DIAGNÓSTICO ERRÓNEO( EL ENFERMO MENTAL II)

16 01 2015

Este segundo relato sobre la enfermedad mental, forma parte también, de mi apoyo a la campaña de nuestro amigo y compañero César, para dar a conocer la realidad de tantas personas que la padecen.


DIAGNÓSTICO ERRÓNEO.

Caminé por el largo corredor blanco que desemboca en una sala de espera, blanca, donde hay una puerta blanca, con una inscripción que dice: NEUROPSIQUIATRIA. JEFE DE PLANTA. Dudé unos segundos antes de llamar. Respiré profundamente, me armé de paciencia, di dos golpes en la puerta, Giré el pomo y entré.

─Enseguida estoy con usted, póngase cómodo ―dijo― señalándome el diván.
Era el doctor Valverde. Un tipo extravagante que pretendía hacerme creer que curaba una locura que nunca tuve. Obediente, me tumbé y esperé. Ya conocía la rutina. Pasados cinco interminables minutos, comenzó.
―Cuénteme, Manuel. ¿Recuerda qué pasó? ¿Qué siente? ¿Qué le duele? ¿Cómo está?
―Intentaré fijar mi atención. El coche derrapó y él dijo: ¡cuidado! Según me informaron, el coche cayó hasta el fondo de un barranco. Yo salí despedido y eso me salvó la vida. Una vida que no deseo vivir, porque él murió. Sí, mi hijo de diez años murió y creo que desde ese día, yo también. Dicen que no estoy bien, que hablo raro, que por mi bien estoy en este lugar.

¿Qué siento? Siento mi mente llena de sombras. Una oscuridad que persiste, que no me deja pensar con claridad. Intento concentrarme pero dudo y esa inseguridad me produce temor. Y ese temor hace que no pueda evadirme del pasado y que el presente sea doloroso. Muy doloroso. Me siento huérfano de deseos, de ganas de vivir; sólo veo infortunios.

¿Qué me duele? El dolor físico se puede definir. Pero, ¿cómo se define ese otro dolor, el de haber perdido a un ser tan querido, que empezaba a vivir? Lo que siento es indefinible, es abstracto, pero mi padecimiento es real.

Sé lo que me contaron. Que estuve en otro hospital, quince días en coma, y lo que viví; cuatro meses más ingresado hasta que mis huesos soldaron y mis heridas cicatrizaron, aunque aún queda algún residuo de la dolencia sufrida. Luego me trajeron a esta planta, de este hospital en lo alto de esta colina, porque deliraba, hablaba solo, no comía por temor a ser envenenado, no quería salir de la habitación; eso es lo que me contaron y lo que viví allí.

¿Cómo estoy? Hace un año del accidente y mis heridas internas siguen abiertas. Hoy va a evaluar nuevamente, mi realidad mental. Intentará conocer si los vericuetos de mi mente han sido limpiados adecuadamente; conocer hasta qué punto ha sido aclarada; si razono con normalidad, o si soy un peligro para los demás, o para mí mismo. Pero no estoy loco. Cierto es, que vivo en una mezcla de luces y sombras, que a veces mis pensamientos se distorsionan y se pierden en los recodos de mi cerebro, creando trastornos en la asociación de ideas que perturban mi conciencia y no puedo discernir con claridad. Pero no estoy enfermo. Estoy convencido de que no lo estuve nunca. Cualquiera que se encuentre en mi estado de desesperación, se sentirá como yo. Así que poco me importa lo que pueda opinar sobre mí. No tengo nada que hacer aquí. ¡Quiero irme!

Me hizo veinte preguntas. Las conté. A todas ellas contesté con serenidad y precisión. No sé cómo, pues no estaba tranquilo ni había estado preciso en todo el tiempo que llevaba recluido allí. Pero el doctor Valverde llegó a la conclusión de que era apto para enfrentarme a la vida normal. ¿Normal? Me dio el Alta Médica y fui acompañado por un cortejo de enfermeras hasta la puerta.

Ya estoy fuera, en esta gran avenida, hace sol y nadie me espera. Ahora no sé qué hacer con mi vida, una vida que no pertenece…

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