LAS HISTORIAS DE BAUTISTA III

9 03 2015

LAS HISTORIAS DE BAUTISTA III

Llegué tarde a la cita del martes con Bautista. Tuve que ir a echar gasolina a Carrefour y a hacer algunas compras urgentes. La logística no me lleva mucho tiempo, pero cuando estoy mal, y lo estoy, sin paliativos, el apartamento se convierte en una especie de desierto del Sahara, donde no encontraría nada por mucho que lo buscara. No le doy explicaciones, Bautista no las necesita. Su larga experiencia con enfermos mentales le ha debido de enseñar que cuando no queremos hablar de algo es mejor no insistir.

Me pregunta qué tal la semana y se lo cuento. Bautista es mi único paño de lágrimas y lo aprovecho, un enfermo siempre necesitaría un confidente y si no pueden ser los seres queridos, porque no te aceptan, hay que buscar a otras personas, siempre es posible hallar a alguien que nos acepte como enfermos mentales y nos comprenda, solo hay que buscar los suficiente. Bueno, A. también me aguanta lo suyo, aunque no tenga experiencia con enfermos, no es preciso tener experiencia, solo sensibilidad y corazón.

Le hablo del extraño acontecimiento que me ocurrió el martes pasado cuando regresaba a Manzanares después de haber cenado con él y su familia. Sabedor de que no era un buen día para mí sin pensárselo dos veces me invitó a cenar. Haría unas tortillas, especialidad de la casa. Pues bien, tras la agradable cena y la consiguiente charla, me despedí y regresé a mi apartamento. Serían las doce y diez, más o menos, cuando pasaba frente al polígono. Mi ánimo no era el mejor, y como me sucede siempre en esos momentos mi mente intentaba fugarse pensando en esto y aquello. No iba todo lo concentrado en la conducción que debería. De pronto un formidable estrépito de sirenas y luces me dio un susto de muerte. “Un zuto de muete” como dirían mis admirados Gomaespuma, expresión que me gusta utilizar para quitar hierro a los verdaderos sustos de muerte, y este lo era. Miré por el retrovisor y vi a un coche patrulla de la guardia civil que me daba el alto. Sin pensármelo dos veces me lancé al arcén. Vivimos tiempos difíciles y no es cuestión de jugarse la vida por un quítame allá esas pajas. Podían haberme confundido con un terrorista y cualquier conducta extraña por mi parte podía costarme la vida. Cuando llevas armas y te pones nervioso puedes ser un peligro público, y nadie está libre de ponerse nervioso en estos tiempos.

A pesar de mi lucidez cometí un grave error. Me bajé del coche y me encaminé hacia ellos. Un agente de la guardia civil, muy joven, me ordenó en tono seco que regresara al coche. Lo hice enseguida. Como aficionado a las novelas policiacas y como funcionario judicial que ha tenido que leerse muchos atestados, aparte de los documentales que uno ve en la “tele”, sé muy bien que el protocolo en estos casos obliga a que te quedes en el coche y bajes la ventanilla, las manos sobre el volante y no hacer nada sospechoso. Esperé a que llegaran y les entregué la documentación. Por desgracia soy un caos ambulante para todo, inclusive el orden de los papeles del coche. No encontré el recibo actualizado del seguro, pero ya para entonces había decidido actuar como un guerrero impecable, fuera lo que fuera lo que me estaba sucediendo un guerrero no se come el “tarro”, acúa como debe actuar. Con respeto y amabilidad les indiqué que podían consultar vía telemática que el seguro estaba pagado. Uno de ellos regresó al coche patrulla con los papeles y el otro se quedó interrogándome. Decidí que decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, es lo mejor que uno puede hacer cuando es inocente. Decir la verdad, toda la verdad y repetirla cuantas veces sea necesario. De nuevo mi experiencia judicial. Le pregunté al agente, siempre con exquisito respeto y amabilidad si estaban buscando a un delincuente, me identifiqué como secretario de un juzgado de paz, podían comprobarlo, regresaba de cenar con una familia amiga, podían comprobarlo… El agente no dejó su tono duro y seco, como parece protocolario en estos casos, pero se mostró más amable. Se trataba de un control aleatorio. Le pregunté si había cometido alguna infracción de tráfico. No tuve inconveniente en hablar de mi vida privada, me estoy divorciando, no estoy en mi mejor momento, esa es una posibilidad, si ha sido así les pido perdón y acepto mi responsabilidad. No, se trata de un control aleatorio, repitió en sus trece el agente. Pero me hizo bajar del coche, abrir el maletero… Esta es una pala para la nieve, estas son las cadenas, pensaba haberme ido a la montaña. Ya saben, la nieve. Vale. ¿Y ese raspón lateral en el coche? Vivo en Manzanares, pueden comprobarlo, tengo una plaza de garaje complicada, tengo que hacer siete maniobras para colocar el coche en su sitio, hay una columna muy molesta. Raspé el lateral en una maniobra, no estoy en mi mejor momento, repito, le di con un spray. Ahora vivo solo y estas cosas no me preocupan. Tal vez me pasara de cháchara, pero si el guerrero considera que debe decir algo lo dice, y si cree que debe callarse, se calla.

Todo me parecía excesivo, pero no perdí los nervios, nada del consabido soy un ciudadano libre en un país democrático,etc etc. La importancia personal solo crea problemas. Soy un don nadie, ellos la autoridad, si quieren controlarme que me controlen, no tengo nada que ocultar. Entonces ocurrió algo que no me pasó desapercibido. Regresó el otro agente, los papeles están en regla, este es el coche. ¿Este es el coche? No era un registro aleatorio? ¿Buscaban un coche con esa matrícula? ¿En qué quedamos? No dije nada. Tomé nota. ¿Algo que ver con el posible drogadicto que me ofreció chicas junto al parque y con el que estuve hablando aquella noche? Lo cuento en los actos del guerrero de uno de los resúmenes del cursillo de yoga. Un confidente no es nunca fiable. ¿Les había intentado colar algo para librarse de algo? ¿Yo era un chivo expiatorio? ¿Me están vigilando por mis arriesgadas actuaciones en Internet? En las páginas de contacto muchas mujeres han contactado conmigo o yo con ellas. Alguna tiene pinta de tener sangre árabe. Concretamente pensé en una. ¿Tiene esto algo que ver con la extraña llamada, con el posible timo, con un posible ataque de hackers? Pedí consejo en la página de la guardia civil, no me contestaron, imagino que no contestan si no hay denuncia, imagino que no pueden contestar a todos, pero en su momento no me pareció bien. ¿Me están vigilando? Es un control aleatorio, repito, pero este es el coche, ¿a qué venía eso? ¿Tal vez a que hice una tontería, también por un anuncio buscando sexo? Nada de lo que hice es un delito, ni siquiera supera la línea roja de mi ética, ni siquiera puedo sentirme avergonzado de ello. Sin embargo todo es posible.

Me dejan marchar. No puedo dormir esa noche, tal vez por el incidente o por el insomnio crónico que se ha convertido en algo habitual. Le pregunto a A. que por haber trabajado en los juzgados de Manzanares y conocer a algunos agentes de la guardia civil me puede aclarar algunas cosas. Al parecer el polígono es un lugar de citas sexuales. Vale, era lo que me faltaba, que encima que no me como una rosca, que arriesgo en las páginas de citas, ahora me puedan llevar detenido a declarar por una supuesta cita sexual en un polígono. ¿Yo en un polígono? ¿A las doce de la noche? Antes me encontrarán en un puticlub, si todo sigue como hasta ahora.

Bautista me calma, creo que sabe lo fácil que los enfermos mentales entramos en un deliro cuando estamos mal por un quítame allá esas pajas. Vale, todo es aleatorio, pero ese era el coche no se me quita de la cabeza. Lo dejo pasar, lo archivo en mi subconsciente y le doy una orden clara, busca, como si fuera un chucho, y si hay algo ya sabes cómo hacérmelo llegar, en la forma sutil que utiliza el subconsciente para decirme las cosas. Le hablo de algunas cosas más y él me comenta que llegarán para hablar de la reunión de la asociación o federación de asociaciones, del trabajo que están realizando. L. el padre de G. quiere hablar conmigo, imagino que para iniciar un cursillo de yoga mental también en Alcázar, es un proyecto del que ya me habló en otras ocasiones. Vale, este es el mejor momento, me sobra tiempo y es mejor estar ocupado que dándole vueltas al “tarro” en el apartamento. Además ahora que no tengo nada que perder seguir dando la cara como enfermo mental no me supone el menor inconveniente.

Bautista decide comenzar la entrevista, como si yo fuera un periodista de postín y él una celebridad, que lo es en su mundo. Hoy no me he olvidado de la libreta y el bolígrafo. Tomo notas, rápidas, escuetas. Me gustaría rematar la historia anterior, pero Bautista quiere hablar del segundo hermano y yo le dejo. La cronología no es importante, solo la historia humana y esa no se perderá.

LOS DOS HERMANOS

Para aclararme y aclararnos llamaré hermano número 1 al mayor, el protagonista de la historia anterior que aún no he rematado y que intentaré hacerlo en este episodio. Mientras tomo notas y recapitulo la historia. El mayor está en …, Bautista, un joven estudiante, es nombrado defensor judicial y luego tutor del primer hermano, su primo carnal. Le pregunto si era mayor de edad y le recuerdo que en mi época yo fui mayor de edad a los veintiuno. No lo recuerda. Le digo que no se preocupe, puedo consultarlo en Google, a qué edad se era mayor en España en los años sesenta. Ahora no me apetece hacerlo, tampoco es tan importante. Bautista le visitará en …varias veces, el famoso manicomio del que hasta yo había oído hablar de joven, y luego conseguirá que lo lleven a …, un lugar más agradable. No soy capaz de recordar el nombre del psiquiátrico a pesar de que Bautista me lo ha dicho cien veces.

Dejamos allí al hermano primero, del que retomaré enseguida la historia, para presentar al segundo hermano. Cuatro años menor, a los dieciocho, edad mágica para los enfermos mentales -yo sufrí mi primer intento de suicido a esa edad, o como mucho a los diecinueve- tiene su primera crisis y los padres, avisados, le llevan enseguida al psiquiatra. Bautista me comenta lo de la herencia genética. Está convencido de que hay mucho de herencia genética en la enfermedad mental. Le doy la razón y me hago el sabihondillo, lo de las leyes de Mendel, los genes dominantes y recesivos. En efecto, en su familia, en el amplio sentido de la palabra, la enfermedad mental es una constante, pero es curioso, porque según me cuenta, cuando en un matrimonio, el supuesto gen dominante tiene todas las de ganar, los hijos salen enfermos mentales. En cambio cuando el gen dominante es sano los hijos no sufren la enfermedad. Me habla de enfermos mentales, algunos suicidios con éxito (mi caso sigue siendo excepcional, soy de los pocos que han sobrevivido a serios intentos de suicidio) y de otras ramas de la familia en las que el gen dominante era sano y no hubo enfermos mentales. Pienso en mi familia, por parte de padre y de madre, y me digo que yo tenía todos los triunfos en la mano. Por ambas ramas hubo enfermos mentales, aunque no fueran diagnosticados, o alcohólicos, que es otro tipo de enfermedad mental, porque la adicción sin duda es una enfermedad mental.

Sigue con la historia del segundo hermano y yo decido, al pasarlas al ordenador, que mejor será rematar la del primero antes de comenzar con el segundo. Una cosa es la historia humana y otra el desorden y el caos, un narrador no se lo puede permitir, a no ser que lo busque expresamente para producir un determinado efecto.

El martes pasado Bautista no se hinchó como un pavo real al contarme su comportamiento con el primer hermano, yo lo hubiera hecho, soy vanidoso, lo reconozco, o al menos me hubiera puesto muy nervioso y la fobia habría descontrolado mi mirada. Mira para acá, mira para allá, no mires nunca al que te está hablando… Estoy hasta las narices de tanta tontería. Ahora que ya no me importa nada y nada tengo que perder voy a superar esa estúpida manía fóbica, como me llamo Cesarines (gracias tía Quica). No se hinchó, pero tenía motivos. Recopilo algunas anécdotas que nos darán idea de su calidad humana. Al hermano primero acabaron poniéndole una camisa de fuerza y unos grilletes de tela o de lo que sea en manos y pies. El martes pasado le interrumpí para preguntarle si estaba en casa o en el psiquiátrico y de donde habían sacado la camisa de fuerza. De momento el primer hermano sigue en casa de sus padres, la camisa se la debieron proporcionar en algún lado, tal vez el psiquiatra o se la hicieron llegar al médico del pueblo. Su primo permanecerá con la camisa de fuerza y los grilletes en la casa, de día se moverá por allí como un personaje valleinclanesco, esperpéntico. ¿De noche también? Se lo pregunto alucinado, mis experiencias son también alucinantes, pero a tanto no llegué nunca. También, me responde, y me cuenta con absoluta naturalidad cómo él no solo permanecía a su lado durante el día, sino que de noche hasta dormía en su cama. Le interrumpo para preguntarle. ¿He oído bien? Pues sí, en efecto, Bautista dormía con su primo en su cama. El primo con la camisa de fuerza y los grilletes y Bautista imagino que con un ojo cerrado y el otro abierto, como dice la canción.

Tengo que respirar hondo y darme un tiempo para asimilarlo. Bautista mientras tanto me cuenta que el primo era un joven inteligente y estaba obsesionado con saber las causas de su enfermedad mental, algo que nos sucede a todos o a casi todos los enfermos mentales. En mi caso he leído sobre enfermedad mental, con la oposición de seres queridos que están convencidos de que saber lo que te sucede te perjudica. Es algo que nunca he podido entender. También suelen ocultarte cosas, como hacía mi pobre madre, que en paz esté. Me ocultaba todo aquello que podía descontrolarme, afectarme, y como me afectaba y descontrolaba todo, me lo ocultaba casi todo. Yo al final lo descubría y me enfadaba mucho. Pero claro… como lo hacen con la mejor intención… como te quieren tanto… Siento el tono irónico, pero lo prefiero a enfadarme de verdad. Mientras se nos siga considerando a los enfermos mentales como incapaces, como niños grandes, como “personas burbuja” que debemos estar siempre protegidos en una burbuja de plástico de los virus de la vida, la enfermedad mental continuará siendo un estigma estúpido y el enfermo tendrá pocas posibilidades de alcanzar una calidad de vida por lo menos aceptable. Protegernos de la vida es impedirnos vivir la vida. La vida es riesgo, salir de casa ya conlleva un riesgo, quedarse en casa es arriesgado, se te puede ocurrir cocinar y te quemas. No es que abogue por echarle al enfermo mental sobre los hombros una inútil mochila de pedruscos, bastante tiene con lo suyo como para echarse a la espalda el sufrimiento y las tragedias de los demás. Y tampoco me parece aceptable obligarle a contar lo que no quiere contar, a hacer lo que no quiere hacer, a convertirse en una especie de deportista de riesgo. Que te puedes tirar desde un puente… pues !ale! A hacer “puenting”. No, si estás enfermo y con fiebre, a la camita. Pero si estás sano no tienes por qué estar en la camita comiéndote el “tarro”. Por el hecho de ser enfermo mental no tienes por qué renunciar a una relación sentimental, por ejemplo, aunque luego se rompa y sufras mucho. No deberías renunciar al sexo, porque todos sabemos que el sexo… Y aquí nos ponemos todos en fila y movemos la cabeza y nos reímos. Porque en efecto, la sexualidad en el enfermo mental es de risa. Antes porque los enfermos podían dejar embarazadas a las enfermas o a las sanas o los sanos a las enfermas o … la madre que me parió, de verdad que esto me encorajina y me encoleriza. ¿Voy a tener que renunciar a uno de los mayores placeres de la vida, al menos para mí, solo porque puedo sufrir? ¿También tengo que renunciar a la comida porque a lo mejor comer bien me hace sufrir. ¿Y a salir de casa? ¿Y a relacionarme? ¿Y a trabajar porque voy a tener una crisis y debo dejarlo? Yo lo dejé, el tiempo imprescindible, estuve de baja y no tuve épocas muy buenas, eso es cierto, pero estoy trabajando, he trabajado toda mi vida, creo que soy un buen trabajador, incluso mejor que muchos “sanos”. Me he ganado la vida con el trabajo. Si me hubieran incapacitado como quería un jefe insensible que solo deseaba quitarse un problema de encima; si me hubieran incapacitado a los veintitrés o veinticuatro años, yo hubiera sido una carga para el Estado, y he demostrado que he trabajado para papá Estado bien y durante muchos años.

Y que no me vengan de nuevo con las monsergas de que yo no soy un enfermo mental. Que no me vengan con esas porque me cabreo. ¿Un griposo nunca ha sido griposo porque al final se ha curado tras una semana en la cama, con fiebre aguda? Si yo he sido capaz de enfrentarme a la enfermedad mental a fuerza de voluntad, gracias al yoga mental, gracias al cariño de algunos de mis seres queridos, que tendrán mi agradecimiento eterno, aunque ahora no convivamos, si he sufrido como un condenado pero sigo en pie, firme, como un guerrerito impecable, no es que no sea un enfermo mental, no, ni que no sufra crisis, que las sufro, es que la voluntad diamantina de un guerrero puede con todo. Y si quieren un chivo expiatorio, para no tener que revisar sus arcaicos conceptos sobre la enfermedad mental, que se busquen otro, porque yo no les voy a dar ese gusto. ¡Maldita sea! ¡Ahora va a resultar que mi sufrimiento ha sido en vano! Que en realidad yo soy un idiota que se confundió y confundió a los psiquiatras que le trataron y que soy un manipulador tal que Marlon Brando, como actor, a mi lado era una “caquita”. Pues no, lo siento, podrán hacer de mí lo que quieran, que lo harán si tienen poder y no cambian su forma de pensar, pero no les voy a dar el gusto de confesar públicamente que nunca fui un enfermo mental, que todo fue un error, disculpable por los tiempos que corrían, y que por eso soy capaz de vivir sin medicación, sin terapias psiquiátricas, trabajando, viviendo en pareja hasta que no pudo ser, que tuve una hija, aunque ahora parezca que no la tenga, y aunque alguien pueda decir que nunca me ocupé de ella. Hice lo que pude como enfermo mental, amé lo que pude, sufrí lo que no puede evitar, trabajé hasta con medicación, viví como me fue posible. ¿Que mi conducta no fue la de un maravilloso ser humano en ciertas etapas de mi vida? Cierto, pero que soy un canalla, ni por pienso. Si alguien lo piensa que siga pensándolo, pero lejos de mí.

Y el hermano primero sigue en … en el momento en el que sitúo esta historia, no ahora cuando hace años que murió atragantado por un “bocata” que intentó comerse cuando llevaba tiempo con papillas. Pero antes de llegar allí Bautista durmió con él, en su lecho. Durmió con un enfermo mental que estaba con camisa de fuerza, con grilletes en muñecas y tobillos. Y lo hizo porque era su primo carnal y lo quería, aunque yo estoy convencido de que lo hubiera hecho por cualquiera. Y pocos lo hubieran hecho, y menos en aquellos tiempos. Es para sentirse orgulloso, pero Bautista lo cuenta como “quien lava”, con absoluta naturalidad. ¿Qué otra cosa podría haber hecho? ¡Y lo dice tan campante! La mayoría se hubiera desentendido, yo me hubiera desentendido, antes cuando no podía sufrir ver a un pajarito con el ala rota. No ahora, que soy un guerrero impecable, no ahora que cuento lo que cuento y me atengo a las consecuencias, fueren las que fueren, y me importa un bledo lo que digan o dejen de decir, que rebusquen en mi pasado y saquen toda la mierda de las cloacas. Aquí estoy, dando la cara, asumiendo lo que hice, lo que fui, lo que soy, lo que seré, lo que sentí, lo que siento, lo que sentiré. Porque la dignidad de ser humano, la dignidad de ser un alma, un cuerpo de luz que procede de la divinidad, no me la va a quitar nadie.

Y aquel hermano primero buscaba por el patio una gallina a la que diseccionar porque estaba obsesionado con saber de su enfermedad, y hasta había robado del cementerio, imagino que de la casetilla donde se realizaban las autopsias en aquellos tiempos, el instrumental necesario para hacerle la autopsia a una gallina. Suena ridículo, suena esperpéntico, pero les aseguro que le comprendo, porque hasta yo mismo me hubiera trepanado el cráneo si de esa forma hubiera podido llegar a saber lo que me pasaba, por qué era un enfermo mental, por qué sufría tanto, por qué me miraban como me miraban y me llamaban loco. Sí señor, el loco de León está aquí, ya no está en León, pero nunca se fue y nunca se irá hasta que recobre su dignidad y no la recobrará hasta que lo cuente todo, con comas y puntos, hasta la última palabra. Porque cuando uno ya nada tiene que perder lo puede contar todo, absolutamente todo, porque la verdad es así de natural, no necesita vestirse ni ocultarse.

Y aquel hermano primero corría detrás de las gallinas, impedido por la camisa de fuerza, impedido por los grilletes, tal vez fantaseando con pillar a la gallina con la boca o sujetarla con los pies, porque quería saber a toda costa de dónde procedía su enfermedad mental, porque quería curarse, y si para ello tenía que correr detrás de las gallinas con la camisa de fuerza, lo hacía. Los enfermos mentales somos los seres más cuitados del planeta, nos miran y cavamos con uñas y dientes un socavón donde ocultarnos, pero cuando se trata de buscar la causa de nuestra enfermedad y de curarnos seríamos capaces de ir con la camisa de fuerza a ver al Santo Padre y pedirle su bendición si eso nos iba a curar. No es cierto que no queramos curarnos, no es cierto que no tengamos voluntad, simplemente llega un momento en que ya no puedes más, ni puedes luchar contra el qué dirán, ni contra el que te llamen loco, ni contra tu sufrimiento estúpido por cosas por las que los demás no sufren, tal vez porque se han puesto un chaleco antibalas, tal vez, pero es así; ni puedes seguir intentando convencerte de que la vida merece la pena y es maravillosa, no puedes, así de sencillo. Y entonces abandonas y te dejas llevar y eres un trozo de carne tumefacta a la que todo el mundo puede pisotear, o una mierdecilla en medio de la calle, ya nada te importa. Y acabas como el primer hermano, en un centro psiquiátrico durante veinticinco años, mudo, comiendo papillas hasta que decides comerte un bocata y “palmas”.

¿Mudo? Si esa es otra, una anécdota maravillosa que me contó Bautista y que yo les contaré en el próximo episodio. Y dejaré aquí a Bautista, contando la historia del segundo hermano, mientras yo tomo notas. Porque han llegado L. y otro hombre mayor, del que no recuerdo el nombre, soy un desastre para los nombres. Y hablan de las asociaciones de enfermos mentales y de la asamblea y de la planta del hospital de Alcázar que quieren abrir para los enfermos mentales de la zona. Y L. me habla del cursillo de yoga en Alcázar y yo le digo que cuando tenga media docena de alumnos me llame, que con menos no merece la pena. Y mientras ese día doy la clase de yoga y mientras regreso a Manzanares voy pensando y reflexionando sobre dónde me he metido y si esto merece la pena. Me respondo que sí, que ahora es el momento, ahora o nunca, ¿Qué puedo perder? Nada. ¿Qué puedo ganar? Todo, si al menos una sola persona “normal”, de los “otros”, al leer esto, al saber de nosotros decide seguir la máxima de Bautista y ponerse en nuestra cabeza, en nuestra piel, en nuestro corazón. Entonces lo habré ganado todo y mi misión en esta vida estará cumplida. Por que las misiones espirituales no son tan aparatosas como parece, salvo cuando son los maestros espirituales, Jesús o Buda, los que las cumplen, porque ellos lo cambian todo, lo revolucionan todo, no dejan piedra sobre piedra. Nosotros los de las “misioncitas” de chichi-nabo, como decía mi padre, a nosotros nos basta con conseguir que alguien se pregunte, aunque solo sea uno y por solo un instante de su vida, por qué les odiamos tanto, por qué, por qué, por qué….

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