LAS HISTORIAS DE BAUTISTA II

6 02 2015

LAS HISTORIAS DE BAUTISTA II

EL PRIMER CONTACTO CON LA ENFERMEDAD MENTAL

He llegado a la tienda de Bautista pasadas las cinco de la tarde. Hoy ha sido un día duro para mí. Estaba preocupado, yo diría que angustiado, por el posible encuentro con mi “ex”, no había dormido bien estas noches, llevo un tiempo sufriendo de insomnio, ni las hierbas ni las cápsulas de valeriana me hacen efecto. Mi cuerpo se resiente, pero sobre todo es mi mente la que no está bien, no me centro en lo que hago y la imaginación me lleva constantemente a recapitular sobre el pasado, es algo que debo hacer, pero no ahora, no estoy preparado.

He notado que estaba ilusionado por empezar a contar sus historias. Puede parecer un sentimiento extraño, dado que no van a ser historias precisamente humorísticas, aunque en ellas también habrá escenas divertidas. La vida es una tragedia que podemos transformar en comedia con solo aceptar que somos mortales. La mortalidad es lo más divertido que se ha podido inventar. Me resulta difícil imaginarme algo más aburrido que la eternidad, la eternidad en esta vida, claro, porque ir saltando de dimensión en dimensión, de vida en vida, sin morir, podría ser realmente divertido. Antes de comenzar a contarme su vida desde el principio me pregunta cómo estoy. Es un detalle humano que pocas personas tienen con otras. Te sueltan lo que tengan que soltarte y les preocupa un bledo cómo estás tú. Bautista no es así, acostumbrado a escucharnos a los enfermos mentales sabe muy bien que primero somos nosotros y nuestras historias y luego podemos escuchar con un poco de concentración, no mucha porque la mente siempre se nos va, no hay manera de atarla a nada. Abrevio mi recapitulación del día y entonces recuerdo que había previsto traerme la libreta y el bolígrafo, pero los he dejado en el coche. También tengo una pequeña grabadora que usé para mis anotaciones novelísticas, pero lo dejé porque no va bien, me trabó una cinta y perdí horas de grabación. No soporto estos incidentes, me ponen de los nervios. Así que decido escucharle, memorizar y cuando escriba el capítulo correspondiente se lo haré leer y sobre la marcha iremos puliendo los detalles.

Me olvidaba, antes le he dado la introducción impresa. La ha leído con mucha calma y al finalizar le he preguntado si quería suprimir algún detalle, algún detalle íntimo, algo relacionado con su familia. Me siento como un periodista bueno, uno de esos pocos que preguntan antes de publicar y hasta son capaces de suprimir detalles que puedan herir sensibilidades. Me ha dicho que no, que estaba bien. He creído notar que se emocionaba al leer algunos párrafos. Puede que solo sea impresión mía, el típico narcisismo del escritor, que cree que su palabra es sagrada y todos deberían de ponerse de rodillas ante él.

Debo prevenir al lector, antes que nada, de que esta narración poco tiene que ver con el ritmo de la conversación. Como escritor adoro los detalles, son importantísimos en una narración, sin ellos todo podría quedarse en un documental aséptico, sin ritmo, sin vida. Por eso a lo largo de toda la conversación le interrumpiré constantemente para que precise esto o aquello antes de seguir con el resto de la historia. Bautista es muy paciente, noto que le molestan mis interrupciones, pero las considero imprescindibles, y no solo como escritor, como enfermo mental hay detalles que no me gustaría pasar por alto. Dejaré de lado mis interrupciones, que harían de esta narración un tormento para el lector, aunque de vez en cuando utilizaré algunas para dar un respiro o para hacer alguna reflexión propia.

Bautista comienza a contar y yo a interrumpir. Comienza la escena, pero necesito saber de qué años estamos hablando. Él precisa, con paciencia, con infinita paciencia. Tal vez estemos en el año 1961 o 1962. Bautista tiene dieciocho años. Con lo que ya sabemos todos su edad actual. No es coqueto, tal vez piense como yo que uno tiene la edad que tiene y que quitarse años no deja de ser pura ficción, estaría bien en una novela pero la vida es implacable. Estamos en Campo de Criptana. Es verano, no sabemos si a comienzos, en plena canícula o a finales. Esto para mí sería importante, las crisis de los enfermos mentales tienen mucho que ver con el entorno y el tiempo. Un día de canícula no es lo mismo que un día primaveral u otoñal o invernal. Nosotros somos como termómetros, según ande nuestra “chola” sabemos que el tiempo va a cambiar o ha cambiado o se acerca una borrasca o un anticiclón. Deberían utilizarnos como hombres y mujeres del tiempo.

Bien, ya estamos situados, pero precisemos más. Bautista está estudiando peritaje mercantil en Ciudad Real. Está pasando las vacaciones en casa de sus padres, de quienes no hablaremos salvo que sea necesario, que lo será para situar al personaje en su entorno, pero no ahora. Está en casa y llega corriendo un familiar. Le suponemos demudado, corriendo que se las pela, tal vez gritando y pidiendo auxilio. Es curioso pero donde hay un enfermo mental alguien acaba siempre pidiendo auxilio o socorro. “Socorroco” que aquí va a pasar algo… y pasa, por supuesto. Suponemos que Bautista inquiere lo que está pasando y el otro, con palabras atragantadas y rápidas, le pone al cabo de la calle. No se hable más. Otra persona hubiera titubeado. Bueno, qué puedo hacer yo, no sería mejor… Bautista sale corriendo el primero. Es otro de los detalles típicos de su personalidad, no duda, no se echa para atrás, no deja que sean otros los que solucionen los problemas ¿Hay un problema? Bueno, pues en qué puedo ayudar.

El llega el primero, es más joven y se le necesita. Entra en casa del familiar y se encuentra en el salón de la casa la siguiente escena: su primo, de la misma edad, erguido, suponemos que con el rostro demudado y encolerizado, con una porra en su mano derecha. A Bautista le da tiempo a hacerse cargo de la situación. Al fondo está la madre de su primo, o sea su tía. Está acuclillada cerca de la pared. Si somos empáticos, aunque sea un poco, podemos imaginar con facilidad cómo se siente la pobre mujer. Me dice Bautista que no está histérica, no grita, no llora desconsoladamente, está muy afectada y tal vez, sin duda, amedrentada, yo diría, como narrador, que aterrorizada. A su lado, de pie, está un policía. No sé si entonces llevaban uniforme gris, pero me gusta imaginarlo así. Posiblemente tenga tanto miedo como la mujer aunque tiene que disimularlo. El chaval, un mocetón tan alto y fuerte como Bautista, o más, un auténtico osote, conociendo cómo es nuestro protagonista, le ha arrebatado la porra al policía, eso estaría claro para cualquiera.

Bautista no se arredra, se le encara y le dice que si tiene que darle una somanta de porrazos a alguien se los de a él. Esta expresión es típica del narrador, en realidad las palabras de nuestro protagonista son otras, pero a mí me gusta sacarle partido a esta escena, que lo tiene y mucho. De nuevo una simple pincelada define a nuestro hombre. Yo hubiera salido corriendo, seguro, aunque luego tal vez llamara a los vecinos o a la policía o al ejército. Esto me hace recordar una escena de mi juventud, un loco, o sea yo, sale corriendo por un patio de cemento de un psiquiátrico, gritando que quiere irse a casa. Tras de sí corren dos o tres o cuatro, los que sean, celadores, en bata blanca, fuertotes como osos. Soy más joven y corro más, pero tengo asma, nada como la cólera o el estrés para que el asma te apriete los pulmones y no puedas respirar. Me detengo, me inclino y me apoyo en los muslos con las manos, respiro por la boca. Entonces llegan ellos y se lanzan al placaje, como si fuera un balón de rugby. Me tiran al suelo, me reducen y cuando estoy reducido me patalean. Me dan patadas en el estómago, en los “cataplines”, donde más duele. Alguno se ensaña, me da de puñetazos, como si hubiera violado a su hija, como si hubiera matado a su madre. ¿Qué he hecho yo? Pedir a gritos que me lleven a casa. Llevo unos dos meses en el psiquiátrico y no aguanto más. Me arrastran por el suelo de cemento a presencia de mis padres. Me llevan así hasta un sótano infecto, con camas de hierro, que huele a orines. Me atan con cadenas. Con auténticas cadenas, gruesas, como en la Edad Media, nada de “cadenitas de bicicleta”.

De haber tenido el sentido del humor que tengo ahora, me hubiera burlado: ¿No sois suficientes? Pedid ayuda al ejército, a los paracaidistas, a los cuerpos especiales, a los grises, a San Pito Pato con casco, como Gila. Este chicarrón es aún más peligroso que yo, más fuerte, y además tiene una porra. Pero Bautista no se arredra, este hombre no se arredra ante nada. Cuando le pregunto si no tuvo miedo de que el otro le abriera la cabeza a porrazos, de que no las contara, de que la muerte le esperara allí, me responde simplemente que había que ayudar, no tenía tiempo para pensar en las consecuencias. ¿Y qué hace? Se le acerca, le traba la muñeca de la porra y se abrazan como dos osotes. Mi faceta de humorista no podría resistirse a sacar punta a esta escena, pero estamos en el mundo real, y esto es serio, trágico. Cuando le pregunto cuánto tiempo se enzarzaron y qué pasó. Solo acierta a decirme que cree que estuvieron diez minutos, más o menos, trabados en una pelea de titanes. Esto último lo digo yo, porque conociendo a Bautista e imaginándome al otro, la pelea tuvo que ser de titanes. Terminó cuando un doctor, el del pueblo, le clava la aguja al primo en el cuello y le inyecta un tranquilizante fuerte. Lagartil, me dice Bautista. Yo creo haber probado este potingue, no soy tan joven como para que estos nombres demoniacos formen parte de mi prehistoria. Entre varios acuestan al enfermo en un sofá o escaño, más bien esto último, y le dejan allí, con los ojos abiertos, mirando hacia el infinito. Este detalle lo sé porque le he acribillado a preguntas. Para mí estos detalles son importantes, y no solo como narrador.

Y ahora, antes de finalizar este capítulo, que no ésta historia. Le he detenido con un gesto de la mano. Vale, Bautista, para, aquí hay cosas importantes que debo saber. Y comienzo a preguntarle como una metralleta. ¿Sabía él algo de la enfermedad mental? ¿Era su primer contacto? Como todos, me responde, habíamos oído hablar, pero no sabíamos nada. Le pregunto si luego se informó. Se encoge de hombros, habló con el médico, con un psiquiatra, pero poca cosa, como cualquier curioso hubiera podido hacer. ¿Entonces? ¿Entonces qué? Me hubiera podido preguntar, pero no lo hace, se me queda mirando, esperando. Quiero profundizar, es preciso profundizar. Llegas a casa de tu primo, te encuentras con esta escena, peleas como un jabato con un enfermo mental fuerte como un oso y más, porque cuando estamos en crisis somos terribles, sacamos fuerzas de donde no las hay, estás arriesgando tu vida, aunque no te lo creas, y después de todo esto, ¿qué? ¿No te hiciste ninguna pregunta?

Bautista me dice que había que ayudar y sobraban las preguntas, y entonces me deja impactado con una simple frase, con una frase que yo catalogo de inmediato como la primera del manual de Bautista. Me dice que lo que más le preocupó era su desconcierto ante lo que él consideraba un odio incomprensible. Y su mente se preguntó una y otra vez: por qué me odia tanto, por qué nos odia tanto, qué le pasa a este buen hombre para que los demás seamos para él como monstruos a los que hay que exterminar. Y entonces una luz se enciende en su mente. ¿Qué haría yo si alguien intentara privarme de mi libertad, si me trataran como a una bestia, si me privaran de mi dignidad, si tuviera que decir a todo que sí, como un idiota? Y el narrador recuerda la revolución francesa y a Espartaco y a… Pero ellos eran normales, los revolucionarios cortaron cabezas, Espartaco se enfrentó a Roma, a los ciudadanos romanos, y mató a unos cuantos. Pero todo el mundo los considera como adalides de la libertad. Y este pobre chaval, con una porra en la mano, es como una bestia salvaje y sanguinaria, y eso que no ha matado aún a nadie. ¿Qué está haciendo? Peleando por su libertad… pero es un enfermo mental, nosotros no tenemos derechos, ni dignidad, ni nada, nosotros solo existimos para que alguien nos esconda en las catacumbas y luego diga que hemos ido de viaje a casa de la abuela o de quien corresponda.

Y entonces Bautista se hace la pregunta que debieron haberse hecho millones de personas a lo largo de la historia de la enfermedad mental. ¿Qué le hemos hecho para que nos odie de esa manera? Y en lugar de quedarse ahí y olvidar, olvidarlo todo, como hacen los otros, intenta buscar una respuesta. Y la respuesta es simple, algo que todo el mundo debería saber, algo que todo el mundo debería haber intentando, y la historia de la enfermedad mental no hubiera sido casi peor que la de la Inquisición. Bautista obtiene una respuesta simple, tan profunda como la misma vida. Solo si soy capaz de ponerme en su cabeza, en su piel, lo sabré.

SOLO SI SOY CAPAZ DE PONERME EN SU CABEZA, EN SU PIEL, LO SABRÉ

Esta es la primera máxima del manual de Bautista sobre la enfermedad mental, sobre los enfermos mentales. Si quieres conocerles, si quieres conocernos, entra en nuestra cabeza, en nuestra mente, ponte en nuestra piel, olvídate del miedo, del terror, olvídate del qué dirán, olvídate de todo. Si quieres conocer a tu hermano vincúlate a él, que diría Milarepa, utiliza el afecto que es la vinculación más fuerte y profunda. Quiérele e intenta comprenderle… desde dentro, no como espectador, no como quien ve los cuernos del toro desde el tendido, tírate a la plaza, ponte delante de los cuernos afilados del morlaco, arriesga, y torea. Inquiere sobre la historia del enfermo, mira a su familia, a su entorno, intenta saber qué harías tú si…si tuvieras algo, un mecanismo dañado en tu mente, y tuvieras que soportar que te traten sin respeto, que no acepten que eres un ser humano, libre, digno. ¿Qué harías tú?

Y aquí estoy yo, el narrador, poniéndome en la cabeza del primo de Bautista. Un día de verano, de mucho calor, en la Mancha siempre hace mucho calor en verano, y que me perdonen los manchegos. Y el primo lleva un tiempo soportando que le niguneen, que no le dejen hacer lo que quiere, que no le dejen llevar su mente a donde le apetece. Y no es un niño, es un mozo alto y fuerte como un castillo. Y tiene que soportar que le traten como a un niño. Vale, es un enfermo mental, pero los enfermos mentales no somos niños, ni tontos, ni hemos perdido nuestros derechos, nuestra dignidad, nuestra libertad. Y puede que yo esté más capacitado que otros para comprenderle, porque también soy un enfermo mental, porque a mí me vapulearon de lo lindo y me ataron con cadenas. Porque he estado internado en psiquiátricos, y me pusieron electroshock, y me convirtieron en un vegetal, a fuerza de embutirme pastillas por el píloro. Y he sobrevivido, yo no he estado en un psiquiátrico veinticinco años, como su primo. Algo que sabré más tarde, pero que adelanto porque viene a cuento. Aunque estuve a punto de pasar el resto de mi vida encerrado, eso es verdad. Tuve suerte.

Y aquí estoy yo, el narrador, un enfermo mental sin nada que perder porque lo ha perdido todo, contando esta historia y siguiendo la máxima de Bautista, poniéndome en su cabeza, en su corazón, en su piel, viviendo con él. Y aquí estoy yo, a quien ya ni siquiera los otros se atreven a considerarle como un enfermo mental porque ya no tomo pastillas, ya no visito psiquiatras, porque trabajo, porque me gano el sustento como cualquier otro, porque no soy un apático, tengo voluntad para querer contar esto y lo cuento. Y no puedo ser un enfermo mental porque si lo fuera los otros tendrían que replantearse la enfermedad mental y el trato a los enfermos mentales. Lo mismo que tendrían que hacer si un día un asesino en serie, un violador, un pedófilo, un monstruo, se rehabilitara y pidiera perdón, reparara en lo posible el daño causado y se dedicara a ayudar a todo el mundo, como una ONG. Es cierto, no conocemos un solo caso de asesino rehabilitado, de violador rehabilitado, de pedófilo rehabilitado. No lo conocemos porque no se ha dado. Pero yo estoy aquí, rehabilitado, un enfermo mental que es capaz de no tomar medicación, de no visitar psiquiatras, de trabajar, de tener tanta voluntad como un guerrero impecable, bueno un guerrerito, pero guerrero al fin y al cabo. Y tengo mis crisis y hago cosas “terribles” (bueno, que me perdonen pero no tan terribles, al menos para los otros, para mí sí, para mí soy peor que el azote de Atila, porque donde yo piso en mi vida no vuelve a crecer la hierba) y acabo perdiendo esto y aquello, y todos sufren a mi alrededor, y todos me miran y no me ven. Pero aquí estoy yo, sigo caminando, sigo luchando, sigo defendiendo mi dignidad y ahora hablo y nadie me callará. ¿Qué hacemos con él? Muy sencillo. Decimos que no es un enfermo mental, que en realidad no lo es, que se equivocaron, que lo que le ocurre es que es una mala persona, un manipulador, un mentiroso, un canalla que puede hacer sufrir a sus seres queridos porque no tiene empatía, porque no tiene sensibilidad, porque es una mierda, una mierdecilla, ni siquiera llega a la categoría de “mierda”.

Y aquí estoy yo. ¿Qué hacemos con él? Lo mismo que seguramente harían con un asesino en serie rehabilitado. En realidad no era un asesino, mató porque se le torció un gen, porque las circunstancias… Se equivocaron con él, mató y los muertos están muertos. ¡Pero qué hipócritas que somos! Un asesino es un asesino, si se rehabilita es un asesino rehabilitado, si no se ha rehabilitado nadie es que no se ha rehabilitado nadie… hasta ahora. ¿Soy el primer enfermo mental rehabilitado? Ni lo sé ni me importa. Que me quiten lo que quieran, que me dejen desnudo como vine al mundo, que me crucifiquen, ahora nadie me callará. ¿Por qué no pueden comprender que tras doce intentos de suicidio, algunos terribles, tras larguísimas estancias en psiquiátricos, tras tomar medicación por un tubo, tras ser diagnosticado de todo y de nada, tras crisis que me han hecho perder todo lo que tenía, y me han dejado con el culo al aire, con el alma en carne viva, quitarme ahora mi dignidad de enfermo mental es convertirme en un canalla, en un malnacido, en un monstruo sin empatía y sin la menor sensibilidad humana? ¿Para calmar sus conciencias y no tener que enfrentarse a algo que no comprenden son capaces de transformarme en un asesino en serie? Así es nuestra hipócrita sociedad.

Pero yo estoy aquí, sigo aquí, estaré hasta que me muera, y espero que sea muy tarde y después de haber disfrutado de la vida todo lo que haya podido. Y ahora puedo hacerme voz de los que no tienen voz. ¿Algún enfermo mental ha contado su vida? ¿Algún enfermo mental ha sido escuchado alguna vez? ¿Cómo pueden hablar embutidos de pastillas, con la marca de Caín en su frente? Pues bien, yo salgo a la palestra, con la marca de Caín en mi frente y digo lo que tengo que decir, por los hermanos que no tienen voz, por los que no saben o no pueden defenderse, por todos aquellos que son considerados la hez de esta sociedad, porque ni siquiera tendrán nunca la categoría de genocidas, de asesinos en serie, de terroristas. No son nada, simplemente… simplemente enfermos mentales. Y lo digo por el primo de Bautista que pasó veinticinco años encerrado en un psiquiátrico y que murió de muerte natural, a los cuarenta y tantos años, porque ya no podía comer nada sólido, tenían que hacerle papillas, y cuando un día quiso recobrar la libertad de comer como los demás, arrebató un bocadillo y se le quedó entrampado en la garganta. Y no puedo respirar, y a pesar de ser operado murió, murió como un enfermo mental y nadie supo de él. Y nadie se preocupó de él, y su historia estaría olvidada hasta el final de los tiempos si este narrador no la contara.

Y he cometido el peor pecado de un narrador, adelantar el final, pero no me importa, porque antes que narrador soy enfermo mental y una rabia sorda nace del fondo de mis entrañas y no la puedo contener. Y luego dirán que en realidad soy un manipulador, una mala persona, no un enfermo mental y hago esto porque hoy tengo la sentencia de divorcio y quiero vengarme de mis seres queridos, que todos les señalen con el dedo. Y espero que vengan a por mí, sentado ante el teclado, escribiendo lo que quiero escribir, porque sé que vendrán, antes o después, y sacarán mis trapos sucios, y los exhibirán ante todo el mundo y dirán “mirad cómo se ha cagado en los calzones ese idiota que dice ser un enfermo mental”. Y tratarán de que mi voz se acalle y de que mi gesto quede como el gesto de un loco y así desprestigiarán a los enfermos mentales y podrán decir sin rubor: “Veis, los enfermos mentales matan, manipulan, hacen un terrible daño a sus seres queridos, y cuando alguien dice haberse rehabilitado, en realidad “la ha cagado”, porque aquí podéis ver sus calzones, porque aquí podéis ver lo manipulador y mala persona que era. Y se quedarán tan panchos, incapaces de poner en práctica la máxima del gran Bautista: SOLO SI SOY CAPAZ DE PONERME EN SU CABEZA, EN SU PIEL, LO SABRÉ

Pero aún queda mucha historia por contar, muchas historias. Y pido perdón a Bautista por haberme apoderado de su voz para un simple estallido emocional. Tal vez ni siquiera vengan a por mí, me quedaré en las catacumbas, rumiando mi rabia y pensando que los enfermos mentales somos despreciados porque en realidad somos los espejos de la sociedad en la que vivimos. Mientras todos andan vestidos nosotros vamos desnudos por la vida, y así ven lo que somos, lo que tenemos entre las piernas, lo que tenemos en nuestro corazón y en nuestra mente. Ellos también lo tienen, pero van vestidos… y eso disimula mucho.

QUE LA PAZ PROFUNDA NOS ACOMPAÑE A TODOS EN EL CAMINO Y QUE MILAREPA SE RÍA, QUE EL BUDA RIENTE SE RÍA GENEROSAMENTE, COMO HACE SIEMPRE. PORQUE ESTO QUE ESTOY HACIENDO ME LO INSPIRÓ ÉL, AUNQUE LUEGO DIGAN QUE EN REALIDAD ME ESTOY JUSTIFICANDO DE MIS ACTOS DE CANALLA Y CUALQUIER DISCULPA ES BUENA PARA UN MANIPULADOR.

Anuncios

Acciones

Information

2 responses

3 07 2015
Chalita

Querido César, estoy extasiada de leerte, hace unos cuantos días tuviste la amabilidad de darme tu correo para poder opinar y preguntar de manera más personal sobre el tema de los enfermos mentales, mi esposo es uno de ellos, tengo tanto que decir, tanto que preguntar, mil inquietudes, en mi país ya es medio día y no he tendido mi cama por leer tu blog, no he preparado la comida! , me gusta mucho lo que escribes, tienes una gramática impresionante y una narrativa que me tiene atrapada , ojalá en breve no me sienta intimidada y me anime a escribirte , además debo desempolvar mi computadora de escritorio que hace mucho no ocupo, es muy incómodo escribir en el móvil.
Gracias por este blog, gracias por estar siempre al pendiente de nosotros y gracias al buscador que me llevó a ti, tus palabras son ahora para mi como agua en el desierto, gracias .
Un beso y un afectuoso abrazo.

4 07 2015
papus21

Querida amiga: Gracias a ti, ¡no sabes lo que agradezco tus palabras elogiosas! No voy a negar que es muy duro para mí abrir mi alma de enfermo y contarlo todo, confesarme públicamente como enfermo mental e intentar que se nos conozca, terminando de una vez con nuestra leyenda negra que nos sigue a través de los siglos, por eso tus amables palabras me hacen pensar que no todo lo que hago es en vano, palabras que se lleva el viento, sino que algunas personas receptivas nos van a acabar comprendiendo mejor, y lo que es más importante, queriéndonos. En cuanto a la calidad de mis textos todo es cuestión de escribir mucho durante muchos años, acabas escribiendo casi como hablas, sin pensarlo, con facilidad. Entiendo que si me escribes desde el móvil te resulte muy incómodo hacerlo a mi correo y hablarme extensamente de tus intimidades. Yo mismo soy incapaz de hacerlo desde mi móvil, por eso espero que pronto puedas hacerlo desde tu ordenador. Por favor, deja de sentirte intimidada, como humorista, además de escritor, me entra la risa cuando pienso en que alguien pueda sentirse intimidado por mí, podría hacer algún chiste o crear algún gag al respecto, es como si yo me sintiera intimidado por alguna de las moscas que no dejan de volar por mi apartamento, aprovechando el calor, como si me rindiera a ellas pensando que son diosas… diosas del averno, diría yo. Soy el hombre más normal del mundo y todo lo que he conseguido lo he logrado con el trabajo, cualquier otra persona lo podría conseguir mejor que yo. Anímate y escríbeme y cuéntame tu vida, yo te contaré la mía. Y por favor, no dejes tus faenas por leer el blog, he subido muchos textos y muy largos, pero hay mucho tiempo para leerlos poco a poco, no se irán de aquí, no. De verdad que yo soy quien te da las gracias y puedas estar segura que ningún encuentro en esta vida es casual, como decía el gran novelista Julien Greene, todos somos enviados, los unos a los otros. Por algún motivo nos encontramos en la vida y nos conocemos. Lo importante es que todos aprendamos, unos de otros, y sobre todo que nos queramos, el cariño es la mejor medicina que encontraremos nunca. Gracias por tu afectuoso beso y abrazo que te devuelvo como a una hermana querida. Un beso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: