CONOCIENDO AL ENFERMO MENTAL III

28 07 2014

EL DELIRIO II

LA ATRACCIÓN DEL ABISMO DEL DELIRIO

En otros textos de este blog ya he comentado cómo la mente es una cabra loca que siempre tira al monte y concretamente le gusta pasear y asomarse a los precipicios y abismos. Este defecto natural de nuestra mente resulta especialmente peligroso en los enfermos mentales y sobre todo en aquellos que sufren patologías que pueden generar delirios en sus momentos de crisis.

En realidad todos somos delirantes, incluso aquellas personas que se consideran sanas y apegadas a la tierra, a la materialidad, incluso aquellas que no se dedican a otra cosa que a conseguir dinero, el paradigma de lo material. El delirio más asombroso y más comúnmente aceptado por todos los mortales es precisamente el de su inmortalidad. Si preguntamos a cualquier si cree que se va a morir algún día se echará a reír y nos mirará como si estuviéramos locos. Por supuesto que todos creemos en nuestra mortalidad, todos estamos convencidos a pies juntillas de que moriremos algún día. Sin embargo nos comportamos en la vida cotidiana como si fuéramos inmortales, hacemos planes a largo plazo, despreciamos a los otros como si la muerte no nos acabara igualando a todos algún día. Este es un delirio típico, el delirante sabe la verdad, razona, no necesita que nadie le convenza de que está delirando… pero sigue con el delirio, actuando como si tal cosa. Si alguien le tocara en el hombro y le dijera “pero hombre, no te das cuenta de que estás delirando”, le daría la razón pero continuaría erre que erre.

Los sanos, que tanto miedo tienen al delirio de los enfermos mentales, que se llevan las manos a la cabeza y salen huyendo… por si acaso, en realidad son igualmente unos delirantes, no en vano actúan como si nunca fueran a morir, aún sabiendo que todos morimos y que nadie se salva. ¿Cuál es pues la diferencia entre el delirio del sano y el del enfermo mental?

Tal vez la principal diferencia esté en que el sano tiene muy pocos delirios y todos aceptados socialmente, en cambio el enfermo mental puede sentirse atraído por toda clase de delirios, cebarse, hundirse en ellos y desde luego ninguno es aceptado socialmente… o muy pocos.

Uno se pregunta qué encontramos en el fondo del abismo del delirio para que nos atraiga tanto. Si ya en otra ocasión hemos hablado de que la enfermedad mental no es otra cosa que una fuga de la realidad, el delirio es la manera más fácil y cómoda de fugarse. Dejas que la fantasía se apodere de tu mente, se enquiste allí, eche raíces y descubres que los problemas cotidianos “reales” van perdiendo intensidad y se van relegando a la cola de nuestras prioridades. El enfermo mental, incapaz de afrontar un problema real, puede crearse mil problemas delirantes porque le resulta más cómodo enfrentarse a ellos. Además hay una parte del delirio que es sumamente satisfactoria, casi orgásmica, incluso mística, son las fantasías creativas o positivas.

DELIRIOS CREATIVOS

Tal vez uno de los paradigmas más conocidos del enfermo mental delirante y creativo sea el genial pintor Van Gogh. Estoy convencido de que pintó muchos de sus cuadros en pleno delirio. Mirando sus cuadros no me lo imagino en un estado de consciencia realista, con los pies en la tierra y la cabeza fría. Esta delirante creatividad puede alcanzar cumbres sublimes y proporciona al delirante auténticos placeres de dioses. Se podría decir que estos delirios son reales porque son compartidos por todos los espectadores que contemplan el cuadro y lo disfrutan.

Hay delirantes creativos que se pueden pasar horas y días delante de un cuadro, sin acordarse de comer o dormir, sin ser conscientes de que el tiempo ha transcurrido. A los escritores también nos ocurre algo parecido. Soy capaz de escribir durante horas una historia que me ha pillado y fantasear durante días sobre alguna idea que se me ha ocurrido para un relato. Esto no deja de ser un delirio, aunque se podría considerar creativo y positivo.

Pero esta creatividad delirante tiene también una doble cara, un rostro oscuro. Ese rostro oscuro carece de orejas, podríamos expresarlo así si recordamos lo que hizo Van Gogh. El delirio positivo y creativo puede transformarse en la horrorosa convivencia con los monstruos de nuestra mente. No hay ni un paso entre uno y otro, una delgadísima línea roja los separa.

Es por eso que los enfermos mentales deben tener sumo cuidado con sus delirios, aunque puedan ser positivos o creativos. La atracción que ejerce sobre ellos el delirio es terrible, como el canto de las sirenas sobre Ulises. Se empieza con una fantasía agradable que nos permite aislarnos de la realidad y relegar los problemas cotidianos a un segundo plano y se termina en un delirio que nos impide reconocer la realidad y vivir en ella.

PROCESO DEL DELIRIO

Estos delirios suelen comenzar con una fantasía más o menos agradable, dejamos que se materialice y la reproducimos cuando deseamos huir de los problemas. No todos los delirios comienzan así. En otro capítulo hablaremos de los delirios generados por el alcohol, las drogas y las diferentes adicciones. También puede darse un delirio tras una tragedia, tras un accidente o la pérdida de un ser querido, sería el síndrome de estrés postraumático, el conocido trastorno. Tal vez también existan genes torcidos que generen estos delirios cíclicamente. No lo sé, no me interesa lo que no puedo controlar porque no está en mi mano evitarlo, pero sí podemos controlar y bloquear los delirios generados por nuestra mente.

Salvo casos excepcionales de doble o múltiple personalidad o crisis delirantes de una intensidad desmesurada, los delirios no suelen desvincularnos de forma absoluta de la realidad. Digamos que nadamos entre dos aguas, una brazada en el agua del mar de la realidad y otra en el cielo azul del delirio. Por eso es tan importante que el enfermo mental sea advertido de su delirio en las primeras fases y se le ponga remedio, bien con la medicación o la terapia o el afecto de sus seres queridos. Estoy convencido de que si nos vamos, de que si el delirante se va, se evade de la realidad es por falta de cariño. Si nos quisieran, si nos quisiéramos nosotros, si quisiéramos a los demás la fantasía sería un agradable paseo por la playa y no el viaje infernal del buque fantasma. Tal vez no se podrían evitar los delirios generados por el alcohol, las drogas, las ludopatías, las adicciones, los genes torcidos, las lesiones cerebrales y medulares, el estrés postraumático, pero todos los demás, los que nacen y se desarrollan en nuestra mente pueden ser evitados a través del cariño. Nada como el amor para que no necesitemos buscar nada en el delirio.

LA LÓGICA DEL DELIRIO

Por experiencia sé muy bien lo irreprochablemente lógico que he sido en mis delirios. Un delirante puede emplear la lógica más aplastante, más estricta, el silogismo perfecto, pero no es eso lo que falla, el abismo se abre a un paso de la meta. Es como el juego del ajedrez, el jugador sigue las reglas, diseña estrategias, mueve sus piezas con perfección casi divina, pero cuando va a rematar la partida hace trampa, se enfada y golpea al rey contrario con la mano, vuelca el tablero y maldice de todo y de todos.

Ese es siempre el paso que falla en el delirio. Razonamos como Sócrates pero a la hora de la verdad nos saltamos todas las reglas y nos arrojamos al abismo de cabeza. Nuestros razonamientos podrían ser ecuaciones matemáticas muy interesantes, que otros pueden escuchar con respeto y a las que nosotros damos mil vueltas hasta convencernos de que tenemos razón. El delirante siempre está convencido de que tiene razón. Dos más dos cuatro y más dos seis y … No, esa no es la solución, algo ha fallado, se ha cometido un error grave en alguna parte.

El enfermo mental es un experto en estas trampas. Puede convencerse de que los demás le odian, quieren su mal, de que se portan muy mal con él, de que la culpa es de los otros y no suya, de que la sociedad no le comprende, no le acepta, le margina, de que él no tiene la culpa de su enfermedad y por lo tanto no se siente responsable ni considera debe asumir ningún precio ni karma.

Todo puede comenzar dando una gran patada en el suelo. Aquí estoy yo, esto es el suelo y estoy pisando realidad. Cierto, pero las cosas no son como empiezan, sino cómo terminan. Hemos podido constatar la realidad incontrovertible de un insulto, una mirada aviesa, una conducta poco respetuosa. Eso es cierto, no tiene vuelta de hoja, pero a partir de ahí se inician una serie de razonamientos, de movimientos de las piezas de ajedrez en el tablero que no siempre son correctos y ajustados a las normas. Puede que comencemos a hacer trampas.

Esa persona no me quiere, me odia. Puede ser un salto en el vacío, la trampa del puñetazo en el tablero. Es cierto que he escuchado cómo hablaba de mí a otra persona, creyendo que yo no estaba presente y no escuchaba la conversación. Es cierto que de sus palabras se deduce claramente que esa persona es hipócrita y que conmigo se comporta de una manera y luego resulta que a los demás les dice que soy tal o cual. Eso no puede ser negado y cuando alguien intente razonar con un delirante y niegue estas realidades se encontrará con el rechazo más visceral y la agresividad más rotunda si el enfermo mental está en crisis. No se puede razonar con los enfermos mentales pensando que son tontos, idiotas y no se enteran de la misa a la media. Incluso cuando el enfermo mental está delirando hay que calibrar si su delirio es muy intenso y cómo y por dónde está aún anclado a la realidad. Al delirante hay que ayudarle a encontrar el fallo en su razonamiento y hay que hacerlo con cariño. Ir por la vida arrasando y pateando culos no funciona ni con las personas normales mucho menos con un enfermo mental y si además está delirando… ni te cuento.

En el próximo capítulo veremos cómo funciona un delirio y qué se puede hacer para controlarlo y bloquearlo.

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