CURSILLO DE YOGA VI

15 05 2013

CURSILLO DE YOGA MENTAL

CLASE VI


Un saludo budista.
Hoy hago un especial saludo al compañero que regresa como un guerrero impecable tras su batalla en solitario. Todos los guerreros impecables libramos nuestras batallas en solitario, antes o después podemos encontrar apoyo y comprensión en nuestros hermanos, pero durante la batalla siempre estaremos solos.
Si todo el mundo merece un gran respeto por tener en su interior la chispa divina o alma, un guerrero impecable que regresa de la batalla, malherido y triste, merece nuestro máximo respeto y cariño.
Saludo budista especial.

Como hacemos siempre al comienzo de cada clase vamos a repasar, a recapitular lo que ha sido nuestra semana. Hoy quiero centrarme en los problemas reales. Los enfermos mentales estamos acostumbrados a enfrentarnos con la patología de nuestra enfermedad, con problemas que creemos son siempre “mentales”, producto de nuestra mente y de nuestra imaginación. En realidad tenemos tantos problemas “reales” como mentales, solo que en nuestro caso los problemas reales exigen una respuesta que consideramos no estamos preparados para dar. Además de tener que enfrentarnos con el problema, además de vernos obligados a tomar decisiones, deberemos hacer frente a las consecuencias mentales de esas decisiones. Si las ideas recurrentes y obsesivas nos asaltan cuando no hay problemas reales que nos acucien, cuando éstos se nos suben a la chepa, la intensidad de esas ideas recurrentes puede ser demoledora. No hay mejor forma de enfrentarnos a ellas que tomar decisiones como guerreros impecables, aquí y ahora hacemos lo que tenemos que hacer, y dejamos que lo que no está en nuestra mano quede en otras manos y esas decidan lo mejor para nosotros.
El enfermo mental tiene también otros problemas añadidos. Las personas de nuestro entorno que no nos comprenden muchas veces nos consideran incapacitados para tomar nuestras propias decisiones y creen que si las toman ellos por nosotros nos están ayudando. Salvo que un enfermo mental haya sido declarado incapaz legalmente tiene todo el derecho del mundo a tomar sus propias decisiones y debe hacerlo, salvo que la crisis aguda de su enfermedad le impida ver el problema con objetividad, en ese caso es conveniente que pida ayuda, a un terapeuta, a un amigo, a una persona de confianza. Un enfermo mental está tan capacitado como cualquiera para tomar decisiones, lo único que ocurre es que padece una enfermedad que debe controlar con la terapia y medicación correspondiente o con las técnicas de control mental. Una persona normal tampoco puede salir a dar un paseo cuando los dolores de su enfermedad física son irresistibles, y sin embargo no la consideramos incapaz para tomar decisiones, simplemente hoy, aquí y ahora, no puede hacer ciertas cosas porque su enfermedad se lo impide.

EJERCICIOS DE ENERGETIZACIÓN

Cada día hablaré menos de ellos en estos resúmenes de las clases. Todos vais conociendo cada uno de los ejercicios. Aquí no los podemos hacer todos seguidos porque debemos centrarnos en otras cosas. Por eso es conveniente que los hagáis en casa cuando dispongáis de tiempo. Recordad que la falta de energía es la causa de la mayoría de nuestros problemas mentales.
Cada vez que acude un nuevo participante al grupo hacemos su presentación. Nos dice su nombra, adopta la postura de circuito energético abierto, piernas separadas, palmas de las manos dirigidas al frente y nos cuenta cuál es su enfermedad y qué espera conseguir con este cursillo de yoga.

MANTRAS Y RESPIRACIÓN
Oiremos unos mantras grabados por auténticos monjes tibetanos. Observad la fuerza de la vibración que nos llega. Ahora haremos nosotros unos mantras. Repetiremos el sonido EEEIIIIMMMM que es relajante y nos ayuda a dormir. La meditación de hoy va a ser muy cansada ( no solo nos cansamos al utilizar el cuerpo, también cuando ponemos a trabajar a nuestra menta) por eso es conveniente que la relajación sea más completa y profunda.
Hacemos el manta OOOOOMMMMM para elevar nuestras vibraciones a la dimensión espiritual.
Realizamos unas sencillas respiraciones. El pranayama o control de la respiración tiene sus riesgos, por eso solo haremos los ejercicios más sencillos. Sin un maestro que domine esta técnica mejor es no tentar a la suerte haciendo ejercicios complejos y arriesgados.
Inspiramos y contamos mentalmente hasta cuatro. Retenemos la respiración y contamos hasta cuatro. Expiramos y contamos hasta cuatro. Quien pueda hacerlo lo ideal es que cuenta hasta 10. Diez segundos es ideal para esta respiración. Otro día practicaremos un poco la respiración profunda, cuando estemos preparados. Como siempre os recomiendo hacerlo en casa, tumbados en el suelo y con un libro pesado sobre vuestros ombligos. Si el libro sube y baja con la respiración es que ésta es diafragmática y lo estáis haciendo bien, si el libro se queda quieto es que no lo hacéis bien.

MEDITACIÓN- LA MOCHILA DEL KARMA

Nos hemos relajado como siempre. Hemos llegado a la glándula pineal, en el centro de la cabeza. Nos imaginamos que es una puerta a la dimensión espiritual. Es un rectángulo brillante. Damos un paso y la atravesamos. Ya estamos al otro lado. Es una llanura oscura. Recordamos, como siempre, que aquí no hay espacio ni tiempo. Nos basta con pensar en algo, en imaginar un lugar y allí estamos, en pensar en una persona y estamos a su lado.
Imaginamos esa pantalla de cine, pero esta vez no vamos a visualizar nada en ella. La atravesamos sin miedo, dejándonos llevar por nuestro “yo interno” al que conocimos la semana pasada.
Estamos en un precioso valle rodeado de altas montañas. No sabemos cómo hemos accedido a él porque estamos completamente rodeados de altas montañas. La hierba es verde y fresca, nos invita a echarnos. Lo hacemos. Escuchamos el canto de los pájaros, la suave brisa que mueve las hojas, el susurro del agua fresca del arroyo. El sol está en lo alto, el cielo es azul y luminoso, sentimos un calorcito agradable por todo el cuerpo. La brisa hace que no sea molesto.
Estamos bien, tranquilos, relajados, felices. Nos gustaría permanecer aquí para siempre. Este es nuestro ideal de felicidad. Digamos que el valle es una metáfora de la vida. Nos gustaría que la vida fuera siempre feliz, estar en un valle maravilloso, disfrutando, sin hacer nada. Sin embargo no es así. No sabemos porqué razón, es un misterio. Milarepa nos diría que la vida no es un viaje de placer, es una escuela espiritual a la que venimos a aprender determinadas lecciones. El dolor es el aguijón que nos obliga a movernos, a aprender, en lugar de estar tumbados al sol, sin hacer nada.
Pronto notamos que el aire se hace irrespirable, es tóxico. Necesitamos salir de allí. Como no hay otro camino, comenzamos a trepar por la ladera más cercana. Hasta ahora no nos habíamos apercibido de que llevamos un gran peso a la espalda. Es una mochila que pesa mucho. Subiríamos mejor sin ella, pero no nos podemos librar de su peso.
Pronto sentimos el cansancio, nos pesan las piernas, se nos doblan las rodillas, sudamos, sentimos agujetas. Cada vez es más empinada la ladera, cada vez se nos hace más imprescindible descansar. Encontramos un pequeño saliente y allí nos sentamos.

Echamos mano a la mochila y la quitamos de nuestra espalda. Abrimos la cremallera y miramos en el interior. ¿Qué pesa tanto? Nos llevamos una gran sorpresa cuando vemos que allí solo hay grandes y pesados pedruscos. ¿Cuándo los hemos puesto en la mochila y por qué razón? No lo recordamos. ¿Cómo es posible que no nos hayamos dado cuenta hasta ahora? Subiríamos mejor la montaña sin ese peso.

Desearíamos librarnos de ese peso. Intentamos arrojar esas piedras lejos, pero no lo conseguimos, parecen estar pegadas por una cola invisible a nuestra mano, a nuestro cuerpo. Somos conscientes de un sentimiento extraño. Es como si las piedras formaran parte de nosotros, de nuestra personalidad, de nuestro carácter, de nuestro yo. ¿Cómo es posible? Las piedras no sirven para nada, son una rémora, y sin embargo nos cuesta desprendernos de ellas.

Recapitulemos. El valle es la felicidad, trepar por la ladera de la montaña es la vida, la mochila con piedras es la mochila del karma. El karma es la ley de causa y efecto, todo lo que hacemos regresa a nosotros como un boomerang. Si damos odio recibiremos odio, si damos amor nos darán amor. ¿Dónde está el amor en nuestra mochila? Es el aire. No pesa nada, apenas podemos percibirlo, es invisible. No pesa en nuestras espaldas, no nos hace sufrir, es como si no estuviera, sin embargo si todo en nosotros fuera aire, trepar por la montaña sería como ir en globo.

Los pedruscos son el karma negativo, nos pesa, tira hacia abajo. El karma positivo es invisible y no pesa. Vamos a tomar en nuestras manos el pedrusco más pesado. Lo miramos. Intentamos recordar cuándo lo pusimos en la mochila. Los recuerdos regresan a nosotros. La piedra puede ser odio hacia quienes nos hicieron mucho daño, puede ser la muerte de un ser querido y nuestra rebelión contra quien, según nosotros, nos lo “arrebató”. La piedra puede ser el apego al dinero, al poder, a los placeres más básicos de la vida.

Desearíamos poder librarnos de ese pedrusco, pero no podemos. No podemos dejar de odiar a quienes nos hicieron tanto daño, ni renunciar al dinero o al poder. No podemos renunciar al placer de comer, al deseo sexual, al apego a los placeres de la vida. Si pudiéramos ver el hilo energético que une a esa piedra con nuestro pasado, podríamos incluso llegar a rastrear su camino hasta vidas pasadas. Pero eso lo dejaremos para otra meditación.

Vamos a centrarnos en esa piedra, vamos a recapitular todo lo que sucedió para que ahora esté en nuestra mochila. Vamos a ver con claridad que ya no nos sirve de nada, mientras trepamos la montaña. Decidimos arrojarla lejos de nosotros y con nuestra voluntad lo hacemos. Nos hemos librado de esa gran piedra. Quedan las demás, pero nos resulta imposible poder librarnos ahora de todas ellas. Podemos tardar vidas en hacerlo. Es la rueda del karma. Mientras no lo hagamos, el peso nos hará caer una y otra vez al valle y allí, cuando más felices nos sentimos, el aire se hará tóxico de nuevo, el sufrimiento reaparecerá en nuestras vidas y tendremos que trepar de nuevo por la montaña, buscando aire puro, buscando una salida.

Volvemos a colocarnos la mochila a la espalda y seguimos trepando. El peso cada vez es más evidente, pero no somos capaces de arrojar lejos esa mochila, creemos que la volveremos a necesitar cuando estemos menos cansados, cuando encontremos otro valle. Sudamos, sufrimos, nos erosionamos más y más. Cuando al fin llegamos a la cumbre, apenas tenemos tiempo de ver un poco el horizonte y nos dejamos caer a plomo a tierra. Ahora estamos muertos.

Se puede decir que la vida es un valle donde nos seríamos felices si nos dejaran, pero el aire se vuelve tóxico y hay que trepar por la ladera. Y ese “trepar” es el sufrimiento, es la vida que se empina. Hemos venido a aprender lecciones espirituales, a librarnos de nuestros pedruscos kármicos, no nos dejarán en paz hasta que lo hayamos hecho. Todo lo demás es un respiro, un engaño, es el velo de Maya cubriendo nuestros ojos. Cuando llegamos a lo alto y podríamos descansar y mirar el maravilloso paisaje, no tenemos fuerzas, estamos tan agotados, tan erosionados, que la vida nos abandona. Estamos muertos.

La muerte es solo un tránsito entre valles. Nos despertamos en un nuevo valle, sedientos, bebemos agua fresca en el cuenco de nuestras manos, es maravillosa, nos arrojamos al suelo y bebemos a morro. Estamos bebiendo del río Leteo, del río del olvido. Hemos olvidado nuestra vida anterior. Y de nuevo repetimos el mismo error. Nos tumbamos en la hierba, a disfrutar, a no hacer nada. Y el aire se enrarece, se hace tóxico, y otra vez a trepar, y otra vez sentimos el peso de la mochila y otra vez nos libramos de una o dos piedras. Y la rueda del karma sigue y sigue.

Vamos a imaginarnos qué pasaría si nos libráramos de la mochila. Ascenderíamos como globos, no pesaríamos nada, subiríamos hacia lo alto, hacia dimensiones espirituales donde no se puede entrar con peso. Sería maravilloso, pero no somos capaces de prescindir de nuestros pedruscos, el dinero nos puede facilitar todos los placeres, nos puede librar del miedo al futuro, el poder nos permite utilizar a los demás en nuestro propio beneficio, qué maravillosos son los placeres de la vida…

Pero más maravilloso es no pesar, ascender como un globo. Lo estáis haciendo. Mi voz es algo cada vez más lejano. Dejáis de escucharla. Estáis meditando, ahora sí estáis meditando, todo lo anterior fue solo una preparación………………………

Notáis el peso de vuestro cuerpo, volvéis a escuchar mi voz. Como siempre retomamos a la conciencia normal. El cuerpo pesa más, movéis dedos de manos y piernas. Abrís los ojos. Os ponéis en pie sin prisas.

Ahora haremos unos ejercicios de taichí para equilibrar la energía.

Antes de finalizar la clase os propongo un experimento. La semana anterior nos encontramos con nuestro “yo interno”. Durante esta semana vamos a preparar en casa un espejo, el más grande que tengamos, ponemos una tarima, que no sea de madera, y allí ponemos una vela en su candelabro y la encendemos. Podemos colocar cerca una barrita de incienso, podemos poner una música relajante. Apagamos las luces, tenemos las ventanas cerradas si es de día.

Vamos a encontrarnos con nuestro “yo interno”. Tiene que ser una experiencia feliz, agradable, natural. Si sentimos miedo, angustia, si el encuentro con nosotros mismos nos va a hacer sentir peor de lo que estamos… entonces es mejor dejarlo, para otra ocasión, cuando estemos preparados. Si contactamos con nuestro yo interno pueden producirse fenómenos extraños. Él vibra con vibraciones mucho más altas que nuestro cuerpo, pueden producirse choques de energía. Se pueden producir pequeños golpes, podemos escuchar extraños sonidos o voces. Todo eso es normal, natural y no tiene que darnos miedo. Nuestro yo interno nunca haría daño a nuestro yo externo.

Hacemos el ejercicio de mirarnos la punta de la nariz y ahora miramos nuestro rostro en el espejo. Si lo hacemos bien, al cabo de unos minutos percibiremos cómo nuestro rostro se va diluyendo en el espejo, como si una pequeña mancha de niebla nos impidiera vernos con claridad. Luego pueden aparecer otros rostros, extraños, casi fantasmagóricos. Son nuestros “yoes”. Todos tenemos un lado oscuro y otro luminoso, todos tenemos muchos “yoes”, desde que éramos niños hasta el momento presente.

La primera vez que hice este experimento, siendo joven, se produjeron algunos fenómenos extraños que me aterraron, pero lo que más miedo me dio fue ver en el espejo un rostro que pensé no era el mío. Parecía el de un buda gordito, con el cráneo mondo y lirondo y un aspecto avejentado. Solo muchos años más tarde comprendí que me había visto a mí mismo, solo que veinte o treinta años más tarde. Con los años había envejecido, había perdido el pelo y decidido que mi cráneo estaba mejor rapado. Era estúpido sentir miedo de mí mismo, pero entonces no sabía que era mi yo futuro el que estaba viendo.

Estos fenómenos no son importantes, no importa el aspecto que tiene el conductor, nuestro “yo interno”. Adoptará cada vez un aspecto distinto. No es lo mismo tener cuerpo de niño que de anciano, sin embargo somos el mismo, somos seres de luz y los cuerpos solo son vehículos para trasladarnos en el tiempo y el espacio.

Si alguno no está preparado para encontrarse con su “yo interno” que lo deje para más adelante, no hay prisa. No debemos desear ver nuestro futuro, ni nuestro pasado, ni a nuestros seres queridos, no debemos desear nada, simplemente estamos allí para encontrarnos con nuestro ser interno, todo lo demás es accesorio. Ver el futuro no es importante, que las energías choquen y produzcan golpes es una tontería. Pero el encuentro con nuestro “yo interno” puede cambiar para siempre nuestra vida, hacerla más feliz, lograr que nuestros “yoes” se ayuden entre sí, en lugar de estar en compartimentos estancos.

Y nada más por hoy.

Saludo budista.

QUE LA PAZ PROFUNDA ESTÉ CON VOSOTROS.

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