CURSILLO DE YOGA MENTAL XI

19 06 2013

CURSILLO DE YOGA MENTAL

CLASE XI

Saludo budista.

Como al comienzo de todas las clases hacemos la recapitulación de lo que ha sido nuestra semana. Esto deberéis automatizarlo, puesto que cuando se acabe el cursillo tendréis que seguir haciéndolo solos. Los enfermos mentales no podemos permitirnos el lujo de no preocuparnos de auto-observarnos al menos una vez a la semana, ya que nuestra enfermedad es muy sutil e insidiosa y no siempre se nos muestra con claridad, salvo cuando ya estamos de lleno en una crisis.

Continuando con el desarrollo de la estrategia del guerrero impecable que vimos la semana pasada, comienzo yo, analizando de dónde han procedido mis problemas durante esta semana. En primer lugar muchos han sido en su mayor parte fallos míos. Cuando uno está bajo de energía no puede atender, poner su atención en numerosos problemas y menos si requieren una atención conjunta en un momento determinado. Mi estrategia ha sido recargarme de energía y ayudarme escribiendo en un papel las tareas a realizar y tachando las que he ido haciendo. Algo tan sencillo puede llegar a ser muy efectivo.
En cuanto a la conducta de los demás no he observado que nadie haya intentado hacerme un daño grave de forma consciente y reiterada, por lo tanto descarto tener un enemigo y no diseño estrategia alguna al respecto. Pero sí han existido conductas de otras personas, que de forma inconsciente, me han creado problemas con su conducta egoísta y de apego a sus intereses materiales. A estas personas no se les puede tratar como enemigos, porque no lo son, pero tampoco se les puede tratar como amigos y darles palmaditas en la espalda, porque lo queramos admitir o no, están haciendo daño a nuestra mente, a nuestro psiquismo y a nuestras emociones, lo que para un enfermo mental es un daño directo siempre a tener en cuenta.

La estrategia en estos casos debe seguir las siguientes etapas:

-Hablar con esas personas de forma respetuosa, amable y directa. El respeto y la amabilidad le evitan al guerrero impecable muchos problemas. No tenemos por qué enfadarnos con esas personas y mucho menos gritarles o insultarles. Cuanto más nos levanten la voz, más la bajaremos nosotros. Ellos están perdiendo energía y nosotros la estamos tomando en una forma que podría calificarse como “vampiresca”. Este es un tema muy interesante que trataremos en otra ocasión.

-Si nuestra charla les abre los ojos sobre cómo su conducta nos está afectando y son sensibles a nuestras demandas y la cambian… problema solucionado. Si a pesar de ello continúan con esa conducta que nos crea problemas y nos hace daño… entonces hay que diseñar una estrategia de respuesta, un “contraataque”, digámoslo así.

-Como muchas veces esas personas son familiares o amigos, está descartada cualquier estrategia de “venganza” o que pretenda hacerles daño, sin más. De lo que se trata es de “obligarles” a pactar. Si saben que nos hacen daño y no se inmutan, nosotros contraatacamos observando sus debilidades de carácter, aquello que más les molesta y diseñamos una estrategia para que admitan también que nosotros les estamos haciendo daño, creando problemas, y de esta forma obligarles a un diálogo y a un pacto. Si tú no haces eso, yo no hago lo otro. Si tu renuncias a esto, yo renuncio a lo otro. La convivencia es eso, no nos engañemos, cualquier otra conducta es propia de un dictador que se impone a una persona sobre la que tiene poder o la de un amo que obliga a un “esclavo” a hacer lo que él quiere.
Aquí entramos en un tema muy complejo e interesante que iremos tratando en otros momentos. Don Juan le dice a Carlos Castaneda que un guerrero debe ser experto en el “arte de ensoñar” (que ya hemos visto en la meditación sobre los sueños) y en el “arte de acechar”. Este último lo trataremos con más calma en otro momento. Hoy solo mencionaré algo sobre lo que tendremos que trabajar en profundidad, más adelante. El arte de acechar es una terminología muy llamativa y que a mí me gusta mucho, pero también hay otras.
En un libro de autoayuda que leí hace años, de un tal James Redfield, a quien la Wikipedia, de la que pongo aquí el enlace, dice que es novelista y psicólogo, titulado “La novena revelación”, se habla de “las farsas de control” una terminología que también me encanta.

http://es.wikipedia.org/wiki/James_Redfield

Podríamos resumir estas “farsas de control” como chantajes psicológicos. Los empleamos “todos” y todos los días. Es algo de lo que debemos ser conscientes, porque forman parte esencial del arte de acechar y de la estrategia del guerrero impecable. Para poneros un ejemplo, los niños son maestros en este arte. Un niño puede lograr que sus padres le regalen algo que quiere, o simplemente unas gominolas, llorando y pataleando. Sus padres acaban cediendo, desesperados. Esta es una farsa de control muy elemental, la farsa del llanto y la pataleta. Pero que es efectiva está muy claro.

Todos somos objeto de esta clase de farsas de control y asimismo hacemos objeto a los demás de estas farsas. Un guerrero impecable debe utilizarlas como estrategia cuando los demás le crean problema con su conducta y a pesar de abrirles los ojos, persisten en este tipo de comportamientos que nos hacen tanto daño. No obstante hay que tener en cuenta estas normas básicas:
-Si una estrategia nos crea más problemas de los que podría resolver, no es buena estrategia y hay que olvidarse de ella.

-La estrategia con los seres queridos no puede ser la misma que con desconocidos o personas con las que no nos sentimos vinculados afectivamente. No podemos tratar igual a nuestra pareja, a nuestros hijos o familiares que a un desconocido.

Pongamos algún ejemplo, plástico y divertido, de cómo funciona todo esto.
Imaginemos que “una guerrera impecable” tiene un marido (los guerreros impecables suelen estar muy solos en su entorno salvo que formen un grupo, como en este caso los participantes en este cursillo de yoga) al que le gusta mucho mirar libidinosamente a otras mujeres. El considera que esta conducta es normal y no tiene por qué ofender a su esposa, al fin y al cabo eso no es serle infiel y él disfruta con esta conducta. La esposa, en este caso guerrera impecable, ya ha hablado con él en numerosas ocasiones, le ha abierto los ojos, pero su marido persiste una y otra vez en esta conducta de la que ella ya está hasta “el moño”, empleando una frase coloquial.

Su estrategia, entonces, podría ser la siguiente:
-Mi marido es celoso, pues voy a ponerme minifalda y enseñar las piernas, que no es por nada, son preciosas. Otros hombres me mirarán con deseo y así él sabrá cómo me siento yo cuando él mira a otras mujeres.

Bien, esta estrategia podría funcionar, pero también podría crear graves problemas de convivencia en la pareja, hasta el extremo de llegar a una separación, pongamos por caso. La convivencia es siempre difícil, si encima la complicamos más con este tipo de estrategias, puede pasar de todo.
Así pues, conscientes de que el problema que nos va a venir puede ser incluso mayor que el que intentamos solucionar, desechamos esta estrategia y utilizamos otra más sutil y más efectiva.
-Pongamos que nuestra “guerrera impecable” decide que cuando su marido mira libidinosamente a otras señoras, en su presencia, ella esa noche va a rechazar su acercamiento sexual. Tiene que ser esa noche, porque como les sucede a los perritos en el experimento de Paulov, si les premiamos o castigamos al cabo de un tiempo, no van a saber “conectar” el castigo con la conducta. El marido se enfadará, pero tendrá que “tragar”. Al cabo del tiempo tendrá que admitir que el tipo de conducta de su señora es una respuesta al suyo y no le quedará otra alternativa que “hablar” y “pactar”. Vale, yo dejo de mirar libidinosamente a las señoras, pero tú no alegas dolor de cabeza todas las noches.

Este ejemplo tan “chusco”, digamos, podría ampliarse a todo tipo de conductas, bien de la pareja, bien familiares, bien en un determinado entorno, como puede ser el laboral. Hay “ataques” y contraataques, un fumador se siente atacado porque su esposa le huele la ropa y contraataca forzando a su mujer a decidirse en las compras, por ejemplo, ya que duda más que Hamlet. La convivencia tiene estas “batallitas” que son inevitables. Un guerrero impecable sabe diseñar estas estrategias y ponerlas en práctica, tal como veremos en el arte de acechar.

Y ahora cada uno hablará de cómo ha sido su semana y cómo le ha ido con su estrategia de “guerrero impecable” cómo ha analizado sus problemas, si proceden de sus errores, de la conducta de los demás o de “las poderosas fuerzas que controlan el universo”.

Para la semana que viene vamos a romper esta línea de la estrategia y vamos a trabajar con una sencilla técnica chamánica que tal vez nos de unos resultados muy intrigantes. Se trata de “romper la rutina personal”. Como deberes os propongo que rompáis vuestra rutina de la forma que os guste más. Por ejemplo podéis cambiar de emisora radiofónica durante la semana. Si habitualmente escucháis una, pues cambiáis a otra y observáis vuestra reacción y cómo os sentís. Si alguien, pongamos por caso, es muy ordenado y le gusta que los cubiertos estén en su sitio, que las cucharas están con las cucharas, los cuchillos con los cuchillos, etc, esta semana, de forma consciente vais a mezclar los cubiertos y observar cómo os sentís. Podéis hacerlo de mil formas: cambiar el itinerario habitual del paseo, cambiar un objeto de la decoración de vuestro hogar en el que os fijáis mucho habitualmente. Lo que no os aconsejo es que cambiéis la rutina, de forma consciente, cuando hay posibles riesgos. Pongamos que vais en coche a trabajar siguiendo un determinado itinerario. Es mejor que no rompáis esa rutina, al menos de momento, porque podríais tener un pequeño accidente, podríais perderos y poneros de mal humor, montar en cólera, y acabar de mala manera. Mejor rutinas en las que no exista riesgo.

MEDITACIÓN/AFRONTAR EL MIEDO

Hoy nos hemos liado un poco y no tenemos mucho tiempo. Vamos a reducir los ejercicios de energetización a un nuevo ejercicio de taichí para equilibrar la energía.

-Los pies descalzos tocando el suelo, separados, manos con las palmas abiertas en circuito abierto de energía. Somos conscientes de la energía de la tierra que nos entra por el centro de la planta de los pies. Nos inclinamos, nos doblamos, con las manos hacemos como si recogiéramos algo del suelo, palmas hacia arriba. Subimos esa energía de la tierra hacia arriba, llegamos a la cabeza. Nos paramos, tomamos energía del “cielo” del aire, con las palmas de las manos hacia abajo y las bajamos con lentitud hasta llegar al plexo solar, a la zona del ombligo. Repetimos el ejercicio tres veces. Estamos equilibrando y armonizando la energía de la tierra y del cielo.

Como todos los días os voy a poner unos mantras tibetanos, hoy son unos mantras zen. Vosotros podéis buscarlos por Internet y utilizarlos en casa.
Como siempre enciendo la barrita de incienso y para la meditación pondremos una música especial, se trata de o`clock de Vangelis

Os tumbáis en el suelo, como siempre, en la esterilla o colchoneta, apoyáis la nuca en la almohadilla, piernas separadas, brazos separados a los costados, sin tocar el cuerpo. Rápidamente relajamos pies, tobillos, etc, hoy subiremos por la columna vertebral.

Estamos de nuevo en el centro de la cabeza, en la glándula pineal. Aquí está la puerta luminosa. Vamos a pasar al otro lado, a la llanura oscura. Pero antes vais a tener en cuenta que cuando estéis solos deberéis programar en este momento el tema de vuestra meditación y actuar en consecuencia. Hoy vamos a meditar sobre nuestros miedos más profundos, vamos a hacer una especie de “iniciación” en toda regla. La iniciación ha sido un ritual esotérico y místico desde tiempos inmemoriales. Los rituales cambian, pero la esencia es la misma, se trata de enfrentar al “neófito” con sus miedos en la más absoluta soledad y cuando los supere pasará a ser un “iniciado”.

Pasamos al otro lado de la puerta luminosa. Estamos en la llanura oscura. Siempre lo hemos hecho así y nunca ha pasado nada. Pero hoy estamos raros. Hoy nos hacemos preguntas. Por ejemplo, nos preguntamos si nuestro guía no nos estará engañando, si lo que nos ha dicho, que en esta dimensión no existe el tiempo y el espacio y se puede viajar con la mente es una chusca mentira. Hacemos un razonamiento muy lógico: ¿cómo puede saber él que esto es una llanura, si nos rodea la más absoluta oscuridad? ¿acaso él puede ver en la noche más oscura? Es una buena pregunta, muy razonable. La mente ha comenzado a minar nuestra confianza, hasta el punto de que ya no nos atrevemos a caminar por la llanura, como hacíamos antes, por miedo a que surja de pronto un socavón, un abismo, y nos hundamos, caigamos hasta el fondo.

Estamos aprendiendo algo muy importante: la desconfianza es la base de nuestros miedos, mientras que la confianza es lo que nos permite vivir y sobrevivir en un mundo de riesgos constantes. Nuestra mente no soporta el vacío, “horror vacui”, horror al vacío, decían los clásicos. Ni la naturaleza ni la mente soportan el vacío, por eso intentan llenarlo a cualquier precio, la mente con ideas, con estímulos, la naturaleza con la solidez material. No sabemos por qué sucede esto, es un misterio. La mente podría utilizar una facultad tan maravillosa como la fantasía, la imaginación para llenarse con fantasías placenteras o divertidas, sin embargo casi siempre escoge la oscuridad, la negrura, la peor de todas las opciones posibles. Tal vez se deba a nuestra condición mortal, por lo visto la mente se ha emperrado en que no despeguemos los pies de la tierra y nos recuerda, de mil formas diferentes, cómo podemos morir, cómo podemos sufrir. La mente es una cabra loca a la que le gusta trepar por las escabrosas laderas de la alta montaña y asomarse a los abismos, como si en su fondo pudiera encontrar la explicación al misterio. Este comportamiento de nuestra mente nos trae de cabeza, y nunca mejor dicho.

Estamos aquí, en esta llanura oscura, solos, sin la posibilidad de que los estímulos de la realidad nos entretengan, pasando frente a nosotros, uno detrás de otro, como vimos en la meditación de la estación de trenes. Este es un momento difícil para nuestra mente y trata de remediarlo presentándonos a consideración todo tipo de fantasías, curiosamente las peores entre todas las posibles.

Nos está convenciendo de que esto puede no ser una llanura, puede que unos pasos más allá se abra un abismo y si no andamos con cuidado podemos desplomarnos. Por eso ahora tanteamos con el pie, con mucha precaución. Ahora no se conforma solo con eso e intenta convencernos de que aquí, escondidos en la oscuridad pueden existir monstruos que se lanzarán sobre nosotros al menor descuido. Puede que existan vampiros y nos muerdan el cuello, puede que existan fantasmas y nos lleven a sus infiernos particulares. Al fin y al cabo si nuestro guía nos engañó y no puede saber que esto es una llanura porque en la oscuridad no se puede ver, también puede que nos haya engañado en otras cosas, por ejemplo en que no existan monstruos. La confianza en nuestro guía está por los suelos, ahora solo confiamos en nuestra mente y ella lo único que hace es presentarnos toda clase de peligros.

Frente a nosotros, en la oscuridad, se ha formado una especie de ectoplasma lechoso, con muy poca luz y muy pequeño, es apenas una esferita en el suelo. Pero va creciendo. Cada vez que por nuestra mente pasa una escena oscura, una posibilidad de riesgo, y lo aceptamos, este pequeño ectoplasma crece y se hace más luminoso.

El miedo se intensifica cada vez más y adquiere mil formas. Hemos perdido la confianza. Ahora miraremos una y otra vez al pasar una calle y aún miraremos una última vez, porque no nos fiamos que si pasa un coche y no lo advertimos, nos pueda atropellar. Nuestra mente nos presenta imágenes de atropellos que hemos presenciado o que hemos visto en la televisión. ¿Por qué debemos confiar en un conductor al que no conocemos?

Llegamos a nuestras casas y cerramos la puerta por dentro, con dos vueltas de llave. Nunca lo habíamos hecho mientras estábamos en casa. ¿Por qué ahora? Hemos perdido la confianza. Antes también sabíamos que se producían robos, pero pensábamos que no nos iba a tocar a nosotros. No somos matemáticos ni sabemos de estadísticas, pero de alguna manera estábamos convencidos de que la posibilidad de que entraran a robar en nuestros hogares era tan remota como la posibilidad de que nos tocara la lotería. Cierto que la lotería siempre toca a alguien, pero no a nosotros. Cierto que se producen robos, pero siempre roban a otros. Ahora esta posibilidad es algo tangible.

Y así podríamos seguir. Ahora somos conscientes, por primera vez, que la vida en nuestra sociedad no sería posible sin la confianza. Hacemos lo que hacemos porque confiamos en los demás. Es cierto que hay gente mala, pero son pocos, o dicho de otra manera, los buenos somos muchísimos más. Sería mala suerte que precisamente a mí, ahora, me tocara enfrentarme con una persona mala. Sabemos que existen asesinos, pero porqué nos van a matar a nosotros, no les hemos hecho nada. Sabemos que existen violadores, secuestradores, gentes sin escrúpulos que se pueden llevar nuestro dinero del banco y dejarnos a dos velas. Pero, ¿por qué a nosotros?

Lo peor que podemos hacer es combatir los argumentos de nuestra mente con los argumentos de nuestra segunda mente, llamémosla así. Si la mente primera nos dice que existen asesinos y que nos pueden matar, la segunda mente dice que estadísticamente eso es irrelevante, que la posibilidad de que nos suceda a nosotros es de una ¿entre un millón? ¿Entre un billón? Es inútil, la mente segunda no convence a la primera. Por pocas posibilidades que existan, existen. Si la mente primera nos dice que no van a entrar en nuestra casa a robar, por mucho que la mente segunda contraataque diciéndonos que estamos seguros, que llevamos años viviendo aquí y que nunca nos ha pasado nada, no lograremos convencer a la mente primera. Estamos en un constante toma y daca y la racionalidad acabará cayendo ante la fantasía, porque estamos solos, porque estamos en la oscuridad, porque la imaginación se despeña en los precipicios en lugar de bañarse en la playa. ¿Por qué sucede esto? No lo sabemos, pero es así.

Conforme han ido desfilando estas imágenes la esferita ectoplasmática que estaba en el suelo ha ido creciendo, más y más, y adoptando formas terribles. Ahora es un fantasma mal encarado, sin ojos, ahora un vampiro, ahora un monstruo sin cabeza. Estamos perdidos, esto no puede sino crecer. ¿Qué podemos hacer?

Somos guerreros impecables, deberemos diseñar una estrategia. Para ello buscamos una estrategia defensiva que nos proteja de nuestra mente, que ahora se ha convertido en nuestro enemigo, un enemigo mortal. Pensamos. ¿Cuál es la debilidad fundamental de nuestra mente? El vacío. La mente está indefensa ante el vacío. Hacemos un vacío en nuestra mente, nos aferramos a él. Formamos parte del vacío, somos vacío. Perdemos el miedo al vacío, a que si no pensamos constantemente, nuestra personalidad se difuminará y seremos nada, perderemos la existencia. Ahora sabemos que esa era otra farsa de control de nuestra mente, para controlarnos, para esclavizarnos, para tenernos a su servicio. En realidad hemos hecho el vacío y aún así seguimos existiendo.

Observamos cómo el monstruo ectoplasmático va disminuyendo de tamaña y perdiendo la forma. Al final es una bolita apenas visible en el suelo, la podríamos aplastar y no ocurriría nada. Hemos encontrado una defensa contra el miedo, una poderosa herramienta.

No obstante debemos usarla con prudencia. Sin el miedo no podríamos sobrevivir un solo instante. Sin miedo cruzaríamos las calles sin mirar, corriendo, y nos atropellarían. Sin miedo dejaríamos las puertas de nuestros hogares abiertas y cualquier podría entrar y robarnos, o secuestrarnos. Sin miedo iríamos a cualquier sitio con cualquiera, y en algún momento nos toparíamos con un asesino. Sin miedo conduciríamos como locos y moriríamos en estúpidos accidentes. El miedo tiene su lugar en la vida, en nuestras vidas. Todo es ying y yang, luz y oscuridad, cara y cruz. Nada es malo “per se”. Por eso hay que saber usar cada cosa, hasta el miedo.

Cuando el miedo nos paraliza, nos impide hacer lo que queremos hacer, es una prisión. Muchas veces no conseguimos lo que queremos porque nos dejamos atrapar por el miedo. Hasta sentimos miedo de ser ricos, porque no sabríamos qué hacer con el dinero, porque tal vez nos hiciéramos malas personas. Tenemos miedo de ser poderosos, porque creemos que todo poderoso es corrupto y malo. Y nuestros miedos nos retienen en nuestras prisiones de papel mientras otros, que no tienen miedo, consiguen ser ricos y poderosos… y muchas veces son los peores, los que menos se lo merecen… y todo porque nosotros nos dejamos llevar por el miedo.

El miedo nace de la pérdida de confianza. Dejamos de confiar en nosotros mismos y dudamos sobre las decisiones que debemos tomar. Dejamos de confiar en los demás y nos volvemos paranoicos. Desconfiamos por desconfiar. Incluso nos comienzan a asaltar dudas sobre nuestros seres queridos, sobre las personas que más nos quieren. Estamos en la llanura oscura, solos, angustiados, aterrorizados. ¿Qué podemos hacer?

Recobrar la confianza. En nosotros mismos. Somos seres de luz, somos una chispa divina, solo necesitamos recobrar la confianza. En los demás, ellos también son seres de luz y aunque no podemos ser tan ingenuos como para no ver las tinieblas que se reflejan en sus ojos, la posibilidad del mal acechante, sabemos que aunque nos cueste creerlo y bromeemos sobre ello, “la mayoría es buena”. Si no fuera así nuestro mundo sería imposible, un infierno. Recobramos la confianza en las “fuerzas poderosas que controlan el universo”. Si ellas no velaran por nosotros sería casi imposible que pudiéramos sobrevivir toda una vida. Somos frágiles, la vida es frágil. Es un milagro la simple existencia.

Recobramos nuestra confianza en Dios. En otra meditación vimos cómo estábamos vinculados con él. Ese haz luminoso que nos vincula es lo que nos mantiene en la existencia. Es cierto que si Él lo rompiera regresaríamos a la nada. Pero, ¿por qué desconfiar en alguien que nos sacó de la nada, sin verse obligado a ello, que nos mantiene con vida, que nos perdona, que ha establecido un plan cósmico para nosotros, que nos ama como un Padre? ¿Vamos a hacer caso a nuestra mente, incluso en esto? ¿Qué nos da ella? Zozobra, angustia, miedo, terror. ¿Por qué la alimentamos todos los días y a todas las horas? ¿Alimentaríamos a un monstruo que nos fuera a devorar?

Recobramos nuestra confianza y ahora somos capaces de nuevo de caminar por la llanura oscura, sin miedo a hundirnos en el abismo. Ahora recobramos la confianza en nuestro guía que no tiene ningún interés en mentirnos y en hacernos sufrir. Cuando él nos dice que le sigamos, lo hacemos. Nos conduce por la llanura oscura hacia una luz a lo lejos. Al acercarnos vemos que es una pirámide iluminada, la gran pirámide de Keops. Hacemos caso a nuestro guía que nos invita a una iniciación.

Nos dice que las iniciaciones han existido desde siempre. Han sido diseñadas para que cualquiera no pueda acceder al conocimiento y al poder. Para evitarlo se han diseñado rituales que solo tienen por objeto enfrentar al neófito a sus miedos más profundos, en soledad. Si no están preparados para recibir la luz, saldrán huyendo, como almas que lleva el diablo. Si están preparados, se enfrentarán a sus miedos y vencerán.

Ante la puerta de la gran pirámide hay un centinela, el guardián del umbral. Va vestido a la manera egipcia de los tiempos del faraón Akenatón. Lleva una lanza que interpone entre nosotros y la puerta. Sonreímos e insistimos en entrar. Esto es suficiente. Hemos demostrado valor y se nos concede el acceso. Caminamos por oscuros pasadizos y al final entramos en la cámara del rey. Allí nos esperan nuestros iniciadores, vestidos con túnicas. Nos invitan a tumbarnos en un sarcófago vacío. Lo hacemos. Cierran el sarcófago, lo sellan y nos dejan solos. Estamos aquí, solos, en la oscuridad, enterrados vivos. La mente intenta atraparnos, pero ahora tenemos herramientas para enfrentarnos a ella. Hacemos el vacío y nos situamos fuera del tiempo, fuera de las escenas que intenta mostrarnos nuestra mente. Permanecemos impasibles, somos guerreros impecables. Utilizamos la herramienta de la confianza. Si no confiáramos en nuestros iniciadores no habríamos entrado en el sarcófago porque nadie nos puede garantizar que lo vuelvan a abrir alguna vez.

Estamos aquí, tumbados en la oscuridad, como en la Eternidad. No buscamos nada, no esperamos nada, somos guerreros impecables que hacemos lo que tenemos que hacer y ahora nos toca estar aquí, en el vacío.
Y de pronto el sarcófago se abre. La confianza no era una locura, un delirio. Hay que confiar en alguien para sobrevivir. Los sacerdotes nos abrazan, nos felicitan. Nos colocan una medalla sobre el cuello. Tiene un dibujo, dos triángulos, uno con la punta hacia arriba y otro con la punta hacia abajo. Los sacerdotes se despiden de nosotros y salimos fuera de la pirámide. Ahora somos iniciados. Ahora sabemos. Afuera nos espera nuestro guía y nos invita a caminar por la llanura oscura. Llegamos a la puerta luminosa y antes de pasar la mente hace un último intento. ¿Y si al regresar lo hiciéramos a otro cuerpo que no es el nuestro? ¿Quién nos garantiza que al otro lado no está el infierno? Nos libramos de estas ideas con un manotazo, ahora conocemos muy bien los trucos de nuestra mente. Somos guerreros impecables y hemos sido iniciados, ahora que conocemos el verdadero rostro del miedo sabemos que la derrota solo es posible si la aceptamos sin lucha.

Regresamos a nuestros cuerpos. Son los nuestros porque los conocemos muy bien. Sentimos su peso contra el suelo. Movemos los dedos de los pies, los dedos de las manos, las piernas, la cabeza. Vamos despertando. Abrimos poco a poco los ojos y nos ponemos en pie. Movemos brazos y piernas, nuestros cuerpos recobran la energía.

Ha sido una clase larga, no hay tiempo para más. Recordad los deberes para la próxima semana, romper la rutina personal.

Saludo budista
QUE LA PAZ PROFUNDA ESTÉ CON VOSOTROS

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