LAS HISTORIAS DE LOLA (CONOCIENDO Y QUERIENDO AL ENFERMO MENTAL)

2 12 2014

Lola

NOTA: María-Dolores, Lola, como quiere que la llamen es una enferma mental, bipolar. Nos conocimos en otras páginas literarias donde utilizó el alias de Danae. Entonces no sabía que era una enferma mental, como yo. Ahora nos conocemos, hemos hablado por teléfono, y me está ayudando mucho a superar esta crisis. Me ha dicho que ha tenido problemas para loguearse y ha delegado en mi para que suba sus textos. Algunos de ellos los titula “testimonios” y son breves ráfagas de lo que ha sido su vida. Curiosamente ella también pisó, aunque fugazmente, el psiquiátrico Alonso Vega de Madrid, donde yo estuve internado casi dos años, allá por los años de la transición, entre 1978 y 1980. Ella estuvo muchos años después, pero por lo que me cuenta las cosas siguen igual o casi igual. Los largos paseos por los pasillos de forma rectangular son la gran evasión de los enfermos, como ocurría en mis tiempos. Uno tiene la idea de que ha cambiado mucho el tratamiento del enfermo mental, pero si ahondamos un poco nos damos cuenta de que la marginación y el desamparo siguen siendo la tónica dominante.

Lola tiene 50 años, 8 menos que yo y una voz tan juvenil que por teléfono parece una jovencita. Ha tenido una vida muy dura que me ha contado a grandes rasgos. Tiene una voluntad de hierro y un ánimo maravilloso. Se cuida, se acicala, procura tener orden en su vida y de vez en cuando se ve con otros enfermos bipolares, en Madrid, donde vive. He prometido ir a verla y charlar con ella y con otros enfermos, aunque me dice que es difícil encontrarles en el estado de ánimo adecuado, siempre están temerosos de salir de casa, siempre encuentran una disculpa para no salir, para no charlar con los otros… Es típico de la enfermedad. A mí también me pasa. En uno de sus textos de documentación, recopilados de Internet y que fueron subidos al grupo de bipolares que tienen una página en Facebook que no pongo aquí porque creo recordar aparece al final del texto, se habla un poco de la historia de la bipolaridad y cómo en otros tiempos se la calificó de psicosis maniaco depresiva, justo el diagnóstico que me hicieron a mí en el Alonso Vega, hace ya muchos años. Ahora me calificarían también de bipolar. Las etiquetas son lo de menos, lo importante es el sufrimiento que genera la enfermedad mental y cómo salir de él.

Os presento a Lola, una enferma bipolar, que ha aceptado colaborar en esta cruzada que he emprendido para que nos conozcáis y nos améis. Recordad que no se puede amar sin conocer. Comienzo a subir alguno de sus textos y de los documentos que ha recopilado. Yo seguiré con mi diario y con mis relatos del otro lado, cuando me encuentre mejor, ahora mismo me deprime mucho recordar aquellos tiempos.

TESTIMONIO III

Mi padre y mi hermano me han arrastrado escaleras abajo y me han metido en un taxi con destino al Psiquiátrico Alonso Vega, Unidad de Agudos. Estoy desorientada, no sé qué hago aquí. En la mesita de noche está “Los renglones torcidos de Dios”, un libro de Torcuato Luca de Tena que me tiene fascinada con la protagonista, ¿Está loca? ¿Finge estar loca? Estoy sola en un cuarto de paredes blancas, sola. Obedezco las horas de comidas y cenas, el tiempo restante doy vueltas por el centro del edificio, que es cuadrado. Todos, todos los allí ingresados dan vueltas y vueltas alrededor. Yo hago lo mismo. Tengo sueño, mucho sueño. Ingreso un sábado por la tarde, me dan el alta el lunes: no es el sitio más adecuado para mí. Me recetan unos fármacos que ahora no recuerdo. Paso una temporada en casa de mi futura cuñada (Es próxima su boda con mi hermano). Y dejo pasar los días, durmiendo sin cesar, en un estado vegetativo.

No quiero volver a ese lugar, a esa casa maldita. El me golpea brutalmente, me ha herido en la cabeza, la sangre fluye por mi rostro entremezclada con el goteo de mi pelo, de mi cuerpo. Quiero escapar de esa celda en que se ha convertido lo que yo ingenua de mi creí que era un hogar. Es una huída hacia ninguna. Todo se arremolina a mi alrededor. Pensamientos, sentimientos encontrados. No quiero saber nada, me oculto en mi mundo, un mundo onírico. Quiero evadirme de todo, y de todos. En la oscuridad, reflexiono en lo que haré a continuación. La cabeza me da vueltas, siento que pierdo la consciencia. Es una espiral sin final. Y siento un vacío, una opresión en el pecho que impide que el aire llegue a mis pulmones. Una tristeza infinita, que duele. Una sensación de desamparo en la que no hay vencedores ni vencidos. Vacío, sólo vacío. Las lágrimas no brotan de mis ojos, no puedo ni siquiera llorar. ¡Es tanto el dolor que tengo! No quisiera tirar la toalla.

¿Qué es el trastorno bipolar?

El trastorno bipolar es una enfermedad muy antigua, pese a que durante varios siglos no tuvo un nombre y se la conocía como la enfermedad silenciosa, escondida detrás de diagnóstico como depresión, locura o paranoia.
Los síntomas de esta enfermedad son episodios claramente diferenciados con períodos de humor cambiantes (período depresivo, período normal, período maníaco). En general no se conoce un patrón claro que delimite cada uno de estos períodos o de qué forman se alternarán, incluso en algunas personas cada período puede llevar horas, meses o incluso años.

No se sabe a verdaderamente cuál es la etiología de esta enfermedad, sin embargo muchos especialistas se inclinan a afirmar que se debe a un desorden bioquímico que puede tener raíces genéticas o hereditarias y que es desencadenada a partir de factores externos.

El riesgo más importante de esta enfermedad es que, una persona que padece este trastorno en un período de angustia o ansiedad podría ser llevada al suicidio; de hecho, un 20 por ciento de los que la padecen se suicidan y alrededor de la mitad de todos ellos, lo intenta.

Es un mal muy presente entre los artistas (músicos, pintores, escritores) muchos de los cuales se quitaron la vida, posiblemente como consecuencia de los temores y experiencias que despertara en ellos este trastorno.
La enfermedad y la literatura

En la literatura existieron muchos autores que padecían este trastorno, entre los que podemos nombrar a incuestionables hombres de las letras como lo fueron Tolstói, Faulkner, Virginia Woolf, Juan Ramón Jiménez e incluso José Agustín Goytisolo. Muchos de ellos fueron diagnosticados con psicosis maníaco-depresiva, nombre que entonces recibía la actual bipolaridad. Y existen muchos otros nombres e historias que aún no se han desvelado.
En el caso de Juan Ramón Jiménez, él mismo escribió que fue cautivado por una ola de melancolía que le impedía ver más allá, se sentía triste y desesperado al punto de desear la muerte y estar a punto de suicidarse en varias ocasiones.
La familia Hemingway

En la familia Hemingway existen varios casos de suicidio. El padre de Ernest Hemingway se voló la cabeza cuando el futuro escritor tenía unos pocos años de vida; éste conservó la pistola utilizada por su padre y hablaba de ella con cierta sorna. Su trastorno bipolar lo llevaba desde extremos absolutamente opuestos, de la euforia manifiesta a la clara misantropía. Se quitó la vida el 2 de julio de 1961.

Posiblemente, las mismas razones que llevaron a su padre a volarse los sesos fueron las que motivaron a Ernest y, varios años más tarde, a su nieta, Margaux (también era bipolar y se refugiaba en el alcohol para hacer más llevadera la existencia), quien escogió el 1 de julio de 1996 para quitarse la vida, como una fecha simbólica, esta vez de una forma menos brusca, tal vez, una sobredosis de fenobarbital.

Uno de los aspectos curiosos en el trastorno de muchos bipolares, que también se notaba en Ernest, es que la luz funciona como un poderoso antidepresivo, mejorando su estado de animo y llevándolos a experimentar una leve esperanza en sus desesperados pensamientos.

Sylvia Plath, su poesía y el suicidio

Si nos fijamos en la vida de Sylvia Plath, una de las poetisas más extraordinarias de la poesía confesional que ha dado Estados Unidos, podemos comprender en qué grado el enfermo es incapaz de dominar sus propios sentimientos, sus ideas le corroen, lo llevan a límites que posiblemente no creía poder alcanzar (Virginia Woolf, reconociendo que una nueva crisis estaba al acecho decidió quitarse la vida, creyendo que no podría pasar por lo mismo una vez más).
En el caso de Plath, después de la ruptura con su esposo, Ted Hughes, que la llevó a un período de tristeza y soledad casi insoportables, su vida se terminó una mañana en la que abrió el horno de la cocina de su casa de Londres y metiendo la cabeza dentro, le dio fin.

Cabe aclarar que su suicidio no tiene que ver con un desengaño amoroso, como muchos creen, sino más bien de esa sensación de ser abandonada, sensación que la perseguía desde la muerte de su padre, cuando la poetisa tenía tan sólo 9 años. Su angustia rozaba los límites imaginables por cualquier ser humano, en su diario dejó escrito:

¿Genio o padecimiento?

Posiblemente para alguien que no haya sufrido de un trastorno semejante o no haya vivido de cerca los estragos que las enfermedades mentales hacen en las personas, todo esto suene a historia dramática o exagerada, sin embargo y lamentablemente, no es así.

La mente juega con nosotros y a algunos les ha tocado soportar angustias que el resto de los mortales jamás podremos ni siquiera imaginar; muchos de estos enfermos escogieron la literatura u otra arte para expresar sus sentimientos más profundos y poner en palabras los daños que este trastorno les provocaba, para muchos la literatura fue la salvación pero para muchos otros tan sólo un refugio fugaz e insuficiente.

En un extenso artículo sobre el tema, Rafael Narbona, dejó en el aire ciertas reflexiones que me han resultado sumamente interesante. Expresaba que dadas esas características que este trastorno tiene que lleva a que tengan lugar en el cerebro asociaciones algo irracionales, ideas poco claras y una disfuncionalidad de todo lo establecido por norma, no es de extrañar que ciertos autores, como Faulkner o incluso Alejandra Pizarnik hayan tenido una habilidad incuestionable para presentar obras que trascenderían su tiempo y que se convertirían en exquisitas experiencias artísticas jamás comparables.
Y todo esto lo llevaba a preguntarse si tendrían razón Nietzschey Hölderlin al decir que el dolor es lo que nos hace profundos y si las únicas obras que realmente merecen la pena son aquellas capaces de mostrar una experiencia del dolor. Y concluye diciendo algo que me parece ideal para alumbrar este párrafo, dice:

Lee todo en: Autores bipolares > Poemas del Alma

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