RELATOS DEL OTRO LADO (El enfermo bipolar)

25 10 2014

UN ENFERMO BIPOLAR II

Los pasillos de un centro psiquiátrico son los pulmones, el gimnasio, el paseo y el lugar público de esta pequeña ciudad. Durante mis estancias en estos centros he pasado casi, o sin casi, más tiempo en los pasillos que en mi habitación. Tengo cierta experiencia al respecto, pero eso no me ayuda a escoger mi carril, el carril bici, digamos. Somos muchos los que paseamos por esta especie de pista de atletismo cubierta y sin marcar. Mientras que los atletas tienen sus calles marcadas y sus números correspondientes y salen todos a la vez cuando el juez correspondiente dispara al aire, en un centro psiquiátrico hay aglomeraciones en los pasillos a la hora de las comidas o de las visitas al psiquiatra de turno o en algunos acontecimientos impredecibles, pero normalmente cada uno “da su paseo” o corre tras algo (he visto a algunos enfermos batir el record del mundo de cincuenta kilómetros marcha) a la hora que le parece más conveniente. Como no hay mucho sitio donde estar y todos acabamos por aburrirnos de estar en los mismos sitios el caminar por los pasillos se convierte en algo parecido a la “ruta del colesterol”, tan de moda en nuestros pueblos ciudades, solo que la podríamos llamar “la ruta del enfermo mental”. En los pasillos he llegado a conocer y aprender más de los enfermos mentales que si hubiera sido psiquiatra y los hubiera frito a test.

Pero mientras camino no pienso en estas cosas. Se me ocurre que alguien ha debido meterme en un vídeo y dar a la cámara lenta, porque casi puedo contar el tiempo que tarda un pie en arrastrarse por el suelo y recorrer un pequeño espacio. Quienes no hayan estado sometidos nunca a medicación, atiborrados de antipsicóticos y antidepresivos y otros fármacos varios pueden llegar a pensar que exagero. Me gustaría que me hubieran visto durante mi juventud, cuando era joven y delgado y vital, arrastrarme por los pasillos de los psiquiátricos. La mente se dispersa, pierdes memoria, pierdes agilidad, lo pierdes casi todo. Lo único que tienes y no pierdes es el sueño, no un sueño natural, como cuando estás cansado y llevas muchas horas sin dormir, es un sueño artificial, extraño, te gustaría sentarte en cualquier parte y cerrar los ojos. Lo mejor que puedes hacer es dormir, porque incluso con la medicación te sientes más sensible, recibes más directamente ciertos estímulos, especialmente cuando te dicen algo que te molesta o son agresivos contigo. Es como si la medicación bloqueara las sinapsis cerebrales para ciertas cosas pero te dejara indefenso ante otras, como la angustia, como las miradas o las voces que te dirigen otros.

Me gustaría ir a mi cuarto y tumbarme, y seguir durmiendo la siesta y que no me despertaran hasta el día siguiente, mejor que no me despertaran nunca, pasar de la vida a la muerte a través del sueño. Ese ha sido siempre mi suicidio ideal. Aquí podría hacerlo, quiero decir, ir a mi cuarto y dormir, porque estoy en un centro privado y aquí no cierran las puertas para que no entres durante el día, pero te vigilan y si te ven demasiado tiempo en el cuarto, en la cama, te aguijonean un poco. Mi nuevo amigo, así le llamo porque no recuerdo su nombre –casi no recuerdo el mío- camina a mi lado sin dejar de hablar, es como la boca de una ametralladora a la que hubieran apretado el gatillo, no puede evitar que las balas salgan o revienta el cañón. Apenas consigo entenderle. Además sin darse cuenta se adelanta mucho y tiene que volverse y regresar al ver que yo voy a cámara lenta. El se mueve a cámara super-rápida y yo a cámara super-lenta. Seríamos el gordo y el flaco si los dos no estuviéramos un poco “fuertotes”.

Creo haberle entendido que es de Santander, que estudia en la universidad, no sé qué, puede que ingeniería –el tipo parece muy avispado- o derecho o economía, o lo que sea, bastante me importa ahora lo que estudian los demás, o lo que estudié yo, o lo que estudiarán nuestros nietos, mi mente está hibernada y espero que se despierte en el futuro, cuando con una pastillita te den la alegría y felicidad que necesitas, regulada según deseos y necesidades. Al parecer le han internado porque es un enfermo bipolar. Es la primera vez que oigo este término, o puede que lo haya escuchado antes, porque alguien ha debido decirme, creo, no estoy seguro, que ahora se dedican a etiquetar de nuevo todas las enfermedades mentales. Que al depresivo lo llaman bipolar y que a otros los llaman “border-line” o como se diga. No estoy para “tecnicismos”. Con el tiempo mi nuevo amigo llegará a decirme que yo soy un poco-bastante bipolar, que los síntomas son claros. Pero eso lo contaré en otro momento, porque ahora estoy muy cansado y necesito encontrar una silla.

Mi nuevo amigo me pregunta si quiero ir al patio. Es un lujo de esta clínica privada (algún día deberían privatizarnos a todos los enfermos mentales y mandarnos en una nave espacial a explorar el Cosmos) porque en los públicos solo sales cuando te dan el alta. Pero aquí también está cerrada la puerta. El busca al celador y cuando yo llego a la puerta me están esperando los dos. El está hablando con el celador, un hombre más bien joven y comprensivo. Cuando veo a mi bipolar hablar tan compulsivamente, moverse como si tuviera patines y gesticular tanto me imagino lo cansado que estaría yo si hiciera eso… Ya lo estoy, my God, qué cansado estoy.

El amable celador nos dice que cerrará la puerta y que si necesitamos algo que llamemos a los cristales. El sigue hablándome y yo consigo llegar a un banco de madera y sentarme. Miro los árboles, o tal vez sea el mismo árbol que miro varias veces sin recordarlo. El no se sienta. Bueno, lo intenta y se levanta como si tuviera un muelle en el cuelo. Y se pone a caminar alrededor del banco, y gesticula mucho, más que antes, porque ahora me está contando porqué lo encerraron aquí.

Al parecer le dio por sacar todo el dinero de su cuenta bancaria e irse de “putas”. Bueno, eso es exagerar mucho, porque en realidad no se acostó con ninguna. Las contrataba para que le escucharan y le hicieran compañía. Intento imaginarme la escena y casi me da la risa… si pudiera reírme. Lo he intentado muchas veces cuando estoy con medicación y nunca lo he conseguido, es como si no llegaran las órdenes del cerebro a las mandíbulas. También pienso en que soy escritor y que esa escena debería anotarla para algún relato. ¿De verdad que soy escritor? Casi no me acuerdo. Entonces tendré que mirar en la mesita de noche, a ver si tengo la libreta y el cuaderno. Es inútil, no me acordaré. Así que me centro en lo que me está contando y con gran esfuerzo le pregunto sobre algunos detalles que me interesan.

-¿Te acostaste con alguna?

-No. Dejé la medicación para poder hacerlo, pero luego no me apetecía. ¡Qué quieres que te diga, lo que más necesito es no estar solo!

-Una pena. Yo me hubiera acostado con todas, una orgía, de sacar y gastarse el dinero de la cuenta, por lo menos que sea en algo interesante, en algo que le guste a uno.

De pronto recuerdo que estoy casado y tengo una hija.¿Cómo he podido olvidarme? Me ocurrió cuando me dieron electroshock en mi primer internamiento. Entonces ni me acordaba de mi nombre, pero que me ocurra con esta medicación no es normal. Tendré que comentarlo con el psiquiatra… si me acuerdo.

A pesar del recuerdo sigo haciendo preguntas y refocilándome en la escena que intento recrear en mi mente. Le pregunto los días que estuvo de parranda y no recuerda muy bien cuántos fueron, tal vez tres o cuatro o cinco, o una semana. ¿Cuánto dinero tiene este tío? Intento preguntárselo, pero estoy molesto y cansado. Me levanto para estirar las piernas.
Continuará.

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