, somos conscientes de que antes de nacer éramos algo. Como ya hemos visto en otra meditación, somos energía, espíritu, alma, o como queramos llamarlo. Recordemos que somos conductores, que el hecho de estar metidos en un vehículo-cuerpo no significa que no seamos independientes de él. Recordemos que un conductor puede salir y entrar de su coche a su gusto. De hecho todos lo hacemos al dormir y en ciertas circunstancias de la vida. Algunos, los más avanzados espiritualmente pueden hacerlo cuando les viene en gana.

Los bebés duermen tanto porque necesitan acostumbrarse al nuevo vehículo-cuerpo. Lo mismo que nosotros, cuando vamos a un concesionario, a comprar un nuevo coche, necesitamos que alguien nos explique su funcionamiento, leer el manual y practicar un poco. Da lo mismo que no seamos novatos y que ya llevemos muchos coches a nuestras espaldas. Cada uno tiene “su truco”, algunos son duros de embrague, de largo recorrido, otros al revés. Algunos tienen un acelerador de corto recorrido y muy suave, otros al contrario. Y en cuanto al motor, la carrocería, los asientos… cada coche es único, a pesar de que todos tengan cuatro ruedas y formas parecidas.

Los bebés se adaptan al nuevo cuerpo poco a poco, por eso duermen tanto, para regresar a la dimensión de la que han venido, donde dominaban las leyes que regían allí. Ahora deben adaptarse al nuevo cuerpo a pesar de haber tenido muchos antes que éste.

No lo recuerdan o más bien nosotros creemos que no lo recuerdan, pero tal vez ellos sepan mucho más de lo que nosotros creemos. Esta reflexión nos ayudará más adelante, cuando analicemos el contenido de la mochila y las piedras que hay en ella.

Digamos que el valle es el nacimiento, que la vida es la montaña que vamos a trepar y que la mochila que llevamos a la espalda, con piedras, es nuestro karma.

¿Qué es el karma? Sería inútil buscar extensas y profundas definiciones. No lo entenderíamos. Mejor seguir con la visualización. Nos basta con saber que el karma tiene mucho que ver con la ley de causa y efecto. Todo efecto tiene una causa y toda causa genera efectos como una gallina pone huevos que incuba y de los que luego nacen pollitos que pían felizmente en el gallinero.

Mientras seguimos trepando nos preguntamos qué significa la mochila y por qué está llena de piedras. Como no recordamos nada anterior al momento de ser conscientes por primera vez de nosotros en el valle, la sensación de la mochila a la espalda se nos hace muy rara.

El peso de las piedras en ella no nos molesta demasiado. Nos sentimos vitales, plenos de energía, capaces de comernos el mundo o la montaña que estamos trepando.

Los bebés nacen a la vida, salvo que padezcan graves enfermedades, con una sorprendente vitalidad. Es como si hubieran recargado a tope su batería. Durante la infancia esa vitalidad apenas decrece. Todos recordamos cómo nos sentíamos cuando éramos niños y todos podemos ver cómo funcionan nuestros hijos pequeños, como si nunca se cansaran. Luego llega la noche y agotados se tumban en sus camitas y se duermen profundamente.

Seguimos trepando la montaña, de pronto desaparece la hierba y aparecen piedrecitas, guijarros, matojos… La ladera se empina más y más. El peso de la mochila se nos hace insufrible por primera vez.
Digamos que el bebé ha pasado por la infancia y ahora acaba de llegar a la adolescencia, un terreno resbaladizo, lleno de guijarros y matojos. Es entonces cuando empieza a preguntarse seriamente por la razón de llevar a la espalda una mochila llena de piedras. ¿A qué viene eso?

El adolescente se caracteriza por buscar respuestas a todas sus preguntas. Como no las encuentra se acostumbra a quedarse con una teoría, la que más le conviene, y a defenderla a sangre y fuego, como si se tratara de su propia personalidad e individualidad. Se habla de la rebeldía como una característica esencial del adolescente. Cierto, la consciencia de la mochila, por primera vez, genera un terrible sentimiento de rebeldía. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Por primera vez el montañero se hace consciente de la terrible injusticia de la vida, de su dificultad, del dolor, de la infelicidad constante que le sigue a todas partes, de la angustia y la desesperación. Si no fuera por la mochila podría trepar con facilidad, detenerse a descansar cuando le pareciera oportuno y seguir disfrutando del paisaje. Pero esa pesadísima mochila nos horroriza. Es algo inhumano. ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto?

Nos detenemos un momento a reflexionar. Sacamos una piedra, la tocamos, la palpamos, miramos su textura, su color… De pronto recordamos. Esa es la piedra que introdujimos en la mochila con nuestro primer trauma. Un bebé se acostumbra a que otros cuiden de él con cariño y ternura. La madre está muy atenta a sus necesidades. Pero aquel día la mamá se despistó o tal vez una llamada telefónica la entretuvo. El bebé solo sabe que tiene un hambre terrible y que sus tripitas están vacías. Por eso hace lo único que ha aprendido hasta el momento: a llorar. Como siguen sin hacerle caso aumenta el llanto y la desesperación. Por un momento cree que le han dejado solo y que se va a morir.

Ese es el recuerdo que le trae esa primera piedra en su mochila. El creía haberla tirado, pero no, sigue ahí. Lo mismo que otra, muy puntiaguda y afilada, que se clava en su espalda al caminar. Es otro trauma. Cuando una amiga visitó a su mamá y comenzaron a hablar, se olvidaron de que él seguía en su cunita. Su madre le comentó a su amiga que no había deseado aquel hijo, fue por pura casualidad, de penalti. A veces cree odiarle porque ha estropeado su vida. La madre no es consciente de que el bebé está percibiendo. De hecho hay mucha gente que cree que el bebé no comprende nada, porque luego, al hacernos adultos no recordamos nada de nuestra etapa de bebé. Sin embargo ello no es así, como comprendemos ahora, al mirar esa piedra en nuestra mochila.

Cada suceso en nuestras vidas que nos marca emocionalmente es una piedra kármica en la mochila. Si la emoción es positiva será karma positivo, si la emoción es negativa será karma negativo. Si nuestras acciones han hecho daño a otros las piedras kármicas que ellos comienzan a llevar en sus mochilas repercutirán en la nuestra antes o después. Es como si las mochilas kármicas de aquellos a quienes hacemos daño y las nuestras estuvieran vinculadas. Lo que no es sorprendente, porque otro día meditaremos sobre la teoría de la vinculación de Milarepa y comprenderemos cómo funciona todo esto. Tenemos deudas con quienes nos han hecho bien, somos acreedores de quienes nos han hecho mal y nuestros pensamientos tienden a solicitar el pago de esa deuda. Incluso cuando nos olvidamos de ella, alguien sigue pendiente de que esa deuda no se olvide. Tal vez sean los dioses del karma o simplemente el efecto boomerang que tienen todos nuestros actos en la dimensión espiritual.

Otro día meditaremos sobre nuestras vidas pasadas. No todas las piedras de nuestra mochila kármica pueden vincularse a un suceso de nuestra vida actual, podemos rastrear algunas de ellas hasta vidas pasadas. Pero eso lo haremos otro día. Hoy vamos a cerrar la meditación. Regresamos al valle, nos sentamos en la postura del loto y entonamos el mantra de la totalidad. Ooommm
Que la paz profunda esté con todos vosotros.

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