LAS HISTORIAS DE BAUTISTA V

19 03 2015

LAS HISTORIAS DE BAUTISTA V

EN LA PIEL DEL HERMANO PRIMERO

Tal vez sea demasiado soberbio al considerarme una persona con las ideas claras, con una mente lúcida, que sabe en todo momento lo que piensa, por qué lo piensa, y que decide actuar de acuerdo a unas conclusiones claras y lógicas que ha obtenido tras reflexionar y meditar el tiempo necesario, o incluso mucho más del tiempo necesario. Tengo dudas, como todo ser humano que no sea un fanático, muchas dudas, pero afronto los problemas con frialdad, con objetividad, le doy tantas vueltas como puedo o quiero, pero una vez que llego a una conclusión desaparecen las dudas y las decisiones son firmes, inquebrantables, diamantinas, como las de un guerrero impecable.

Hay mucha gente a la que le molesta esto. Lo noto cuando comienzo a expresarme con mi famosa coletilla: Tengo muy claro que… Lo noto en la expresión de sus rostros, como si dijeran: ya está éste creidillo, este sabelotodo, este listillo, este “Slictik”, considerándose un diosecillo de pacotilla. Hay mucha gente a la que molesta que uno se deje llevar por las conclusiones de su mente y no por sus emociones. Como si las ideas y los silogismos y los razonamientos fueran pura basura y lo único que contara fueran las emociones. Pero las emociones son ciegas, pueden ser contradictorias y siempre son fugaces, frágiles, tan imprevisibles como una veleta moviéndose en la dirección que sopla el viento, y el viento sopla donde quiere, en frase evangélica. Hay mucha gente que cree que una mente clara y lúcida, que analiza los problemas, saca unas conclusiones y decide actuar de acuerdo a ellas, es como un robot sin corazón, sin alma, un futuro asesino en serie. Esta forma de pensar me molesta mucho, no la soporto, a pesar de que me gusta el TAO, el movimiento continuo del río de la vida. Cuando me dicen algo así debo controlarme para no estallar en cólera. ¿Acaso pensar una cosa hoy y otra mañana, decidir algo ahora y lo contrario dentro de un instante, defender una emoción como algo místico y casi divino en este preciso momento y al segundo siguiente defender lo contrario porque la emoción es distinta y también mística y divina, no es algo ridículo y propio de una persona inmadura? ¿Acaso eso es dejarse llevar por el TAO? Lo siento, nunca he compartido esa forma de pensar y sigo sin poder hacerlo. Mi mente lúcida no me impide sentir, emocionarme, sufrir. Al contrario, cuando mis conclusiones hacen sufrir a los demás o me precipitan en el abismo, desearía no tener mente, para no sufrir, pero luego pienso que sería incapaz de vivir como una veleta, siempre a merced del viento. En realidad creo que es más difícil convivir con una persona emocional, que cambia con el viento, que con una mente lúcida. Nunca sabes si mañana irás al cine o no, porque mañana la emoción puede cambiar y tal vez le apetezca ir a bailar. Nunca sabes qué comerás mañana porque si hoy le apetece tortilla, mañana tal vez le guste un cocido. Hoy eres una persona maravillosa y mañana una mierda. ¿Es eso el TAO? Creo que no, la vida no es voluble, el río se desliza siempre hacia delante, sin detenerse, pero eso no significa que mañana tenga que inundar una huerta y al siguiente hacer una cascada donde no hay desnivel. La convivencia es posible porque podemos negociar, porque podemos pactar unos derechos y unos deberes, unas renuncias y unas exigencias. Sin ese pacto la convivencia en cualquier sociedad sería imposible. No se puede firmar hoy un contrato y mañana decir que no lo vas a cumplir porque tu emoción ha cambiado de rumbo.

¿A qué viene este largo preámbulo? Si quiero meterme en la piel del hermano número 1 debo comprender todas sus reacciones, incluso sus conductas violentas, y solo quien ha sufrido la coacción, el dogmatismo de otros que pretenden saberlo todo y tener la razón en todo momento y por lo tanto se consideran protegidos por Dios para imponer su criterio y su forma de vivir a los demás, especialmente a los enfermos mentales, está capacitado para comprender los actos violentos de un enfermo mental. Cuando Bautista me contó lo que yo llamo el abrazo de Vergara, en tono jocoso, y su nueva máxima del manual de Bautista sobre el trato al enfermo mental, me asombré de que un joven como él tuviera ya tal lucidez mental.

Y aquí debo hacer una nueva matización. Cuando me dijo que nunca había sufrido ninguna agresión por parte de un enfermo mental se refería a después del abrazo de Vergara. Creo que es el momento de narrar este episodio.

Hice bien en preguntarle sobre el episodio antes de narrarlo, porque tenía algunas ideas equivocadas. Había imaginado que el incidente se produjo de noche y estando él con la camisa de fuerza. Eso era imposible porque nadie puede agredir con la camisa de fuerza puesta, eres como un paquete dispuesto a ser enviado a cualquier parte, a donde el remitente quiera. En realidad el incidente se produjo de día y el hermano mayor ya no llevaba la camisa de fuerza. De pronto, estando Bautista de espaldas se produjo la agresión. Un fuerte puñetazo en la cabeza y nuestro osote cae el suelo. Tuvo que ser un puñetazo formidable. Teniendo en cuenta la envergadura de Bautista me imagino al hermano mayor con una fuerza descomunal, algo así como la que yo empleé cuando rompí la puerta de nuestra cocina de un puñetazo. Sara era muy pequeña, no recuerdo qué edad podría tener. Perdí el control tras una discusión con mi “ex” y para evitar hacerle daño golpeé algo inanimado, lo primero que encontré, una puerta. Más tarde, cuando vi lo que había hecho comprendí la terrible fuerza que tengo. Para mí es algo natural, como para un pivot de baloncesto agacharse cuando va a pasar por una puerta. Sé que tengo que controlarme, pero a veces me cuesta, como cuando voy a dar un masaje y casi trituro los huesos. Para el niño enclenque que fui no es fácil ser consciente de que un abrazo podría ahogar a una persona. Soy un hombre más bien bajo, pero ancho de hombros, fortachón cuando estoy en forma y no con veinte o treinta kilos de más. Sara no recuerda ese episodio como otras muchas cosas de su infancia. Uno de mis dolores más ocultos es el de haberla traumatizado. Quienes conviven con un enfermo mental y soportan sus crisis acaban sufriendo estos problemas.

Recuerdo que perdía el control con facilidad cuando alguien intentaba decirme lo que tenía que hacer, cuando intentaban forzarme a pensar de manera distinta, a sentir de otra forma, a vivir como yo no quería vivir. Una rebelión terrible brotaba de mis entrañas, como cuando de niño, con cinco o seis años una pandilla de matones, compañeros de escuela, me arrebataron unas preciosas canicas que me había dado mi padre. Quise insultarles pero no pude, había perdido el habla, quise darles de puñetazos pero sufrí una crisis de ansiedad y no podía respirar, tal vez fuera el primer síntoma de los ataques de asma, que yo considero psicosomáticos a pesar de que se comprobó que los generaba una alergia a un montón de cosas. A pesar de ello me enfrenté a aquellos niños-matones de pacotilla y recibí una buena paliza. Caí al suelo, al suelo embarrado y allí permanecí mientras me pateaban. Este episodio tiene una extraña sincronía con la paliza que me dieron los celadores antes de atarme con cadenas en aquel sótano infecto. Cada vez que alguien pretendía forzarme a hacer algo que no quería perdía el control y cuando esto sucedía acababa recibiendo una buena paliza. No son muchos los episodios de este tipo, pero sí suficientes para que intentara controlar mis accesos de cólera hasta lograr que todo reventara por dentro. Estoy convencido de que la fobia social, dejando aparte las raíces kármicas, tiene otras más evidentes y que pertenecen a esta vida.

Los actores del método, Brando, Newman, etc. utilizaban episodios de su vida para meterse en la piel de sus personajes. Intentaban vivir la interpretación como algo real que les había sucedido a ellos. Yo lo estoy intentando emplear para ponerme en la piel del hermano mayor. Cuando Bautista me cuenta el episodio lo hace con un gran respeto y comprensión. Piensa que él no estaba actuando bien, que intentaba forzarle a hacer lo que él no quería hacer, le estaba coartando su libertad, coaccionando. El puñetazo llegó sin avisar. Esto puede parecer muy mezquino, un agravante en un caso criminal, premeditación y alevosía. Los enfermos mentales aprendemos a mentir, a manipular, a diseñar estrategias para evitar estos enfrentamientos en los que siempre salimos perdiendo, pero a veces la cólera puede más que la estrategia y después de darle infinitas vueltas a la misma idea, perdemos el control. Esto fue lo que debió pasarle al hermano número uno. No soportaba tanta coacción. Bautista se había transformado en su enemigo y le agredió como a un enemigo. Por la espalda porque nuestro hombre es fuerte como una montaña.

Se arrojó sobre él y aunque Bautista no me dio muchos detalles, puedo imaginarme la escena. El hermano mayor perdió el control e intentó darle de puñetazos. Nuestras cóleras pueden ser como un volcán en erupción, nadie lo puede parar y nunca sabemos hasta dónde llegará el magma incandescente. Por suerte Bautista pudo controlarle tras otra pelea de titanes. Por suerte no perdió la consciencia. Cuando le pregunté si tuvo miedo, si llegó a pensar que su primo podía haberle matado, me dice que no. Está hablando desde la distancia de muchos años, desde el cariño y la comprensión que ahora siente por el enfermo mental. Yo pienso que el hermano mayor no hubiera cruzado la línea roja, salvo que la pérdida de control hubiera sido total. Sé lo que me pasa a mí y sé dónde está la línea roja y cuándo podría pasarla. La hubiera podido atravesar, sin la menor duda ni vacilación, cuando me ataron con cadenas, me pusieron el embudo en la boca y me obligaron a tragar. No sé si aquellos celadores “normales” sabían dónde estaba la línea roja, pero si era así la atravesaron de forma totalmente imprudente. Hubieran podido atragantarme y matarme. De hecho el hermano mayor moriría intentando tragarse un bocadillo. Pero no fue aquello lo que desató mi santa cólera. Fue la pérdida de la dignidad como ser humano. La coacción, el secuestro, la tortura, son las formas más brutales que existen para hacer perder la dignidad a un ser humano. Es algo tan infernal, tan demoniaco que muchas víctimas son incapaces de asumirlo y caen bajo el síndrome de Estocolmo. Algo habré hecho yo para merecer esto. Es una forma sutil de huida para evitar enfrentarse al mal, a la posibilidad de que existan personas tan malas, auténticos demonios. Lo estamos viendo ahora en la televisión cuando vemos las torturas y la brutalidad del terrorismo yihadista. Nadie quiere hablar de ello. Se da la noticia y punto, pero nadie se pregunta cómo un ser humano puede llegar a torturar y matar de una forma tan bestial a otro. ¿Pertenecen los terroristas al rebaño de los enfermos mentales o son malos, realmente malos, demoniacos, aunque formen parte de la sociedad de los “otros”? Es fácil decir que Hitler fue un enfermo mental, que Stalin también lo fue, que los terroristas son locos, enfermos mentales, pero que yo sepa ni Hitler, ni Stalin, ni los terroristas fueron diagnosticados de alguna enfermedad mental, ni tomaron medicación, ni estuvieron internados en centros psiquiátricos. Cuando a los “otros” les molesta algo de la naturaleza humana nos lo achacan a nosotros, somos los chivos expiatorios perfectos. Si alguien es un asesino, un genocida, un terrorista, tiene que estar loco, que ser un enfermo mental, y nos lo arrojan a nuestro redil, arrojan a un lobo entre corderos y se quedan tan panchos. Y todo ello por no ser capaces de aceptar el mal. En una novela negra, que ahora no recuerdo, alguien le pregunta a un detective qué es lo que le costó más aceptar en su lucha contra la delincuencia y los asesinos, y éste responde sin dudar que fue la existencia del mal, de que existen personas malas, sin matices, no locos o enfermos mentales, personas malas, malvadas, canallas.

Cuando un enfermo mental pierde el control y agrede siente tales remordimientos que se pasa la vida pensando en ello y pidiendo perdón. Esto fue lo que hizo el hermano mayor. Cuando le pregunté a Bautista si le había pedido disculpas por esta agresión, me comentó que no dejó de hacerlo nunca y que toda su vida sintió remordimientos. A mí me ha pasado lo mismo. Es un gusano que te roe para siempre, puedes incluso pedir perdón de rodillas y arrastrarte así alrededor del mundo, pero por desgracia no sirve de nada. No te perdonan y te lo recuerdan toda la vida. No te comprenden, ni aceptan la parte de culpa que tienen ellos en estas explosiones de cólera. Cuando intentas privar de la libertad a alguien, convertirlo en tu marioneta, no puedes ser tan ingenuo como para creer que el otro no va a reaccionar. Cuando lo haces con un “otro” éste tiene medios de respuesta que te ponen contra las cuerdas, cuando lo haces con un enfermo mental éste solo es capaz de reaccionar con violencia porque no tiene nada más para defender su sacrosanta libertad y su dignidad como ser humano.

Que yo sepa los asesinos no piden perdón, ni los genocidas, ni los terroristas, ni se arrepienten. Al contrario, van con la cabeza muy alta y exponen sus “maravillosos hechos” a los medios de comunicación. Un enfermo mental se pasa la vida pidiendo perdón, arrastrándose como un gusano, comportándose de forma tan humillante que yo a veces pienso, cuando veo estas conductas en mis hermanos, los enfermos mentales, que es algo abyecto, que más nos valdría salir a la calle, desnudos, para que todos vieran nuestras vergüenzas, y dejarnos crucificar en la plaza pública, es más digno, infinitamente más digno que andar escondiéndonos como ratas de alcantarilla, que andar siempre midiendo en la balanza cuántas veces perdimos perdón nosotros y cuántas nos piden perdón ellos a nosotros. Cuando yo me he puesto de rodillas, literalmente, para pedir perdón, lo único que he conseguido es que se me llamen manipulador y que se me diga que realmente yo no lo siento; en realidad lo que estoy haciendo es manipular. ¡Maldita palabra! ¡Cómo la odio! Me dan ganas de sacar la lista de mi agenda negra e ir punto por punto explicando lo mucho que los “otros” me han manipulado a mí.

Nos humillamos hasta besar el suelo que pisan los demás y encima nos llaman manipuladores. No nos perdonan, no, nunca lo hacen, y ellos jamás nos piden perdón a nosotros. A mí nadie me pidió perdón por atarme con cadenas sobre una cama llena de orines, ni por hacerme comer contra mi voluntad, echando el puré por un embudo. Ni por los años encerrado como un criminal, ni por el sufrimiento que me causó arrojarme al metro, para librarles a ellos de mi apestosa presencia, a los otros; ni cuando me subí a un cable de alta tensión dispuesto a ser quemado hasta la última fibra del alma; ni cuando me puse una pistola en la sien y apreté el gatillo para que una maldita bala de fogueo me salvara del infierno para regresar a otro infierno peor; ni cuando me tomé un tubo de pastillas, la segunda opción tras la bala, en mitad de un bosque, en lo alto de una montaña, cuando aún quedaba nieve en el suelo, y tuve que arrastrarme, como un marine, como un maldito marine, hasta la carretera, porque en el último momento decidí que quería vivir, que la vida aún merecía la pena, que tenía cosas muy bellas, y que no se puede juzgar un cuadro por un manchón. ¿Alguien me pidió perdón, alguien me dijo que me comprendía? No, He tenido que escuchar sandeces tales como que todo fue teatro, puro teatro, lo tuyo es puro teatro, nene, un paripé para manipularnos. ¡Maldita palabra! La quitaría del diccionario. Nadie quiere saber lo que sufrí cuando en el arcén del metro intentaba encontrar fuerzas para dar el último paso, ni cuando trepé por la torre de alta tensión como un mono para agarrarme a un cable tan grueso que casi me daba miedo aferrarme a él; ni cuando mi dedo temblaba en el gatillo, sin saber que las balas eran de fogueo (la tortura de los yihadistas con sus víctimas); ni cuando me arrastraba por el suelo helado, porque era incapaz de estar de pie tras el espantoso sueño que se apoderó de mí tras tomarme un frasco y no sabía si al final lograría llegar a la cuneta y tendría una opción entre mil o entre un millón de que alguien me encontrara antes de que la muerte me llevara con ella, maldita amante posesiva. Nadie quiere saber lo que sufrí, nadie quiere pedirme perdón, nadie me pedirá perdón nunca, porque la culpa es mía y solo mía y este maldito manipulador se merece todo lo que le pase.

Pues bien, aquí estoy, malditos terroristas de mierda, podéis venir a por mí y torturarme con la pistola en la sien, con el seguro bloqueado, porque no os tengo miedo, ya he pasado por ello. Podéis venir y cortarme la cabeza de una puta vez, así acabaré cuanto antes y podré al fin enfrentarme con la muerte y follarla todo lo que quiera, ya que en este maldito mundo no se puede follar, solo está permitido cortar cabezas. Podéis torturarme como os de la real gana, porque no será peor que lo que ya pasé. Y así al menos los otros quedarán felices sin mi presencia, la de un maldito manipulador, y se librarán de pedirme perdón algún día, y eso les convencerá de lo loco que estoy y se quedaran tan panchos, viendo por la televisión cómo cortan cabezas. Aquí estoy, yihadistas de mierda, os reto, venid a por mí, torturarme y cortarme la cabeza, pero dejad en paz a esos pobres hombres que nacieron normales y merecen vivir una vida feliz. Yo soy un maldito loco y puedo permitirme hacer lo que estoy haciendo, retaros. Ya he vivido bastante, demasiado, aquí me tenéis, soy el símbolo de la sociedad capitalista, hedonista, el símbolo de la depravación de los demócratas, soy todo lo malo que ellos son y elevado al cubo, aquí me tenéis, crucificadme y retiraros a vuestros cubiles, a reflexionar si un Dios puede pediros algo así, que cortéis las cabezas de sus hijos, vuestros hermanos, que les humilléis hasta hacerles perder su dignidad de seres humanos y olvidarse de la chispa divina que hay en ellos.
Aquí estoy, para que me llamen manipulador, para quemar vuestro karma sobre mi piel, triturando mis huesos, macerando mi carne. Aquí estoy y no me iré a ninguna parte. Podéis buscarme y encontrarme, llevarme con vosotros, a vuestros cubiles, para que así pueda hacer algo por mis hermanos, por los otros y por los míos. Que al menos mi vida sirva para algo, para que mis hermanos, los enfermos mentales, puedan volver a encontrar su dignidad. Ya han sufrido bastante a lo largo de la historia, ha llegado el momento de terminar con la leyenda negra.

Tal vez fue esto lo que hizo el hermano mayor cuando en el manicomio de Ciempozuelos un grupo de enfermos le sujetó y con algo que encontraron en alguna parte, un cuchillo que robaran de la cocina o la hoja afilada de una lata de conservas, le caparon, le quitaron un testículo. Bautista me dice que no debió sufrir mucho porque estaba muy medicado, que tal vez los otros enfermos que se lo hicieron no tomaran la medicación y sufrieran una crisis psicótica. ¿Cuántos enfermos había en Ciempozuelos y cuántos cuidadores? Lo tengo anotado por ahí, pero no voy a consultar mis notas, porque esto lo narraré en otro capítulo.

Me dice Bautista que el hermano mayor nunca le contó nada, ni se quejó de nada, que tal vez ni fuera consciente de lo sucedido. Bautista, el gran hermano, se olvida de que el hermano mayor se volvió mudo y convenció a todo el mundo, menos a su primo de que era realmente mudo. ¿Quién nos dice que no sufrió, que la medicación era tan fuerte que ni se enteró de lo que le pasaba, que ni siquiera su memoria fue capaz de utilizar una neurona para albergar semejante recuerdo? Yo no estoy convencido de ello, no, aunque me gustaría convencerme. Porque ahora estoy en la piel del hermano mayor y puedo sentir cómo el filo de la lata de conservas rasga mi piel y cómo me sacan un testículo. Dios, cómo debe doler, cuando una vez recibí un balonazo en esa parte tan delicada, jugando al futbol, me retorcí por los suelos. ¡Cómo debe doler, Dios mío! Pero lo que más debe doler es que te lo hagan tus propios hermanos, no los otros, al fin y al cabo de los otros nos podemos esperar cualquier cosa, pero no de tu propio hermano, con el que te tomas las pastillas todos los días y con el que deambulas como un zombi por el patio. ¡Dios, cómo debió doler!

Y ahora que vengan los otros y me llamen manipulador, me importa un bledo, aquí queda esto. Y también el reto. Así actuamos los guerreros impecables. No pasará nada, seguro que no. Pero, ¿y si pasara? Si pasara, aquí estoy, dispuesto a ser crucificado, dispuesto a renunciar a los pocos polvos que pudiera haber disfrutado en lo que me queda de vida. Aquí estoy y no me iré.

Tal vez esto sea otra de las tretas de Milarepa. Empecé a escribir este capítulo hace unos días y lo dejé. Hoy estaba muy mal, hundido, y no me apetecía escribir, pero me levanté del sofá y me puse ante el ordenador y he escrito. Scripsit Scripsit. Lo escrito, escrito está. El reto está lanzado y mi vida en la balanza. Soy un guerrero impecable, hago lo que tengo que hacer cuando tengo que hacerlo, y noto la palma de la muerte sobre mi hombro, pero sigo adelante. Tal vez no pase nada y pueda follar un poco antes de morir, aunque yo lo llamo hacer el amor, pero quizás alguien recoja el reto y me suicide por mano interpuesta. Porque esto es un intento de suicidio, ¿o no? Creo que no, que quiero seguir viviendo para hacer el amor todo lo que pueda. Creo sencillamente que este es un acto de guerrero impecable y del que siempre estaré orgulloso. Puede que mi vida haya sido una mierda y que tenga que pagar tanto karma que aún me quede el estallido final, pero siempre, siempre estaré orgulloso de lo que estoy haciendo.

Y en el próximo capítulo hablaremos de Ciempozuelos. Pero antes quiero comentar el abrazo de Vergara. Bautista tiene que ser una buena persona, una gran persona, para que tras aquel puñetazo reflexionara y comprendiera que quitar la libertad a un enfermo mental no es la solución. Entonces comprendió, como Saulo, cuando cayó del caballo en el camino de Damasco y vio la luz, que solo el cariño y el amor pueden redimir a un enfermo mental, que solo así se puede llegar hasta él, puede que no a su mente, pero sí a su corazón, siempre se llega a su corazón con amor.

Y aquel abrazo que dio a su primo selló una vocación y abrió nuevos horizontes en la vida de Bautista. Y sí, en efecto, a partir de aquel momento jamás volvió a sufrir una agresión por parte de un enfermo mental.

¿También se puede llegar así a los yihadistas? ¿Ustedes que creen? Si vienen a por mi les daré un abrazo, aunque luego, bajo el efecto del terrible dolor de la tortura, puede que les maldiga para toda la eternidad. Pero eso ya no estará en mi mano, un guerrero impecable solo hace lo que está en su mano.

¿Es esto el delirio típico de un enfermo mental? Puede, pero ya que hay que delirar, deliremos por un mundo mejor.

QUE LA PAZ PROFUNDA NOS ACOMPAÑE A TODOS EN EL CAMINO

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