CÓMO TRATAR A UN ENFERMO MENTAL III

31 08 2014

CÓMO TRATAR A UN ENFERMO MENTAL IV

estres

CRISIS MAL RESUELTAS

Los familiares de los enfermos mentales suelen sentirse confusos e impotentes frente a las crisis de la enfermedad que sufre su ser querido. Se preguntan qué pueden hacer, qué no deberían hacer, cómo aliviar, en lo posible el sufrimiento de la persona a la que quieren y cómo pueden evitar sufrir ellos una y otra vez el mismo infierno.

Ya he hablado de cómo la enfermedad mental se parece al alcoholismo en el sentido de que no puede darse nunca por completamente curada. Un alcohólico sabe que mañana podría tener un desfallecimiento, beber una copa y todo volvería a empezar. Un enfermo mental puede llevar años sin sufrir ninguna crisis aguda, llevando una calidad de vida muy aceptable, y de pronto todo se viene abajo, en cuestión de segundos echa por tierra lo que le ha costado años edificar.

Se diría que un genio del mal ha diseñado esta enfermedad, con toda clase de estrategias y subterfugios, para conseguir que el enfermo viva en el infierno y sus familiares sufran también sus tormentos o se vean abocados a tomar la decisión de romper lazos afectivos y dejar de ocuparse de él. La realidad es la que es y no podemos cerrar los ojos a ella, o aceptamos que estamos conviviendo con un enfermo mental, con todas las consecuencias, e intentamos conocer la enfermedad y buscar formas de ayudar y establecemos un protocolo para las crisis y emergencias o decidimos que no es culpa nuestra la enfermedad de nuestro ser querido, que no es nuestra responsabilidad y le abandonamos a su suerte. Cuando el enfermo mental está incapacitado la ley ha previsto la figura del tutor que tiene la obligación de asumir las decisiones legales del enfermo y cuidarlo, respondiendo ante el juez. Se puede abandonar esa responsabilidad y pedirle al juez que nombre a una institución para que se haga cargo o a otra persona. Pero lo normal es que el enfermo mental no esté incapacitado y tenga capacidad jurídica para tomar sus propias decisiones. Cuando el familiar decide romper todo lazo con él, si el enfermo es mayor de edad, puede hacerlo siempre que respete en todo momento la legalidad vigente, es decir, si el enfermo carece de medios económicos para sobrevivir, sus padres o sus hijos o sus familiares directos tendrían la obligación de atenderle en la forma que especifica la ley. Cuando el enfermo tiene autonomía económica propia, la decisión de ruptura adopta las mismas formas que entre personas “normales”, es decir, si el enfermo tiene pareja, ésta puede pedir la separación, si vive con familiares, éstos pueden pedirle que se vaya de casa. Son decisiones, humanas, éticas, espirituales, si se quiere, pero a efectos legales todo está bastante reglamentado. Hay casos especialmente penosos para la familia, como puede ser la enfermedad causada por una drogodependencia, alcoholismo, ludopatía, etc. Personalmente he conocido casos concretos en los que uno necesariamente debe preguntarse si puede hacer algo por el enfermo, si debe dejar que éste le arruine la vida sin hacer nada o si existen otras posibilidades. Cuando el enfermo ha perdido la voluntad de luchar contra su enfermedad y ha transformado la vida del familiar en un infierno, éste deberá decidir antes o después qué hará con el enfermo, si sacrificar su vida porque le quiere y con la esperanza de que el tiempo traiga una solución o encomendarlo a las instituciones que deben cuidar de él.

LA IMPORTANCIA DE LAS CRISIS MAL RESUELTAS

Como ya he dicho un enfermo nunca puede dar por sentado que se ha curado totalmente de su enfermedad. En cualquier momento se puede producir una crisis grave, una caída en su patología. En mi caso llevaba años sin medicación, sin terapia alguna que no fuera el yoga mental. Había llevado una calidad de vida muy aceptable y las crisis sufridas no habían sido graves ni tenido consecuencias irreparables. Pero un enfermo nunca sabe cuándo le pillará el toro, hablando metafóricamente. Este verano he sufrido, y aún estoy sufriendo, una grave recaída en mi enfermedad, una crisis aguda que ha hecho saltar todas las alarmas y ha generado comportamientos que creía olvidados y enterrados. La crisis fue mal resulta desde el principio por mí y por mis familiares. Una crisis mal resuelta acaba causando graves problemas, a veces irreparables en la convivencia del enfermo con su familia y con la sociedad. En mi caso se podría producir una ruptura de pareja y familiar y mi vida daría un sesgo muy peligroso, porque no hay peor circunstancias para un enfermo mental que luchar solo contra su enfermedad.

En una conferencia que di en una asociación de enfermos mentales, hace ya algún tiempo, propuse tres requisitos esenciales para que el enfermo pudiera alcanzar una calidad de vida aceptables, estos eran: una férrea voluntad por su parte de querer superar su enfermedad, el apoyo de seres queridos y la posesión de una técnica de control mental que no le deje indefenso ante los vaivenes de su mente. Serían las tres patas del taburete, si falla una éste se viene abajo, si fallan dos se tendría que producir un milagro, la superación de las leyes físicas para que el taburete se mantuviera en pie. Si fallan los tres solo queda rezar.

Podría dar muchas razones para explicar por qué he decidido contar mi crisis, analizarla y buscar soluciones. Que si intento ayudar a otros enfermos y familiares (esta serie de textos sobre cómo tratar al enfermo mental son lo más leído del blog), que me vendrá muy bien para poner los pies en la tierra y enfrentarme con objetividad a mi problema, etc. Si me guiara el narcisismo, el exhibicionismo, la megalomanía, la egolatría, ya habría subido a Internet mi novela “Una temporada en el infierno” donde cuento mi etapa juvenil como enfermo mental y que pondría los pelos de punta a los lectores. No lo he hecho y quiero que sea una obra póstuma, fundamentalmente pensando en mi familia, en la que también pienso cuando he decidido hablar del tema de esta crisis. Con mucha razón me echaban en cara que en la anterior crisis yo les di unas pautas de conducta que no han funcionado en ésta. ¿Qué ha pasado? Lo veremos ahora. Pero lo que me ha guiado fundamentalmente a dar este paso es mi condición de guerrero impecable que hace lo que tiene que hacer cuando tiene que hacerlo. Si lo hubiera hecho en la crisis anterior o en las anteriores o cuando me vi enfrentado a ciertas dificultades personales no tendría ahora que enfrentarme a situaciones tan graves. Es lo que tiene dejar para mañana lo que tienes que hacer hoy y son las consecuencias de las crisis mal resueltas. Vaya por delante mi reconocimiento, afecto, gratitud y mi petición de perdón a mi familia por lo que les he hecho sufrir durante esta crisis que ni siquiera les he sabido explicar de forma verbal y en persona. Me siento más cómodo escribiendo, por lo que con tiempo y aún en plena crisis, creo que soy capaz de mantener el control y la ecuanimidad que no pude mantener en la convivencia. Debo decir que para evitar desvelar intimidades que les afectan he decidido contar lo que a mí respecta con absoluta sinceridad y en cuanto a su conducta lo haré formulando hipótesis y generalizando, es decir, ante un hecho concreto, cómo podría reaccionar un familiar, lo que no significa que mi familia haya reaccionado así necesariamente.

Cuando uno lo ha perdido todo ya no le queda nada por perder y por lo tanto cualquier decisión que tome no podrá ser peor que si no hace nada. Es mi caso, por lo que no tengo ninguna intimidad personal que preservar, ni me queda ningún honor que preservar (me cisco en mi derecho al honor y a la intimidad, escribí en el manuscrito en plena crisis) el contar unos hechos y analizarlos no supone para mi ningún drama ni tragedia shakesperiana. Los enfermos mentales debemos asumir toda la responsabilidad por nuestros actos, palabras, pensamientos, emociones y conductas que han generado daños a otras personas. No nos podemos refugiar en que como somos enfermos se nos permite todo. Si fuera incapaz ya me habrían incapacitado legalmente, si soy responsable legal de mis actos también lo soy éticamente, humana y espiritualmente. Ahora bien, me gustaría matizar algunas cosas.

El enfermo mental no es otra cosa que una persona normal que sufre una enfermedad, solo que en este caso es mental y no física.

Lo mismo que un enfermo que sufre una determinada enfermedad física, el enfermo mental no pierde su personalidad, su carácter, su forma de ser habitual, por lo tanto lo mismo que hay enfermos físicos altos y bajos, alegres o melancólicos, buenas o malas personas, el enfermo mental sigue manteniendo su propia personalidad, salvo casos extremos de gravísimos trastornos de personalidad o de grave deterioro de la mente. Esto quiere decir que la enfermedad mental no nos hace mejores pero tampoco peores. Lo mismo que ocurre con el cuidado a los enfermos físicos (los cuidadores lo saben muy bien) que un enfermo no es igual a otro, aunque sufra la misma enfermedad, y no es lo mismo atender a un enfermo “mimoso” o caprichoso o agresivo o prepotente o mala persona, que a otro que es buena persona, bondadoso, generoso, simpático, etc, con el enfermo mental sucede lo mismo. Ser enfermo mental no significa que seamos más altos o más bajos, más gordos o delgados, más simpáticos y dignos de compasión, más bondadosos que las personas normales. Una persona mala, “un bicho”, no mejora por el hecho de que acabe sufriendo una enfermedad mental, al contrario, sus manifestaciones de “maldad” empeorarán al no poder controlarse. Por lo tanto defender lo indefendible en los defectos de carácter de un enfermo mental, anteriores a su enfermedad y que se manifiestan con toda evidencia cuando también está bien, no solo es ingenuo, sino inútil y no beneficia para nada al enfermo. Lo mismo que al enfermo físico se le atiende y se le cura de su enfermedad a pesar de sus defectos de carácter, eso sí, sin consentirle conductas “mimosas” o caprichosas o agresiva, salvo que el cuidador así lo acepte por propia decisión personal, con el enfermo mental hay que hacer lo mismo, si bien es preciso distinguir lo que son sus defectos de carácter habitual de lo que son síntomas y conductas específicas generadas por su enfermedad.

Estar más o menos triste, ser una persona melancólica o tan alegre como unas castañuelas forma parte del carácter, caer en una depresión profunda, encamarse, dejar de comer, volverse totalmente apático, no ser capaz de pensar en proyectos de futuro e incluso pedir la baja en el trabajo o abandonarlo son síntomas de la enfermedad y no pueden ni deben tratarse como defectos de carácter que nos molestan. Este es uno de los graves errores de los familiares del enfermo mental que veremos en su momento.

Se confunde muy fácilmente la personalidad y el carácter habitual del enfermo con su conducta patológica durante las crisis y así es frecuente que los familiares achaquen al enfermo conductas y defectos de carácter que les molestan mucho cuando están normales, pero eso es algo que deberían hacer cuando el enfermo está bien no cuando está muy mal, sufriendo una crisis, entonces lo que se está haciendo es “vengarse” del enfermo recordando sus defectos (que todos los tenemos) cuando está normal, estamos confundiendo al enfermo físico” mimoso, caprichoso o agresivo” con su enfermedad. En el caso de la enfermedad física es mucho más evidente. A todos nos molestaría mucho que a un enfermo de cáncer se le negará el tratamiento porque es una persona “insufrible”, de hecho sería inaceptable y los cuidadores sufrirían castigos penales. Tiene derecho a ser curado, otra cosa es que el que tiene obligación de hacerlo decida no tener por qué soportar su mal carácter y adopte determinada línea de conducta con él. El problema con los enfermos mentales es que su “tratamiento”, aparte de la medicación y las terapias convencionales, tiene mucho que ver con la conducta de sus familiares y personas del entorno.

Y aquí entramos en una conducta gravemente errónea de los familiares. Consiste en no dejarle tomar decisiones cuando el enfermo está bien, como si fuera incapaz, como si lo hubieran incapacitado, se le lleva en mantillas, se le protege de todo, se le pone bajo una campana de cristal para que nada de la vida, del exterior pueda afectarle y evitar recaídas o crisis. En cambio cuando el enfermo está mal, cuando sufre una grave crisis, entonces los familiares deciden que debe comportarse como una persona “normal” y no se le permite ninguna conducta que se salga de la línea estricta. Es entonces cuando se le piden decisiones de persona adulta y madura que incluso le costarían mucho a una persona que no sufra enfermedad mental alguna. Es un contrasentido que molesta mucho al enfermo mental, al que se le pide por ejemplo en plena crisis que diga si quiere o si odia a su familia y en cambio no se saca el tema cuando el enfermo está bien y puede hablar con control, diciendo lo que piensa. Se le pide que “se moje” en ciertas cuestiones de convivencia cuando está mal y no es capaz de centrarse en ellas y cuando está bien no se sacan a relucir por miedo a que sufra una seria recaída. Esto es tan contradictorio y ridículo como si lleváramos al niño al parque y le mantuviéramos siempre de la mano, no separándonos ni un minuto de él y en cambio cuando salimos del parque y vamos a cruzar una calle con mucho tráfico le soltáramos la mano, nos alejáramos y le dijéramos: “allá te las entiendas, niño! Suena muy tonto, pero así de tonta es a veces la conducta de los familiares para con el enfermo mental. La vida es riesgo permanente, para todos, no se pueden evitar todos los riesgos. El hecho de que el enfermo mental sea más frágil no significa que le debamos atar a la pata de la mesa y no dejarle salir de casa.

HECHOS, REALIDAD DE LA CRISIS

El hecho externo desencadenante de la crisis no fue más grave que otros hechos producidos durante estos años, incluso me atrevería a decir que fue mucho menos grave. En otras ocasiones se solventó al cabo de un tiempo corto y todo regresó a la normalidad, dentro de lo que significa esta palabra en la convivencia con un enfermo mental.

Una bronca de pareja, el enfermo eleva la voz más de lo necesario o conveniente, puede que en realidad haya perdido el control más de lo que él recuerda. La causa fue una nimiedad, pero como ocurre siempre en estos casos, no es la gota que colma el vaso lo importante, sino todas las gotas que han estado llenando el vaso durante mucho tiempo. Es cierto que el enfermo no debería haber reaccionado así, es imperdonable, y debería haber pedido perdón. La causa de ese comportamiento debería haberse tratado en otro momento en el que estuviera mejor y buscar soluciones más razonables.

Al enfermo, también cuando no está sufriendo crisis y se considera una persona perfectamente normal, le molesta lo que él considera una excesiva susceptibilidad de su pareja por el tono de voz. A veces ella le habla tan bajo que él casi ni la oye (y no sirven las disculpas de que necesitas ir al otorrino porque el volumen de la radio en el coche no ha aumentado en años). Discutir por el tono de voz a emplear en una conversación es ya en sí una patología. Otra cosa es que el enfermo grite, eleve mucho el tono de voz en determinados momentos, en las broncas, por ejemplo. Ese ya es un defecto de carácter que debe intentarse corregir. Pero no obstante ese reconocimiento, al enfermo le molesta mucho que se ponga énfasis en un tono de voz elevado y no se ponga énfasis en el contenido de lo que se expresa en un tono de voz “normal y tranquilo”. Se pueden decir cosas terribles en un tono de voz normal, sin elevar la voz, que hacen un terrible daño al otro y se pueden decir cosas menos terribles y que deberían hacer menos daño, en un tono de voz más alto. Al enfermo no le parece justo, y no le parece justo que pueda considerarse como “maltrato” ese comportamiento y a su vez no deba considerarse “maltrato” el contenido de lo que se dice con voz aparentemente “normal” y sin elevar el tono ni un ápice. Si el maltrato psicológico es hacer daño al otro es evidente que no puede centrarse en el tono de voz, solamente, tienen que existir muchos otros componentes.

El hecho se produjo, ya no se puede volver atrás y cambiarlo, hay que aceptar las consecuencias.

ERROR DEL ENFERMO

No se le puede pedir que pida perdón en el acto, y menos si ha perdido el control y parece que está mal, tal vez iniciando su crisis, o tal vez en plena crisis, sin ser consciente de ello, pero debería haberlo hecho más tarde, unos minutos, una hora, un día después. Es un grave error del enfermo que tal vez haya que achacar a su “carácter” y con el que su pareja, su familia, su entorno no debería transigir tanto. Si consideran que debe pedir perdón con más frecuencia deberían decírselo, pero cuando esté bien, no cuando esté en plena crisis.

ERROR DEL FAMILIAR

Un familiar debería darse cuenta de cómo son las crisis del enfermo y cuándo y cómo comienzan, con qué síntomas. No se pueden provocar determinadas conductas que se sabe van a generar automáticamente la crisis. Ello no significa que al enfermo se le deba consentir todo, pero de nuevo insistir en que eso se habla cuando el enfermo está bien, nunca cuando está en plena crisis. Un familiar debería hablar antes de la crisis, si el enfermo no hace caso es su responsabilidad y el familiar no debe sentirse culpable en absoluto por crisis generadas por el propio enfermo.

MÁS HECHOS

El enfermo analiza su comportamiento y lo achaca a la ola de calor, a una temporada de trabajo mayor de lo habitual, al estrés y sobre todo a otros acontecimientos que se han producido antes, incluso mucho antes y en los que el enfermo ha sido tratado con dureza, eso sí, sin levantar un ápice la voz. El tema de la influencia desmesurada del pasado en el enfermo mental lo trataremos más adelante. También están influyendo serios problemas de convivencia a los que el enfermo lleva dando vueltas desde hace mucho tiempo, años, y que no se ha atrevido a hablar con claridad y asumir las decisiones correspondientes. Ese es un error solo suyo que no debe achacar a su pareja, pero que ha influido en esa crisis también.
El enfermo espera que pase el tiempo y que todo regrese a sus cauces habituales. No es mala idea y no parece ilógica ni irracional. El problema surge cuando esta vez la situación de “silencio”, de mutismo mutuo se prolonga en exceso. La pareja está esperando que el enfermo se disculpe y le pida perdón. Algo que ya hemos visto debería haber hecho. El enfermo no pide perdón porque es un defecto de carácter cuando está bien, pero ahora por desgracia está mal y su incapacidad para hacerlo no debería asumirse como la conducta de una persona normal, sino como el síntoma de una crisis de un enfermo mental.

El enfermo no es consciente de la crisis que ya está sufriendo, sin él saberlo. De pronto se produce el hundimiento, el desmoronamiento. Los síntomas que tan bien conoce se presentan con toda evidencia. Cada enfermo tiene sus propios síntomas, los míos son fundamentalmente estos:

-Dejar de comer. Algo que es muy sintomático en una persona que gusta mucho de la comida, golosa, que sufre si no queda satisfecho, que le cuesta mucho llevar dietas. Su pareja lleva muy mal este defecto de carácter, que lo es no porque le guste la comida, sino por el exceso, todo exceso es malo, “in medio consistit virtus” como decían los clásicos, en el equilibrio está la virtud. Esto se ha convertido en un serio problema de convivencia que ha afectado a su intimidad. Pero de nuevo es un problema para tratar cuando el enfermo esté bien. Normalmente el enfermo vuelve a comer tras haberse saltado algunas comidas, o al día siguiente, o a las dos días, o a los tres, pero nunca le había ocurrido algo así. Esto es nuevo. No es que haya entrado en un ayuno absoluto pero de pronto ha dejado sustancialmente de comer y esto le hace sentirse desmadejado, lo que unido al calor y a la depresión generada por la bronca de pareja intensifican el resto de sus síntomas.

-Dejar de comunicarse. Al enfermo le cuesta tanto hablar que huye de la presencia de su pareja, de su familia y del entorno. Es un claro síntoma de su otra patología “la fobia social”. A su pareja le cuesta mucho aceptarlo, se lo toma como algo personal, como si dijera “no me quieres, por eso no me hablas, no te comunicas”. Y le molesta sobre todo que de alguna manera sea capaz de comunicarse lo imprescindible con los otros. Le ha podido achacar ( y aquí entramos en el terreno de las hipótesis de trabajo con sus variantes, que bien ha podido ocurrir en este caso o no) que ha ido a trabajar, lo que requiere trato con el público y no se ha quedado de baja.

ERRORES DE LA PAREJA

Es perfectamente aceptable que su pareja no le haya hablado al enfermo después de la bronca. Se siente ofendida, no se le ha pedido perdón y ya está harta de este tipo de conductas que se repiten cíclicamente. Es perfectamente asumible que espere un tiempo. Pero ha cometido un grave error, ha ignorado cuándo la conducta de su cónyuge ha dejado de ser la propia de su carácter habitual y se ha transformado en patológica, indicativa de que ha comenzado a sufrir una crisis y una crisis severa. Debería haber comenzado a tratarle desde ese momento como el enfermo mental que es y no como la persona “normal” con la que trata habitualmente. No se le pide que pida ella perdón, ¡faltaría más!, simplemente que se acerque al enfermo y le haga saber que está con él. Algo así como: ¿estás mal? Bueno, que sepas que estoy aquí, si me necesitas dímelo. No es necesario mucho más, el enfermo toma nota y si puede, dentro de su crisis, o si se lo permite su carácter habitual responderá. Puede que a la pareja le cueste hacerlo, también tiene su carácter, y sus defectos, como todo ser humano. Pero si el enfermo ya está en plena crisis, incluso ha entrado en delirio, la falta de este acercamiento elemental puede ser crucial.

Como el enfermo dijo al ir saliendo de la crisis, en una “conversación” (el enfermo no pudo evitarlo, estaba en plena crisis, y elevó la voz de nuevo) para intentar arreglar las cosas. Esta conducta que he tenido sería absolutamente inaceptable en una persona “normal” y tanto su pareja como su familia debería tomar la decisión de alejarse y no volver. Pero esta conducta es una consecuencia de su enfermedad, lo mismo que el dolor o la fiebre, si no se acepta es que no se acepta que el enfermo mental lo sea y entonces nos encontramos ante una “persona normal” que sufre graves trastornos de conducta, que es capaz de mentir como un mentiroso compulsivo, que tiene sofisticadas estrategias de chantaje emocional, farsas de control demoledoras para hacer daño a sus semejantes y que podría hacer tanto daño que lo mejor es alejarse de él lo más posible.

Aquí nos encontramos con un dilema muy importante. O es un enfermo mental o no lo es. Su pareja y familia aceptan que es un enfermo o no lo aceptan.

Si no se le considera un enfermo mental habría que preguntarse: ¿Qué han hecho los psiquiatras que le han diagnosticado, tratado y medicado? Y la respuesta no podría ser otra que “un crimen”, han cometido un crimen y deberían estar en la cárcel. No se pueden haber equivocado hasta el punto de ocasionarle un daño irreversible, con medicaciones muy fuertes, antipsicóticos y antidepresivos. No pueden haber ordenado terapia de electroshock si pensaban que no era un enfermo. No le han podido mantener encerrado durante temporadas muy prolongadas en psiquiátricos, porque si no fuera un enfermo mental a estos profesionales tendrían que haberlos encerrado en la cárcel.

Tal vez se trate de que su pareja y familia no han acabado aún de asumir que están conviviendo con un enfermo mental. Ese sería un grave error suyo y no de su pariente. El hecho de que al enfermo le costara tanto, en una época de su vida, dejar de pensar en el mismo como “un loco” no significa que no deba aceptar ahora que es un enfermo mental y que le tiene que costar convivir con otras personas.

Estamos ante un dilema, o bien profesionales de la medicina se equivocaron gravemente al diagnosticarle como un enfermo mental o bien su pareja nunca lo ha asumido y entonces no toda la culpa de sus crisis y conductas patológicas son achacables en exclusiva al enfermo. Si estamos tratando con un enfermo habría que tratarle como tal, es decir curarle de su enfermedad al tiempo que no aceptar sus defectos de carácter, caprichos y “mimosadas”.

Y aquí esbozamos otro apartado, qué hace la pareja. Si le considera un enfermo que está sufriendo una crisis, ¿debería obligarle a ir al psiquiatra y a medicarse? En este caso el enfermo ha superado esa fase y se niega a una medicación que le haría retroceder. Podría aceptar una terapia pero siempre que se le permita tomar él sus propias decisiones.

UN APUNTE FINAL POR AHORA

Es comprensible la extrema dificultad de la pareja en dilucidar conductas propias de un enfermo mental y otras que son achacables al carácter y a la forma de ser de una persona concreta. No obstante la pregunta sería: ¿Cómo es que se ha soportado durante tantos años a una persona? ¿Le pareció aceptable su forma de ser cuando no sufría crisis en su enfermedad? ¿Se podría decir que los más graves problemas de convivencia de la pareja se produjeron durante las crisis o es que  en estado normal también resultaba una persona insufrible para ella?  Dejaremos pendientes de contestar estas preguntas. Solo un adelanto.

UNA PERSONA NO PUEDE SER MALA, MALVADA Y HACER DAÑO SOLO DURANTE SUS CRISIS COMO ENFERMO MENTAL SI ERES MALO LO ERES SIEMPRE, SI TIENES UN DEFECTO DE CARÁCTER CONCRETO LO TIENES SIEMPRE Y NO SOLO CUANDO SUFRES CRISIS EN TU ENFERMEDAD MENTAL. SI SOMOS CAPACES DE CONVIVIR CON UNA PERSONA EN ESTADO NORMAL Y NO LO SOMOS CUANDO SUFRE CRISIS EN SU ENFERMEDAD ES QUE NO SOMOS CAPACES DE CONVIVIR CON UN ENFERMO MENTAL. EL PROBLEMA A PLANTEAR SERÍA: ACEPTO O NO A UNA PERSONA COMO ES, EN ESTADO NORMAL, O NO, Y ACEPTO O NO QUE ES UN ENFERMO MENTAL O NO Y ACEPTO O NO QUE DEBO SEGUIR CIERTO PROTOCOLOS PARA TRATAR CON UN ENFERMO

Y aquí lo dejamos ya que se trata de un texto muy amplio, lo partiremos en varios capítulos.

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7 responses

9 07 2017
robe

No sé qué decirte, solo que no podemos con ella, lo último es que perdió el trabajo y vaga sin rumbo, es verbalmente agresiva contra nosotros su familia, dice que nos odia y no quiere saber nada, que no nos metamos en su vida que ella ya sabe. Anda con un tipo que es un sinvergüenza sin oficio ni beneficio que le tiene el tarro comido y se aprovecha de ella, estamos desesperados, lo hemos intentado todo, solo nos queda llamar a la guardia civil. Qué impotencia, yo ya pienso si no estará absorbida por una secta… gracias por tus palabras pero esto se nos fue de las manos,…

9 07 2017
Slictik

Lo siento, la impotencia frente a la enfermedad mental es uno de los sentimientos más frustrantes que existen, es como ver que alguien se ahoga y por muchos salvavidas que le lances nunca se aferra a ninguno. Cada persona es libre para vivir su vida y cuando se emperra en darse cabezazos contra la pared solo queda esperar que algún día le duela la cabeza lo suficiente para que deje de hacerlo. Cuando además hay otra persona con una mala influencia, tóxica, la situación se complica mucho más. Poco más puedo decirte porque no me das muchos datos, ni sobre la enfermedad, ni sobre esa persona, ni sobre esa sospecha de estar en una secta. El tema de las sectas es aparte, es un tema muy complejo y difícil, cuando se produce lo que se llama “el lavado de cerebro” se requiere una terapia especializada y el contacto con profesionales expertos en ese tema. En algún momento se producirá un cambio de rumbo, nadie puede estar toda la vida dándose cabezazos con la pared sin que comience a preguntarse lo que está haciendo y reflexione si merece la pena seguir abriéndose la cabeza intentando derribar un muro que siempre permanecerá ahí, por mucho que nos empeñemos. Ese será el momento de olvidarse del pasado e intentar conseguir con el cariño lo que no se puede conseguir de cualquier otra forma. Un abrazo y suerte.

24 04 2017
robe

¿Y cuándo es el paciente el que no acepta su enfermedad y se empeña en hacer vida normal y todos vemos que no puede? ¿Qué puede hacer entonces el familiar?

25 04 2017
Slictik

Un saludo: En efecto este es un gravísimo problema y el primer paso que debería dar un enfermo si quiere enfrentarse a su enfermedad con alguna garantía. Al final de este comentario te pongo un enlace a algunos textos del blog donde trato este tema con mayor extensión. Sin duda una buena parte de culpa la tiene el estigma social que aún conlleva la enfermedad mental en esta sociedad. No es fácil para la persona con enfermedad mental dar un paso que le llevará, más o menos, según la sociedad en la que vive y su entorno familiar, a ser un estigmatizado, un marginado, a ser mirado con recelo, con miedo. Dar este paso significa para el enfermo aceptar una enfermedad que en la mayoría de los casos es crónica, de por vida, que le obligará a tomar una medicación fuerte y muy incapacitante, que le impedirá llevar una vida normal en la mayoría de los casos. El enfermo muchas veces tiene que renunciar a su vida laboral y a una independencia económica o al menos a tener que aceptar trabajos temporales y en la mayoría de los casos poco satisfactorios, tanto vocacional como económicamente. Muchas veces el enfermo también tiene que renunciar a la vida de pareja y familiar. La mayoría de las personas con enfermedad mental que conozco han renunciado (aunque en el fondo siguen teniendo alguna esperanza) a la vida de pareja y a formar una familia. Incluso los que hemos tenido la suerte de tener pareja durante una etapa de nuestra vida y una familia, solemos terminar con la separación de la pareja y con graves problemas familiares, con los hijos. No es precisamente un panorama esperanzador el que se nos ofrece a los enfermos mentales, por eso hay que ponerse en su piel e intentar comprenderles. Nadie va cantando al potro del tormento, donde sabe que le espera el sufrimiento, la desesperación. Por eso hay que tener mucha paciencia con el enfermo mental cuando tiene que dar este paso. Una vez dado ya no tiene vuelta atrás. Una vez que has sido diagnosticado, que has comenzado a tomar medicación, que sigues una determinada terapia, la vida se convierte en arenas movedizas, cuanto más intentas moverte, más te hundes. El cielo se oscurece y los horizontes se cierran.

Muchos enfermos se niegan a ir al psiquiatra o al psicólogo, al terapeuta, no quieren ser examinados, no quieren ser diagnosticados, no quieren tener que enfrentarse a una posible enfermedad mental muy grave, con todas las consecuencias que esto significa. Incluso en el caso de enfermos que llevan mucho tiempo tomando medicación, que acuden al psiquiatra de una forma más o menos habitual, yo me he encontrado con personas que niegan ser enfermos mentales, se rebelan si les llamo así y se enfadan. Yo siempre les digo lo mismo: el nombre es lo de menos, llámalo X, si eso te hace más feliz, pero debes asumir que te ocurre algo que está trastocando tu vida, que te crea problemas de conducta, que te hace sufrir terríblemente. El nombre es lo de menos, si te sientes estigmatizado con el nombre de enfermo mental, busca otro que te agrade, trastorno de la personalidad, hipersensibilidad, tristeza patológica, lo que quieras, al final las consecuencias serán las mismas, tendrás que tomar medicación, seguir una terapia. Quien toma medicación se supone que es un enfermo, les digo, si no estuvieras enfermo no tendrías que tomarla. ¿Por qué no aceptarlo de una vez por todas y empezar a enfrentarse a lo que te está ocurriendo? Muchos me dicen que en realidad no son enfermos, solo personas muy sensibles, a quienes les afecta la vida en una sociedad agresiva, competitiva, injusta, inhumana. Vale, yo también soy hipersensible al polen, a los ácaros, a las gramíneas, y a un montón de cosas más y cuando llega la primavera y no puedo levantarme sin pasar cinco minutos estornudando… pues tengo que tomar medicación, antiestamínicos. Que no me quiera catalogar como enfermo, que piense que solo soy hipersensible a ciertas sustancias que hay en el aire, lo cierto es que tengo que tomar medicación y el que me llame de una o de otra forma no me lo va a quitar.

Muchas personas con enfermedad mental, con las que me relaciono, siguen con esa terrible dificultad de aceptar su enfermedad, buscan excusas, intentan buscar palabras que les molesten menos, achacan a ciertas circunstancias lo que les está ocurriendo y creen que solo es una mala etapa, que en cuanto pase volverán a ser los que eran. El problema de esta forma de pensar es que les impide aceptar lo que les ocurre, habitualmente echan la culpa a los otros, a la sociedad. Si uno se ha hundido en una gran depresión piensa que ha sido debido a una terrible discusión con un familiar, a que el familiar no respeta su libertad, le persigue, le fuerza a hacer cosas que no quiere hacer. O piensa que es la sociedad, que vivimos en un mundo injusto y cruel, que toda persona sensible acaba enferma. Algo que no deja de ser bastante cierto. Como dice Krishnamurti, no deberíamos avergonzarnos de estar enfermos en una sociedad que lo está hasta la médula. Pero no dice que no seamos enfermos, tampoco dice que la enfermedad sea causada totalmente por una sociedad enferma, solo que hay cierta lógica en que uno se contagie viviendo en una sociedad enferma.

El enfermo que no se acepta como tal estará siempre echando la culpa a los demás y eso no deja de ser un sonsonete agobiante, un mantra que acaba molestando mucho a los familiares que suelen decirle que ellos también viven en esa sociedad y no sufren de enfermedad mental. A lo que el enfermo responde que es porque son más insensibles, unos auténticos pedruscos, las cosas les afectan menos. Toda esta discusión es inútil, no arregla nada y lo empeora todo. Un familiar debería tener muy en cuenta estas normas de conducta si quiere conseguir algo de la persona con enfermedad mental, si quiere que acabe aceptando su enfermedad.

-No se debe insistir nunca, es la peor conducta que podemos adaptar con un enfermo, también lo es con cualquier otra persona, pero especialmente con el enfermo. Este acaba pensando que el familiar piensa que es tonto, que no se entera de lo que le está diciendo, que cree que es mucho más listo que él, que lo sabe todo y él no sabe nada, que tiene la tonta idea de que si insiste lo suficiente lo acabará consiguiendo. Es como una pelea de boxeo, si el familiar cree que a fuerza de golpes conseguirá ganar esta supuesta batalla, buscará el k.o., buscará dejarlo fuera de combate. El enfermo pensará que están intentando acabar con él y se defenderá con rabia, con agresividad, incluso con violencia. No respetar la libertad y los derechos del enfermo, que si no está incapacitado legalmente los tiene todos, y éticamente nadie en su sano juicio decidirá arbitrariamente que los enfermos no tienen derecho a la libertad por estar enfermos.

-La libertad es un valor prioritario para todos, y el enfermo mental no tiene por qué ser una excepción. Es cierto que la enfermedad afecta la volición, el enfermo tiene muy poca voluntad, afecta la lucidez para enfrentarse a los problemas, bloquea la afectividad y muchas cosas más, pero eso no significa que haya que tomar las decisiones por él. Solo cuando el deterioro del enfermo es tal que no puede gobernar su persona y se están asumiendo riesgos de salud muy graves es conveniente buscar la incapacidad legal a través del juzgado correspondiente. Una de las mayores dificultades con las que yo me encuentro a menudo al hablar con los familiares del enfermo es que estos acepten que al enfermo no se le debe forzar con insistencia, no se le debe quebrantar con conductas agresivas, manipulatorias, como si el enfermo acabara rindiéndose y levantando las manos porque ya no puedo más. Me riendo, haced conmigo lo que queráis. Los enfermos reaccionan muy mal y al final se consigue justo lo contrario de lo que se desea.

-Uno de mis argumentos metafóricos favoritos es el siguiente: Si Dios, que es infinitamente bueno, infinitamente poderoso, que podría obligarnos a ser buenos a la fuerza, que podría obligarnos a vivir en un paraíso, donde todo fuera bien y todos fuéramos muy felices, si él que podría hacerlo y no nos podríamos resistir, no lo hace, al contrario nos ha dado el don de la libertad. ¿Quiénes creemos ser para enmendarle a él la plana, para ser más papistas que el papa, para quitar el don de la libertad que él ha dado a todos a los enfermos mentales porque está claro que van al abismo? Es evidente que este argumento no sirve con las personas que no creen en Dios, que son ateos, agnósticos, que no tienen una filosofía espiritualista de la vida, que son materialistas, cientifistas, que creen que todo ocurre por azar o siguiendo unas leyes físicas que nadie puso en la naturaleza, que son aleatorias. En este caso cambio de argumento y les digo que la máxima evangélica, básica, elemental, sí les compete. No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti. ¿Querría un familiar, si estuviera en lugar del enfermo, que le ataran a la pata de la mesa, que no le dejaran salir de casa, que le tuvieran vigilado todo el día para que no hiciera cosas “malas”? Es increíble hasta dónde puede llevar esta creencia de que al enfermo no hay que respetarle la libertad porque está enfermo. Alguien que piense así podría llegar a torturar al enfermo pensando que es lo que le conviene. Los dictadores que han asolado la historia humana pensaban así. Tenían la verdad, habían sido enviados por Dios, y si ellos consideraban que el sexo era pecaminoso podían encarcelar a quien lo practicara fuera de los cauces establecidos. No le demos más vueltas, la libertad es siempre prioritaria, si no se respeta la libertad el enfermo se rebelará y considerará que la violencia que emplee es justa.

-¿Qué hacer, entonces, si el enfermo no quiere aceptar su enfermedad, no quiere ser diagnosticado, no quiere acudir al terapeuta, no quiere tomar medicación, no quiere hacer nada que podría mejorar su condición? Bien, si no podemos forzarle, habrá que buscar otros caminos. Mi gran máxima, en la que sigo creyendo y supongo que creeré el resto de mi vida, a no ser que ocurra algo terrible que me haga cambiar de opinión, es la siguiente: Si no consigues algo con el cariño, no busques más porque no encontrarás nada que te ayude a conseguir lo que buscas. Un abrazo cariñoso es más efectivo con un enfermo mental que un día entero machacando los mismos razonamientos. Cuando yo me enfrento a empecinamientos en ideas equivocadas que están haciendo mucho daño a otros enfermos, tales como creer que las drogas blandas, marihuana, hachís, no solo no les perjudican, sino que les benefician, no me dedico a machacarles con argumentos. Simplemente les digo: Tu vida es tuya, eres libre, tu cuerpo es tuyo, tu mente es tuya, puedes decidir sobre tu vida, tu cuerpo, tu mente, si Dios te dio la libertad, no te la voy a quitar… ahora bien, no me vengas quejándote luego de que estás delirando o de que de pronto te has hundido cuando estabas tan bien. Si un enfermo bebe alcohol, toma drogas de forma habitual, aunque sean blandas, si un enfermo hace todo lo posible para descontrolar su mente, nosotros que necesitamos tanto que nuestra mente esté controlada, luego no podemos quejarnos de que estamos en delirio, sufrimos alucinaciones, de pronto estamos en lo alto de la montaña rusa y de pronto estamos en el suelo. Eres libre para no querer ir al psiquiatra, para no querer que te diagnostiquen, para no tomar medicación, para sugestionarte con que la culpa de todo lo que te pasa la tienen los otros, la sociedad, que esto es temporal y debido a tu hipersensibilidad. Pero luego no te quejes de que te estás deteriorando cada vez más, de que no te controlas, de que no tienes voluntad, te vuelves apático, desordenado, no te preocupa la limpieza, te conviertes en un auténtico pordiosero.

-Los familiares tienen que convivir con el enfermo y por lo tanto tienen todo el derecho del mundo a pedirle al enfermo que deje de machacarles con sus mantras. No deben darle la razón como a un loco a todo lo que les diga, porque esto sí que llega a ofender gravemente al enfermo y no solo no se consigue nada sino que el enfermo que es ratificado día a día en sus creencias acabará creyendo en ellas a pies juntillas y luego no habrá fuerza humana ni divina que le convenza de lo contrario. Los familiares tienen todo el derecho del mundo a no hacer caso de su bula papal -que trato en otros textos- según la cual como el sufre tanto está en su derecho de hacer lo que le venga en gana. Los familiares están en su derecho a no soportar sus insultos, conductas agresivas, a su negativa constante a hacer las cosas más elementales, pero si intentan conseguir todo esto con insistencia, intentando quebrantar al enfermo, todo irá a peor. Si le das un abrazo al tiempo que le dices que es dueño de su vida pero que le vendría muy bien ir al psiquiatra para que le diagnosticara, si los abrazos se repiten, es más fácil que el enfermo lo acepte que si se le dicen las cosas de forma agresiva, se insiste como si fuera tonto, se le amenaza con hacer esto o lo otro si él no hace esto o aquello.

-¿Qué hacer cuando ya no se aguanta más? Si el deterioro del enfermo es tal que hay que hacer algo, y ya, dejándose de tonterías, es cuando el respeto a su libertad se enfrenta a otros derechos igualmente prioritarios y es cuando si es preciso hay que internarlo vía judicial. Si el enfermo ha llegado a un extremo tal de deterioro que ya no se puede consentir que siga así, si además es agresivo, violento, si está convirtiendo la vida de sus familiares en un infierno, habrá que buscar la vía judicial, un internamiento forzoso, que sea diagnosticado por quien corresponda, que sea internado, que se le obligue a tomar la medicación, y una vez que mejore se le devolverá la libertad y es entonces cuando el enfermo deberá enfrentarse de una vez por todas a su enfermedad o su vida se convertirá en un infierno y convertirá la vida de su familia también en un infierno.

Hay que tener mucha paciencia con el enfermo y tratar de conseguirlo todo a través del cariño. Esto puede parecer tonto, sin sentido, una utopía, como esa de salvar a la humanidad a través del amor fraternal y universal, solo que hay una gran diferencia, nosotros no podemos forzar a la humanidad a mejorar a través del amor, pero sí podemos dar cariño al enfermo, es un elixir mágico, si lo hacemos e insistimos, el enfermo acabará por sentirse mal si no responde a ese cariño. Cuando pienso en el poco cariño que yo recibí y en lo mucho que hubieran conseguido conmigo a través del cariño me digo que el ser humano es realmente idiota, tenemos a mano un remedio maravilloso para nuestros malos, sobre todo para la enfermedad mental, para la enfermedad del alma, como la llamo yo, y no solo no lo empleamos, si no que nos avergonzamos. Ver a un familiar incapaz de abrazar al enfermo mental a mi presencia, porque lo considera una tontería, porque él mismo está bloqueado afectivamente, es una experiencia tristísima. Te remito a los otros textos de Cómo tratar al enfermo mental y a los comentarios y respuestas a los mismos. También te remito a los textos sobre “Errores de conducta respecto al enfermo mental”. Un abrazo fraternal y suerte.

https://guerreroimpecable.wordpress.com/tag/errores-de-conducta-enfermo-mental/

31 08 2014
papus21

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