LAS HISTORIAS DE BAUTISTA IV

13 03 2015

LAS HISTORIAS DE BAUTISTA IV

MATIZANDO Y RECAPITULANDO

Hoy llego pronto. Me ha sobrado tiempo después de ir a Carrefour a echar gasolina, de ir a los chinos a comprarme otro monedero porque había perdido los dos que tenía (justo después de comprarlo lo encontré en una rendija del asiento), de comprar cuchillas, que se me habían terminado, en ese supermercado nuevo y tan barato, y de… Ha sido un día bastante ajetreado. Por si fuera poco aún estoy “tocado” de la Kedada de Miguelturra. Estoy tocado pero no hundido, me niego. Me había apuntado a una página de “singles” como nos llaman ahora, y me invitaron a una kedada coincidiendo con el carnaval de Miguelturra. No es que las cosas fueran mal, mal, rematadamente mal, pero tuve una crisis fóbica y no tuve otro remedio que dar la cara y hablar de mi fobia y de mi enfermedad mental. Por suerte lo aceptaron mejor de lo que esperaba, aunque no me hubiera importado marcharme si molestaba. Ahora soy todo un personaje público, y más después de la kedada de enfermos mentales que estoy organizando en Madrid. No sé por qué me están empezando a gustar las kedadas, la situación más propicia para mis fobias. La batalla de Miguelturra, como la llamo yo, la contaré en el capítulo correspondiente del diario.

Todo esto se lo cuento a Bautista, pero antes él me hace una consulta que no voy a desvelar. A veces creo que soy un idiota, pienso que todo lo malo de la vida me sucede a mí, pero no, vivimos en una selva y los depredadores están al acecho. Creo que le doy el mejor consejo que puedo darle y luego le hablo de Miguelturra y de algunas consultas que me están haciendo en el blog del guerrero impecable. El me da unas perlas de su sabiduría que aparecerán en su momento en estas crónicas.

Antes de seguir con las historias de los dos hermanos Bautista, como ya me adelantó por teléfono, quiere matizar algunas cosas del capítulo anterior. Es muy meticuloso y honrado con estas cosas, se nota que no es un narrador caótico y delirante como yo, al que no le importa dónde vayan las fechas o si la realidad fue ésta o la otra, me gusta manipular un poco, solo un poquito, una pizca de nada, no vayan ahora a seguir con la vieja cantinela de que los enfermos mentales somos unos manipuladores. ¡Mentira cochina, no lo somos más que el común de los mortales! He podido encontrar la vieja y mala grabadora que comprara hace años en un supermercado. La dejé porque me fastidió un par de cintas, justo donde había tomado notas verbales para mi novela “Todos estamos solos…” Aquello me puso de los nervios y decidí abandonarla. Ahora la voy a probar con Bautista, no porque desconfíe de él y me guarde las espaldas ante una demanda, jajá (quien le conozca sabe por qué me río), sino porque tal vez me ayude a no cometer errores y atenerme más literalmente a lo que él me cuenta.

Ahora mismo me baso en las notas que tomé en mi libreta. Imagino que antes de subir el texto a Internet podré contrastarlas con la grabación. Parezco un periodista de investigación, algo así como Lotario, el reportero más dicharachero del diario, y eso me anima, me siento feliz, siempre quise investigar a los enfermos mentales, a fondo, y decir a todo el mundo lo que somos y lo que no somos. El miedo nos atenaza, el terror nos impide decir esta boca es mía, y así dejamos que sean otros los que hablen y hablen y creen esa maldita leyenda negra con la que estoy dispuesto a terminar, aunque me cueste la vida.

ALGUNAS MATIZACIONES

Me dice Bautista que en realidad el hermano mayor o hermano primero, como lo estoy llamando, solo estuvo tres días con la camisa de fuerza, no como yo doy a entender, una larga temporada o todo el verano. Que la camisa no la llevaba por las noches, por lo que estoy equivocado y muy errado cuando le sitúo a él en la cama con su primo y a su primo con la camisa de fuerza. En realidad la camisa de fuerza la llevaba solo durante el día, siendo cierto y ratifica Bautista el episodio de la persecución de las gallinas porque las quería hacer la autopsia para investigar su enfermedad mental. También es cierto que se llevara instrumentos forenses de la caseta del cementerio para poder realizar autopsias. Claro que esto fue antes de la camisa de fuerza.

Resulta gracioso que al matizar Bautista no sea consciente de que aún adquiere más mérito su acción, porque si dormir con un enfermo mental con camisa de fuerza tiene su mérito, mucho mérito, dormir con el mismo enfermo sin camisa de fuerza aún acrecienta más este comportamiento heroico. Bautista lo que quiere es precisar y que la historia sea historia y no leyenda y que no le atribuya a él más méritos de los que tiene. En realidad con esta matización debo intensificar su mérito unos puntos en la escala de Richter… Por cierto que ahora, según escribo, me doy cuenta de que no hablamos del terremoto de ayer, aunque sí lo comentaría luego en la clase posterior de yoga mental. ¡Vaya susto! Me fue a pillar justo en la siesta y me desperté todo sobresaltado. Por un momento pensé que llegaba el Apocalipsis y que la muerte acudía solícita, como una madre, para librarme de tanto sufrimiento. Las paredes temblaban y amenazaban con caérseme encima. Abrí la ventana y miré a la calle, pensando que debía tratarse de un camión que estaba haciendo algo raro y que era el causante de semejante terremoto. Horas más tarde, viendo el telediario, supe que efectivamente era un terremoto. No hubo daños, salvo la foto en la que estoy con Sara de niña, ambos tomados de la mano, como dos novios. Es una foto que aprecio mucho. Para mí fue todo un símbolo que lo único que cayera al suelo y se rompiera fuera esa foto, cuando lógicamente deberían haberse caído archivadores o libros, que estaban peor colocados. No, fue la foto de Sara, el cristal se rompió en mil pedazos, como mi corazón, y tardé en recuperarme. Pero esto no se lo cuento a Bautista, que sigue precisando.

El hermano primero solo estuvo con la camisa de fuerza entre veinte o veinticinco días y no todo el verano. Al parecer, me cuenta, fue un profesional el que les aconsejó a los padres que se hicieran con una camisa de fuerza, que alguien les hizo llegar, y que se la pusieran para evitar sus violencias. Fue el propio Bautista que logró que se la acabaran quitando, tal vez esta fuera su primera batalla a favor del enfermo mental. Según me comenta, en una reflexión a preguntas mías, el nunca tuvo problemas con la supuesta violencia de los enfermos mentales. Me dice que no son violentos con las personas que les dan cariño y confianza, que solo pierden el control cuando les insultan, se burlan de ellos, les quitan la libertad, cuando no les tratan con el respeto debido a su condición de seres humanos. Esto lo entiendo muy bien. Yo mismo hubiera sido capaz de matar a alguien cuando me arrastraron por el patio, después de la formidable paliza que me dieron, y luego me ataron con cadenas en aquel sótano inmundo, cuando me pusieron el embudo en la boca y me obligaron a tragar el puré. Esto no lo he contado en el capítulo correspondiente, caigo ahora. Pues sí, me declaré en huelga de hambre porque el trato que estaba recibiendo me parecía indigno de un ser humano. Lo único que ellos hicieron al respecto fue traer un artilugio propio de la Edad Media, de la Inquisición, me lo colocaron en la cabeza y con un gigantesco embudo que algún día formará parte de uno de los “Relatos del otro lado”, me hicieron tragar puré. Me atraganté y creo que estuve a punto de morir. Claro que es imposible que esto pudiera haber ocurrido, estoy delirando, porque los cuerdos, los normales, los sanos, “los otros” no matan, somos los enfermos mentales los que matamos. ¡Qué asco! ¡Qué hipocresía! No, no me dejaron morir, lo que hubiera sido más humano que lo que me estaban haciendo. Entonces, sí entonces, hubiera matado a aquellos bastardos de no haber estado atado con cadenas. Creo que fue la primera vez en mi vida que comprendí lo que uno sería capaz de hacer para defender su dignidad como ser humano. Entonces comprendí que yo mismo, un hombre bondadoso, incapaz de matar a una mosca, habría sido capaz de tomar del cuello a aquellos cabrones y apretar hasta que se pusieran morados. Hubiera sido capaz de “matar”. Tiempo más tarde, reflexionando sobre ello, me asusté. Es una experiencia que me ha servido para imaginarme en mis historias policiacas lo que puede sentir un asesino cuando mata. No es fácil de hacer para una buena persona, pero yo lo hubiera hecho allí, en aquel sótano infecto, hubiera matado al psiquiatra y a los celadores que me estaban dando de comer con aquel gigantesco embudo.

¿A qué viene esto? ¡Ah, sí! Estábamos hablando de la violencia de los enfermos mentales y ésta es una buena anécdota para saber cómo nos las gastamos los enfermos mentales cuando nos tocan los c…Entonces sí que podemos ser temibles. Pero normalmente somos los seres más pacíficos de la creación. Bautista me cuenta algunas anécdotas y ratifica que él nunca tuvo el menor problema, que nadie le pegó, nadie le mordió, ni le insultaron. Su receta es el cariño y la confianza, la empatía. Y es en este momento cuando recuerdo que había programado contar la anécdota que había dejado pendiente en el capítulo anterior.

EL ENFERMO MENTAL MUDO

Al hermano número 1 le trataba un psiquiatra en Ciempozuelos, psiquiátrico del que no voy a hablar porque lo dejo para otro capítulo. Este buen hombre le decía a Bautista que no se podía hacer nada por su primo, porque ni siquiera hablaba, era mudo como una tumba, estaba ido, fuera de la realidad, en otro mundo. El bueno de Bautista, siempre tan controlado y prudente, se limitó a decirle que le iba a demostrar que no era así, y con gran astucia organizó la escena.

Le pidió al psiquiatra que se escondiera en el servicio o en otro despacho y dejara la puerta abierta. Es un detalle que no merece la pena matizar, aunque a mí me gustaría pensar que se escondió en el servicio, porque así retrataría mejor la mezquindad del alma de este hombre. Bautista fue a buscar a su primo y lo trajo al despacho se sentaron y para asombro infinito del psiquiatra de turno pudo escuchar cómo el mudo hablaba y no era un milagro evangélico. Hablaron como hacían siempre, con la confianza natural entre dos primos. Me imagino a Bautista tirándole de la lengua un poco para darle en las narices al psiquiatra que lo había etiquetado de mudo sin hacer el menor esfuerzo por comprenderle y ganarse su confianza. Me imagino la cara de asombro del susodicho señor.

Bautista luego le daría su receta, su nueva máxima del manual de Bautista para tratar al enfermo mental. Yo podría expresarla, con sorna, de la siguiente manera:

SI NO DAS CARIÑO NO ESPERES CONFIANZA Y SI NO CONFÍAN EN TI NUNCA PRESENCIARÁS EL MILAGRO DE QUE LOS MUDOS HABLEN

Bautista me dice que enseguida comprendió que a los enfermos mentales había que ganárselos con cariño, que solo con afecto se conseguía su confianza, y solo si confiaban en ti te podían contar todo, hasta sus intimidades más íntimas. Me ratifica, ante mis preguntas curiosas e interesadas, que él nunca fue agredido por un enfermo mental, ni siquiera durante sus crisis más graves, nunca. Esto no es suerte, esto no es un milagro, un enfermo no pierde el control hasta el punto de no distinguir a una persona que le quiere de otra que le odia. Si un enfermo ataca a un ser querido es porque le odia, de eso pueden estar seguros “los otros”, y si un enfermo mental odia a un ser querido es porque no ha recibido de éste suficiente cariño. Esta es la segunda máxima del manual del trato al enfermo mental de Bautista. Jamás fue agredido por enfermos mentales, ni durante sus crisis más violentas, ni siquiera estando delirantes y alucinando. Reitero y no me cansaré de hacerlo, si das cariño y confianza, un enfermo mental nunca se pondrá violento contigo. No me gusta el ejemplo, pero es muy plástico. Si tú te acercas a un perro con miedo, con temor, si tú odias a los perros estos lo notarán y no sería de extrañar que acabaran mordiéndote el culo. Los enfermos mentales no son perros, pero si hasta un perro distingue a una persona que le quiere de otra que le odia, no podemos ser tan ingenuos como para pensar que los enfermos mentales han caído tan bajo que ni siquiera tienen la condición animal, de perros.

Cuando comienza el curso Bautista deja de estar con su primo. Me matiza, a pregunta mía, que estaba con él día y noche, sin separarse un momento. Dedicó las vacaciones de verano a cuidar, día y noche, cada minuto, cada segundo, de un familiar, de un primo por el que sentía gran afecto. Esto no es normal Bautista, esto no lo hace todo el mundo. Sin embargo él está convencido de que sí, de que cuando se quiere a otra persona se hacen estas cosas por ella. Reflexiono que sus padres tenían miedo de su hijo y no hicieron lo que hizo Bautista. De nuevo regresamos al manual, solo el cariño te permitirá conocer a un enfermo, quererle, no tenerle miedo, ser capaz de entregarte a él como hizo Bautista.

Y vamos a finalizar este capítulo con la escena del hermano primero siendo conducido al psiquiátrico de Ciempozuelos, al manicomio, como lo llamaban entonces, antes de la reforma que llegaría más tarde y de la que hablaremos en su momento. Bautista no lo presenció porque ya había empezado el curso. Con la autorización de los padres el hermano mayor fue ingresado en un psiquiátrico conde “vivían”, más bien vegetaban más de dos mil pacientes, masificados, imposibles de cuidar por poco más de treinta cuidadores. Yo me imagino a una ambulancia ululante llevándose al hermano primero con la camisa de fuerza. Me lo imagino porque Bautista no estaba allí. Y me lo imagino porque soy un narrador y novelista. Lo más fácil es que se lo llevaran los padres en un coche o en un taxi, sin camisa de fuerza, y lo dejaran allí ingresado. ¡Pero a que mola eso de la ambulancia ululante y el enfermo con camisa de fuerza mirando con caja desencajada a través del cristal!

Ciempozuelos tendrá capítulo aparte. Incluso yo en aquellos tiempos ya había escuchado hablar del “manicomio de Ciempozuelos” y entre mis pesadillas de enfermo mental la posibilidad de que me declararan incapaz, me desahuciaran y me trasladaran a Ciempozuelos para el resto de mi vida, ésta sin duda era la peor.

Continuará

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