CONOCIENDO AL ENFERMO MENTAL II

23 07 2014

CONOCIENDO AL ENFERMO MENTAL II

EL DELIRIO

Ya vimos en el capítulo anterior que uno de los mayores miedos del enfermo mental es el de perder el control. Se podría decir que el delirio es la pérdida de control absoluta por lo que el enfermo mental no solo le tiene miedo, puede llegar al pánico. Los familiares de los enfermos temen más que nada a enfrentarse al delirio de su familiar, enfermo mental. No saben qué hacer en estos casos, no saben cómo tratarles y hasta llegan a pensar que es otra persona, como si estuviera poseída y todo su interés consiste en quitarse de encima al enfermo, internarlo y que se preocupen otros.

¿QUÉ ES EL DELIRIO?

Para quienes nunca hayan sufrido uno esto les suena a mal viaje de un drogadicto, a doble personalidad, a demencia total y absoluta. Quienes hemos sido diagnosticados en algún momento como enfermos sufriendo un delirio sabemos muy bien que el terreno del delirio es tan amplio que sino matizamos mucho nos podemos salir del terreno de juego.

En realidad todo delirio tiene como componente básico la imaginación, la fantasía. Vivimos intensamente esa fantasía hasta el punto de despegarnos, desvincularnos de la realidad. La doble o múltiple personalidad sería la cúspide del delirio puesto que el delirante no solo se imagina que está donde no está o que ciertas fantasías de su mente son reales, sino que incluso llega a perder su propia personalidad y a adquirir otra. Ya analizaremos qué dice el esoterismo respecto a estos supuestos de múltiples personalidades, ahora nos conformaremos con saber un poco qué es y cómo enfrentarse a él.

Delirar, lo que se dice delirar, lo hacemos todos. Podemos fantasear con tal intensidad que la fantasía nos absorbe. Podemos ver una película y vivirla con tal intensidad que nos lo creemos todo y sufrimos con los actores y “lloramos”. Aquí habría que distinguir entre el delirio y la empatía. Nos podemos poner en lugar de otra persona, en su piel, imaginar sentir lo que él siente y ser esa misma persona, ahora bien, si perdemos contacto con nuestra personalidad, con nuestra realidad, con la vida, estamos delirando, aunque la causa haya sido la empatía y no la fantasía. No creo mucho en las diferencias entre empatía y fantasía, mucho me temo que las personas que no tienen imaginación no pueden ser empáticas puesto que la empatía exige algo que no podemos realizar, llevar a cabo en el mundo real y por lo tanto nos vemos obligados a servirnos de la imaginación como la única facultad que puede proporcionarnos eso, ayudarnos a saltar el abismo.

Habría que marcar muy bien los diferentes grados de delirio y sus consecuencias. He sido testigo en primera persona del delirio de un amigo alcohólico que sufría delirium tremens. Estaba convencido de que arañas y serpientes venenosas bajaban por las paredes. Estaba aterrorizado. Y sin embargo era capaz de razonar y su consciencia, aunque embotada, estaba aún ahí. De hecho me reconoció y de hecho logré convencerle, a través de un razonamiento lógico e impecable de que no podían estar bajando arañas y serpientes venenosas por las paredes porque yo puse la mano (en contra de su deseo, me gritó que no lo hiciera) y la mantuve un tiempo. Luego le dije que no me habían picado y que yo no iba a morir, por lo tanto tenía que aceptar que lo que él estaba “viendo” (algo real para él puesto que quiso evitar que yo me arriesgara) era un delirio y aunque siguiera percibiendo aquellos bichos no podía comportarse de acuerdo a sus percepciones, sino de acuerdo a su lógica, que aún seguía más o menos intacta.

Desconozco si cuando yo me marché mi amigo siguió actuando como un delirante y si solo me dio la razón porque nos unía una gran amistad y no quería incomodarme. Lo cierto es que me reconoció, pude hablar con él y razonar. Esto es muy importante. Hay quienes creen que un delirio impide hacer todas estas cosas. Por eso es importante matizar que un delirio depende de su intensidad.

En un centro psiquiátrico, donde estuve interno, un paciente, un esquizofrénico, me confundió con Napoleón Bonaparte o Julio-César, no recuerdo bien. Juraba y perjuraba que había visto mi foto en un libro y que yo era el tal personaje. Ignorante de su enfermedad (acababa de entrar) no le hice mucho caso y llegó a enfadarse tanto que tuvo que intervenir un celador para que no me agrediera. Estamos ante un caso de delirio máximo, extremo, el delirante no reconoce la realidad ni a las personas de su entorno y es muy posible que él mismo sea otra persona. No podemos enfocar estos dos casos de la misma forma, cada delirio, lo mismo que cada enfermo necesita un trato diferente.

No soy profesional de la salud por lo que todo lo que estoy diciendo aquí no es otra cosa que la perspectiva de un enfermo a quien le diagnosticaron que sufría delirios. También he convivido con personas que los sufrían, por lo tanto creo que estoy en condiciones de dar mi personal y subjetiva opinión con un mínimo de garantía. Quien tenga que enfrentarse a un enfermo delirante deberá buscar la ayuda y asesoramiento de profesionales de la medicina y expertos, pero cualquier cosa que pueda ayudarles a comprender este estado mental debería dárseles. El conocimiento es el primer paso para el afecto y el amor, sino comprendemos no podemos querer. Esto es muy importante.

¿QUÉ GRADOS DE INTENSIDAD PUEDE TENER UN DELIRIO?

En mi etapa juvenil aún no había conseguido encauzar de forma positiva mi vivísima imaginación, por eso no me ahorré ni una pizca de sufrimiento. Una vez que encauzas a tu fantasía hacia tareas creativas el sufrimiento decrece y los resultados mejoran notablemente. La diferencia entre fantasear vivamente sobre cosas malas que te van a ocurrir y el poder narrarlas como una historia de ficción, como una novela, es abismal. Desde que conseguí expresar esas fantasías como escritor, poniendo en palabras tantas imaginaciones que me asaltaban a lo largo del día, mi mente se equilibró y mi psiquismo alcanzó una paz que no había alcanzado antes.

Cuando no eres capaz de expresar de una forma creativa estas fantasías puedes acabar fácilmente en ideas obsesivo-compulsivas que si se mantienen mucho en el tiempo están abonando el terreno para el delirio. Lejos de mi negar la evidencia de la herencia genética o de los trastornos físicos con resultados mentales, pero muchas de las raíces del delirio están en la mente, en nuestra imaginación. Se podría decir que es como la linterna que portamos en la noche oscura, la linterna no somos nosotros pero nos fiaremos y adaptaremos nuestra conducta a lo que nos enseñe, a lo que vaya iluminando la luz de la linterna. Si enfocamos un universo de monstruos nuestra personalidad, que va detrás de la linterna, vivirá en un mundo de monstruos. Eso es lo que le ocurre al delirante, no puede controlar su mente, su imaginación, y ésta llega a tener tanto poder como los estímulos que le llegan de la realidad o más. Está admitido por las nuevas ciencias que la mente es la que procesa todos los estímulos que recibimos a través de los sentidos. A través de sencillos experimentos se nos demuestra que podemos obviar una información certera de un sentido porque la mente al procesarla la ha modificado o bloqueado.

Don Juan le decía a Castaneda que cuando cambiamos el punto de encaje entramos en mundos auténticamente reales. Esto nos resultará difícil de comprender pero es cierto que los sentidos están “enchufados” de alguna manera a la mente y si ésta se enchufa a su vez a otros estímulos y realidades se puede decir que está viviendo en mundos tan reales como los que percibimos y palpamos en nuestra vida cotidiana, a la que consideramos como la única real. Quienes no hayan vivido nunca un delirio intenso no saben hasta qué punto todo lo que se percibe en ese estado es real. Lo mismo que no nos enfrentamos a la realidad a patadas, porque una pared, por ejemplo, nos podría romper el tobillo, tampoco deberíamos enfrentarnos al delirio con la cabeza por delante, embistiendo, porque bien podríamos encontrarnos con paredes reales y rompernos la cabeza.

En el próximo capítulo analizaremos cómo debe enfrentarse un enfermo mental a sus delirios y cómo sus familiares deben reaccionar frente a estas crisis.

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