DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL IX

29 01 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL IX

NUNCA FUI A GRANADA

NOCHEVIEJA EN GRANADA

LA NAVIDAD DEL BUSCADOR DEL DESTINO

Ha sido la Navidad más extraña de mi vida. Casi encajaría como un episodio más de mi delirante novela “El buscador del destino”. Me refiero especialmente a la Nochevieja ya que la Navidad la pasé con la familia de B. Se esmeraron en acogerme como a uno más de la familia. A pesar de ello la lucha contra la fobia social fue especialmente dura. El guerrero impecable tuvo que emplearse a fondo y aún así no pudo evitar que el hombre viejo asomara la oreja para hacer alguna de las suyas. Mi agradecimiento a B. y a su familia será eterno por haber acogido a un íntimo en su primer círculo, en la peor Navidad de mi vida.

NOCHEVIEJA DEL AÑO 2014

Granada

Un trajeado hombre solitario camina por una ciudad desconocida. ¿Desconocida? Rafael Alberti la convirtió en el nuevo Sangri-lá o Shambala de los buscadores del destino en aquel maravilloso poema que luego cantara Paco Ibañez. Nunca fui a Granada…Nunca fui a Granada. Yo había ido a Granada. Estaba allí, había llegado, pero para mi no era ya una meta, el Sangri-lá de mis sueños. Era solo una ciudad desconocida a la que me habían llevado mis extraviados pasos.

La casa rural del pirineo aragonés me había salido rana. Es lo que pasa cuando lo dejas todo para última hora, pero tal vez el destino me hiciera un favor, porque la posibilidad de quedar atrapado por la nieve en una carretera de montaña no era precisamente una entelequia, a pesar del gesto cariñoso de D. que me había traído la pala y las cadenas. Dicen que la muerte por congelación es muy dulce y no se equivocan, porque en mi juventud llegué a experimentar el infernal dulzor de una muerte por congelación.

Casi treinta y cinco años después el buscador del destino lo había engañado con la sencilla estrategia de dejarlo todo para el último momento. Es curioso que cada vez me identifique más con el personaje de mi novela. Estoy haciendo cosas que solo el delirante personaje se atrevería a hacer. A cambio mis extraviados pasos me condujeron a Granada y ya nunca podré cantar aquella de “Nunca fui a Granada”.

Calles_de_Granada
Un hombre trajeado, solitario, embutido en su único traje en el que ha vuelto a caber -¡Oh cínico y juguetón destino!- incluso encorbatado -¿cuántas veces me he puesto una corbata en mi vida?, se podrían contar con los dedos de una mano…vale, de dos- incluso con el calzoncillo rojo de la buena suerte bajo los pantalones. Con la chupa de cuero sobre el traje, con la bufanda y los guantes. ¿Cómo era la canción que cantaba D. de niño? En invierno, el abrigo, los guantes y la “calefasión”. O algo así. El bueno de D. nunca sabrá lo que agradezco el gesto de las cadenas. Aquí solo hay nieve en las cumbres de Sierra Nevada. Pude verlas, con felicidad infantil, mientras me acercaba a Granada.

Me resultó muy duro ver a D. También fue un acto de guerrero impecable. Todo el pasado se me vino encima y no pude con él, aunque fuera algo muy cálido, como un anclaje a un tiempo que ya murió.

Un hombre trajeado y solitario camina sin prisas por las calles semidesiertas de una ciudad desconocida. La ciudad está iluminada. En un luminoso el termómetro marca cinco grados, pero no siento frío. No sopla ni una brizna de aire. No se parece en nada a León, la ciudad del loco de Ciudad-fría. En un pequeño bar unos “granaínos” amables han acogido al viajero extraviado y le han facilitado una guía telefónica, con un callejero, donde he podido localizar el restaurante en el que he reservado la cena de esta noche. En el hotel me pedían un pastón. Hubiera sido más cómodo, pero aunque ahora esté solo y no tenga que dar explicaciones a nadie, debo ser práctico. Podría morir mañana y entonces no hubiera importado, pero hay que ser previsor, el dinero no cae de los árboles. A pesar de mi sensación de estar en una ciudad desconocida, mirando sin ver, viendo sin mirar, con gestes que lo mismo podrían estar en las antípodas, lo mismo que el viajero, la amabilidad de unos desconocidos le hace pensar que no todo está perdido, que la humanidad son las personas amables y no la estúpida ceguera de sus guías.

Un hombre trajeado, solitario, camina sin rumbo, con la extraña sensación de estar en un escenario vacío, en un teatro absolutamente vacío, interpretando una obra de teatro improvisada. Es una sensación extraña. Me siento como un nuevo Castaneda al que don Juan le ha impuesto unos complicados deberes para obligarme a romper con mi pasado y entrar de una vez en la piel del guerrero impecable, del hombre de conocimiento. En estos deberes cabe todo, el arte de acechar, el arte de ensoñar, borrar el pasado, perder la importancia personal…

Es una situación onírica, delirante, es como si estuviera en el páramo, pelado y desértico, donde don Juan lleva a Castaneda para encontrarse con su aliado. Soy un actor que puede hacer lo que quiera… pero no quiero hacer nada, porque nada tiene sentido, es solo gesticular para la galería, donde no hay nadie, hablo en voz alta y nadie me escucha. Me he vestido para la ocasión, pero nadie me ve. Es como si actuara para entidades, para fuerzas invisibles, es como si les dijera: os voy a demostrar que soy un guerrero impecable, que aquí, en este desierto, voy a bailar mi danza, no la danza de la muerte, la danza de la vida. Porque esto es en realidad la danza de la vida, bailar para ti mismo, porque si hay alguien más en el universo está en otro plano y no se preocupa de ti. No te ven, no te oyen, no te sienten…y a pesar de ello estás vivo y bailas tu danza. Te has puesto el traje, la camisa rosa, la corbata, los calzoncillos rojos, los zapatos buenos, los calcetines a estrenar, tu chupa de cuero, tu bufanda, y caminas por calles solitarias bailando tu danza de la vida. Nadie te ve, no eres ni una partícula infinintesimal en un universo infinito, eres nada, el vacío, pero aún así estás vivo, y bailas tu danza de la vida.

Vas a cenar entre desconocidos porque estar vivo es despedir un año viejo y brindar por un año nuevo. Vas a bailar tu danza de la vida y luego te irás a tu hotel, a una habitación solitaria, donde nadie te ve, para hablar contigo a solas, para dormir contigo a solas.

Y entonces recuerdas a Don José y a su mujer. ¿No eran “granaínos”? Te has dejado la agenda en el apartamento. No les podrías llamar aunque quisieras, tampoco a la compañera de la Solana, “la granaína” que te dio su teléfono y dirección cuando cesó en el juzgado. Pero aunque tuvieras la agenda no les llamarías, porque ésta es tu noche, la noche de tu danza con la vida, la noche que te fue destinada desde el principio de los tiempos.

Un guerrero impecable, trajeado, solitario, camina por calles vacías, no va a ninguna parte, no va a Ixtlan, como le cuenta don Genaro a Castaneda, entre las risas de don Juan. Las personas que le salen al encuentro son fantasmas, no están vivos, como le dice don Genaro al racionalista de Castaneda. Camino entre fantasmas, yo mismo soy un fantasma. Estoy viajando a Ixtlán, que ahora se llama Granada. Nunca fui a Granada, nunca llegaré a Ixtlán, porque como bien le dice don Genero: Ixtlán es lo que dejamos atrás y queremos recuperar, los seres queridos, los entornos donde fuimos felices, el hombre viejo que fuimos… Nunca se llega al pasado, nunca se llega a Ixtlán. Nunca fui a Granada…Nunca fui a Granada.

EPÍLOGO

Casi me lo hago en los pantalones, el guerrero impecable a punto estuvo de salir corriendo cuando vio, a través de los grandes ventanales del restaurante a un montón de gente, bien trajeada, de posibles, que brindaban con cava y charlaban animadamente. Me marché por calles solitarias, eché un pitillo y me dije que un guerrero impecable nunca huye, va a donde tiene que ir y hace lo que tiene que hacer.

Regresé y entré. Todos me miraban. Un solitario en días tristes, una oveja perdida, balando su tristeza a los cuatro vientos. Me presenté al camarero, estaba en la lista, pero como un tal Julio-Antonio. Julio-César, Julio-Antonio, César-Antonio, todos los emperadores romanos estaban allí, con sus falditas cortas y sus coronas de laurel. Todos me miraban y me subí a un taburete, pedí un cava y me puse a escribir en la libreta esta crónica. Tampoco hay que rizar el rizo, mirarles a todos, presentarse, estrechar manos, mirar mujeres guapas y decir piropos, no hay que pasarse, solo hacer lo que uno tiene que hacer.

Nos fueron llamando a todos y una camarera en uniforme, que intentaba ser agradable y lo conseguía, les fue llevando a sus mesas, familias, amigos, jóvenes, mayores… Nadie solo. Fui el último y recorrí los pasillos con la cabeza alta, aunque tenía más miedo que vergüenza. La camarerita guapa me indicó mi mesa, en una esquina, en un rincón, tras una columna. Una mesa pequeña para un guerrero pequeño. Y comenzó una larga cena, una cena-degustación, numerosos platos, intervalos largos entre uno y otro, una copa de vino, una copa de cava. Y todos me miraban y yo escribía. Escribí en mi libreta sobre el Cosmos y la importancia personal, sobre el buscador del destino, sobre… Escribía y escribía. Cuando llegaba el camarero la dejaba y comía. Como un ricachón en el restaurante de Ferrián Adriá. Y dejaron de mirarme, aunque de vez en cuando sorprendía alguna mirada. En una mesa vecina un grupo de jóvenes charlaba y reía. Uno de ellos hablaba demasiado alto y tenía una voz chillona. Reía raro, me crispaba los nervios. Y la cena siguió y siguió, un plato tras otro, buen servicio, excelentes poquitas cosas de esto y de aquello. Camareros discretos, serviciales, ¿otra copa de vino? ¿vale? ¿otra? Prefiero cava. Y llegaron las uvas, antes el cotillón, y me puse una máscara roja que me recordó a Poe, y me puse el cucurucho de bufón, y desenredé las serpentinas y mi alegría podría resucitar a un muerto… para cambiarle el puesto.

Y entonces ocurrió, siempre hay gente buena en todas partes, hasta en el infierno. En una mesa vecina una familia inglesa, tal vez de visita en Granada, celebraba el cambio de año. La señora se levantó y brindó conmigo y me arrojó serpentinas, y me besó en “entrambas” mejillas. Y el marido me saludó, estrechó mi mano y me preguntó en inglés si las campanadas eran en Barcelona. Solo entendí bells, bells, o como se diga, supuse el resto. Dije, Barcelona, no, Madríd, Puerta del sol. El hombre era serio, pero amable. Y de pronto se levantaron las dos chicas, treintañeras, guapas, amables, deliciosas. Y brindaron conmigo y me besaron en “entrambas” mejillas y me hubiera gustado besarlas en la boca, porque en Nochevieja todo está permitido, pero no me atreví. Y la señora insistió en que me acomodara en su mesa. Rehusé. No hablaba inglés, y un intruso que se comunica por gestos es más propio de una película de cine mudo que de una celebración familiar, entrañable. Insistió y brindé con ella y la besé yo.

De pronto desde la otra punta del salón llegó una rubia aparatosa, rotunda, hermosa. Y me dije si no estaría rodando una película o don Juan me habría tendido una celada. Brindó conmigo y me habló, y al hablar deduje que al otro lado del charco, los caribeños, o venezolanos, o lo que fuera la mujer, también tenían rubias. Y me invitó con mucho calor a su mesa e insistió, y a mi me hubiera gustado tomarla del talle y regresar con ella a una mesa con otro matrimonio. Me pareció que estaba sola y no necesitaba hablar inglés, pero me dije que cuando el guerrero impecable abusa de su suerte las fuerzas poderosas lo mandan a la mierda. Y rehusé, fui discreto. Y bebí cava y comí las uvas, e hice todo lo que tenía que hacer…

De pronto todos se marcharon y la inglesa quería hacerse entender, al parecer creía que había baile, no sé dónde, porque el restaurante solo tenía salón y cocinas y en la información no decía nada. Se fueron, se fueron marchando, y la familia inglesa pretendía invitarme en la barra. Rehusé y las chicas me besaron y maldije por no saber inglés. Aunque luego vi la mirada del padre o abuelo o lo que fuera y me dije que era una suerte no saber inglés. ¿Las estaba protegiendo o solo se mostraba molesto por mi descortesía?

Salí del restaurante con mi gorro de bufón y mi máscara de la muerte roja y las serpentinas colgando. Y caminé hacia el hotel, un poco en zig-zag porque había bebido. No estaba borracho, aunque lo parecía. Y las calles seguían solitarias aunque se escuchaba música a lo lejos. Y un grupo de jóvenes me miró al pasar y dijeron algo. Sí, soy el bufón del universo y voy donde me place, soy libre como un pájaro sin alas. Algo les dije, pero no me oyeron.

Y regresé a mi hotel, a mi cuarto solitario, a mi lecho solitario, a una noche solitaria. Allí terminé de escribir la crónica, plagada de copulativas, porque en eso pensaba, en copular … en copular con la almohada, pensando en las inglesitas, imaginando a las inglesitas, desnudando a las inglesitas. Y los diminutivos y las copulativas me cerraron los ojos, me arrullaron.

El guerrero impecable se durmió, soñó con angelitas y siguió su viaje a Ixtlán, todos eran fantasmas, nadie estaba vivo, ni yo. Caminamos por calles solitarias, de ciudades solitarias, ladrando a la luna llena. Caminamos en sueños y no encontré una mano para caminar juntos. Visité el confín del universo y me quise quedar, pero allí también era un solitario, un buscador del destino. Y para llevarle la contraria me desperté pronto e inicié un nuevo día.

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29 01 2015
papus21

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