LAS HISTORIAS DE BAUTISTA VI

19 03 2015

LAS HISTORIAS DE BAUTISTA VI

CIEMPOZUELOS

Hubo un tiempo en mi vida, en mi juventud, que ese nombre fue para mí una pesadilla. Oí hablar del manicomio de Ciempozuelos y no quise preguntar más, mi viva imaginación, siempre al borde del delirio, me representó aquella especie de infierno para los enfermos mentales con tal viveza que la angustia subió desde mis entrañas hasta los pulmones impidiéndome respirar. Hubo un tiempo en que pensé que la vida era el infierno del que me hablaron en el colegio religioso y Ciempozuelos la sección para los criminales de guerra de la galaxia. Es una idea que me ha perseguido en el tiempo hasta el punto de llegar a esbozar un relato de ciencia ficción que titulé así: Prisión Federal Galáctica. El planeta Tierra era esa prisión y el protagonista acababa por descubrir que vivía en una cárcel. La idea de una isla desierta utilizada como prisión de alta seguridad para criminales ha sido tratada en el cine y creo haber leído algo parecido en alguna novela que ahora no recuerdo. Mi personaje vivía una vida aparentemente normal en un planeta que había tenido la inmensa suerte de albergar vida inteligente cuando el resto del infinito universo era un yermo inútil, creado por una mente diabólica solo para que sus habitantes levantaran la vista en las noches estrelladas y se preguntarán sobre el por qué de aquel derroche. Acontecimientos inesperados le llevan a buscar una respuesta y cuando la encuentra comprende que no podía ser de otra forma. El planeta Tierra tenía que ser precisamente eso, una prisión federal galáctica diseñada para los peores criminales de la galaxia, aislada del resto de vida inteligente como una isla en mitad del océano.

Las guerras, las masacres, la tortura, la insolidaridad más bestial, las violaciones, el hambre, la agonía de millones de seres humanos, solo podían tener una explicación, vivimos en una cárcel de alta seguridad de la que no podemos escapar sino es con la muerte. En esa cárcel hay privilegiados que han obtenido un estatus de cabo de varas vendiendo su alma al diablo, el guardián invisible. Los demás intentan sobrevivir como pueden, ganándose cada mejora con motines contra dictadores de pacotilla, presos chivatos y encanallados.

Creo que la idea del relato se me ocurrió al leer en el libro de Urantia que el planeta Tierra, es decir, Urantia, está en cuarentena desde la rebelión de Lucifer y el auto-otorgamiento de Micael, Jesús, nos ha dado una esperanza de que con el tiempo llegaremos a ser como otros mundos que no sufrieron esta rebelión. Algún día el planeta será establecido en la luz, es decir, las puertas de la cárcel se abrirán y descubriremos que fuera hay una vida maravillosa que nos fue negada porque otros decidieron por nosotros.

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Ciempozuelos sería esa sección que hay en las cárceles para los reclusos, que sufren enfermedades mentales, y que son dejados a su libre albedrío para que se devoren entre ellos. Por eso cuando Bautista me contó que el hermano mayor estuvo en ese psiquiátrico, donde sufrió el terrible episodio de su castración, quise saber todos los detalles que recordaba de aquel submundo. Me sentí muy decepcionado cuando me dijo que solo había ido a visitar a su primo, el hermano mayor, en alguna ocasión y que al hacerlo solo llegó a conocer el inmenso patio donde los enfermos eran dejados casi a su libre albedrío porque no había suficientes cuidadores para atender a aquel inmenso rebaño de seres sin esperanza.

Tras este terrible episodio que él no presenció, se movió con celeridad para encontrar otro psiquiátrico donde pudiera internar a su primo. De esta manera descubrió Alcohete, un lugar idílico para los enfermos mentales. Bautista ya había sido nombrado defensor judicial y tutor del hermano mayor. Resulta llamativo que un joven como él fuera elegido para semejante responsabilidad, y que él la aceptara. Sentí curiosidad y le hice algunas preguntas que me desvelaron su extraña capacidad para ser una especie de jefe tribal o un anciano sabio al que todos consultan. Pero ese es un tema que trataremos en otra ocasión.

Quise saber todo lo que él recordaba de Ciempozuelos y fui anotando los escasos datos que me fue suministrando. Me queda pendiente una búsqueda exhaustiva en Google sobre la historia de este psiquiátrico que fue para mí emblemático en cuanto al trato histórico que hemos recibido los enfermos mentales. Mientras me documento quiero utilizar mis dotes de escritor para imaginarme lo que debió ser aquel lugar donde llegué a verme en mis pesadillas, peleando con otros enfermos para sobrevivir un día más en mi condena a cadena perpetua. En realidad esto no es una ficción tan delirante como pudiera parecer, porque a punto estuve de quedarme recluido para el resto de mis días en un psiquiátrico, y el que acabara siendo trasladado a Ciempozuelos es una posibilidad bastante razonable.

Parece que la población “reclusa” de esta cárcel se componía de más de dos mil hombre y otras tantas mujeres. Casi cinco mil habitantes son ya una villa importante. Si nos imaginamos que alguno de los pueblos que conocemos, de población semejante, fuera evacuado y encerrado en un lugar como Ciempozuelos, hacinados, con apenas un centenar de cuidadores, y si nos imaginamos toda esta población de este pueblo imaginario son todos enfermos mentales, la mayoría muy mayores y que no han visto otra cosa, nos haremos una idea de lo que era aquello.

Según me cuenta Bautista eran tantos que la medicación se la daban en la puerta que daba al patio, una especie de descampado con el suelo de tierra y que no me imagino pudiera parecerse en nada a un jardín. Puedo ver a dos mil enfermos desfilando, con los incidentes propios de tal masificación de enfermos mentales, para que uno o varios cuidadores fueran entregando la medicación a cada uno de ellos. Imagino un carrito con la medicación y la prisa de los cuidadores por librarse de tarea tan ingrata. Necesariamente las confusiones con la medicación debieron de ser cotidianas y como me dice Bautista era fácil que muchos de ellos no la tomaran y se deshicieran de ella con facilidad. Era imposible que los cuidadores esperaran a que cada enfermo se tomara sus pastillas y les hicieran abrir la boca para cerciorarse, como se ve en la película Alguien voló sobre el nido del cuco.

La masificación no es nueva, ahora mismo la vemos en los telediarios, pasillos de urgencias de nuestros hospitales modernos colapsados con camillas, sillas de ruedas y simples sillas donde los enfermos del siglo XXI se hacinan esperando que les toque una habitación. Si eso ya resulta llamativo pueden imaginarse lo que sería aquel pandemonium de enfermos mentales que eran medicados de esta forma y luego soltados a su libre albedrío en un patio inmenso. No es de extrañar que el incidente del hermano mayor acabara ocurriendo. Bautista piensa que los castradores de su primo debieron de ser enfermos que no tomaban la medicación, tal vez psicóticos que en pleno delirio llegaron a hacer semejante barbaridad.

Cuando Bautista visitaba a su primo ambos caminaban por aquel patio, charlando durante el tiempo que duraba la visita. ¿Su primo ya había decidido que hacerse el mudo era la mejor de las estrategias? No tengo clara la cronología y creo que Bautista tampoco. Siguiendo en la piel del hermano mayor no me resulta difícil entender su decisión, como tampoco comprender que llegara a rechazar la comida normal y tuvieran que alimentarlo con purés. Tanto Bautista como yo coincidimos en que debió de ser algo psicosomático. Él me dice que no existía ninguna enfermedad física que le impidiera alimentarse con normalidad, que se debió a la ley del mínimo esfuerzo que acatamos los enfermos mentales cuando llegamos a tocar el abismo de la desesperación. Si la vida es una cárcel vamos a reservar energías, vamos a procurar hacer lo menos posible, vamos a hibernarnos para que el tiempo pase casi sin rozarnos, intentamos pasar desapercibidos, nos volvemos invisibles. Masticar puede ser una tarea ingrata cuando no hay aliciente alguno, cuando vamos a tener que tragar el condumio carcelario día tras día, sin que el placer de la comida nos diga nada, porque no hay otros placeres que nos ayuden a buscar el placer del gusto en una comida, que por masificada, debía de ser insípida, cuando menos.

Puedo comprender al hermano mayor porque a mí me pasa algo parecido en las crisis. Nunca he comprendido las razones que me llevan a dejar de comer, cuando soy un hombre que disfruta tanto de la comida. Ahora mirando este hecho con la perspectiva que me da conocer la historia del hermano mayor, atisbo que cuando estoy muy mal, cuando la vida deja de tener sentido, todo deja de interesarme. Comer…para qué, si quiero morir. Moverme, hacer cosas.. para qué si nada de lo que haga tiene el menor sentido. Ahora entiendo también, un poco, las razones que me impulsan a no hablar con nadie, a quedarme muy quieto, encamado, o tumbado en cualquier parte, dejando que pase el tiempo. Me ha resultado muy curioso darme cuenta de que el hermano mayor y yo nos parecemos mucho en este aspecto. Creo que esta patología que podemos observar en muchos depresivos, en muchos enfermos mentales, tiene una clara razón de ser: si la vida deja de interesarte, si quieres morir, no tiene sentido comer, hablar, relacionarte. ¿Para qué?

En mi caso se produce una intensificación tal de la libido que si tuviera una saneada cuenta corriente es fácil que me fuera de putas y me pasara semanas entre ellas, tal vez no como hace el bipolar de mis relatos del otro lado, buscando solo la compañía y la charla, sino desahogándome sexualmente hasta donde lo permitiera la naturaleza. Claro que mi caso es excepcional porque no tomo medicación y mi sexualidad funciona con toda normalidad, no como te ocurre cuando estás hasta el moño de pastillas. Debe ser como el famoso bromuro que les daban a los soldados en los cuarteles cuando aún existía la “mili” obligatoria. He observado en mi trato con otros enfermos mentales, tanto dentro de los psiquiátricos como fuera, que aunque la mayoría son extremadamente discretos y no hablan del tema, en alguna ocasión he logrado sacarles que les ocurre tres cuartos de lo mismo. Como ya he dicho, el hecho de que la medicación atrofie tus órganos sexuales, no significa que tu fantasía se atrofie igualmente. El enfermo mental tiende a la promiscuidad durante las crisis. En la mayoría no se manifiesta porque están demasiado medicados o porque sus inhibiciones culturales o religiosas les hacen preferir guardar en secreto este fenómeno en lugar de buscar una forma de desahogar su sexualidad.

Si durante las crisis no comes, no hablas, no te relacionas, te marginas, te encamas, y si al mismo tiempo tu libido se exalta, la explosión tiende a la agresividad, contra los demás o contra ti mismo. El intento de suicidio no deja de ser una especie de pantano rebosante en el que el agua sale por donde puede o por donde la dejan. Por suerte yo soy escritor y suelo aprovechar las crisis o las resacas de las crisis para escribir relatos eróticos, muy delirantes y muy intensos. De cada una de mis crisis han salido relatos eróticos y surrealistas que luego hasta me da hasta miedo leer. De hecho muchos de ellos permanecen inéditos porque soy consciente de que en realidad son muy patológicos.

Es difícil que nos comprendan quienes no sienten un especial placer en la comida o que llevan una sexualidad normal, o que se relacionan y hablan con otras personas con normalidad. Como resulta difícil comprender la vida de un monje de clausura, encerrado en su celda, meditando, aislado del mundanal ruido. Los enfermos mentales de algún modo somos monjes de clausura, solo que no rezamos, no meditamos, no tenemos una meta religiosa, simplemente estamos encerrados, peleando con nuestra mente que es una cabra loca que siempre tirará al monte y al abismo. De ahí mi insistencia en mis clases para que todo enfermo busque hablar con alguien cuando esté en crisis, que no se aísle. De ahí mi interés en formar un grupo de autoayuda para enfermos mentales. Yo soy el primero que no lo hace, me cuesta Dios y ayuda llamar a alguien cuando estoy mal, incluso cuando tenía seres queridos no era capaz de hablar con ellos.

Ahora imaginemos a dos mil enfermos en un patio, algunos de ellos sin medicación, porque la han tirado. Imaginemos cómo se agrupan por afinidades. Seamos conscientes de que al otro lado, en otro edificio hay dos mil mujeres. Los que no toman la medicación y están en crisis tienen la sexualidad despierta y si no pueden desahogarse, la agresividad, la violencia se apoderará de ellos. Es curioso pero siempre he pensado que una persona que tiene una sexualidad satisfactoria es muy difícil que sea agresiva, malhumorada. Ya he dicho en otra parte que creo que la sexualidad debería ser recetada en las farmacias, y no solo a los enfermos mentales, a todo el mundo. Las prostitutas que siguen a los ejércitos son algo tan histórico como comprensible. A este respecto recuerdo la novela de Vargas Llosa, Pantaleón y las visitadoras. Es difícil mantener la armonía de un ejército si los soldados no pueden desfogarse de vez en cuando con una prostituta. Pues bien, aquel era un ejército de enfermos mentales, y el sexo era algo absolutamente impensable. También recuerdo la famosa escena de la película Alguien voló sobre el nido del cuco, cuando Nicholson consigue traer a una prostituta para que el pobre enfermo tartamudo se desahogue. Los espectadores somos conscientes de que si el pobre hombre tuviera una sexualidad normal su tartamudeo casi desaparecería. Y sin embargo la enfermera-sargento, maravillosamente encarnada por Ellen Bartstyn, está convencida de que “semejante experiencia” le volvería completamente loco.

Resulta curioso que todo el mundo piense que el enfermo mental necesita medicación para controlar su enfermedad, un trabajo para que su autoestima le permita creerse útil a la sociedad, relacionarse para que el aislamiento no le lleve a fantasear con ideas negras, y sin embargo nadie piensa en el sexo. Esta sociedad es tan hipócrita respecto al sexo que dan ganas de vomitar. Entiendo, siguiendo la teoría de la vinculación de Milarepa, que el sexo sea algo tan vinculante que la gente se lo piense dos veces antes de tener relaciones sexuales con cualquiera. Tras una relación sexual dos personas no son las mismas, el vínculo se ha establecido y siempre hay un antes y un después. Pero aún así estoy convencido de que una sociedad más sana sexualmente, menos hipócrita, con menos represiones sexuales disminuiría el número de enfermos mentales. Yo mismo soy consciente de que en mi Diario de un enfermo mental el sexo rezuma en cada palabra. Si estoy sufriendo una terrible crisis busco el sexo porque sé que es lo único que me equilibrará. Por desgracia durante mis crisis nunca tuve esa posibilidad. Es perfectamente comprensible que tu pareja huya de una relación íntima cuando estás tan mal, sin embargo tal vez sea lo único que pueda hacer por ti.

La visión pacata de nuestra sociedad respecto al sexo, esa perspectiva pecaminosa, sucia, repugnante, impide que una de las facetas más equilibrantes del ser humano no pueda ser utilizada nunca, ni con los sanos ni con los enfermos mentales. Parece como si la visión cristiana del sexo como procreación hubiera calado tan profundamente entre nosotros que si tienes sexo fuera del matrimonio o de la pareja, y solo para el placer, o como muestra de amor, estuvieras cometiendo un pecado gravísimo que tendrás que pagar. Es curioso que ahora, sumergido en la búsqueda del sexo, encuentre en las páginas de contactos, el lugar más impensable, tanta gazmoñería y tanta represión que realmente estoy asustado. Si nuestra sociedad realmente es así, que Dios nos pille confesados. Creo que el escaparate del sexo es una engañifa, en realidad hay tantas personas que temen al sexo y que buscan justificarlo con el amor, el romanticismo, el idealismo, que uno acaba tirando la toalla. Es como si te dijeran: o encuentras a tu media naranja, o buscas que yo sea tu media naranja, o no tendrás sexo, despídete.

Dos mil hombres encerrados en un patio, dos mil mujeres al otro lado del muro. Enfermos que no toman la medicación. Bautista no supo darme una razón para lo sucedido a su primo. Creo que de alguna manera elucubrar sobre eso le hace daño. Yo no puedo quitarme de la cabeza una posibilidad: su primo era joven, tendría unos veintipocos años, era un rebelde, se hacía el mudo, no se relacionaba, otros enfermos podían sentirse provocados, algunos de ellos eran psicóticos y otros tenían la sexualidad en carne viva. La posibilidad de que pudiera haber sufrido una agresión sexual y al negarse fuera castrado no se me va de la cabeza. Es cierto que un delirio violento contra un enfermo que no quiere saber nada de los otros pudo generar una violencia bestial. Pero a mí no se me va de la cabeza esa posibilidad. Es cierto que en mis estancias en psiquiátricos he presenciado muy pocas escenas relacionadas con el sexo. Fueron muy pocas y ridículas, casi esperpénticas, pero no podemos olvidarnos de Eros cuando Thanatos está tan presente.

No puedo despedir así a Ciempozuelos, algo me impulsa a imaginar cómo debió de ser la vida allí, un lugar al que bien pude haber ido a parar. En otro capítulo hablaremos de la reforma psiquiátrica, del cambio en la visión del enfermo mental, de aquel movimiento que llevaría a tantos enfermos a la calle, vaciando psiquiátricos y llenando las ciudades de nuevos vagabundos. Como sucede siempre, se hace una reforma, pero no hay dinero para implementar los cambios necesarios para que quienes antes estaban hacinados en psiquiátricos ahora tengan la posibilidad de acudir a centros especializados o pisos tutelados. Es una vergüenza tener a los enfermos mentales masificados en lugares como Ciempozuelos, pues bien abramos las puertas y que salgan en manada. Lo que suceda después no nos incumbe. La hipocresía de esta sociedad me vuelve a hacer pensar en la prisión federal galáctica, de verdad, el planeta Tierra debe ser algo parecido, sino es inexplicable que sucedan estas cosas.

http://www.cienciatk.csic.es/Videos/EXCURSION+ESCOLAR+CON+EL+DR+MAESTRE+AL+MANICOMIO+DE+CIEMPOZUELOS,+1915_24963.html

Continuará

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