DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL I

17 11 2014

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL I

dali-pensando

¿Por qué escribo este diario? Es curioso, tengo que remontarme a mis veintiuno o veintidós años para retomar una costumbre muy sana que no debería haber abandonado nunca. ¿Cuántos años han pasado? ¿Treinta y siete? Toda una vida. Entonces escribía con un bolígrafo en un cuaderno. ¡Qué maravillosos inventos nos depara la mente humana! El ordenador es genial, una pasada, como decíamos entonces, o tal vez un poco más tarde. El lenguaje evoluciona al mismo ritmo que la sociedad o que nosotros mismos. La informática es un maravilloso avance, lo mismo que Internet, que nos permite una conexión entre los seres humanos, una vinculación que diría Milarepa, impensable no hace demasiados años. Es cierto que todo en la vida, en el universo, tiene una doble cara, el ying y el yang, el día y la noche, la luz y las tinieblas, la vida y la muerte, todo es dual en el universo. La informática también es un castigo, una especie de tormento infernal que ni el mismo Dante llegó a imaginar. Aún recuerdo mi pelea descomunal con mi primer pc y luego mi delirante aventura en el mundo virtual. Odio la fragilidad de la memoria informática, los bloqueos, los virus, el profundo conocimiento que requiere un manejo elemental del ordenador. Para los de mi generación, que no nacimos con el ordenador en la boca, como un chupete tecnológico, ponerse al día nos supuso un terrible sacrificio. Pero ha merecido la pena. Ahora escribo con un teclado en un archivo de texto y me resulta tan cómodo que regresar al BIC y al cuaderno cuadriculado me parecía tan apocalíptico como volver a la época de las cavernas.

¿Por qué escribo este diario? No hay peor circunstancia para un enfermo mental que vivir solo en un apartamento, no convivir con algún ser querido, dejar que pasen las horas sin pronunciar una palabra, sin mirar a los ojos de una persona. Es como intentar moverse en arenas movedizas, cada gesto, cada parpadeo te hunde más y más. Es cierto que hay muchas personas que viven solas, estudiantes, solteros o singles como se dice ahora, personas casadas que están fuera de casa porque así lo exige el inhumano mundo laboral, ancianos que intentan resistir a la soledad de las residencias, separados, divorciados, que intentan retomar una vida remota, cuando la soledad era una bendición, cansados de la lucha permanente que suponía vivir con los padres y acatar las normas del hogar, de un hogar que no era el suyo porque se sentían ahogados por tantas reglas, tantas normas, tan poco afecto.

Nos acusan a los enfermos mentales de mirarnos el ombligo, de no percibir la existencia de los demás, solo la nuestra, de no asumir que “los otros” también sufren. Nada más lejos de la realidad. Nos iría mucho mejor si fuéramos menos sensibles, si disminuyéramos nuestra empatía, en realidad no conozco a un solo enfermo mental que sea tan duro, tan egoísta, tan insolidario, tan falto de empatía que pueda mirar a otro ser humano sufriente y no sufrir con él, tanto como él, casi más que él. Recuerdo cómo diseñé el personaje del “paciente empático” del doctor Sun. Hice una delirante y surrealista parodia de hasta dónde puede conducir un exceso de empatía. Tal vez sea uno de mis personajes humorísticos más divertido, al tiempo que uno de los más trágicos, casi un personaje de una tragedia de Shakespeare. La empatía absoluta anula la personalidad, la individualidad, dejamos de vivir nuestra vida para “vivir la de los otros”, si a eso se le puede llamar vivir. La empatía, como el resto de emociones y sentimientos ha sido diseñada para la vinculación, como dice Milarepa. Cuando la divinidad, el gran Todo, se atomizó en pequeñas partes, surgió la individualidad, la personalidad. Estamos regresando a la unión primigenia y para lograrlo hemos sido dotados de emociones, de sentimientos, de empatía. Sin ellos seríamos auténticos depredadores, asesinos en serie. Es cierto, pero no nos olvidemos que solo es un instrumento, no una meta. Aún no estamos preparados para ser Todo, para la unión perfecta, para el cuerpo místico de Cristo, como dicen los católicos. Si los demás son chispas divinas, merecedoras de nuestro absoluto respeto, nosotros también lo somos y merecedores de que los demás nos respeten igualmente. Es un craso error llegar a ser tan empático que abdiquemos de nuestra individualidad, de nuestra personalidad. Pensar que los demás se merecen todo, incluso nuestro sacrificio heroico, para que sean felices, mientras nosotros sufrimos y somos desgraciados, es como decirle a Dios, a la divinidad, al gran Todo, que se equivocó con nosotros, que al atomizarse a nosotros nos dejó sin alma, sin chispa divina en nuestro interior, mientras que los demás se merecen todo porque sí tienen esa chispa en su interior. Es como decirle a un padre que quiera a todos sus hijos con locura, pero no a nosotros, que somos pura basura, mierdecillas con patas. Es una auténtica blasfemia. De hecho una de las parábolas más entrañables del evangelio es la del hijo pródigo. El padre abandona a sus demás hijos para ir a buscar a la “oveja negra”.

Estamos emperrados en llevarle la contraria a Dios, enmendándole la plana. Nos dio un alma, puso en nuestro interior su chispa divina, y nosotros le decimos que no nos merecemos ese don, que se ocupe de “los otros” que son maravillosos, y nos deje a nosotros como sus sirvientes, como sus cenicientas, como sus lacayos. Que nos deje servirles en alma y cuerpo porque no merecemos nada, ni la felicidad ni un atisbo de ella. Que nos destruya porque somos menos que nada, un error suyo, un gen deforme, un monstruo maldito. ¿Se equivocó Dios con nosotros? Quiénes creemos ser para enmendar su plan, para decirle que no nos merecemos nada, que aleje de nosotros la felicidad.

Pienso en ello cuando me dicen que soy egoísta, que carezco de empatía, que me miro el ombligo y no veo nada más. ¿Acaso creen que yo no merezco ser feliz? ¿No merecemos los enfermos mentales ser felices? ¿Me merezco estar solo y ser infeliz, pelear lo que me reste de vida por sobrevivir a mi enfermedad? Yo, sinceramente, no veo que “los otros” se preocupen tanto de los demás, de los enfermos mentales, de mí mismo. Solo tengo que echar una miradita al mundo que me rodea para darme cuenta lo muy solidarios, generosos, fraternales que son la mayoría de mis congéneres. ¿A quién pretenden engañar?

¿Por qué escribo este diario? Reconozco que hay una razón egoísta. Ahora que estoy solo, ahora que sucedió lo que tenía que suceder, o lo que dejé que sucediera, ahora que debo sobrevivir solo a mi enfermedad he decidido que un diario me ayudará a no perder contacto con la realidad, el mayor problema del enfermo mental, tal vez el único, porque a mi juicio la enfermedad mental no es otra cosa que una fuga de la realidad que no podemos aceptar. Necesito este diario para que mi mente no se pierda en delirios y necesito subirlo a la red para que los demás me chisten cuando me noten “ido”, delirando, alucinando. Ahora ya no tengo a seres queridos que me digan algo o me miren reprobatoriamente cuando saco los pies del tiesto. Necesito un diario para anclarme a la realidad, para mantenerme lejos del caos que es uno de nuestros peores enemigos.

También lo escribo porque pienso en mis hermanos, los enfermos mentales, y creo que ahora que no tengo nada que perder puedo permitirme el gran lujo de pensar en ellos, de dar a conocer a “los otros” lo que es la enfermedad mental. Los enfermos somos como mudos que necesitamos de alguien que se exprese por nosotros. No es que no seamos “listos”, algunos de los más grandes genios de la humanidad fueron enfermos mentales; no es que hayamos perdido el habla, simplemente no nos atrevemos a dar la cara y hablar porque enseguida notamos las miradas reprobatorias que intentan marginarnos de “los otros”. En cuanto sacamos los pies del tiesto viene alguien, muchas veces un “listillo”, y nos etiqueta. Nos pone la pegatina de Caín en la frente y nos dice: eres un enfermo mental, calla y escucha, déjanos vivir nuestras vidas, tú no mereces vivir la tuya, escóndete bajo tierra y no respires cuando oigas nuestras pisadas.

Yo puedo hablar porque lo he perdido todo y cualquier cosa que me suceda, la peor, no me hundirá más de lo que ahora estoy, ni amenazará mi futuro más que lo está haciendo la soledad. Nadie me ha dado vela en este entierro, los enfermos no me han nombrado su portavoz, pero yo que puedo hablar voy a hacerlo, mal que les pese a “los otros”.

Soy un guerrero impecable, hago lo que tengo que hacer cuando tengo que hacerlo y confío en que las poderosas fuerzas que controlan y dirigen el universo me sean favorables. Soy un discípulo de Milarepa y seguiré sus enseñanzas. Pero eso no me impide diseñar una estrategia. Como le dice don Juan a Castaneda, un guerrero impecable tiene sus estrategias.
¿Cuáles son las mías? De momento estoy con la primera. Todo son obstáculos y tal vez no consiga nada, pero estoy en ello y puede que con el tiempo comprenda que fue lo mejor que pude haber hecho. Aún no he implementado la segunda (qué palabra tan pija me parece eso de “implementar), no sería tan buena como la primera, pero me dará un respiro cuando tenga las arenas movedizas en la boca. El resto de estrategias son secundarias, sin mucha importancia, pero todo puede ser importante cuando uno está con el agua al cuello, hasta una mosca zumbona que distrae la mente del próximo fin.
He diseñado una serie de estrategias que también podrán ayudar a mis hermanos, aunque cada enfermo es tan distinto como lo es cada sano, cada persona es un mundo y cuando no eres un mundo eres un universo.

ESTRATEGIAS DE UN ENFERMO MENTAL

LOGÍSTICA
Debo seguir trabajando, no puedo permitirme el lujo de caer en una depresión, no están los tiempos para “bajas”. Necesito el dinero para comer, para pagar el alquiler del apartamento, para vivir en esta sociedad en la que si no tienes dinero eres un paria, un vagabundo, “un clochard”, un cartonero.

Debo organizar mi logística y no dejarme llevar por el caos. La compra al menos una vez a la semana, limpieza elemental cada fin de semana. Poner orden en el caos semanal. Anotar en mi libreta lo que debo hacer cada semana e ir tachando lo que haya hecho.

Acabo este primer capítulo de este diario con la clara sensación de que ahora estoy solo y no hay lugar para desfallecimientos, debilidades ni tonterías; con el amargo sabor en la boca de comprobar que de nuevo, treinta y siete años después vuelvo a estar solo. Entonces no lo soporté y abrí las puertas del infierno. Mi temporada en el infierno sería irrepetible ahora mismo, pero no debo bajar la guardia. El diario manuscrito que escribí entonces acabó quemado en un momento de ira. Este permanecerá en la red y no podré echarle un bidón de gasolina y tirarle una cerilla (el enfermo mental que desparramaba gasolina de su bidón e iba tirando cerillas por doquier). Ha pasado el tiempo, he aprendido algunas lecciones, pero estoy condenado a repetir los mismos errores si no me ando con cuidado. Ahora ha llegado el momento serio, ahora un paso en falso y no habrá remedio.

Estoy solo pero otros están solos, entre ellos la que fue mi pareja, mi amada. Soy consciente de su soledad y su sufrimiento. Me gustaría echarme a la espalda su karma, pero me temo que ya tengo bastante con el mío. Nada más incierto que los enfermos mentales no seamos empáticos. Si no pusiera filtros a mi mente, sino me bloqueara ya estaría hundido en la miseria y encerrado de nuevo en un psiquiátrico, con medicación. ¿Qué es de mi hija? No lo sé. Pasará el tiempo y tal vez no sepa de ellas ni de nadie, ni siquiera de mí mismo. Pero un guerrero impecable nunca desfallece, nunca tira la toalla, incluso cuando la muerte le toca el hombro izquierdo se pone a bailar su danza final. Nada más hermoso que contemplar a un guerrero impecable bailando su última danza sobre la tierra. Imprimiré ese maravilloso pasaje del libro de Castaneda y lo pondré a mano, para releerlo todos los días.

Nunca creí que esto pudiera sucederme y sin embargo es como un “dejá vu”. Estoy seguro de que lo he visto en sueños, estoy seguro de que en ellos tomé mis decisiones. No estoy seguro de que fueran las mejores, pero mi “yo interno” sabe más que yo, confiaré en él.

En el siguiente capítulo continuaré con mis estrategias. Ahora, solo en mi apartamento, apagaré el ordenador y dejaré que este diario repose. No dispongo de Internet pero dentro de algunos días, de algún tiempo, lo subiré desde el trabajo. ¿Qué pensará de este diario el lector que no tenga nada mejor que hacer que seguir la miserable vida de un enfermo mental que no cesa de mirarse el ombligo? No me importa. Por fin, tras tantos años, tantas décadas, preocupado por controlarme en público, porque no me llamaran loco, porque la ira no me llevara a hacer alguna barbaridad; por fin, tras tantos días de angustia, intentando que la ira no se convirtiera en bilis y me rezumara por la boca, hoy puedo decir lo que quiera, hacer lo que quiera, sin que me importe un comino lo que los demás piensen, digan, sientan o hagan. Soy libre. No tal vez con la libertad del guerrero impecable, pero al menos estoy en el camino. Cada día nos traerá su labor, como dijo el sabio Salomón, hay un tiempo para reír y un tiempo para llorar, un tiempo para estar en compañía y un tiempo para estar solo, hay un tiempo para dormir al que llaman noche y un tiempo para la actividad al que llaman día, hay un tiempo para estar escondido entre las matas del camino y otro tiempo para estar en medio del camino, donde todo el que pase pueda verte. Hay un tiempo para ensoñar y un tiempo para acechar, que diría don Juan. He borrado mi pasado, siguiendo las enseñanzas del chamán, y ahora me va a tocar recapitular, el trabajo más duro de un guerrero. Me colgaré, metafóricamente hablando, del techo del apartamento, en una de esas extrañas jaulas que don Juan utilizaba para la recapitulación, y regresaré al pasado, buscando el rastro de las energías que mis emociones dejaron en lugares y personas. Debo recuperarlas para la batalla final del guerrero.

Solo tengo palabras de agradecimiento para mi amor, una vida heroica soportando a un enfermo mental. Mi gratitud será eterna y mi deuda infinita. Me he echado mucho karma a las espaldas y no podré quemarlo ni en varias vidas. Se ha cumplido el sueño terrible que tuviera hacer muchos meses respecto a mi hija. Parece que todos los sueños se cumplen, pero nunca soy capaz de interpretarlos bien cuando los tengo. No me preocupa, hemos venido aquí para aprender lecciones espirituales, como dice Milarepa, y no podríamos hacerlo si recordáramos todo lo que vemos en sueños, si supiéramos las decisiones que hemos tomado en el mundo espiritual. En realidad no vivimos, solo recordamos lo que ya se vivió en la eternidad.

Que la paz profunda nos acompañe a todos, viajeros del tiempo, peregrinos de la Eternidad. Que el mundo evolucione espiritualmente y encuentre la paz. Porque eso y no otra cosa será el apocalipsis que ya llega. El planeta Urantia será establecido en la luz y los enfermos mentales también daremos un paso al frente. No se enciende una vela para ponerla bajo un celemín, sino sobre un candelabro, para que ilumine a todos los que están en la casa.

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