FARSAS DE CONTROL III

31 10 2013

FARSAS DE CONTROL III

Hoy vamos a añadir una cuarta pata al taburete que nos va a permitir sentarnos con cierta comodidad y enfocar las relaciones interpersonales con una perspectiva nueva que nos ayudará a no perdernos en este laberinto.

Antes habíamos tratado la estrategia del guerrero impecable, la ley de los tres círculos y las farsas de control. Hoy haremos un pequeño esbozo del arte de acechar. Pero antes hablemos un poco de una nueva farsa de control.

LA MENTIRA

Se puede decir que todas las farsas de control las aprendemos en la infancia, como una forma de sobrevivir en un mundo de adultos. El niño es frágil y cualquier ayuda le vendrá bien en un juego que no conoce y donde todo el mundo parece hacer trampas.

El niño miente con ingenuidad, con una bondad innata que no haría daño ni a una hormiga. Sus mentiras son descubiertas antes de ser formuladas. Por un momento piensa que la mentirijilla de turno le librará del castigo. No suele ser así, salvo que el niño se haya endurecido y aprendido a mentir con aplomo.
En el mundo de los adultos la mentira es el pan de cada día, la coraza del guerrero que teme asaltos por todos los lados. El adulto vive en una sociedad de mentiras donde la hipocresía es tan aceptable como aceptada. Los políticos nos mienten porque quieren nuestro voto y luego se olvidan de las promesas que nos han hecho, de las mentiras de ayer y hasta de las de mañana. Miente quien quiere el poder o la riqueza o tan solo sobrevivir. La mentira forma parte de nuestra vida cotidiana.

Si la farsa de control de la autoestima consiste en explotar las debilidades ajenas, la farsa de la mentira se basa en engañar al contrario haciendo ver que vas a darle a la pelota para que vaya a la izquierda del contrario y luego se la envías a la derecha. Siguiendo con la metáfora del partido de tenis, podríamos decir que la farsa de la autoestima consiste en explotar las debilidades del otro, si corre poco le hacemos correr, si sube muy mal a la red le tiramos pelotas muy cortas, etc. En la segunda farsa lo que hacemos es amagar, miramos para un lado y tiramos la pelota para el otro. Esperamos a que esté descuidado y “zaca” pelota al cuerpo.

En nuestra vida cotidiana mentimos como bellacos, intentamos por todos los medios sobrevivir en la selva y si para ello debemos camuflarnos como camaleones lo hacemos sin el menor remordimiento. Incluso en el primer círculo, con nuestros seres queridos, con nuestras parejas, la mentira se convierte en algo natural, lo hacemos para evitar la bronca, para ocultar nuestros tejemanejes, para conseguir algo sin tener que organizar una guerra de trincheras…

Esta farsa de control, como las demás, no casa muy bien con las relaciones interpersonales del primer círculo donde debería reinar la confianza, el afecto, la comunicación. Claro que cuando empleamos esta farsa con alguien del primer círculo es que ya lo hemos mandado al segundo o al tercero.
Toda farsa de control, y la mentira más que ninguna, nos aleja de los demás, bloquea la comunicación y el afecto, es solo una trampa para incautos que nos da un breve respiro. A pesar de ello un guerrero impecable la emplea, como emplea cualquier cosa, en un momento determinado, formando parte de su estrategia de guerrero impecable. Así por ejemplo se miente para evitar el acoso de un jefe. Puede que esto no aumente la confianza y la comunicación pero se supone que ya se han perdido y nunca se recobrarán. Se miente a la pareja que quiere controlarnos y que considera que nuestro terreno es también su terreno. Una mentira nos libra de una bronca, quien no ve no sufre.

La mentira es una estrategia de guerra. En la guerra todo vale, dicen algunos. Puede que sea imprescindible para sobrevivir pero no es buena y solo debería usarse cuando el guerrero no tiene otra opción. Evitar males mayores no es una mala estrategia. Sin embargo la mentira también es una tela de araña que nos acabará atrapando. Como dice el refrán, antes se pilla a un mentiroso que a un cojo. La mentira exige memoria, seguridad en uno mismo, meticulosidad, interpretación, es algo así como interpretar el papel de tu vida cuando ni siquiera has ensayado en un escenario de aficionados.
Y aquí avanzamos un paso más para esbozar la cuarta pata del taburete en las relaciones interpersonales: el arte de acechar.

EL ARTE DE ACECHAR

Don Juan le dice a Castaneda que solo hay dos clases de guerreros: los enseñadores y los acechadores. El ensoñador viaja con su mente a mundos extraños y allí encuentra tesoros que le servirán en este. El acechador cambia su punto de encaje a voluntad y se convierte en un maestro de la interpretación. Según le interese será una cosa u otra. El acechador se mueve en la vida cotidiana como pez en el agua, mientras el ensoñador se siente tan a disgusto que mueve su punto de encaje para ir a otros mundos.
Cuando Don Juan le habla a Castaneda del cazador y la presa éste último se siente un tanto desorientado. ¿A qué viene esto? Don Juan le dice que la vida es en realidad una lucha de poder en la que todos somos necesariamente cazadores o presas.

¿Qué hace un cazador? Le pregunta a Castaneda y éste responde: se esconde, se disimula y observa a la presa hasta que pueda echarle el guante. ¿Y una presa? Se mueve de acá para allá, confiada.
Esa es la gran diferencia entre el cazador y la presa. Un cazador es imprevisible, hoy puede esconderse aquí y mañana allí, hoy puede estar detrás de un matorral y mañana detrás de un peñasco. Es invisible y es observador. Observa la conducta de su presa, sus pautas y pronto todo lo que haga la presa se hace previsible. Puede poner las trampas sabiendo que por allí, precisamente por allí, pasará su presa.
Es una buena metáfora. La lucha por el poder no significa matar para subir al trono o llegar a lo alto para aplastar al de abajo. En realidad es algo más sencillo y más sutil. Cuando dominamos al otro, le controlamos, le manipulamos, le estamos robando su energía, nosotros tenemos la batería cargada y el otro vacía. Con la batería cargada podemos movernos mientras el otro se queda tirado. Podemos llamar mientras el otro solo puede dar voces en el desierto. Con la batería llena podemos luchar con la seguridad de que saldremos vencedores. Con la batería baja somos víctimas, presas fáciles. De ahí la importancia ser un cazador, de permanecer invisible observando la conducta de los demás, de resultar totalmente imprevisible para quien nos enfrenta.

En otro capítulo ahondaremos más en este tema. Quienes piensen que es una forma un tanto contradictoria de afrontar las relaciones interpersonales, que se planteen qué está sucediendo ahora con el tema del espionaje y si en un momento determinado, cuando se vieron acosados por el jefe, no hubieran preferido conocer todas sus debilidades que ver cómo él se aprovecha de las nuestras.

Lo ideal es siempre relacionarse en el primer círculo. Lo ideal es la amistad, el afecto, el amor, la comunicación, la confianza…Pero no siempre en la vida es eso posible. Cuando estamos en otros círculos, cuando la supervivencia depende de la buena estrategia del guerrero impecable, cuando incluso tenemos que enfrentarnos a enemigos mortales, en el cuarto círculo, ser cazador y no presa puede ser una cuestión de vida o muerte.

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