DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XI

25 02 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XI

SIERRA NEVADA Y LA ALHAMBRA

A las nueve y media estoy en recepción. Me he despertado a las siete, pero no dormí mal del todo. Ducha, afeitado, recoger todas las cosas, revisar meticulosamente la habitación para no dejar nada…Este es el protocolo de un enfermo mental desordenado y caótico, una especie de OVE de Thomas Covenant el Incrédulo. Como él me siento un leproso, ahora todo depende de mí. Recuerdo que al entrar en el hotel extravié la primera llave que me dieron. No sé dónde la pude perder porque solo me moví entre la recepción y el coche, a la puerta del garaje. Podría pensar en fuerzas malignas que me acechan, pero sé muy bien que la mayoría de las cosas extrañas que me suceden son causadas por el desorden de mi mente. Es cierto que cuando ocurren todas a la vez, como ahora, sería idiota por mi parte pensar en la pura casualidad, la casualidad no existe. Tuve que pedir otra llave y cuando entraba el equipaje la puerta se cerró por un golpe de viento y me quedé fuera. No encontraba la llave, mira los bolsillos, mira la cartera, mira… Nada. Tuve que volver a recepción y pedir una tercera llave. Bromeé con mi mala suerte, jugaré a la lotería con el número de mi habitación, me dará suerte. Mentira, tú nunca juegas a la lotería porque no crees en la suerte, solo en el destino. Pero esto es el arte de acechar puro y duro, representas un papel y lo sabes. El papel del tipo despistado y bromista que intenta quedar bien. Al final, cuando colocaste todo en la habitación encontraste la otra llave en el bolsillo de la camisa, justo donde la habías dejado, justo donde recordabas haberla dejado. ¿Por qué no la habías visto? Pensaría en un grave deterioro de mi mente si esto no me estuviera pasando desde que tengo uso de razón. Es más lógico achacarlo a mi enfermedad mental que a otra cosa, ni siquiera puedo sugestionarme con el legendario despiste del creador. Sabes por qué sucede y lo tienes asumido.

Por suerte en recepción no está el hombre canoso que me produjo una impresión rara al registrarme. Nunca desprecio estas intuiciones, esta sabiduría del cuerpo, como diría Castaneda. Tal vez de haberle conocido a fondo sabría el por qué de mi sobresalto. No importa, es alguien que aparece en mi camino, pero no para quedarse. Solo estoy atento, dejo que el cuerpo me diga lo que tenga que decirme, nada más. La mayoría de las personas con las que nos encontramos en el camino de la vida son solo comparsas en nuestra propia obra de teatro, aparecen y desaparecen sin más, sin dejar huella. Pero yo sé muy bien, como buscador del destino que soy.que cualquiera que esté cerca puede ser utilizado por el destino para hacerte una jugarreta. En su lugar está la chica que me gusta, joven, alta, bien formada, rostro agraciado y agradable, intenta ser amable y lo consigue con facilidad, otros tenemos que hacer un esfuerzo titánico. Soy amable, discreto, siembro para que si el destino quiere pueda hacer crecer la simiente. ¿Y qué siembro? La posibilidad de que el destino juegue con nosotros. La chica me gusta, tal vez pueda ocurrir algo que me permita seguir un nuevo camino, un intercambio de teléfonos por ejemplo. Ella tiene el mío porque me lo pidieron al registrarme, pero yo no tengo el suyo.

Como el buscador del destino, a veces me gusta jugar con él, darle oportunidades para que me aceche. En los momentos importantes intento abrir nuevos caminos, como si estuviera en una encrucijada, sé que voy a tomar este camino, el de siempre, el inocuo, el rutinario, pero si digo algo, hago algo, si sonrío, si actúo de forma diferente… puede que el destino lo aproveche para darme un envión y lanzarme por un camino distinto. Si te encierras en tu camino de siempre, si no abres encrucijadas en los momentos importantes, cuando el destino puede actuar, si no juegas a la lotería, digámoslo así, nunca te tocará, el destino no puede saltarse las leyes físicas, amigo. Yo soy como un buscador del destino pero en bueno. El personaje de mi novela en realidad solo busca la muerte y tendrá que danzar con ella. Yo busco la vida, la posibilidad de algo hermoso, de poder recoger una flor en la cuneta del camino. Como en este caso esta chica. No la conozco de nada, puede incluso que fuera una pésima opción para mí, pero es una flor y no paso de largo sin antes mirarla y sonreír. Es mi nueva filosofía del buscador del destino, del guerrero impecable.

No ocurre nada, la chica es amable, entrego la llave, cerramos los trámites, pregunto si debo algo, no sea que el destino me busque las vueltas y aparezca la policía por Manzanares. Puedo parecer paranoico pero ya tengo mucha experiencia con las jugarretas del destino. Una última sonrisa. Adelante, Cesarines, ahora eres divorciado y no tienes nada que perder. Y bajo al garaje, dejo el equipaje en el maletero, arranco, estoy atento a las maniobras, no me gustaría darle un golpe al coche. Subo en el ascensor con el coche, salgo a la calle, recuerdo la salida. Enfoco hacia un lugar cercano a la parada del autobús de la Alhambra, doy vueltas hasta que encuentro un sitio vacío. Y entonces decido fumarme un pitillo, nunca lo hago tan temprano y casi nunca por la mañana. Pero me siento aliviado, pienso que hay un antes y un después, antes de Granada y después de Granada. Siempre recordaré esta ciudad porque aquí el guerrero impecable dio un paso impresionante en su camino. Y más relajado me dejo llevar por mis fantasías noveleras, delirantes. Esas fantasías que en mi adolescencia fueron una tortura y que cuando comencé a escribir se transformaron en una herramienta poderosa. Llego al hotel, está la chica de recepción sola, es guapa, es exquisita, es deliciosa está para comérsela, ñam,ñam y ñam. Y me invento una novela que tal vez pueda aprovechar para un relato erótico. Es mágico poder controlar mi maldita fantasía delirante, transformar sus delirios en historias de ficción, en relatos, novelas…

Antes de salir del coche rebusco en mis bolsillos, dejo el carnet del hotel que me permitirá acumular puntos si visito otros hoteles de la cadena. Me concentro en lo importante, dejar la llave del apartamento en el coche, no llevarla o la podría perder. Reviso la cartera, llevo dinero suficiente para comer. El teléfono donde saqué la entrada anotado en mi libreta. De alguna forma me estoy acostumbrando a realizar OVES cada vez que algo puede salir mal. Me imagino llegando al apartamento sin la llave, perdida la cartera… Todas estas cosas me han pasado alguna vez y ahora que estoy solo no puedo permitírmelo. Pienso una última vez en la chica de recepción, salgo del coche y me dirijo por la ciudad dormida, desierta en el día de Reyes, hacia la parada del autobús. No me pierdo, grabé en mi memoria el itinerario del mapa. Podría tomar un desayuno agradable, zumo, café, tostadas, y tal vez lo hubiera hecho si todas las cafeterías no hubieran estado cerradas.

Me siento bien, estoy prácticamente solo en la ciudad. Algún hombre paseando a su perrito, alguna mujer paseando sin más. Todo está desierto, pero aún así no me confío, sé que las ciudades son mis enemigas. Lo mío es el campo, la naturaleza, la montaña. Hasta aquel psiquiatra c… que intentó recluirme de por vida en el Alonso Vega comprendió que la naturaleza podría salvarme cuando les dijo a mis padres, en una carta que yo descubriría años más tarde, que deberían dejarme solo en la montaña como una cabra, que yo no tenía remedio. Le he decepcionado al muy c… ¡Si pudiera verme ahora, caminando como un guerrero impecable por las calles vacías de Granada! Es lo malo de ser sumo sacerdote, de la ciencia, de la religión, de lo que sea, crees saberlo todo y hasta el más lerdo te decepciona. Sí, amiguito, aquí estoy, con casi sesenta años, como una persona normal, vestido normal, caminando normal, turista en una preciosas ciudad. ¡Quién te lo iba a decir a ti! Yo era carne de cañón, un loco más vegetando toda la vida en tu psiquiátrico de pacotilla, una cabra loca corriendo tras las vacas en el pueblo de mis abuelos, en los Picos de Europa, en la grandiosidad de la montaña de John Denver que me viene ahora a la cabeza, hermosa canción. Ha sido un largo y duro camino, no lo niego, puede que hasta tuvieras razón y solo te has equivocado por un pelo, pero aquí estoy, vivo, caminando sin prisas. Es cierto, estoy solo, pero -¡maldita sea! – estoy vivo y puedo sonreír a la chica de la recepción e ilusionarme como un adolescente romántico e idiota en que ella me va a dar su teléfono para quedar si vuelvo… ¡y vaya si volvería!

Miro las ventanas cerradas, los bancos vacíos, la luz del sol resbalando por los edificios. No debería tener miedo a una ciudad desierta, pero lo tengo, porque detrás de las ventanas hay seres humanos, seres humanos que pueden hacerme daño, que me lo han hecho muchas veces, que me han señalado con el dedo y elevado la voz para decir: ¡Ahí va el loco de León! Solo un inconsciente no tendría miedo, han estado a punto de acabar conmigo. Pero sigo vivo. No debería sentirme tan eufórico, si pierdo el control la fobia me puede acechar en cuanto pase una persona, como aquel joven que lleva el auricular en la oreja, posiblemente escuchando música, deja resbalar su mirada sobre mí y me sobresalto, mi fobia social tiene raíces profundas, no es una broma. Al fin llego a la parada y espero. Hay dos japonesitas esperando. Son bajitas, delgaditas, la expresión impasible tan típica de oriente. Pero a pesar de ello yo les podría gustar. Están solas en una ciudad desconocida, son jóvenes, vitales, tal vez un poco perversas… Jajá. Tienen más pinta de monjes zen que de otra cosa. ¿Pasan por sus lindas cabecitas ideas lujuriosas? No lo creo, tendría que hacer un esfuerzo para creerlo. A pesar de ello dejo que mi imaginación siga su curso. Sé que es bueno para mí, sé que puedo equilibrar el platillo de Thanatos, el deseo de autodestrucción, con Eros, el deseo de supervivencia más allá de la muerte, dejando la simiente en vaginas acogedoras. Los otros no pueden comprender esto, lo achacan a perversa lujuria, pero es simplemente una ley natural que en nosotros funciona con extremosidad. Cuanto más intenso el deseo de autodestrucción, más agudo el instinto de supervivencia buscando en el sexo el equilibrio de la balanza.

Pero debo de estar atento. No puedo permitir que ellas se den cuenta, que otros se aperciban. Soy un ser marcado, debo ser discreto, debo controlarme. Y me limito a echarles un vistazo, calibrando sus cuerpos desnudos bajo la ropa. Nunca he podido ver en ello algo pecaminoso, ni siquiera en el colegio, cuando tenía que confesarme todos los sábados y decirle al “pater” cuántas veces me había masturbado. Es cierto que sufrí como un condenado imaginando el infierno que me esperaba, pero en el fondo jamás pensé que algo tan placentero, que me causaba tanta felicidad, pudiera ser un pecado, que el mismo Dios me impidiera mirar con deseo los hermosos cuerpos que él había creado. Uno debe controlarse y ser discreto, estamos en sociedad, hay normas, no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti. ¿Querrías tú que estas dos japonesitas te desnudaran con la mirada? Sí, sí, lo querría, por favor, hacedlo. Jajá Pero claro, yo soy un loco, o si lo prefieren, un enfermo mental, o si les gusta más pregúntense, como la psicóloga que nos hizo la terapia de pareja para intentar salvar la relación, pregúntense: ¿por qué te etiquetas? Sí, por qué me etiqueto cuando hay gente “pa tó” como dijo aquel torero cuando le presentaron a un escritor. En realidad soy un hombre normal, solo que me he pasado dos décadas o más tomando antipsicóticos y antidepresivos. Claro que todo el mundo los toma. ¿Entonces por qué me etiqueto como enfermo mental? Me he pasado varios años, juntando todas mis estancias, en psiquiátricos. Claro que a todo el mundo le pasa lo mismo. ¿Por qué te etiquetas? Y así podría seguir con la vieja cantinela que estoy harto de repetir en este diario y a lo largo de mi vida. En realidad pienso que aquella psicóloga intentaba, como lo intentan todos los seres queridos y las personas compasivas, que me olvide de mi enfermedad, de los malos momentos, que piense en un cielo azul, en una playa tropical y en hermosas mujeres en bikini. Esto último lo añado yo porque por mucho que alguien intente hacerme ver lo hermosa que es la vida nunca lo conseguirá si no pone en el decorado unas cuentas mujeres en bikini. Nadie quiere que piense en mi pasado, que recuerde lo que sucedió, intentan ponerme una capa brillante ante los cuernos, como a un toro y me dicen: torito, torito guapo, enviste esto. Pues no, torito guapo enviste lo que quiere y yo no pienso recortar mi personalidad al noventa por ciento podando mis malos recuerdos que son el noventa por ciento de mi vida. Claro que si piensas siempre en lo mismo, en las nubes negras, acabará por venir la tormenta. Vale, pero yo no estoy pensando siempre en lo mismo, solo cuando es necesario, cuando es preciso, como cuando uno recuerda en un aniversario a los padres que fallecieron. Y además en realidad en lo único que pienso es en el sexo. Desde que me levanto hasta que me acuesto, y también en sueños… Bueno, es una exageración, una metáfora, por Dios, que nadie se asuste, no soy un adicto, y casi-casi-siempre pienso en cosas “normales”. Pero si ahora me pusiera a mirar a estas japonesitas con descaro ya estaría el loco de León haciendo de las suyas. No quieren que piense en mi negro pasado, pero tampoco quieren que piense en mujeres desnudas, lo más hermoso de la vida, lo único, casi lo único por lo que a mí me merece la pena seguir vivo. ¿En qué quieren que piense? ¿En dinero, en cómo conseguir dinero, en comprarme un coche mejor, en ahorrar para una casa en el campo, en crearme un estatus social, en que la gente diga, mira ese tío es un vencedor, ha conseguido en la vida todo lo que pretendía? ¡Por Dios yo no quiero nada de eso! Me conformo con un poco de cariño, de amistad, de compañía, de conversación, de sexo, de amor… sí también de amor, creo que tengo derecho.

Sé que puedo parecer un cínico y tal vez lo sea, un poquito, al fin y al cabo un cínico no es otra cosa que alguien que dice la verdad, solo que sin paños calientes, sin generosidad, a lo bruto. Eso es un cínico. Y no, no soy un manipulador, no pretendo que me den bula papal para hacer lo que los demás no pueden hacer, mirar a las mujeres y desnudarlas con el pensamiento. No lo soy porque el terrible esfuerzo para controlarme que llevo haciendo toda mi vida me ha generado una fobia social y unas manías obsesivo-compulsivas absolutamente idiotas. No quiero un trato diferente, no quiero una discriminación positiva, no quiero que se me permita nada que no se permita a los demás, pero entiéndanme, si lo único que puede equilibrar mi deseo de morir es mi deseo por una mujer, lo siento pero miraré con deseo a las mujeres, eso sí, con discreción, intentando que nadie se aperciba, pero lo haré.

Cuando estoy mal es lo único que me relaja y equilibra. Prefiero eso a recapitular mi estancia en Granada o a regodearme en un sentimiento inútil de culpa. La culpa de tu ruptura sentimental la tienes tú, la culpa de quedarte sin hija la tienes tú, la culpa de todo lo que te ha sucedido en la vida la tienes tú. Pues no, tengo la culpa que tengo, ni un gramo más. No quiero pensar tampoco en el loco de León. El terapeuta que me trató de la fobia social me dijo que yo no me curaría hasta que dejara de pensar en mi locura. La psicóloga me recriminó que me etiquetara. Carmen, la última psiquiatra que me trató, y de la que ahora sé su nombre porque he vuelto a ver su diagnóstico buscando unos papeles, me “etiquetó” como “un trastorno de la personalidad sin definir”. De alguna manera todos ellos intentaron que olvidara, como si me dijeran, no pienses que estás gordo, no lo estás, el día que dejes de pensar que estás gordo las mujeres te miraran como a un guaperas. Pues no, estoy gordo, eso no significa que mi personalidad sea la gordura, pero sí que ahora, en este momento estoy gordo y solo dejaré de estarlo si me pongo a dieta y hago deporte. Solo dejaré de tener miedo a la locura el día que la enfrente cara a cara y la venza. Salir corriendo para que no me pille es cobardía inútil.

Carmen, la psiquiatra, también decía en su informe que lo intelectualizaba todo y que rehuía la comunicación con la mirada, la relación interpersonal. Claro imagino que ella, de haber estado recluida como yo, hubiera mirado a los ojos a todo el mundo, buscando la relación interpersonal. Falta empatía para comprendernos. Mi hija también me dijo, tras un test, que si no expreso mis emociones no puedo comunicarme, que la intelectualización no sirve para comunicarse. De acuerdo, vamos a dejar que mis emociones salgan sin el filtro del intelecto y veremos dónde llego, al internamiento psiquiátrico, me ha pasado muchas veces, en cuanto pierdo el control acabo así. Pues entonces modérate, contrólate. ¿Y cómo me controlo sino intelectualizo? Nadie expresa sus emociones al desnudo, si lo hicieran esta sociedad no sería tan hipócrita. Vale. Ahora sé que lo que hace al guerrero son sus actos, no sus pensamientos. ¿En realidad les estoy dando la razón? Tal vez sí, pero yo sigo viéndolo de otra manera. Ahora soy un guerrero impecable.

Y como tal actúo. Podría haber hecho el idiota mirando a los dos japonesitas y aceptado las consecuencias, eso también hubiera sido el acto de un guerrero impecable, pero no lo hice. Miré las calles desiertas de la hermosa Granda mientras subimos hacia la Alhambra. Me falta mucho para ser un buen guerrero, todo lo que estoy haciendo en este capítulo de este diario es disculparme y buscar razones para mi conducta. Eso entra dentro de la importancia personal, solo alguien que se cree importante hace esto. Si eres una partícula infinintesimal en un universo infinito no buscas disculpas para justificar que te has movido a la izquierda o a la derecha. Borrar el pasado, lo que estoy haciendo no es borrar el pasado. Pero mientras releo lo que estoy escribiendo comprendo que toda esta mierda que llevo dentro debe salir o se gangrenarán mis órganos vitales y hasta mi alma.

En unos segundos esta larga reflexión pasó por mi mente en el autobús, como un sentimiento, como una intuición, ahora intelectualizo aquel momento y trato de explicarlo. ¿Qué otra cosa puedo hacer aquí en el apartamento, solo, mientras cae la tarde de un día doce de febrero, a dos días de San Valentín, que este año será para mí un Sin a secas? ¿Qué otra cosa puedo hacer mientras me pongo a pasar el manuscrito de la libreta al ordenador porque esta mañana he estado tan mal que solo tras conseguir dormir un poco la siesta después de la comida he conseguido librarme de la idea de que la vida es una mierda y cuanto antes acabes con ella mejor para todos?

Pero aquella mañana, en Granada, no estaba tan mal. En realidad no me costó mucho desprenderme de las japonesitas y centrarme en lo que me esperaba, unas horas espléndidas visitando una de las siete maravillas de la humanidad. Lo iba a hacer solo, pero rodeado de gente, de un grupo numeroso de japoneses, de otro grupo de hispanos, de una familia, de gente, mucha gente, pero nadie solo, me miraban con un cierto interrogante en la mirada, no muy intenso porque la Alhambra atrae la atención del más insensible.

Tndré que dejar la visita para otro capítulo. Voy muy retrasado en el diario, si estuviera an mal como he estado esta mañana y me viera obligado a pedir ayuda, subiendo este capítulo a Internet, por ejemplo, no recibiría reacción alguna a tiempo. Por eso tal vez deba introducir algún momento cronológico actualizado aunque lo que esté contando haya sucedido hace ahora más de un mes. Por ejemplo: Hoy doce de febrero del dos mil quince, seis y media de la tarde, estoy ante el ordenador, escribiendo, intentando que mi nefasto estado de ánimo salga por los poros o por las teclas. Este fin de semana estaré solo, si Dios no lo remedia, tal vuelva al cine, a pesar de que el último intento en Valdepeñas fue un desastre, saqué una entrada para una película de cienciaficción y vi una película de terror, me había equivocado de sala, un síntoma de que estoy mal. Muchos síntomas de que estoy mal. Me preocupa la situación en Ucrania, de acuerdo a los sueños que tengo anotados hace ya muchos meses, tal vez años, podría ser el detonante de una especie de pequeño apocalipsis mundial. Me preocupa la política española, el deterioro del partido socialista, la fragmentación a la italiana, la utopía de Podemos, la corrupción política, la falta de ética, la crisis económica, la situación mundial, el terrorismo yihadista, todo aquello que viera en mis sueños hace ya años. Esto no puede seguir así y tendrá que explotar de alguna manera. Si fuera un enfermo mental que se mira el ombligo, que lo soy porque todo el mundo se mira el ombligo alguna vez, aunque solo sea en la ducha para sacarse las pelusillas, me importaría un comino, una mierda, seamos claros, que esto estalle en mil pedazos. Estoy solo, la humanidad podrá seguir por el camino que le de la real gana, yo vivo en otra dimensión, la dimensión de la soledad absoluta, la dimensión de la oscuridad total, la dimensión de me importa una mierda todo o más finamente, la dimensión de la desesperación del que lo ha perdido todo y no tiene nada que perder.

A pesar de ello veré el telediario a las ocho, pensaré en los seres queridos que ya viven en otra dimensión, en las personas que conozco, en la humanidad, reflexionaré sobre lo que está pasando y sobre lo que puede pasar. Me olvidaré de Granada hasta el fin de semana, cuando intentaré rematar estos capítulos. Me olvidaré de la estrategia número dos que consistía en buscar sexo en las páginas de contacto. Nada, un desastre, un absoluto desastre. Me olvidaré de la estrategia número uno, que consistía en la búsqueda de una relación de pareja estable. Es cierto que estuvo a punto de pasar, pero las fuerzas poderosas lo impidieron. Ahora no me queda nada, solo la posibilidad de que el maná caiga del cielo y pueda comer dulzura y ternura. Y ahora, hoy, esta tarde, en que todo me importa una mierda y San Valentín será para mí un SIN cósmico, sin paliativos, puedo desvelar mis estrategias porque en realidad al guerrero impecable ya no le queda ninguna, hacer lo que tiene que hacer, escribir ahora, trabajar mañana, estar solo el fin de semana, estar solo en San Valentín, esperar, hacer, esperar…

Pero no me olvido de los que sufren en Ucrania o sobre la piel hiriente de este planeta, de lo que sufriremos todos, tal vez demasiado pronto. ¿Si me dejara crucificar dejarían de sufrir los habitantes de este planeta? Me temo que no, así que seguiremos, seguiremos pensando en el sexo. ¡Maldito sexo!

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