RELATOS DEL OTRO LADO (Conociendo al enfermo mental)

22 10 2014

NOTA INTRODUCTORIA A MODO DE PRÓLOGO

Dedico este relato a una buena amiga del Grupobuho, a quien seguramente Gregorio conoce y tal vez Mr. Bernie. No digo su nombre, ni su alias, porque los enfermos mentales debemos ser muy discretos en estas cosas. A mí ya no me importa que me encierren o que me premien con un rico plato de callos a la madrileña, regado con un Ribera del Duero, todo me da igual, ni fú, ni fá. Se acaba de poner en contacto conmigo para comentarme lo de su bipolaridad, que ya sabía porque tuvo el afectuoso detalle de decírmelo cuando yo escribí uno de mis espantosos relatos sobre la enfermedad mental. Me dice también que la mayoría de sus amigos son bipolares. Entre mis “discípulos” (me gusta gastarme esta broma, como si yo pudiera ser maestro de algo) del cursillo de yoga mental hay un bipolar por quien siento un gran afecto y que es todo lo contrario del personaje de este relato, basado en una persona real que conocí hace años en una clínica psiquiátrica privada. Es por eso que les pido que se anden con tiento a la hora de prejuzgar qué es la bipolaridad y cómo se comportan los enfermos bipolares. El personaje real de mi relato era una especie de ciclón, seguramente porque estaba en la fase activa, y en cambio “mi discípulo” parece moverse como yo me moví mientras intentaba arreglar mi transistor. Porque efectivamente el narrador soy yo, me encontraba internado allí y con mucha medicación. Lo que cuento está narrado en tono humorístico, exagerado, cínico, y el resto de adjetivos dejaré que se los pongan ustedes, los lectores sanos, “los otros”. Así les llama el narrador, tal vez no con mucho cariño. Por mi parte debo decir que siento un gran afecto por mis lectores y por los de Sonymage más, y por mis amigos sanos y por mis seres queridos, sanos (gracias a Dios) y por el resto de la humanidad, también sana. Gracias a Dios los enfermos mentales somos una minoría… pensaba hasta que el lunes asistí a la presentación de varios vídeos de la campaña, entre ellos el mío, y pude escuchar a un psiquiatra hablar de que entre enfermos mentales graves, menos graves y hasta “circunflejos” (esta es una tomadura de pelo por mi parte) y si añadimos aquellos enfermos mentales no diagnosticados y cuya enfermedad no es tan grave que puede pasar desapercibida, dentro de muy poco seríamos el 25 por ciento de la población mundial. Casi podríamos fundar un partido político, y desde aquí yo me postulo como presidente, secretario y diputado, y lo que haga falta. Nosotros sí que “podríamos” si quisiéramos, pero no queremos, somos muy discretos y procuramos estar siempre a la sombra, porque el sol nos hace mucho daño.

Por cierto que la presentación estuvo bien, asistieron algunos políticos (¡Dios guarde a los políticos que asisten a estos actos!), se vieron tres vídeos, entre ellos el mío. El acto estuvo organizado por la asociación Despertares de Toledo de familiares y enfermos mentales, muy bien organizada, si señor. Trataba del enfermo mental y el mundo laboral. Un tema muy delicado. Y tanto, como que me encendí y hablé de la economía mecanicista, la de Charlot pillado en los engranajes de Tiempos modernos, y de la economía humanista, a la que deberíamos aspirar. Y el santo Milarepa habló por mí y mencionó que todos somos hijos de Dios y en todos hay una chispa divina, hasta en los enfermos mentales, y que por favor, por Dios, por la Totalidad, por Tutatis, que diría Asterix y Obelix, que no nos consideren como tuercas o tornillos gastados y nos arrojen a la basura. En una economía humanista se prefiere la persona al número.

Y luego nos invitaron a comer y comí bien, en el restaurante Abadía, creo, de Toledo, que sino me equivoco fue el mismo de nuestra Kedada, y por eso lo menciono. Y descubrí que como siempre mi visión de la enfermedad mental y del enfermo mental difiere un poco de otras visiones y siempre acabo a la greña con todo el mundo, claro que en este caso como todos éramos amigos, y algunos enfermos mentales, la sangre no llegó al río. Lo que sí podría suceder en mi blog, El guerrero impecable, donde me he desmelenado, y a lo mejor me he pasado un poco, lo reconozco, defendiendo al enfermo mental de quienes no acusan de ser unos vagos que no queremos trabajar, unos cobardes, alfañiques y tiquismiquis, incapaces de enfrentarnos a la vida, que nos refugiamos en la enfermedad mental, que somos manipuladores, que somos malas personas, que algunos hasta asesinos (por cierto que los contadísimos casos de esquizofrénicos que han causado lesiones o acabado con la vida de alguien no pueden ser la regla y casi todos son consecuencia de la falta de medicación, de un mal entorno familiar y social y de un tratamiento no demasiado bueno de ciertas personas hacia ellos).

Con esta serie de relatos pretendo que ustedes, los otros (en este caso amigos entrañables, en otros casos no) nos conozcan a los enfermos mentales desde dentro, como si estuvieran en nuestra piel, como si les hubieran embutido a pastillas y andaran groguis por los pasillos. A pesar del tono humorístico, cínico, a veces provocador, estos relatos pretenden ser un relato fiel y cariñoso de mis hermanos y de su mundo. Les pido comprensión, les pido cariño, y un poco de empatía, no demasiada, no sea que les suceda como al paciente empático, un personaje de la biografía del doctor Sun, discípulo de Jung, a quien traeré por aquí de vez en cuanto.

Y ya está bien, que me enrollo como las persianas, y eso que con la medicación estoy al ralentí y cada revolución tarda una hora cinco minutos, hora de Greenwich, Greenwich-Village, creo. No me hagan caso, estoy de broma, no tomo medicación. He superado esta crisis a pelo, como la anterior y la anterior. Esta es una de mis discrepancias. Aconsejo a todos los enfermos mentales, especialmente los graves, esquizofrénicos y psicóticos, que tomen medicación siempre, y si algún día, tras décadas de práctica de yoga mental, consiguen dejarla, que lo hagan poco a poco y siempre supervisados por un psiquiatra. Yo la dejé hace más de quince años, a lo bruto, con toda mi maldita fuerza de voluntad, claro que yo no soy un esquizofrénico y aunque me diagnosticaron una psicosis maniaco-depresiva en mi juventud, nunca estuve muy de acuerdo. Soy depresivo, fóbico, obsesivo-compulsivo y tal vez un poco bipolar, aunque solo cuando escribo o como, el resto de mi actividad es la de un motor al ralentí.

Que Dios les bendiga por soportarme y a los que me quieren que no me abracen muy fuerte, este verano bajé 10 kilos por dejar de comer y ya no tengo la capa de grasa que me protegía de la vida.

RELATOS DEL OTRO LADO

UN ENFERMO BIPOLAR

Me encontraba en mi cuarto manipulando un pequeño transistor que se me había caído al suelo. No lograba sintonizar una emisora de noticias y aunque podía escuchar, -no muy bien- un par de emisoras musicales, no era la música que a mí me gustaba, estridente, chabacana… ¡Que les dieran por donde amargan los pepinos! Acababa de ingresar en una clínica privada, un centro de salud mental, o un maldito psiquiátrico, como me gustaba denominar a estas cárceles donde nos recluyen a los enfermos mentales para que no demos guerra a la bendita sociedad, a quien Dios tenga en su gloria muchos años. Reconozco que aquella era una cárcel de lujo, pero una cárcel al fin y al cabo.

Ya estaba harto de ingresos, harto de crisis, harto de familiares que creen que eres una buena persona cuando estás bien y una especie de asesino en serie cuando estás mal. Estaba muy “hartito” de tanta mierda como tenía que tragar. Cierto que la sociedad, bendita sea su alma, tenía una gran paciencia con nosotros, improductivos y tontos del culo; que los familiares, Dios premie con el cielo, nos aguantan más de lo que aguantó el Santo Job, que aguantó mucho; que los terapeutas, psiquiatras, celadores, monjitas de blanco, con toca, (¡Que Dios las ame como las amo yo!) y demás personal de esta clínica y de todas las clínicas y sanatorios y centros psiquiátricos y loqueros y manicomios y frenopáticos y cárceles del alma están hasta el forro de los c… de nosotros. Tienen toda la razón y seguramente estarían mejor si no nos tuvieran que aguantar todos los días… Pero nosotros también aguantamos un rato. No escogimos estar enfermos, algunos fuimos muy buenos de niños, adolescentes y jóvenes. Sin ir más lejos yo fui tan bueno que me daba asco. Fui a la catequesis a los siete años, hice la primera comunión con un trajecito para comerme, tenía cara de bueno, de angelito. Estudié con los curas, como decían en el pueblo, y era muy estudioso, y bastante listo. Y de adolescente me duchaba con agua fría cada vez que me masturbaba y cometía un pecado mortal, o me ponía cilicios, apretando cuerdas alrededor de mi cintura, con algún clavo que otro, para que hiciera más daño. Me confesaba todas las semanas, los sábados, y prometía no volver a masturbarme. Fui bueno todo lo que pude, y sino pude más no es culpa mía. De joven sufrí mucho al abandonar mi vocación religiosa, iba para cura y lo dejé, tal vez Dios me castigó con una enfermedad mental por no dedicar mi vida a su servicio, aunque más bien creo que fue la represión, sexual y de todo tipo, la que me llevó iniciar un viaje sin retorno. Tal vez esté echando la culpa a quien no debo, pero otros me echan la culpa a mí de mi enfermedad y no deberían.

Estaba malhumorado, agresivo, hasta los mismísimos de estar siempre sufriendo crisis, intentando el suicidio, internado en estas cárceles mentales y espirituales. Los demás no tenían la culpa y les gritaba o no les hablaba o me negaba a comer, o me quedaba de baja en el trabajo (¡bendito trabajo que Dios me dio!). No tenían la culpa y sufrían por mi causa, ¿y yo por causa de quién sufría?. ¿La culpa era toda mía y de nadie más? ¿Vivía en un mundo perfecto y maravilloso y alguna entidad kármica me había j… los genes?

No pensaba en estas cosas porque no podía pensar en nada. La medicación había ralentizado el ritmo de mis neuronas hasta el punto de que no era capaz de discernir si el transistor no funcionaba por falta de pilas o por el golpe, o porque un cable se había desprendido, o por la antena, o porque no sintonizaba bien la emisora que estaba buscando… Seguía erre que erre con el maldito transistor, no podía pensar en otra cosa, era una idea obsesivo-compulsiva, una manía idiota, era algo inaudito, pero no podía evitarlo. Quería arreglar el transistor y escuchar una emisora de noticias. No es que me importara un comino, o una mierda (para qué escoger las palabras si estás internado y todo el mundo sabe que estás loco) lo que sucediera fuera de allí, por mi se podían ir al carajo todos y yo les acompañaría de buena gana.

Entonces se abrió la puerta de golpe y alguien debió de entrar en tromba. Lo supuse porque no podía quitar la vista del maldito transistor. Me sentía tan cansado que me costaba volver la cabeza para ver quién había invadido mi intimidad. Mi cerebro no estaba recibiendo las órdenes que le daba mi voluntad acuciada por mi curiosidad de enterarme quién había entrado en mi cuarto. Tardé un tiempo en responder, no sé cuánto. Al final la sensación de una mirada clavada en mi nuca y el ruido de los pasos que se agitaban por el cuarto hizo que algo despertara en mi cabeza y me volví.

Se trataba de un joven de mi edad, más o menos, tal vez algún año más joven. No estaba yo para calibrar años. Los sanos o normales o como se quieran llamar, yo les llamo “los otros”, con todo respeto y cariño, eso sí, no se imaginan lo que le cuesta a un enfermo, empapado en medicación, pensar, sentir o simplemente procesar que alguien ha entrado en tu cuarto y deberías molestarte en saber quién es y qué quiere.

Iba trajeado, un traje azul marino, camisa blanca, chaqueta muy bien cortada, de sastre de ricos o al menos no de pobres. Portaba corbata, una corbata muy bonita, lo reconozco, aunque yo odio las corbatas, siempre las he odiado y siempre las odiaré, me recuerdan a la soga del ahorcado y no quiero ahorcarme antes de tiempo. Tenía gafas de pasta sobre los ojos, sostenidas en la nariz, como creo que se sostienen todas las gafas (no me pidan lo que no puedo darles, información exhaustiva y profunda del tema) y no cesaba de moverse como si hormigas rojas le estuvieran picando en la planta de los pies. Se acercó cuando notó que lo miraba y me apercibía de su presencia. Extendió una mano y dijo un nombre que no recuerdo. Estreché su mano con todo el calor que me permitía mi escasa afectividad en aquel momento. Ustedes, “los otros”, no saben lo que te cuesta ser afectivo cuando estás cargado hasta las orejas de medicación, es que intentas querer a alguien y no puedes. Y no digamos si aquella a la que quieres querer es una mujer, si tú eres un hombre, también hay mujeres que padecen enfermedad mental, por si no lo sabían, y que me perdonen si me paso de listo, pero es que tengo que luchar contra las pastillas y ya no sé si voy o si vengo. Lo que creo que les estaba diciendo, que si eres un hombre y ves una mujer despampanante, aunque esté desnuda delante de ti, es que no se te levanta, ni con grúa. Y claro, así no hay quien pueda amar a una mujer, y sentir afecto por ella, y abrazarla con pasión… nada, que con medicación eres un leño, un eunuco, un castrati… bueno, lo serás, pero solo ahí abajo, porque arriba, en tu mente, y dentro de las escasas revoluciones a que puede girar el motor, eres capaz de distinguir si la mujer está vestida o desnuda y si te gusta mucho, poco o regular. Puedes imaginar toda la clase de guarrerías que imaginan “los otros”, los sanos, y hasta tal vez mejor y con más detalle. En esto tenemos suerte, otros con tanta medicación no sabrían dónde está la puerta, nosotros podemos saber si la mujer está vestida o desnuda y solazarnos mentalmente con nuestra fantasía, que casi es lo único que sigue vivo en nuestra tumba de enfermos mentales.

Vamos, que me he perdido, y eso que mi mente va al ralentí, que casi noto cada revolución del motor cada vez que da una vuelta y comienza otra. Sí, creo que les decía que alguien había entrado en mi cuarto, que era joven, bien vestido, gafas de pasta, parecía un yupi, un ejecutivo, una persona de buena familia, alguien acomodado, de clase media-alta. Se interesó por lo que estaba haciendo. Me costó un rato explicárselo, porque no encontraba las palabras y cuando las encontraba no hallaba el pensamiento y cuando los dos estaban sentados uno frente al otro, no sabían qué decirse. Total que mientras le explicaba y no él daba vueltas por el cuarto, a mayor velocidad que mi pensamiento, y miraba cosas y me preguntaba mientras yo hablaba y entonces me hacía un nudo y no sabía de qué estaba hablando.

Total que conseguí explicarle, creo, y creo también que él entendió, no estoy seguro. Y entonces me pidió el transistor, me lo arrebató más bien, y lo manipuló y se movió como una peonza… y entonces el transistor se cayó al suelo, hizo pum, o lo que se haga en estos casos, y sonó como a hojalata, como si se le revolvieran las entrañas al pobre transistor. Y el joven se me quedó mirando y yo ni le veía ni me daba cuenta de lo ocurrido, hasta que él me tomó de un brazo, me obligó a levantarme y me entregó los restos del transistor que él había recogido del suelo a una velocidad de vértigo. Se disculpó y me pidió que le perdonara y con tanto afecto que casi echo la lagrimita y él también y nos abrazamos como dos amigos del alma. Los otros no saben hasta qué punto nos podemos querer los enfermos mentales, casi ni nos vemos, ni nos percibimos, ni sabemos quiénes somos, pero cuando nos tocan la fibra sensible, abrazamos y estrechamos con más intensidad que cualquiera.

Yo le respondí, con la lentitud que me permitían mis neuronas, que no se preocupara, que antes se me había caído a mí, que ya estaba roto, que no tenía remedio y punto, y que me había hecho un favor porque me estaba volviendo tan obsesivo-compulsivo con el maldito transistor que estaba a punto de hacer yo lo mismo y luego pisotearle, como si fuera una araña o una tarántula venenosa. ¡Uf, qué asco!

Y él siguió pidiendo perdón mientras no dejaba de moverse. Y quería que le dijera cuánto me había costado para pagármelo. Y yo intentaba preguntarme, y casi no lo conseguía, de dónde demonios iba a sacar el dinero, porque allí no nos dejaban tenerlo ni usarlo. ¿Dónde, en qué, cómo, cuándo? Eso digo yo, qué podíamos comprar allí, si no podíamos beber mas que agua y no nos dejaban fumar y no podíamos ir al cine, ni al teatro, ni al quiosco de la esquina… ¿Para qué demonios se necesita dinero en una clínica de salud mental? Creo que deberían recluir a los corruptos con nosotros y se olvidarían del dinero de por vida. Y esto creo que lo estoy diciendo años más tarde, cuando llegó la corrupción a este país, porque en mis tiempos no había… o no se conocía o nosotros, los enfermos, no nos dábamos cuenta de ello, que no nos enteramos de nada… Eso es verdad. Y puede que haya saltado de tiempo y de dimensión, porque cuando nuestra menta se fuga, se fuga a gusto, a donde quiere, con quieren quiere y al tiempo qué quiere. ¿Pueden hacer esto los otros? Creo que no, por eso parecen tan infelices, siempre quejándose de todo. Nosotros apenas nos quejamos… y cuando lo hacemos nos encierran… Y basta ya del monotema, que no tiene remedio, los otros piensan que estamos locos, nosotros pensamos que están locos ellos y vamos a terminar peleándonos en un cuadrilátero, como púgiles gagá, a ver quién sufre más, si nosotros que no nos enteramos de nada o ellos que se enteran de todo y tienen que aguantarnos todos los días.

¡Vaya mierda! De verdad. Casi puedo ver el baile que podríamos organizar, de disfraces o de etiquetas (esto me está viniendo de un subconsciente amigo a través del subconsciente colectivo de Jung)… y la música la pondría este joven del que no recuerdo el nombre y que está bailando un tango o un zapateado o un…

No puedo más. Le tomo del brazo, hago que vea que me enfadaría mucho si sigue hablando del transistor, y nos vamos por el pasillo, a dar una vuelta.

Continuará.

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