LAS FARSAS DE CONTROL IV

7 11 2013

FARSAS DE CONTROL IV

LA FARSA DE CONTROL DE LA COMPASIÓN

Reconozco que hablar de las farsas de control es desagradable, es como hurgar en la herida. A nadie le gusta que diseccionen su conducta como si estuviéramos cortando rodajitas de un salchichón. Mirar la conducta de los demás y la nuestra como si fuéramos cazadores y presas (el arte de acechar) o teniendo mucho cuidado de no caer en una farsa de control ajena, resulta un tanto paranoico y gélido, como si esto fuera una selva y no pudiéramos esperar otra cosa de los demás que nos tomen por presas o nos causen dolor.

Es cierto que lo que hay que buscar es la comunicación, el amor, la solidaridad, la empatía y una vida más feliz para todos. Esa es nuestra meta, pero por el camino hay que cuidar de dónde se pisa y mirar las posibles trampas. Para un enfermo mental caer en estas trampas es como recaer en una depresión, nunca sabes cuándo vas a salir y cómo.

La observación de las conductas ajenas y de la nuestra no es algo tan “antinatural”. De hecho todos lo hacemos y existen terapias basadas en ello, por ejemplo el psicoanálisis o la psicoterapia de grupo. Don Juan le dice a Castaneda que en la vida, en nuestra sociedad existe una lucha de poder. Ese poder no es tanto la riqueza o el poder político o la fama o estar en la cresta de la ola, se trata de un poder más sutil. Somos seres energéticos y sin energía no podemos funcionar. Sin el alimento para el cuerpo, que le proporciona energía vital nos iríamos deteriorando hasta morir. Sin el alimento para la mente, la cultura y el arte, nuestra evolución se ralentizaría hasta desaparecer. Sin el alimento para el espíritu, el afecto y la comunicación, caemos en la depresión, en la patología, en la incapacidad para regir nuestra vida y convivir con los demás.

Esa energía la adquirimos de diversas formas, como hemos visto. Quien tiene poder para estar bien alimentado controlará al que no lo está. Quien consigue llegar a lo alto de la pirámide de poder controlará a quien está por debajo de él. No es tanto tener cosas o alcanzar jerarquía social o poseer grandes riquezas o que la fama le permita acceder a lo que la persona corriente no puede, como disponer de medios, de herramientas para “abastecernos de energía”. Si tienes poder para ordenar dispondrás de más tiempo para ti mismo y para los tuyos, otros harán el trabajo por ti, podrás disponer de más tiempo para cultivarte, adquirir cultura y conocimientos. Si tienes poder podrás lograr que tu batería vital, psíquica y espiritual esté cargada de continuo mientras que los demás se las verán y desearán para “enchufarse a la red”.

Es de este poder del que le habla don Juan a Castaneda. La energía es poder y para conseguirla empleamos todo tipo de “añagazas”. Estas son las farsas de control. Hoy vamos a tratar de la compasión.

LA COMPASIÓN

No es mala, al contrario. Se puede decir que en el universo nada es bueno o malo, según y cómo, algo maravilloso, en este caso la compasión, será utilizada como la trampa del cazador para hacerse con la presa. La compasión nos hace empáticos, solidarios, nos permite amar.

Es cierto, pero mal empleada puede ser un arma mortal. Si la empleamos para conseguir cosas que no podemos lograr de otra manera, si intentamos que los demás nos sirvan, si la utilizamos para controlarles, esto deja de ser compasión para transformarse en una poderosa arma de control.

Todos conocemos algún caso, aunque sea por los medios de comunicación, en los que un mendigo que ha estado pidiendo limosna en nuestra ciudad durante muchos años y por el que alguna vez hemos sentido compasión, al morir se descubre que tenía una cantidad importante en el banco. He sido testigo directo de uno de estos casos. Es cierto que no son frecuentes pero nos sirve para ilustrar la farsa de control de la compasión.

Alguien pone cara compungida, se viste con ropas de pordiosero, pide limosna por el amor de Dios, y resulta que está consiguiendo una pequeña fortuna que tiene a buen recaudo en el banco. No ha trabajado, no ha contribuido a la sociedad, se ha limitado a explotar la farsa de control de la compasión para lograr sus metas egoístas. Puede ser cierto que estas personas sean enfermos, que padezcan una severa patología, que su avaricia y mezquindad sea algo más digno de lástima que de reproche. Pero no se trata de esto, sino de cómo esa farsa de control funciona.

Todos conocemos verdaderos “profesionales de la compasión”. Nos piden algo porque no tienen nada y se lo damos, luego resulta que tienen mucho más que nosotros. Están muy “malitos” para no ir a trabajar y luego cuando nosotros pillamos una baja de un día porque nos duelen las muelas a rabiar, es un decir, porque la muela del juicio ha perdido el juicio, entonces se nos echan encima como lobos feroces. Nos cuentan sus desgracias cada vez que los vemos y cuando nosotros les contamos las nuestras se burlan. La muerte de un ser querido es para ellos una espantosa tragedia y en cambio la muerte de uno de nuestros seres queridos es algo “que pasa”, es inevitable, todos tenemos que morir. Nos despachan con la frasecita y en cambio nosotros hemos tenido que pasarnos horas y horas escuchando sus terribles desgracias.

Y así podríamos seguir. Todos conocemos a “profesionales de la compasión” en nuestro entorno. Podríamos pensar que no somos tan tontos como para hacerles caso, que no consiguen lo que buscan porque no somos tontos, que… ¿Es realmente así? Observemos su vida y comparemos los resultados. No tienen nada pero su cuenta en el banco tiene más números positivos que la nuestra. Están siempre muy malitos (¡pobrecitos!) pero si un día fuéramos a una fiesta determinada les veríamos reír y festejar mientras nosotros estamos en casa deprimidos. Consiguen los mejores turnos en el trabajo porque nosotros hemos sentido compasión por ellos. Les hemos escuchado durante horas y horas y luego resulta que ellos se marchan “tan panchos” y nosotros hemos agarrado una depresión de caballo.

Por supuesto que no siempre es así. Hay enfermos muy enfermos y hay personas que se mueren de hambre y hay quienes sufren auténticos tormentos porque se quedan de baja y hacen que los compañeros trabajen más, cuando ellos padecen un cáncer galopante o tienen una depresión que les hace los seres más infelices del mundo. Eso es cierto, pero no estoy hablando de ellos sino de los “profesionales”. Nada más fácil que observar sus vidas y analizar si realmente son tan dignos de compasión como intentan hacernos creer. Si en realidad nosotros tenemos menos que ellos, somos más desgraciados, nuestras condiciones laborales son peores , logramos menos con nuestra autenticidad que ellos con su compasión… entonces, mucho ojo, porque estamos ante auténticos profesionales. Nos vampirizarán nuestra energía y ellos, los mosquitas muertas, vivirán una vida apacible y satisfactoria.

No todo el mundo vale para ser “profesional” de la compasión. Es preciso poseer una capacidad portentosa para ser insensibles, para bloquear la empatía, una capacidad memorable para le desvergüenza, unas facultades interpretativas propias de un actor shakespeariano. Y muchas cosas más. Hay quienes no podríamos utilizar esa farsa de control ni aunque nos estuviéramos muriendo.

Puede parecer que ceder a esta farsa no nos traerá consecuencias. Al fin y al cabo si hemos dado limosna ha sido con la mejor de las intenciones, no importa que el dinero haya ido a parar a la mafia explotadora de turno. Puede parecer que ser compasivo con alguien no nos suponga mucho, pero podemos terminar llevando en la chepa al “pobrecito” de turno. Nos quedamos sin energía, sin tiempo, sin dinero, en medio de una terrible oscuridad. Pero eso no tiene importancia. ¿Es así?

Los enfermos mentales tenemos la tentación de caer en esta farsa. Al fin y al cabo somos frágiles, nos marginan, se burlan de nosotros, no nos dan trabajo, sufrimos mucho y los demás se ríen mientras nosotros lloramos. ¿Por qué no utilizarla para sobrevivir? Craso error, es lo peor que puede hacer un enfermo mental. Lo que consigue es muy poco y las consecuencias negativas de esta farsa de control son terribles. Los demás se aprovecharán y puesto que somos “incapaces” de casi todo tomarán las riendas de nuestras vidas, nos exprimirán cuando tengamos algo de zumo y cuando estemos secos por dentro nos arrojarán al cubo de la basura.

Confieso que durante buena parte de mi enfermedad mental sentí la tentación de caer en esta farsa de control y lo hice. De esta forma ya nunca he podido superar mi fama de “loco” ni obtener la confianza de nadie. Ahora todo el mundo cree que si estoy bien acabaré cayendo y que si estoy mal es porque quiero. Solo cuando decidí actuar como un guerrero impecable, hacer lo que tenía que hacer cuando tenía que hacerlo, sin buscar compasión, afrontando todas las consecuencias, logré empezar a superar mi enfermedad mental.

Esa precisamente es la estrategia para combatir cualquier farsa de control que utilice la compasión como un arma arrojadiza. Hago lo que tengo que hacer cuando tengo que hacerlo, no me siento culpable por no enjugar lágrimas de cocodrilo, no voy a permitir que “un malito cualquiera” me amargue la vida.
No es fácil, de hecho en ciertas circunstancias todos caemos en la trampa y las consecuencias no son moco de pavo. Saber cuándo algo merece nuestra compasión o es una farsa de control es importante, actuar siempre como guerrero impecable es fundamental, y dejar de quejarnos de nuestras desgracias y actuar es lo único que puede hacer un guerrero, su única libertad. No somos libres para evitar las desgracias pero sí lo somos para actuar como guerreros impecables, afrontando cualquier circunstancia vital y enfrentándonos incluso a la muerte bailando la danza del guerrero.

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