DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL II

25 11 2014

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL II

Han transcurrido unos días, no sé cuantos porque el tiempo ya no significa nada para mí. La estrategia número 1 no ha funcionado, hubiera sido un verdadero milagro que diera resultado. Se pueden pedir milagros, pero que te los concedan ya es otra cosa. Creo que en gran parte esta estrategia ha sido fruto del delirio que ha estado atenazando mi mente desde el comienzo de la crisis, a principios del verano. No era realista, solo una fuga de la realidad, muy elaborada debido a la creatividad y poder de mi mente, de mi imaginación. Lo milagroso hubiera sido que algo así pudiera haber funcionado.
Ahora que estoy comenzando a recapitular soy consciente de que he pensado y hecho cosas que nunca imaginé pudiera hacer. Eso sí, he sido muy discreto, todo ha estado muy controlado, dentro de lo que cabe, claro. En otra etapa de mi vida (recuerdo muy bien mi etapa del telépata loco en León) el descontrol fue absoluto y la discreción nula. Aquella sí que fue una etapa de total degradación. Ahora me he limitado a conductas que hubieran podido adoptar algunos de mis personajes más delirantes, surrealistas, esperpénticas, incluso extraordinariamente divertidas, aunque para mí, que las he vivido en primera persona, sin el filtro del personaje, han resultado en extremo trágicas. Ni siquiera sintiéndome como un personaje de mis novelas he conseguido atenuar el tremendo impacto emotivo que han supuesto para mí.

Creo que debo aceptar que la estrategia número 1 se ha ido al garete. Existe alguna posibilidad, no voy a negarlo, de que acabe dando su fruto, un fruto envenenado, eso sí, que bien puede poner mi vida boca abajo, como si se pusiera a hacer el pino. Incluso eso sería un auténtico milagro. Al menos he dejado de centrarme y preocuparme en los resultados de un auténtico delirio.

He comenzado a implementar (¡pero qué palabra más pija, por Dios!) la segunda estrategia, con resultados paupérrimos, descorazonadores, delirantes y alucinatorios. He vivido momentos que comparados con las vivencias de los personajes en Crazyworld llegan a parecer una ficción delirante y sin sentido. A pesar de ello no me queda otro remedio que seguir con la estrategia, aprendiendo de los errores, porque sin ella me temo que voy a estar perdido, totalmente hundido. ¡Que Dios me pille confesado!

Lo peor de todo es la angustia del luto. Sí, porque toda ruptura sentimental se parece mucho al luto por un ser querido. Aunque éste siga vivo, continuando su vida, para nosotros está muerto, y eso es casi más terrible que si estuviera muerto de verdad, porque poco se puede hacer ante la muerte, pero siempre se pueden hacer cosas mientras uno está vivo. Poco puedo hacer al respecto. El luto debe ser vivido y superado en el espacio de tiempo necesario, ni se puede acortar ni alargar a gusto de uno.

La lucidez de la teoría de Milarepa sobre la vinculación me ha dejado perplejo. He podido comprobarla en mis propias carnes. Según él la vinculación es un trabajo duro, complicado y muy dilatado en el tiempo. Lo compara con el proceso de vinculación atómica, cuando dos átomos se vinculan entre sí cediendo cada uno electrones al otro. Nos vinculamos con otra persona cediendo parte de nosotros, de nuestra individualidad, de nuestra personalidad. Es como la poda de un árbol, o como irnos cortando, con un cuchillo afilado, parte de nuestra propia carne. Por eso es tan largo, cada electrón que intercambiamos con el otro nos angustia porque creemos que merma nuestra personalidad. Al fin, cuando tras largo tiempo, la vinculación de los dos átomos se ha terminado, se produce una nueva entidad, una nueva molécula. Hemos expandido nuestra personalidad, nuestra consciencia, hemos evolucionado y mejorado, pero el dolor de la supuesta pérdida sigue presente en nosotros. Ahora tenemos electrones que no eran nuestros y el otro tiene otros que no eran suyos. Es como donar parte de nuestra sangre al otro, parte de nuestra carne, de nuestra genética. Por eso nos sentimos tan vinculados, porque el otro lleva parte de nosotros mismos y nosotros llevamos parte de la identidad del otro.

En cambio la desvinculación puede ser extraordinariamente rápida, brusca, y terriblemente dolorosa. Es como cuando se produce la ruptura atómica, se desprende una enorme cantidad de energía que nos deja exhaustos y sin fuerzas, y esa energía es espantosamente destructiva, lo sabemos muy bien. Las rupturas sentimentales son lo que la explosión atómica al mundo físico, nada parece quedar incólume. Es cierto que en realidad la ruptura lleva tiempo fraguándose, pero como al mismo tiempo sigue en marcha el proceso vinculatorio, pasa desapercibida. Es como si hubiera un tirón entre los dos átomos, me voy pero me quedo, me quedo pero me voy. Cuando al fin los dos átomos se separan y se produce la explosión uno desearía recuperar los electrones cedidos, a cualquier precio, y al mismo tiempo ceder los que recibimos para regresar a la personalidad primigenia. Pero eso ya no es posible. No podemos recuperar la carne entregada y no podemos ceder la carne recibida. No podemos desprendernos de parte de nuestra piel, aunque lo deseemos, quisiéramos cambiar de piel como las culebras, tener un nuevo cuerpo y que nos cedan otra alma. Pero no es posible, seguimos siendo los mismos. Debemos seguir el camino con lo que somos, con este cuerpo, con esta piel, con esta alma. Sentimos ira, resentidos por haber intercambiado electrones, sentimos miedo y angustia, sentimos tristeza. Un cúmulo de sentimientos destructivos nos invade. No podemos hacer nada, excepto dejar que el tiempo del luto transcurra y llegue a su fin.

Me esperan unos meses complicados. Debo dar un último paso, tal vez muy duro, antes de zanjar definitivamente la estrategia número 1. Y debo dar muchos pasos, cada uno más difícil que el otro, para explorar todas las posibilidades de la estrategia número 2. No puedo renunciar, tirar la toalla, hay mucho en juego. Por otro lado la estrategia de las relaciones interpersonales va a resultar angustiosa. Hoy mismo he tenido un desfallecimiento espantoso, cuando me he visto solo, en el parque, fumando un pitillo, sintiendo el agradable frío del invierno que ya se acerca. Pasado lo peor del delirio la realidad se muestra como la muerte, en sus fríos huesos. Hoy me he visto así durante diez, veinte años, con suerte, o por desgracia, y se me ha caído el alma a los pies. ¡Dónde vas doña Mercedes, dónde vas, triste de ti! Voy en busca del cadáver de lo que fui, que ayer mismo lo enterré.

No estoy siendo ordenado. El apartamento está manga por hombro. Voy dejando las cosas para mañana. Mal asunto, tendré que hacer un esfuerzo. Además debo enfrentarme a imprevistos que parecen acumularse cuando estoy en crisis. El ordenador se fue a la porra, menos mal que he podido formatearlo. Se me cayó un disco duro externo y se estropeó, ya no tiene remedio, menos mal que no era el bueno, donde tengo la copia de seguridad de todo. No puedo ver la televisión porque el televisor del apartamento es viejo y no capta los canales. Puedo hacerlo con el monitor del ordenador, pero no me apetece desenchufarlo y enchufarlo cada vez que quiero ver algo en la tele, que por otra parte no me apetece nada. También el vídeo viejo parece haberse estropeado, ya no puedo ver las películas y documentales grabados en cinta. Puede que se me cayera al suelo, ya ni lo recuerdo, la memoria es como un colador. Al menos he encontrado Onda cero en la radio del equipo, que parecía no se escuchaba aquí. Me cuesta oír otras emisoras, adaptarme a su programación.

Una bombilla de bajo consumo, de mucha potencia, que había comprado en los chinos, para la mesilla de noche del dormitorio y que me permitía leer muy bien, se ha hecho trizas entre mis dedos, tal vez soy un osote demasiado fuerte o tal vez la bombilla era muy frágil. Tendré que comprar otra, como un mortero para hacer las sopas de ajo. Son pequeños detalles sin importancia pero que me recuerdan que ahora mi vida es distinta.

No estoy siguiendo el menú semanal, como a salto de mata, lo que se me ocurre. Sigo bajando de peso, ahora con más dificultad, al menos eso es bueno, con un poco de suerte en tres o cuatro meses habré llegado a un peso inimaginable que muy pocas veces he conseguido a lo largo de mi vida. ¿Para qué? ¿Para que las mujeres me vean más guapo? ¿Dónde están esas mujeres? Por cierto que en cada crisis se me dispara la libido, debe ser como la busca del precario equilibrio entre eros y Thanatos, entre el deseo, asociado a la vida, y la muerte que no cesa de rondar de acá para allá. En algún momento tendré que plantearme algo al respecto, nunca serví para célibe, el sexo ha punteado mi vida como un esquilón de vaca que intento tapar con hierba, como hacían mis abuelos en la montaña, cuando no querían que las vacas fueran armando estrépito a cada paso. En algún momento tendré que pensar en el sexo mercenario, cuando la economía me lo permita, o intentar moverme en las arenas movedizas de las páginas de contactos en Internet. ¡Oh, my God! ¡Oh Dios mío! ¡Con lo que me costó en mi juventud tomar la decisión de perder la virginidad con una puta y luego implementarla! ¡Qué martirio! Pero no puedo plantearme renunciar al sexo, al menos hasta que el deseo sea tan sutil que ni lo perciba.

¡Buena me espera durante los próximos meses! Y aún queda la Navidad. No pienso quedarme en el apartamento, comiendo como un tragón y luego emborrachándome. Con la extra me podré permitir el lujo de irme a alguna parte, tal vez a Siberia o al Polo Norte, todo está por ver. Las paredes del apartamento se me caen encima y fuera no hay nada que me atraiga. Por suerte comenzaré pronto el cursillo de yoga mental que había ido retardando hasta encontrarme mejor. Al menos un día a la semana tendré contacto con la gente. Eso es bueno. En cuanto a ponerme en serio con mis novelas… se me cae la cabeza al suelo. Tengo que ordenar los manuscritos de los cuadernos y programar el trabajo. Tengo que ordenar muchas cosas, pero prefiero el caos, es mucho más cómodo. Tal vez debiera salir a ver alguna película o hacer algo que no sea entrar y salir del apartamento, pero hasta que no llegue la extra la economía debe ser tratada con respeto. Que no me olvide de hacer la hoja de cálculo para los gastos mensuales.

¡ESTOY SOLO! Creo que es algo que aún no he aceptado, pero que empiezo a asumir. Otros están solos, algunos seres queridos también, pero no puedo pensar en ello, sería como poner más peso en la mochila, me vendría abajo. Es importante que no me deprima, que me organice, que haga cada día lo que debo de hacer. Por suerte domino el trabajo y solo tengo que poner un poco de voluntad en centrarme en lo que estoy haciendo. Debo alcanzar una rutina protectora. No puedo permitirme desfallecimientos, no puedo. Ojo con el delirio, mucho ojo. En determinados momentos he vuelto a escuchar las voces de mi etapa telepática. Es inadmisible que no controle eso. El control debe ser férreo, implacable. Ahora mis técnicas mentales me permiten un bloqueo y un control muy importante. Lo he conseguido en estado de crisis, completamente descontrolado, no debe ser tan difícil lograrlo cuando esté bien.

Cada día estoy mejor, pero eso también tiene su aspecto negativo, viene el recuerdo, la recapitulación, y aún no estoy en condiciones de recapitular nada. Debo dejarlo para dentro de unos meses. Hoy mismo en el parque me asaltó el recuerdo de León, de mi peor etapa. Fue muy duro, por un momento me planteé que en mi vida no ha habido muchos periodos de normalidad, casi ninguno, si me dejo llevar por la melancolía. Siempre estuve luchando por algo, contra algo, contra ideas obsesivo-compulsivas, depresiones, fobias, delirios de todo tipo, malhumor, agresividad, miedo cerval a recaer, a regresar al psiquiátrico, a la medicación. Si me dejara llevar por la oscuridad diría que mi vida ha sido una auténtica mierda. Pero ahí está mi hija, ahí está un periodo de 25 años de convivencia en pareja, ahí están casi veinte años sin medicación ni visitas a los psiquiatras, carceleros de mi mente. Hace algunos años hubiera intentado el suicidio, ahora me he librado con pequeños daños psíquicos colaterales. Es una proeza, una heroicidad, los siete trabajos de Hércules a su lado eran una pura mierda. Estoy orgulloso, pero es como quien se enorgullece de dar un paso tras años de tetraplejia. Para él es una heroicidad, para los demás un compasivo atestiguamiento de que se ha avanzado un poco. Los bebés lo hacen mejor, sin duda, pero ellos no están tetrapléjicos.

Debería hablar del resto de estrategias, pero no me apetece. Hoy estoy un poco desfondado. Todo me parece una auténtica mierda. Debe ser algo así como la noche oscura del alma de los místicos, solo que yo no soy un místico. Pero soy un guerrero impecable. Algunas de las cosas que hecho estos meses de crisis, manteniendo los pies en el suelo…bueno, un pie, vale, el dedo gordo de un pie, se parecen extraordinariamente al comportamiento del guerrero impecable que describe don Juan en los libros de Castaneda. Podría llamarlo el arte de acechar o borrar el pasado o perder la importancia personal… bueno, en esas dos cosas, borrar el pasado y perder la importancia personal, se puede decir que soy un hacha, como decíamos de niños, eres un hacha, le llamábamos a uno que había recuperado la pelota tras romper el cristal de una vecina. Hacer lo que hice, sin hundirme en la miseria, sin salir corriendo a urgencias para que me embutieran de lo que sea para dormirme durante días, y sobre todo ser consciente de porqué lo hacía, de lo que buscaba, las consecuencias que tendría en mi vida, y sobre todo hacerlo con exquisita discreción, sin que nadie se enterara, con naturalidad, con control, es una conducta típica de un guerrero impecable. Será que estoy en el buen camino. Solo que aún queda mucho por recorrer.
Ahora recuerdo que un escritor famoso contestó en una entrevista que él escribía para que le quisieran. Todo lo hacemos para que nos quieran. Lo malo es que a mí, en estos momentos, me importa una mierda que me quieran. Tampoco es propio de un guerrero impecable, no haces las cosas para que los demás te quieran, las haces porque tienes que hacerlas, cuando tienes que hacerlas, y con suerte, si no estás tan hundido como lo estoy en estos momentos, puedes confiar en que las fuerzas poderosas que rigen y controlan el universo te sean favorables. En esto hoy no estoy muy fino. Me dan ganas de llamarles cuatro cosas, desde hijos de p… hasta c… pasando por… Pero sé muy bien lo justo de esta lección, de que la necesitaba, y precisamente ahora. Es un golpe en la mollera, duro, sin concesiones, o aprendes de una vez o te mandamos al estercolero. Vale, fuerzas poderosas que dirigís el universo, vale. ¿Pero un poquito de por favor? ¿Qué personaje de comedia española decía esto? Sí, ya sé que esta crisis no la hubiera podido superar sin eso que vosotros y yo sabemos tan bien, sin esa estrategia número 1 que no dio resultado, pero que estuvo a punto de funcionar. Ya sé que siempre me habéis echado una mano, aunque fuera tomándome del cuello y me habéis mantenido en pie. Pero ¿y si ahora me dais un golpecito en la espalda y me decís que ya se acabó y que no fue para tanto y me dais algo de eso que sabéis que necesito tanto? Vale, es mucho pedir, pero al menos lo he intentado.

Acabo de ver la libreta donde escribí este segundo capítulo. Lo hice en un lugar donde estuvo a punto de funcionar la primera estrategia, faltó un pelín, tal vez en realidad no todo fue un delirio, tal vez sea un tanto incrédulo y necesite meter la mano en el costado y palpar la carne magullada, tal vez todo sea más real de lo que yo pienso. Recuerdo que se me saltaron las lágrimas al escribir ese capítulo. Tendré que releerlo y a lo mejor viene bien para el tercer capítulo de este diario… si antes no se me vuelve a estropear el ordenador y lo mando todo a la mierda, hoy estoy por la escatología. Vale mañana será otro día.

Y ahora, como un guerrero impecable, debería ir al bar de la esquina a ver el partido de España. Me importa un bledo España y el fútbol y salir del apartamento, pero si me quedo será peor. Debo hacerlo, y ya de paso me puedo tomar una jarra de cerveza y unas aceitunas. ¡A la mierda el dinero! ¡Para lo que en realidad sirve!


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El miedo es el peor enemigo del hombre de conocimiento (Carlos Castaneda). El humor es el mejor amigo del hombre de conocimiento(Slictik)
Mi blog: “El guerrero impecable”

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3 responses

26 11 2014
papus21

Muchas gracias Lola, por visitar mi blog y por darme ánimos. Ya hemos hablado y espero que hablemos mucho más. Son momentos en los que uno no puede estar solo y menos si es un enfermo mental. En cuanto tenga un poco de tiempo echaré un vistazo a tus textos y te los comentaré. Un abrazo.

25 11 2014
Maria Dolores

El desorden, desamparo, soledad es algo frecuente en momentos de desequilibrio emocional. Sucesos como una separación son motivos de depresión e inquietud. El sentirse solo, es normal. El estarlo, es otra cosa. Esto último puedes cambiarlo, haciendo actividades, frecuentando amistades, o como bien dices: ir a ver un partido de fútbol en el bar. El tiempo todo lo cura, dicen (no lo creo), pero mitiga el dolor.

3 12 2014
papus21

La soledad es algo que nunca pude llevar. ¡Y mira que tengo aficiones y pasiones y que el escribir ocupa mucho! Pero vivir solo es superior a mis fuerzas. Ya veremos con el tiempo cómo se va arreglando. Un abrazo.

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