RELATOS DEL OTRO LADO III (UN ENFERMO BIPOLAR III)

16 01 2015

EL ENFERMO BIPOLAR III

Si la enfermedad mental fuera un dolor físico el enfermo podría fácilmente calibrar el grado de efectividad de un medicamento, bastaría con calcular cuánto ha disminuido el dolor desde la ingestión del medicamento y el tiempo que ha tardado en hacer efecto para deducir que el medicamento es bueno, regular, malo o totalmente ineficaz. También podría calcular el tiempo que dura el efecto por el regreso del dolor. Una determinada dosis de morfina me ha permitido pasar una buena mañana, pero después de comer el dolor comienza a dar la lata, podría pensar un enfermo físico.

Los enfermos mentales no solo tenemos que enfrentarnos a una enfermedad invisible, en la que nadie cree realmente (aunque los terapeutas hacen como si se lo creyeran, porque les va en ello su profesión y ganarse o no la vida), no solo tenemos que disimular y mentir sobre nuestras dolencias, para que no nos miren mal, sino que incluso somos incapaces de calcular los efectos de la medicación que recibimos y nos vemos obligados a aceptar la palabra sacrosanta del psiquiatra o terapeuta de turno. Cuando yo comentaba en la consulta que la medicación era muy fuerte y que me estaba convirtiendo en un vegetal, sin posibilidad de pensar, de sentir, de moverme, de hacer nada, siempre escuchaba la misma respuesta: te estás sugestionando, estos medicamentos han sido ampliamente probados y testados y se conocen sus efectos, y la dosis que te he dado es la adecuada a la intensidad de tu patología.

Hubo momentos en los que incluso llegué a plantearme si yo no sería un tipo muy raro, puesto que una simple pastillita hacía que me cayera de sueño por los pasillos, que no pudiera pensar con claridad, que tuviera una sensibilidad emocional tan acusada que una simple frase, la más inocua, me hundía en la miseria. El psiquiatra tenía razón, por supuesto, yo estaba tan mal que ni siquiera era capaz de calibrar los efectos de una medicación. Él sí, por supuesto, él se medicaba como yo, él conocía todo el proceso de su fabricación y sus efectos en cobayas y ratones de laboratorio, el sabía muy bien los márgenes de error y las estadísticas y … la madre que lo parió. ¡Cómo iba a saber él mejor que yo los efectos del medicamento en mi cuerpo y en mi cerebro!
Toda la etapa durante la que tomé medicación, que fueron muchos años, la consumí, en gran parte, peleando con el psiquiatra de turno sobre si la medicación era o no equilibrada, si no sería mejor suicidarme que pasarme el resto de mi vida como un vegetal. No sé cómo ven este tema el resto de enfermos, ni conozco cómo han podido evolucionar los medicamentos actuales, psicóticos, antidepresivos y el resto de la ralea, pero sí tengo claro que yo tuve que escoger, en un momento determinado de mi vida, si quería vivir, lo que se dice “vivir”, aunque fuera sufriendo las crisis de mi enfermedad a flor de piel, aunque fuera sintiéndome el ser humano más desgraciado del planeta, o dejar pasar los años como un vegetal que ni siente ni padece, pero que tampoco vive. Es cierto que mi decisión tuvo éxito porque ya llevaba muchos años trabajando con el yoga mental y cuando dejé la medicación no estuve indefenso frente a las crisis. Es cierto que cuando uno tiene el apoyo de una familia, de los seres queridos, todo es más fácil. Es cierto que yo tenía un trabajo que había conservado con muchas dificultades y es cierto que soy muy cabezón, muy testarudo, un cabeza cuadrada que cuando se le mete algo entre ceja y ceja no “ceja” hasta conseguirlo. No se me ocurriría aconsejar a ningún enfermo mental que dejara la medicación y la terapia. Yo tuve que simultanearlas con el yoga mental durante más de dos décadas. No se puede hacer una relajación hoy y mañana creer que se puede abandonar la medicación, eso sería un suicidio. Durante mi etapa en el Alonso Vega de Madrid llegué a intentarlo lanzándome al metro en una estación, no recuerdo cuál, de la capital. No hubiera podido soportar la angustia que siguió a aquella experiencia sin una fuerte, fortísima medicación. No podemos escoger entre el bien y el mal, solo entre el menor de los males. Ya es algo.

Los medicamentos son para el cerebro de un enfermo mental como el flotador que encuentras en un océano agitado por la tormenta. Porque los enfermos somos náufragos solitarios, agotados y desesperados, de pelear contra el oleaje mientras nadamos hacia costas inexploradas, remotas y tal vez inexistentes. Al principio, en cuanto puedes asirte al flotador, das las gracias al cielo por permitir que te aferres a un clavo-flotador, aunque sea un clavo ardiente. Durante unos minutos respiras y dejas que el oleaje te lleve a donde él quiera, porque ahora tienes un flotador y puedes mantener la cabeza fuera del agua, ya es algo. Pero pronto eres consciente de que un flotador no sirve casi de nada frente a una tormenta oceánica. Todo es frágil, muy frágil, tu autoestima, la paciencia de los demás, la generosidad de la sociedad en la que vives, tu propia mente, los vaivenes de esta mierda que te sucede y que tú llamas enfermedad y otros “tener mucho morro” o ser “un canalla y un manipulador”. El flotador de la medicación no va a impedir que percibas todo esto. Durante unos días estarás atontado, luego estarás un poco menos atontado y podrás caminar un poco, hablar, aunque con alguna dificultad, pensar, aunque sea a cámara lenta, te sugestionarás que tus emociones están controladas, que tu angustia ha disminuido, que la medicación es como un fuerte de soldados del séptimo de caballería, capaz de soportar un largo asedio de los indios.

Nada más incierto. Quien haya tomado medicación durante una larga temporada sabe que puede calmar tu crisis, hacer más o menos soportable la angustia,pero eso dura lo que dura y luego volvemos a las andadas. Si tienes problemas de conducta, si sufres una enfermedad del alma ninguna medicación te va a curar. La angustia persistirá, seguirás comportándote de forma errónea, serás incapaz de mantener unas relaciones interpersonales mínimas y afectivas que te permitan soportar el abismo de la soledad que siempre llevas contigo.

Yo agradecía que la medicación hubiera embotado mi mente, mi cuerpo y hasta mi alma, pese a los efectos secundarios tan terribles que padecía. Tu memoria se convierte en un colador, incapaz de retener ni una simple gota de agua. Tu memoria es tu personalidad, ahora lo sabes, ahora que se ha convertido en un colador repleto de agujeros que hasta habías olvidado que existiera tal colador. Tu cuerpo se transforma en una especie de montaña rusa que funciona por pura inercia. Eres una veleta a merced del viento, eres una llaga purulenta que no deja de supurar.

Así me sentía yo, incapaz de controlar mi cuerpo, impotente para bloquear cualquier pensamiento que decidiera pasar por mi cabeza y dominarme, cualquier sensación que me llegara a través de los sentidos. Estaba harto de mi nuevo amigo, de su insufrible vitalidad, de ese movimiento perpetuo, de ese hablar como una ametralladora disparando a los indios, de esa manía por agitarse constantemente, como si le aterrara parar un momento, callarse un instante. Era muy consciente de que él también era un náufrago en un océano encrespado, también sufría como yo, también necesitaba compañía para que la soledad no le agarrara del pescuezo y le ahogara. Le comprendía muy bien, casi podía ponerme en su piel y plantearme si era mejor aquella increíble agitación o mi condición de vegetal peripatético. ¡Pero por Dios, no puedes quedarte quieto un segundo, dejar de hablar, aunque sea un minuto!

Me obligaba a un esfuerzo terrible para seguir sus pasos, para que mis ojos pudieran saber en cada momento dónde estaba, para que mi mente supiera lo que me estaba diciendo. Incapaz de hablarle de mi estado y pedirle que me dejara en paz recurrí a aquella vieja manía compulsiva que tantos disgustos me había ocasionado y que nunca lograría quitarme de encima. A veces la mente delirante de un enfermo llega a extrañas conclusiones. Todos los enfermos mentales tenemos un serio problema de voluntad, de hecho sino lo tuviéramos no estaríamos enfermos. Enfermedad y voluntad no casan bien, son antitéticas. Un día me dije que si no era capaz de expresar verbalmente lo que quería, sino encontraba fuerzas para ser asertivo, para oponerme a las decisiones de los otros, sino podía defender mi personalidad de las sutiles asechanzas de mis semejantes, al menos les haría ver que no estaba conforme, y ello de la forma más sencilla, utilizando algo que no requiere tiempo ni voluntad, un acto reflejo. Me dije que si podía mirar de tal forma a una persona que no tuviera dudas de lo que estaba pensando y sintiendo, no pasaría por el tormento de buscar las palabras y luego intentar que salieran de mi boca. Con una mirada bastaría.

Es curiosa la fuerza que puede llegar a tener un delirio. La sugestión es una de las facultades más portentosas del ser humano y siempre, casi siempre, se utiliza mal, no para que nos convenzamos de que somos algo grande, hijos de Dios, espíritus de luz, sino para hundirnos más en la miseria. Nos sugestionamos de que somos basura, mierdecillas, y nos lo llegamos a creer. Años más tarde ese mismo pensamiento me vendría con una fuerza terrible a la cabeza, y desesperado por no poder enfrentarme con dignidad a un terrible acoso en el trabajo, e incapaz de abdicar de mi supuesta dignidad humana y marcharme, pedir un traslado, utilizaría ese automatismo en la mirada para defenderme de ellos, de los otros, de mis enemigos. Decidí que si miraba a la bragueta a los compañeros les estaría diciendo que no tenían c… para destruirme, que no lo lograrían nunca, que eran unos “castrati” unos eunucos, que lo que me estaban haciendo era lo más indigno que podía hacerle un ser humano a otro. Y en los momentos de intensa angustia, de absoluta desesperación mi truco funcionó. ¡Vaya si funcionó! Era incapaz de controlar semejante automatismo. Con las mujeres no podía funcionar, así que elegí otro automatismo, igualmente idiota. Me imaginaba sus pechos desnudos, las imaginaba en toplés, y mi portentosa imaginación, capaz de crear las historias de ficción más delirantes, pudo con la realidad. ¡Vaya si pudo! Era capaz de ver sus pechos desnudos. ¡Qué digo! De verlas desnudas ante mí. Cuando creía que una compañera estaba colaborando con el acoso, que su comportamiento era mezquino y repugnante, la miraba a los pechos y la sensación era tan real que casi resultaba mareante. En efecto, las estaba viendo en toplés.

Aquello fue una estupidez delirante. Solo me trajo más problemas. Ellos se reían y me llamaban maricón y ellas se enfadaban o su naturaleza maternal las llevaba a lanzarme miradas tan conmiserativas que me sentía una auténtica mierda. No solo eso, el automatismo se transformó en una manía obsesivo-compulsiva que no era capaz de controlar en los momentos de gran tensión. Mi heroico esfuerzo de voluntad solo me llevó a un comportamiento aún más extravagante, cuando iba a hacerlo, cuando iba a mirar la bragueta de un compañero o los pechos de una compañera, miraba para otra parte, mis ojos buscaban un asidero y era incapaz de mirar a quien me estaba hablando. En una ocasión, con un compañero nuevo, llegué a mirarme con tal fijeza la punta de los zapatos que éste comentó, con burla, si me había comprado zapatos nuevos. No fue la única ocasión. Caminaba por las calles mirándome los zapatos y cuando tenía que entrar a trabajar, por la puerta lateral, porque le resultaba imposible a mi fobia social entrar por la puerta principal, miraba el suelo con tal fijeza que hubiera perforado la Tierra y encontrado petróleo de haber sido supermán.

El acoso duró quince años y durante los últimos la angustia se transformó en fobia social, una fobia espantosa que casi me impedía salir de casa y me obligaba a sentarme en bancos públicos durante un tiempo indefinido, media hora, una hora, dos horas… Si tenía que acudir al trabajo a una hora concreta el esfuerzo era tan infernal que podía caminar kilómetros, durante el tiempo que fuera necesario, mirando al suelo. Tuve que ponerme en tratamiento. Mi esposa insistió. Fue su primer ultimatum.

En este momento, después de haber hecho una seria y profunda recapitulación de mi vida, muchos años después de los acontecimientos que estoy narrando, no puedo por menos de admirarme de que ella pudiera soportar algo así. Me veía mirar a los pechos de otras mujeres como si los tuvieran al aire y no decía nada. Tampoco dijo nada cuando una amiga me preguntó claramente si quería acostarme con ella. No puedo menos de admitir que su comportamiento fue heroico… aunque profundamente equivocado. A mí, semejante conducta, solo me decía que me consideraba tan loco que ni siquiera se sentía con fuerzas para hablar conmigo de lo que me estaba pasando. Al cabo de un tiempo lo hizo, pero fue porque yo insistí. ¡Qué error, qué inmenso error! Como dijo alguien cuando Adolfo Suarez fue nombrado presidente del gobierno. No se puede tratar a un enfermo mental como si se pensara que está completamente loco y que no tiene remedio. No se pueden admitir sus delirios y su conducta impropia por miedo a su reacción violenta o a hacerle más daño poniéndole delante un espejo. Es un inmenso error que a mí me hizo mucho daño.

Con el tiempo también sorprendería la conversación de dos compañeros que hablaban de mi manía y uno le decía al otro que no se me pasaría nunca, que no había remedio. Eso fue tras una terrible experiencia que me llevó al borde de la muerte y que cambió mi vida para siempre. Es curioso, pero cuánta razón tenía el maestro Jesús cuando dijo aquello de que no hay nada secreto que no haya de ser descubierto. Por pura casualidad, y con el tiempo, fui descubriendo lo que la gente pensaba realmente de mí. Su equivocada compasión les hacía comportarse conmigo como si estuviera loco de atar. No me decían lo que era evidente y luego yo tenía que descubrirles hablando de mí cuando creían que no estaba allí. Llegué a ocultarme en los servicios para sorprender estas conversaciones y descubrí que el ser humano es el animal más hipócrita del universo, también el más mezquino.

Viviría años con esta manía compulsiva y aún me sigue dando mucha guerra, muchísima. Tal vez fue entonces, frente a aquel hermano bipolar, cuando comenzara todo. Le miré la bragueta y mantuve la mirada. Él no se apercibió al principio, luego reflexionó y finalmente me miró con una mirada que lo decía todo. Me estaba diciendo que yo estaba incluso mucho peor que él. Y puede que fuera cierto o puede que no, si alguien ha descubierto un instrumento de precisión para medir la intensidad de una enfermedad mental, como se miden los terremotos, que me lo diga, me gustaría saber qué intensidad tengo en la escala Mercali o Richter o lo que sea.

O puede que aquel no fuera el comienzo, porque ahora, con la recapitulación, he recordado muchas cosas. Como cuando mi madre intentó coaccionarme para que no me casara con una divorciada. O ella o yo, me dijo. Y entonces, sí, entonces, la miré a los pechos, como si estuviera en toplés, y haciendo un terrible esfuerzo pude vocalizar. Si me obligas a elegir entre ella o yo, la elijo a ella. Aquello sucedió muchos años antes, de lo que deduzco que tal vez esa idea delirante ya me estuvo rondando incluso desde niño, cuando otros tiernos infantes me quitaban las canicas y yo era capaz de vocalizar una protesta, un insulto, de mandarles a la mierda.

¡Qué error, qué inmenso error por mi parte! Ha destrozado mi vida. Entonces aún no conocía al guerrero impecable y su filosofía, esa de que lo que cuenta en un guerrero son los actos, no lo que piensa, no lo que siente, no lo que dice, es lo que hace lo que marca a un guerrero. Y a mí me marcaron unos actos estúpidos. Creo que todo el mundo en España, e incluso en el mundo entero, supo de aquel extraño loco. Daba lo mismo a dónde viajara, me bastaba con dejarme llevar por la manía para que alguien reaccionara como si supiera quién era yo. Me pasó una vez en un camping de Santander y me ha seguido pasando durante todos estos años. Lo curioso es que nadie, absolutamente nadie, ha reaccionado bien. Nadie me ha llevado aparte y me ha dicho lo que debería decirme. Es como si pensaran que a un loco no se le puede decir nada, porque puede agarrar un cuchillo y estás muerto. ¡Vaya recua de majaderos! ¿Y estos son los cuerdos a los que yo debo besar la suela del zapato?

No sé cuándo empezó todo esto, puede que en alguna vida pasada. No tengo palabras para expresar el agradecimiento a mi “ex” esposa, que no mi “ex” amor. Pudo soportar esto durante años. Incluso el terapeuta que trató mi fobia social llegó a decirme que si ella me lo aguantaba era cosa suya pero que esa conducta era miserable. Bueno, no me lo dijo con estas palabras, pero me lo dijo. Quienes no hayan sufrido la absoluta impotencia, la absoluta falta de voluntad que les impide defender su dignidad de seres humanos no pueden saber hasta qué abismos delirantes, hasta qué abismos de degradación, hasta qué abismos de manipulación puede llegar un enfermo mental. Incluso hoy en día puedo permitirme el lujo de desnudar mentalmente a las señoras, eso sí, con discreción, y apenas recibir una mirada de rechazo o desprecio, muchas veces ni eso. Alguna vez alguien me llama maricón o alguna mujer me dice algo, no sé qué, porque aquí no hay c… ni ovarios, ni nada, para decirme las cosas a la cara. Tal vez se lo impida una falsa compasión o tal vez mis ímprobos y terribles esfuerzos les hagan conscientes de que se trata de una manía compulsiva y no de la conducta de un degenerado. Tal vez piensen, como casi todos, que lo mejor que puede hacer un enfermo mental es olvidar, intentar que el pasado no le arrastre al fondo, como si llevara una piedra de molino al cuello. No puedo por menos que admirar semejante generosidad y comprender con empatía que en realidad lo hacen porque me quieren. Pero permítanme que vuelva a repetirme: ¡Qué error, qué inmenso error!

Sé que no me creerán si les digo que preferiría mil veces que me apedrearan por las calles, que me llamaran maricón y degenerado, que me dieran palizas de muerte, que me encerraran en una cárcel o en un psiquiátrico y tiraran la llave, que me hicieran la vida imposible hasta obligarme a suicidarme. Prefiero mil veces la verdad a esta estúpida hipocresía, a esta mierda de mirar para otra parte. Les entiendo, juro que les entiendo, y aprecio en lo que vale su afecto, pero ese es uno de los más graves errores que se pueden cometer con un enfermo mental, y lo cometen muchos, casi todos, y con todos los enfermos mentales. Soy plenamente consciente de que si mi “ex” hubiera actuado de otra forma tal vez estuviera muerto, entonces no estaba preparado para ser un guerrero impecable. Por eso me defendí como pude, buscando mi supervivencia, mi meta nùmero uno en la vida, por eso reconozco haber sido un manipulador. Quería seguir vivo y traté por todos los medios de sobrevivir haciendo el menos daño posible. Lo reconozco, pido perdón por el daño pero no por mi instinto de supervivencia. Me hubiera gustado actuar de otra forma, pero entonces yo no era un guerrero.

Ahora lo soy y por eso hago lo que tengo que hacer, cuento lo que tengo que contar y no me importa nada, porque ya bailé bastantes veces mi danza con la muerte y no me importa bailarla una última y definitiva, pero antes quiero que esa danza sea espiritual, maravillosa, que la vea quien la tenga que ver, que todo el universo se quite el sombrero ante una mierda de partícula que danza como si el mismo Dios la estuviera viendo, porque en mí late una chispa divina, porque en mi interior habita el mismo Dios y porque aunque haya caído hasta el fondo del abismo más abisal y me haya emporcado con toda la mierda de las cloacas del universo, sigo siendo un ser divino y esa dignidad no me la va a quitar nadie, nadie, absolutamente nadie.

Hubo un tiempo en el que renuncié a ser lo que soy y a decir lo que pienso, porque tenía un amor que quería conservar, una hija que podía avergonzarse de su padre. Ya no tengo amor, ni tengo nada, absolutamente nada, solo me queda mi dureza diamantina de guerrero impecable. Eso es lo que soy y eso es lo que seré, y no me importa lo que suceda porque un guerrero se enfrenta a cada acto como si fuera su último acto sobre la Tierra, porque sabe que la muerte tiene su mano sobre su hombro izquierdo y le puede llevar cuando quiera, pero antes, antes, antes danzaré mi última danza sobre la Tierra, con todo el poder que he acumulado superando humillaciones, marginación, insultos, degradación, intentando sobrevivir como el bóvido que soy, escondiéndome de los depredadores, pastando la hierba de praderas resecas, dejando que mi mente se fugara hacia la lujuria y la venganza.

Y allí, en aquel escueto jardín, viendo un trozo mezquino de cielo en lo alto, intentando seguir el ritmo de un enfermo bipolar al que le miré la bragueta porque era incapaz de decirle “tío, déjalo ya, tómate un respiro”, y allí, en aquel momento idiota de mi vida, voy a dejar estos relatos del otro lado, porque he recapitulado el momento y recogido todo lo que dejé atrás. Aún me queda mucho que contar, mucho que los demás no querrán escuchar, porque los enfermos mentales deberíamos ponernos una mordaza y escondernos en las catacumbas, que nadie nos vea, que nadie sepa de nosotros. Que los cuerdos sigan tirando bombas y los terroristas lanzando ráfagas, que los corruptos oculten su dinero en Suiza, que los millonarios sigan con sus festines y con sus orgías, incluso con menores de edad, que todo el mundo haga lo que le de la real gana, porque aquí los únicos que debemos avergonzarnos somos los enfermos mentales, podredumbre entre la podredumbre, miseria entre la miseria, basura entre la basura. Que los cuerdos sigan danzando su danza de vida, su repugnante danza de su repugnante vida, porque nosotros danzaremos la última danza sobre la Tierra. Y los últimos serán los primeros, como dijo el maestro.

Y si hablar de lo que soy, de lo que siento, de lo que pienso, de mi pasado, molesta a alguien, que me llame manipulador y que un terrorista cuerdo me descerraje una ráfaga en la nuca, por la espalda, como actúan ellos, porque no me voy a callar, ya no me voy a callar. Y Milarepa, el buda riente, se lleva la mano a la boca y sonríe, porque él sí, él es el único que me comprende y que me quiere, a pesar de que conoce bien toda la miseria de mi vida. Milarepa, tío, esto va por ti, y gracias por todo.

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