Cartas de Milarepa desde el Tibet VI

7 04 2014

CARTAS DE MILAREPA DESDE EL TIBET VI

Querido amigo y hermano en el Todo: He tardado mucho en retomar nuestra correspondencia porque te he visto muy ocupado con tus apegos, y como sucede siempre, con cada apego nos llega la correspondiente desgracia cuando aquello a lo que estamos apegados se deteriora, erosiona o muere o desaparece. Es ley cósmica que todo en el tiempo tenga que perecer, antes o después, puesto que hemos venido a aprender lecciones espirituales no podemos seguir siempre en el mismo curso, estudiando las mismas asignaturas y suspendiendo una y otra vez. Si la estancia en esa clase fuera agradable, feliz y no echáramos nada de menos, ningún alumno se molestaría en aprender las lecciones. ¿Para qué o por qué iba a hacerlo? En cambio el dolor nos recuerda constantemente que todo es provisional y que cuanto antes aprendamos la lección correspondiente antes saldremos de esa clase y ascenderemos de curso. El que estemos en una nueva clase y en un nuevo curso no va a librarnos del dolor, pero sí es cierto que con cada nuevo curso, una vez aprendidas más y más lecciones, el dolor se va atenuando y la sabiduría adquirida nos permite evitar las trampas del apego donde están situadas las estacas que se clavan en nuestro corazón humano.

Eso te ha ocurrido a ti. Has pasado una mala época, deprimido, angustiado y repleto de zozobra, y todo porque el apego te ata demasiado a ciertas cosas que no son de por sí malas, pero que cuando se deterioran o cambian o desaparecen te dejan el corazón herido. Es por eso que voy a dedicar esta carta a convencerte de la importancia de abandonar los apegos. Sabes muy bien que con la muerte se acaba todo y que antes o después abandonaremos lo que tenemos en la vida, sobre todo el afecto de nuestros seres queridos que desaparecerán para nosotros a nuestra muerte aunque ellos sigan recorriendo lo que les reste de vida. Sí, eso es algo que tienes muy claro desde que la muerte te visitara y vieras su rostro muy cerca del tuyo, pero tal vez no comprendas muy bien el mecanismo por el que estamos aquí y luego tenemos que irnos. Es necesario que el conocimiento te penetre para que puedas interiorizar esa certeza de la muerte e ir abandonando tanto apego. Para ello me voy a servir de esa metáfora visual que tanto te gusta, la del receptor de radio y las diferentes emisoras.

UN DÍA EN LA VIDA DE UN SER HUMANO

Como sabes muy bien te despiertas por las mañanas cuando suena la alarma del despertador que activa una emisora concreta de radio. No sabes dónde estás por las noches, ni lo que haces, aunque anotas todos tus sueños al despertar eres muy consciente de que olvidas infinitamente más de lo que recuerdas. Esa tal vez sea la gran diferencia entre el sueño y la vigilia, que del sueño recordamos poco y en la vigilia somos capaces de recordar mucho.

El hecho de que escuches una emisora y no otra depende de ti. Has situado el dial del receptor en un punto y ahí siempre se escucha la misma emisora. Si quisieras escuchar otra la sintonizarías en otro punto del dial. Como bien sabes el punto de encaje del que le habla don Juan a Castaneda es algo muy parecido. Según sitúes el punto de encaje en un lugar o en otro percibirás y estarás en un mundo o universo dimensional o en otro. No se trata solo de percibir algo mirando por el telescopio, es que está allí con todas las consecuencias.
Como te gusta mucho la terminología que utiliza don Juan en los libros de Castaneda no tengo inconveniente en utilizarla también. Como sabes las emanaciones del Águila, de la Mente Universal, son imperativas, son órdenes. Por lo tanto si estás alineado con determinadas emanaciones estás obligado a percibir determinado mundo. Es como sintonizar una emisora de televisión, si allí están echando un programa concurso tendrás que verlo o cambiar de emisora, no tienes alternativa.
Te preguntarás cómo es posible, si todos vemos las mismas cosas, percibimos las mismas emanaciones y estas son categóricas y de obligado cumplimiento tengamos visiones tan diferentes de la realidad, de la vida, seamos diferentes, individuos, ocupemos distintos espacios y salvo un número ínfimo de personas, el resto permanezcamos ignorantes unos de otros. Digamos que esto es algo así como la sintonía gruesa y la sintonía fina en la recepción de la emisora de radio.
Todos percibimos un planeta, sintonía gruesa, pero cada uno percibe el lugar donde habita, sintonía fina. Todos estamos vinculados a un universo, una galaxia, un sistema solar, un planeta, un país, una ciudad, una calle, un domicilio. Esta vinculación es obligatoria y solo te desvinculas con la muerte. De ahí que la sintonización con un programa concreto cree la sensación de que es la única realidad posible y de que cualquier movimiento en el dial para sintonizar otra emisora supone la muerte y la ignorancia de que existan otras emisoras con otras programaciones.

No obstante si pudiéramos mover un poco el día, o si lo prefieres, el punto de encaje, seríamos capaces de sintonizar otros programas, de percibir otros mundos. Esto que parece tan difícil en realidad lo hacemos todas las noches al irnos a dormir. Parece lo más sencillo del mundo. Cuando nos dormimos al mundo de vigilia despertamos en el mundo del sueño, hemos movido el punto de encaje, hemos movido el sintonizador en el dial y la programación en la que hemos vivido durante la vigilia desaparece.

En el arte de ensoñar don Juan le dice a Castaneda que en el mundo del sueño el punto de encaje se mueve con facilidad de un lado para otro sin permanecer fijo en ninguno. De ahí que los sueños sean tan difíciles de entender, que las imágenes se mezclen, que incluso nuestra personalidad e individualidad no esté clara. En sueños sintonizamos con distintos mundos y distintos tiempos, también con distintas personalidades, en el sueño todo es flexible y cambiante, las escenas de los mundos que sintonizamos, las personalidades con las que compartimos los sueños, los tiempos en los que supuestamente vivimos…El sueño es un maravilloso terreno de prácticas para aprender a mover el sintonizador, el punto de encaje, y sintonizar así con distintos mundos y tiempos. El gran problema en sueños no es moverlo, es sencillo, sino mantenerlo a voluntad en un punto concreto, lo que hacemos durante la vigilia y de ahí que la realidad que percibimos despiertos nos parezca tan sólida, tan incontrovertible, que no podemos imaginar que pueda desaparecer, que otros no la perciban como hacemos nosotros.

Si te parece bien, y ayudados por tu viva imaginación, vamos a recorrer un día cualquiera de tu vida y ver, sobre el terreno, como actúa esta sintonización.

-Despiertas al sonar la alarma en el reloj-despertador. Has decidido sintonizarla en una emisora concreta y cada mañana es esa emisora y no otra, la que escuchas. Esa emisora tiene siempre el mismo programa a la misma hora. Algún día lo cambiará y te llevarás una sorpresa, pero mientras tanto todos y cada uno de los días te estás despertando con la voz del mismo locutor que dice a la misma hora casi las mismas cosas. Es cierto que las noticias son distintas cada día –no muy distintas en realidad- y que su voz no es la misma todos los días, unos está más alegre, otros más triste, a veces está ronco por un constipado. En ese programa de radio, como en todos, se cuida mucho los tiempos y el cumplimiento de los guiones. Si a las ocho de la mañana está previsto que el locutor haga un pequeño editorial sobre las noticias más importantes del día, si te despiertas a las ocho ya sabes lo que te espera. Si a las 8,30 está prevista una tertulia, si te despiertas a esa hora escucharás a los tertulianos debatir.

La metáfora de la radio no es muy plástica respecto a lo que es tu vida. Las voces salen de un aparato, están como fuera de ti, y tú no puedes percibir el espacio donde se encuentran ni sus rostros o sus cuerpos físicos. Digamos que esa sería la vida de un invidente que carece de un sentido llamado vista para sintonizar determinadas ondas o emanaciones. El invidente se quedaría con las voces y el resto se lo tendría que imaginar. Eso mismo te sucede a ti. A través de tus cinco sentidos percibes una determinada realidad, pero al carecer de otros que no has desarrollado, te estás perdiendo otras realidades que están en tu entorno, invisibles e inaudibles para ti. Si tuvieras la oreja de un murciélago escucharías sonidos que ahora son inaudibles para ti, si tuvieras la vista de un águila percibirías imágenes lejanas que ahora para ti son solo un horizonte confuso.

Puedes imaginarte un televisor, de pantalla muy grande, casi sientes que estás dentro. Fuerza un poco más tu imaginación, si esa televisión fuera “holovisión” si en lugar de imágenes planas percibieras imágenes tridimensionales, como en el cine con las famosas gafas, verías que cada personaje está en un lugar diferente del espacio, unos detrás de otros o al lado de otros. Si existiera una televisión semejante percibirías que estás dentro del decorado y que las otras personas que están haciendo el programa están contigo, en tu casa, a tu lado. En realidad eso es lo que nos sucede en nuestra vida, los decorados son tan perfectos, la sintonización de las ondas o emanaciones, tan perfecta, que nos creemos dentro de ese decorado. Las personas que nos acompañan están cerca de nosotros, ocupando un espacio, porque de alguna manera estamos usando gafas para percibir la tercera dimensión. En realidad, si pudiéramos ver cómo funciona todo, nos daríamos cuenta de que estamos –partículas infinintesimales- en un punto, que ni siquiera es fijo, porque vibra y se mueve como las partículas subatómicas en un universo cuántico, y a ese punto llegan poderosas emanaciones que nos agarran del cuello –hablando metafóricamente- y nos obligan a estar vinculados con ellas, al menos durante un tiempo establecido (la vida). Es como si una mente poderosa transmitiera sus pensamientos al espacio y fuera pillando, en su camino, a pequeños receptores, a los que apabulla con su fuerza. El receptor cree estar viviendo de forma independiente en un mundo que “alguien” ha creado o que se ha formado “por casualidad” al juntarse un número indeterminado de fuerzas. En realidad estaría viviendo el pensamiento de esa mente poderosa, estaría vinculado estrechamente a lo que ella piensa, y su libertad, muy pequeña, no sería otra que dejar de escuchar la emisora en ciertos momentos, o atenuar el sonido, o mirar hacia un punto del decorado y no hacia otro, etc. Alguien dijo que en realidad somos el pensamiento de Dios, nada más cierto, solo que entre Dios y nosotros hay tantas ondas, emanaciones, universos, mundos, entidades, que cuando sintonizamos una emisora en realidad sería la emisora de la emisora de la emisora…

Lo mismo que podemos vivir un sueño con tal intensidad que creamos real y verdadero lo que en él sucede y sin embargo, al despertar, nos damos cuenta de que solo era un sueño. Nuestras vidas son, como dijo Carderón de la Barca, sueños, en los que el punto de encaje ha permanecido un tiempo aferrado a la misma posición, pero que al moverse todo lo que percibíamos y creíamos ser lo único real, lo único posible, se desvela como un sueño.

Hacerse consciente de cómo es en realidad la vida es uno de los despertares más dolorosos con los que se puede enfrentar un ser humano. Su consciencia, su individualidad, su personalidad, le parece tan intensa que llega a creerse el centro del universo, que en realidad los demás son “decorados” o “muñecos” puesto que la intensidad máxima de su consciencia está en él, como lo demuestra el hecho de que cuando a él le duele la barriga o la cabeza los demás no se muestran afectados. Es lo que te decía antes. La sintonización fina nos hace individuos dentro de una sintonización gruesa que es el mundo, la realidad en la que vivimos y los demás que bullen a nuestro alrededor. Puede darse el caso de que una persona sintonice la emisora con la sintonización gruesa y vea como real todo su entorno, es decir, sea una persona normal y no un enfermo mental delirante, y al mismo tiempo sea incapaz de sintonizar con la sintonización fina a las demás personas, sea incapaz de verlas como otros individuos y personas igual que él. En este caso estaríamos ante un posible asesino en serie, un sociópata, una persona que ha perdido la empatía, que no puede ponerse en la piel de los demás y por lo tanto no se siente afectado por su dolor, por lo que el otro es.

Nuestra maravillosa realidad, nuestra sólida vida, en realidad no es otra cosa que la sintonización y la vinculación con ciertas ondas o emanaciones, o el pensamiento divino, o el dejarse arrastrar por una corriente energética determinada. Si estamos bien sintonizados y vinculados viviremos con intensidad esta vida y en el momento de la muerte nos desintonizaremos y desvincularemos con esa emisora y tendremos que hacerlo con otra, llamada más allá. Si carecemos de determinada sintonización fina o determinada vinculación puede darse el caso de que percibamos con toda intensidad nuestra personalidad y consciencia y en cambio los demás sean para nosotros poco más que un simple pedrusco. Puede darse el caso de que nos falte una sintonía y percibamos voces pero no imágenes, que seamos invidentes o sordos o tengamos falta de empatía o nuestros cuerpos no estén bien sintonizados con nuestras mentes y espíritus y tengamos graves defectos o enfermedades.

No importa porque antes o después la sintonización con esa emisora sufrirá y se hará imposible. Solo nos quedará sintonizar con otra o “DESPERTAR”, darse cuenta de cómo es la verdadera realidad y hacernos tan flexibles y poderosos que podamos sintonizar lo que queramos, libremente, como supuestamente lo hacen los dioses. Entrar en el nirvana, alcanzar el shamadi, la liberación, no es otra cosa que percibir la vida física como lo que es, como la sintonización de un programa de radio, y luego llegar hasta la emisora central, hasta la mente universal, y fusionarse con ella en un proceso que es un misterio para nosotros pero que algún día comprenderemos.

Como ves apenas te has despertado en tu día estándar y la reflexión sobre ese despertar ha sido tan larga e intensa que nos llevará mucho tiempo y muchas palabras profundizar en el resto de ese día. Así es la vida, podemos comprimir el tiempo, y una larga vida puede parecernos un día, o podemos expandir el tiempo y un corto día puede transformarse en una larga vida. Para mí mil años son como un día y un día como mil años, dice el señor.

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