DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL X

9 02 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL X

CAMINO DEL SACROMONTE

Esta mañana salí del hotel sin un plan fijo. Seguramente a encontrarme con el destino, porque ahora, lo quiera o no, soy un buscador del destino. El protagonista de mi novela al fin lo encuentra y baila, encantado su danza con la muerte. En mi caso no será tan fácil, de alguna manera he estado protegido toda la vida. Debería estar muerto, lo sé muy bien, pero las fuerzas poderosas no lo han querido. Me gustaría seguir creyendo en mi misión, pero cada vez ésta se difumina más y más, hasta transformarse en el típico delirio profético que estaba estudiando en la serie “Conociendo al enfermo mental” y que abandoné porque he estado muy ocupado intentando que el diario sea esa coraza que ando buscando, la coraza de la supervivencia. Sin pretenderlo todo mi esquema de ideas, mi filosofía de la vida, todo aquello en lo que había creído antes se desmorona. Debo revisarlo todo, de arriba a abajo. Los significados de bien y mal, de vida y muerte, de relaciones interpersonales, de sociedad, de personalidad y carácter, todo, absolutamente todo está sujeto a revisión. En realidad, como le dice don Juan a Castaneda, nacemos con el punto de encaje suelto, abierto a todos los mundos y dimensiones, pero los adultos, la sociedad, nos “educa” para que el punto de encaje se ancle donde ellos quieren, por una simple razón: ellos ya lo tienen encajado para ver esta realidad como creen verla todos, como les gusta verla, no podrían soportar la libertad, llevan demasiado tiempo en su cárcel de papel.

CAMINANDO POR GRANADA

Camino sin prisas, camino a cámara lenta. Ayer no sabía a dónde ir y recorrí el centro, muy de mañana, ni siquiera eran las diez. La catedral, que no quise ver porque había que pagar, las calles de un barrio que podría parecerse al barrio húmedo de León si los edificios no fueran tan diferentes. Caminé de forma errática, sin rumbo. Me encontraba mal, y no sólo anímicamente. Estaba enfermo. La visita a Sierra Nevada en un día soleado, casi primaveral, me hizo cometer un error. Me fié del sol y no me abrigué. Terminé con un fuerte resfriado que se ha complicado con una gripe intestinal. Me siento débil, flojo. Las anotaciones que hice en lo alto deberían ir antes que este capítulo, si en mi vida la cronología ahora tuviera el menor sentido. Cuando estoy mal físicamente también lo estoy de ánimo. Si fuera matemático diría que X=X, pero no lo soy ni quiero serlo. Soy consciente de que todo el día estaré bajo de ánimo, pero ahora soy un guerrero impecable, es algo que tengo que afrontar.

Puede que sean cosas mía, pero parece que un “single” llama la atención en Granada. Ahora soy un “single” y llamarme así me hace gracia. En realidad lo he sido toda mi vida. ¿O no? Parece que un enfermo mental no puede vivir en pareja, yo lo conseguí veinticinco años, pero no funcionó. Tal vez sea el enfermo mental más atípico que uno se pueda echar a la cara. No todo medicación, no llevo conmigo el pastillero, ni estoy atento a los horarios, a la pastilla verde, a la azul, a la amarilla, a la arcoiris…Trabajo cuando tengo que trabajar y no lo hago mal. Ya no pido bajas y dejo el trabajo cuando mi ánimo se “escachufla”. No es extraño que mucha gente piense que en realidad no soy un enfermo mental, que utilizo la enfermedad para manipular. Me pregunto qué tipo de manipulación es ésta que me hace caminar solo por las calles de Granada, llamando la atención porque mi desmadejamiento es evidente, y mi estado de ánimo se refleja en el rostro como un letrero de neón en la noche, en un solar desierto. ¿Qué consigo con esta supuesta manipulación? ¿Soy tan tonto, tan idiota, tan absolutamente estúpido como para manipular siempre en contra mía? Los otros no aceptan que un enfermo mental tenga tanta voluntad como para no tomar pastillas, no estar encerrado en un psiquiátrico, trabajar, caminar solo sin que le importe un comino que le miren o que le dejen de mirar. Los enfermos mentales no se curan, piensan, y puede que tengan razón, pero pueden luchar con absoluta dignidad contra su enfermedad y vencer la apatía y trabajar e intentar vivir una vida que ellos llaman “normal”. Si te sales de la “norma” eres un anormal, aunque seas un enfermo, y todo el que se sale de la norma acaba peleando contra el mismísimo universo. ¿No sería más fácil aceptar que no soy un enfermo mental? No, entonces sería un hombre malo, mentiroso, manipulador, sin entrañas, un mal nacido. No hay terreno intermedio. Yo no puedo sugestionarme con las emociones. En realidad… en realidad no soy un enfermo mental, pero tampoco malo, al menos no siempre, soy un híbrido de noche y día… Sin embargo todos sabemos que no existe nada parecido. Decimos buenos días o buenas noches, pero nunca buenos días-noches o buenas noches-días. Es cierto que tenemos palabras para el paso de una a otra, al paso de la noche al día lo llamamos aurora, al paso del día a la noche ocaso, ¿pero cuánto duran? ¿Acaso la aurora no tiene luz y el ocaso noche? ¿Acaso hemos escuchado alguna vez “feliz aurora” o feliz “ocaso? Nadie lo dice, porque todos están convencidos de que la aurora y el ocaso son fugaces pasos a la entidad que marca sus vidas, la noche o el día. Vivimos en la noche o vivimos en el día, pero no en la aurora o el ocaso. Yo no puedo ser un enfermo-no-enfermo-mental. O lo soy o no lo soy. Las crisis, como las auroras o los ocasos, son el paso del día a la noche o de la noche al día, no tienen suficiente entidad como para que alguien puede pensar que vive en el día o vive en la noche. ¿Cómo se trata a un enfermo-mala persona o a una mala persona que dice estar enfermo. No tiene sentido. O soy un enfermo o soy una mala persona.

Y nadie me podrá convencer nunca de que lo soy. Si yo fuera un hombre malo hay mil, millones de maldades que se me ocurren, podría hacerlas todas, una tras otra, sin el menor remordimiento, sin la menor empatía, y ahora no estaría como estoy caminando de forma errática por las calles de Granada. Es cierto que toda enfermedad es en parte culpa nuestra, cuando caemos enfermos físicamente es porque no hemos cuidado nuestros cuerpos y hemos asumido riesgos innecesarios. La enfermedad del alma es producto de una conducta equivocada, de un pensamiento equivocado, de intentar vivir emociones contradictorias. La enfermedad del alma puede venir de vidas pasadas en las que hemos podido ser hasta malas personas. Pero ahora estamos aquí, en esta vida, ahora somos otra persona, para ello nos han borrado los recuerdos, nos han hecho pasar el río Leteo. Ahora somos lo que somos, no lo que fuimos. Arrastramos la mochila kármica a nuestras espaldas, pero es solo una mochila, nosotros somos otra cosa. No podemos estar enfermos y sanos al mismo tiempo, la contradicción es el primer principio de la lógica. Nunca intentaré convencer a nadie de nada, menos de que soy un enfermo mental, que ellos decidan, si soy un enfermo o una mala persona. Pero puedo estar seguro, lo estoy, de que si quisiera ser una mala persona, lo sería, claro que tendría que aprender, a todo se aprende en la vida, pero lo sería.

No recuerdo tanta gente junta en parte alguna. El otro día, cuando estuve en el cine, viendo la película de Win Wenders sobre el fotógrafo brasileño, ahora no recuerdo el nombre, las calles céntricas de Granada estaban tan llenas que el camarote de los hermanos Marx a su lado resultaría ridículo. ¿Cómo puede haber tanta gente en Granada? Me perdí porque ya estaba enfermo y mi mente carecía de lucidez. Di tantas vueltas que me sentí un tiovivo. Al fin logré orientarme y llegar a la sesión con tan solo cinco minutos de retraso. Durante el camino, recorriendo aceras repletas de gente sin prisa, me planteé qué haría si me entrara la fobia, tendría que tirarme al asfalto y dejar que me atropellaran los coches, porque la acera de la izquierda y la acera de la derecha y cada calle, era un río humano. Y justo fue pensarlo cuando comencé a sentirme fóbico, la mente es extraña, la sugestión una poderosa fuerza. Estuve a punto de actuar como actuaba en León cuando estaba con la crísis fóbica, como si fuera la rabia, mirarme la punta de los zapatos, buscar un bando que no existía…Fue duro, pero ahora soy un guerrero impecable.

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Creo que una de las calle se llamaba Las Arrecogidas o algo así. Si alguna vez quiero curarme totalmente de la fobia, regresaré a Granada y caminaré por esas calles repletas de gente, caminaré una y otra vez, caminaré arriba y abajo, me pasaré horas y horas caminando entre la gente. Si eso no me la cura nada me la curará. Tal vez lo de comer en el Wok, bufé libre, no fuera la mejor idea, me pasé y estos restaurantes siempre terminan por crearme serios problemas digestivos, lo que unido al resfriado de Sierra Nevada me ha causado una enfermedad que podría ser seria si estuviera acompañado, cuando uno está solo la peor enfermedad es la soledad, lo demás son tonterías que pasarán antes o después. Si hubiera encontrado otro sitio donde comer lo hubiera hecho, pero en los centros comerciales no había otra cosa. Fui allí buscando un bañador y los aditamentos necesarios para ir al Spa, una sesión gratis por ser huésped del hotel. No quería perdérmela y no había llevado lo necesario, porque no lo sabía. Busqué en los chinos, pero era fiesta en Granada, tal vez en Andalucía, todos estaban cerrados, solo en Granada me he encontrado todos los chinos cerrados en un día de fiesta. Conseguí lo necesario en un centro comercial, pero se me hizo tarde, tuve que comer en el Wok. Al final, entre el resfriado y la gripe intestinal, mi desmadejamiento fue absoluto. Eso sí, el Spá era fantástico, una pasada. Incluso tonteé un poco con la chica de recepción. Ahora que soy un “single” el tontear con las mujeres parece haberse convertido en una manía compulsiva. Fue muy amable al principio, incluso me tocó con la mano, en un gesto muy normal en muchas personas pero no en mí, por desgracia, ya que es el resultado de una infancia con poco cariño y pocas caricias. Se me ocurrió ofrecerme para una clase de yoga mental a cambio de otra sesión gratis en el Spá. Fue una tontería, incluso lo pregunté en recepción, el gerente no estaba y no saqué nada en limpio, pero al menos lo hice, otro gesto de guerrero impecable, bien por Cesarines. La chica del Spá al final me puso mala cara, nada especial, había mucha cola, un agobio, pero yo tenía que devolverle la moneda que me había dejado para la taquilla. ¿Acaso había pensado en la posibilidad de “ligar” con ella? Pues sí, lo había pensado, mi imaginación erótica nunca me abandonó.

El día del caminar errático fue el peor, me sentía muy mal, caminaba casi por puro impulso. Se me acabó el tabaco y entré en un estanco. Una chica, bueno, una mujer, no tendría menos de cuarenta años, quiso convencerme de que comprara Malboro, más caro. Dije que no y ella hizo un último intento, hablándome de que sería una experiencia maravillosa. De pronto me dije que un guerrero impecable no pondría mala cara, no se dejaría hundir por una simple enfermedad, y sin más le respondí que aquel día ya había tenido una experiencia maravillosa, conocerla a ella. El estanquero se sonrió, ella se quedó cortada. Pagué el tabaco y antes de irme la miré, los poetas somos así, le dije y mi sonrisa fue forzada porque sentí un vahído. Iba camino de un monasterio, ahora ya no recuerdo el nombre. Caminaba con dificultad, dando tumbos, un empleado de la empresa de autobuses me preguntó dónde iba y me dijo que subiera, aquel autobús iba a donde yo quería. Debió verme muy mal. Le dije que era un turista y prefería ir caminando. Llegué a un parque, me senté, seguí caminando en la dirección equivocada hasta que me di cuenta. Llegué a otro parque, me senté, me comí las patatas que había comprado en un quiosco. Me sentía muy mal. Me hubiera tumbado en el banco de no haber pensado en que alguien se preocuparía e intentaría llevarme a un hospital. Fumé varios pitillos, uno tras otro, de forma compulsiva, y entonces todo me vino a la cabeza, ahora estaba solo, lo ocurrido realmente había ocurrido, y recordé viejos tiempos en León, cuando las depresiones y las fobias eran terribles, incontrolables. Pasaban de las doce cuando el guerrero impecable decidió proseguir su camino. Llegué tarde al monasterio, cinco minutos antes de que cerraran para comer. Una chica salía sola al entrar yo. Comprendí que era una tontería pagar la entrada para cinco minutos. Seguí a la chica, me gustaba. Apareció un chico, su novio, hablaron en rumano. La chica me miraba raro, no sé si porque veía que estaba mal o porque pensaba que yo había intentado “ligar” con ella. Compré una botella de agua y me senté. Me costó toda la tarde llegar al hotel, sentándome en todos los bancos, caminando como un zombi. Decidí comer en una taberna barata. Tal vez eso me ayudara, dudo que de otra manera hubiera logrado llegar al hotel por mi propio pie.

Los quince kilos menos también me ayudaron, como me ayudan ahora, camino del Sacromonte. No sé por qué he decidido ir, tal vez por la leyenda del nombre. No he querido tomar un autobús y ahora camino, agotado, siguiendo las flechas. La riada de gente es inhumana, pero el paseo es muy bonito, mucho. Intento que la fobia no se apodere de mí, a pesar de percibir con claridad cómo me mira la gente. Es un día primaveral, pero está fresco, yo diría que incluso hace frío. El paseo es tan bonito que disfruto a pesar de estar tan mal y tan fóbico. Llego a un pequeño parque lleno de terrazas de restaurantes, pero no quiero comer, me siento muy mal. Busco un banco. El que me gusta, al sol, está ocupado por un hombre mayor con melena grisácea, tal vez un pintor. Está dibujando o haciendo algo que no quiero interrumpir. Me busco un banco a la sombra. Intento escribir, una chica de un grupo comenta algo, como pensando que soy periodista o algo así. Dejo de escribir, descanso, intento descansar y recuperarme. Por la tarde camino de regreso. La riada es aún peor. Escucho a un hombre joven que va con su esposa y su hija un comentario que me hace pensar que está dirigido a mí, algo así como si estuviera intentando despertar compasión. Me parece un comentario ácido. Creo que estoy hipersensible, no tiene por qué haber sido por mí, pero la fobia ahora ya es intensa, muy intensa. Camino como puedo, en cualquier momento me puedo desplomar. No he llegado al Sacromonte, pero lo importante es el camino, como el viaje a Ixtlán, nunca se llega, pero se camina.

No me detengo a comer y llego al hotel como puedo, agotado, muy enfermo. Encuentro en un bolsillo el cable del móvil, que me servirá para pasar las fotografías al ordenador. Lo había dejado para el lunes, había visto una tienda, el hospital de móviles, pero me encontré la tienda de un argentino, gordito, como yo, que me solucionó el problema. Antes lo había intentado en otra tienda de móviles. Una chica china fue muy desagradable, los chinos también pueden ser muy desagradables. Me acurruco en la cama, adopto la postura fetal, estoy temblando. Me paso más de una hora temblando y muy enfermo. Pienso en que tendré que llamar al servicio de habitaciones y pedir que llamen a un médico. Estoy muy mal, muy mal. Me relajo, entro en meditación sobre el vacío. Dejo que pase el tiempo. Al cabo de una hora noto que el cuerpo entra en calor, poco a poco el calor se va intensificando. Estoy tan caliente que tengo que destaparme. Hace ya mucho tiempo que observo este fenómeno, cuando consigo que mi mente entre en meditación el calor puede llegar a hacerse insoportable. Me voy sintiendo mejor. Caliento un poco de leche que compré en un DIA y mojo un pan dulce. Me siento mejor. Veo un poco la televisión. Me tomo una infusión para dormir y trato de hacerlo. Me siento orgulloso. Siempre recordaré Granada como el escenario de algunas de mis batallas más importantes como guerrero impecable. Ha sido una actuación soberbia de guerrero. Tanto la Nochevieja como este caminar entre riadas humanas por las calles de Granada.

Me gustaría recuperar el hogar. ¿Hogar? ¿Qué hogar? He terminado la libreta, pero tengo más, siempre llevo una buena provisión encima en los viajes. Ya solo me queda la Alhambra y regresar, regresar al hogar…¿Qué hogar? ¿Acaso mi apartamento es un hogar? No temo morir solo, no temo a la muerte, no temo a la soledad cuando la muerte acecha, temo a la soledad cuando hay que vivir. No consigo dormir. Me paso la noche dando vueltas. Mañana la Alhambra y regreso a Manzanares. Necesito una mujer. Buscarla va a ser más difícil que encontrar una perla en el fondo del mar. Necesito sexo. Eso no será tan difícil, pero me costará, y mucho. ¿Cómo puedo pensar en el sexo estando tan enfermo? El sexo me alivia, de la enfermedad, de la soledad, de la vida, de la muerte. El sexo debería ser una medicina que dispensaran en las farmacias, especialmente para los enfermos mentales. Pero en esta sociedad el sexo puede ser más pecaminoso que los daños colaterales de una bomba, y más difícil de conseguir que tener unos millones en Suiza… al menos que seas un corrupto. Solo me haría corrupto por una razón: sexo…sexo…sexo… Y me quedo dormido.

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