DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XIV

27 03 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XIV

LA RECAPITULACIÓN

Esta vez sí, me toca recapitular. ¡Qué duro ha sido! Menos mal que se ha prolongado en el tiempo y la he destilado con cuentagotas, salvo momentos terribles en los que el recuerdo se ha apoderado de mí y no he sido capaz de bloquearlos. Ayudado por mis agendas autobiográficas he repasado lo que ha sido mi vida hasta este momento, preguntándome qué es lo que me ha traído hasta aquí y por que. Mis agendas alfabéticas han sido de gran ayuda. ¡Hay tantos recuerdos! Parece mentira que una vida fugaz, como es la de todo ser humano sobre este valle de lágrimas, dé para tanto.

Un recuerdo me ha perseguido con saña. Ya lo he contado en las historias de Bautista. Se trata de ese episodio de mi infancia en el que unos niños-matones me arrebataron las canicas que me regalara mi padre. Es curioso que mi padre haya sido parte de esta recapitulación porque todos sus recuerdos estaban bloqueados, como si le echara la culpa de haber heredado su carácter colérico. Es como una extraña y sorprendente reconciliación. El fue como fue porque así era él y así era su karma. No puedo cometer la idiotez de achacarle parte de mis descalabros en la vida. Curiosamente ese recuerdo de infancia me ha dicho mucho más de lo que imaginaba que podría decirme. La pérdida de las canicas me afectó mucho porque eran regalo de mi padre, dejando de lado su valor intrínseco y su belleza, que para un niño la tenían. Fue el detalle cariñoso de mi padre lo que me sulfuró y me hizo montar en cólera. Aquellos niños cabritos no podían privarme de uno de los escasos detalles afectuosos de mi padre.

La cólera fue brutal, terrible, no soporto la injusticia, me ha pasado desde siempre. Pero esa cólera tan espantosa en un niño me indica que la traigo de otras vidas. No es de extrañar si realmente tuve tantas muertes violentas como me dan a entender mis sueños. Las consecuencias de aquel estallido son las que más me han hecho reflexionar en la recapitulación. Es como si a tan tierna edad hubiera sido ya consciente de que cualquier pérdida de control acarreaba consecuencias que no me podía permitir, no me compensaban. Eso me llevó a evitar situaciones que sabía iba a desencadenar la cólera y arrebatarme el control. Ahí está la raíz de mi fobia social, una raíz superficial, porque la profunda está en otras vidas, pero una raíz muy importante. Es lo que he estado haciendo a lo largo de mi vida y lo que esta recapitulación ha puesto de manifiesto. He renunciado a la expresión de mis emociones y sentimientos porque eso siempre me creaba problemas debido a mi temperamento colérico. Me he humillado, he mentido y he manipulado para evitar verme involucrado en estas situaciones. El precio que he pagado por ello ha sido muy alto toda la vida, pero me ha compensado, al menos eso pensaba, de otras posibles consecuencias de mi cólera.

El otro episodio importante recapitulado fue mi primer contacto con la religión en la catequesis y la primera comunión. De alguna manera comencé a ver a Dios como el gran premiador y castigador. Por eso le rezaba, para que no me castigara por mis muchos pecados y para que me librara de los peligros de la vida y me premiara de vez en cuando con algún caramelillo. Esta actitud me hizo echarle a Él la culpa de mis desgracias en la vida. Por muy malo que hubiera sido siempre había rezado lo suficiente y su bondad debería protegerme de la maldad ajena. Luego encontraría el budismo, la reencarnación y el karma y la mentalidad fue cambiando poco a poco hasta conseguir hacerme un guerrero impecable, entonces todo se transformó.

La pérdida de confianza en el ser humano también fue muy importante, y la situaría en aquella cabalgata de Reyes magos en la que descubrí que Baltasar era un vecino, al que le habían pintado la cara con betún que se le iba escurriendo. Es un episodio cómico, pero para un niño de siete años fue un descubrimiento trágico, el desmoronamiento de la confianza en los adultos, mentirosos, mezquinos, miserables, y también en los demás niños, corrompidos por los adultos. Esa pérdida de confianza ha llegado a ser casi total cuando vi cómo reaccionaban los otros a mi enfermedad mental. No espero nada de nadie y procuro estar lejos cuando pienso que me van a hacer daño. Esa podría ser la filosofía elemental de mi desconfianza. Ahora con la ruptura sentimental y con la pérdida de una hija esa filosofía ha dado un paso más: no te fíes ni de tus seres queridos, nada es para siempre y aunque fueras perfecto y mantuvieras una conducta intachable, los demás son libres y a menudo tan imperfectos como tú o más. No me queda ni un ápice de confianza en el ser humano, me mantengo porque el guerrero impecable no piensa en esas cosas, se limita a hacer lo que tiene que hacer.
Mi etapa como estudiante en un colegio religioso y mi abandono de aquella supuesta vocación sacerdotal me marcó, colocando trampas en mi subconscientes que nunca he podido eliminar del todo. Aquella represión religiosa y sexual me impidió adaptarme a la vida y a la sociedad y convirtió mi deambular vital en una lucha permanente. No puedo decir que si aquel momento culminante en la escuela, cuando levanté el dedo y me fui al colegio religioso, no se hubiera producido mi vida hubiera sido más feliz y normal. Me esperaba el duro trabajo de minero, en las entrañas de la tierra, con un físico que era una verdadera pena. Tal vez hubiera muerto antes y sufrido tanto físicamente como luego sufriría moralmente.

Pero fue mi condición de enfermo mental la que me ha marcado de forma indeleble. Se manifestó a los 19 años, con aquel intento de suicidio tan terrible, cuando un verano, asfixiado de calor y por el ataque de asma, sin trabajo, sin futuro y con una relación muy mala con mis padres, me tiré por la ventana de mi cuarto, en un tercer piso. Finalmente lo hice de pie y no de cabeza, como había pensado. Aquello supuso la ruptura de varias vértebras en la columna, un tobillo, casi me tienen que quitar un riñón, un coágulo de sangre en el vientre y como consecuencia, la cojera en el pie derecho que me ha acompañado toda mi vida y la debilidad en la columna que me molesta mucho en ciertas etapas de sobrepeso.

Aquel primer intento de suicidio me arrojó de lleno a la enfermedad mental, comenzando el calvario que nunca me abandonará. Estancias en psiquiátricos, tratamientos terribles, medicación, trato con otros enfermos, un rosario de psiquiatras, a cada cual más inútil. Pero lo peor de todo fue la incomprensión de los seres queridos y ese sentimiento de culpa del que uno nunca se desprende. Ese señalar con el dedo, ese llamarte loco, esos susurros a tus espaldas, esas caras compungidas que dan risa, esa hipocresía repugnante, ese nunca poder fiarte de lo que te están diciendo, porque mienten más que bellacos y luego te acusarán a ti de mentir y manipular. Ese esconderse en las cloacas, como una rata asustada.

La recapitulación de mi vida como enfermo mental ha sido espantosa, especialmente los intentos de suicidio. Pero era necesaria. Estoy donde estoy y he llegado hasta aquí porque tengo un pasado. Quienes pretenden que olvides porque de esa forma no tendrás crisis cometen un grave error y tus seres queridos, siempre preocupados porque no tengas pasado te hacen mucho daño. Es imprescindible recapitular, ya se lo dice don Juan a Castaneda, no se hace un guerrero impecable sin antes haber recapitulado.

Y mi vida sentimental, mi vida de pareja, mi vida familiar…ha sido una recapitulación infernal. Ellos no merecían sufrir tanto, yo no merecía sufrir así. ¿Fue un error por mi parte intentar ser una persona normal, amar y ser amado, tener una familia? Yo creo que no. Nunca engañé sobre lo que era y ya entonces asumí uno de los principios básicos de mi filosofía vital: LA MAYOR MUESTRA DE AMOR QUE PUEDES DARLE A UN SER QUERIDO ES RESPETAR SU LIBERTAD. El intentar hacerlo con ellos me ha causado muchos problemas e incomprensión, parece como que sino fuerzas a tus seres queridos a seguir el supuesto camino bueno en la vida, que tú conoces tan bien, es que no les quieres nada. Porque el que bien te quiere te hará llorar, como dice ese refrán tan retorcido. El permitir que ellos no respetaran mi libertad porque sabían muy bien qué debería hacer y qué no, porque un enfermo mental es siempre incapaz de tomar decisiones, fue mi mayor error en la vida. Es cierto que si hubiera exigido ese respeto y me hubiera impuesto, tal vez ahora estaría muerto. Pero me pregunto si no estaría mejor muerto que vivo y solo. No aceptan el respeto a tu libertad y si yo fuera consecuente con mi filosofía de la vida no permitiría que nadie me tratara así, y entonces… entonces llegaría a donde estoy ahora. Solo, siempre solo, absolutamente solo.

A pesar de ello, de todos mis temores, de que el instinto de supervivencia se impusiera tantas veces, aún tuve voluntad para romper con mi familia. Me costó, fue algo muy retorcido, pero lo hice. Me quedé sin madre, sin hermanos, sin primos, tíos y demás familia. También me fui quedando sin amigos, uno tras otro, a lo largo de mi enfermedad mental. No soy capaz de aceptar esa coacción vestida de supuesta generosidad. Nunca he podido cambiar mi forma de pensar y no creo que vaya a hacerlo ahora. Como yo suelo decir: si Dios, bondad infinita, omnipotencia absoluta, nos ha dejado en libertad, quiénes somos los humanos para enmendarle la plana y sojuzgar a nuestros seres queridos con la disculpa de que les queremos mucho. Para quienes no crean en Dios, que apliquen el principio evangélico universal y tan básico que no puede haber otro más, “no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”. Que piensen ellos cómo se sentirían si con la disculpa de que les quieren mucho, les ataran de pies y manos y les obligaran a seguirles como perritos falderos.
En mi vida de pareja y familiar cometí el error de no defender ese principio con entereza y valentía. Nada de que porque me quieran mucho tenga que renunciar a mi personalidad y a mi filosofía de la vida. Cesión tras cesión terminé no siendo yo, solo un hombre preocupado porque su esposa no se separara de él y sus hijos no le vieran como un monstruo. Me he pasado la vida preocupado por pasar desapercibido, por ser discreto, porque los demás no sepan… y de esta manera pueda vivir en sociedad como un normal. Día tras día mi única preocupación era la de sobrevivir, no suicidarme, mantener a cualquier precio una relación de pareja, una vida familiar, me olvidé de vivir, como dice la canción de Julio Iglesias. Siempre supe que era un gran error ocultar mi enfermedad, siempre quise dar la cara y asumir las consecuencias, porque no serían peores que la vida que llevé. Entonces eran otros tiempos y hoy puede que resulte más fácil, pero debí haber hecho lo que estoy haciendo ahora. Soy un enfermo mental, con todas las consecuencias, no me avergüenzo de ello porque no escogí ser un enfermo, quiero que se nos quiera y considero que la única forma de conseguirlo es que los demás nos conozcan. El lema de mi campaña, conociendo y queriendo al enfermo mental es “NO SE PUEDE AMAR LO QUE NO SE CONOCE”.

Pero aún queda lo más duro de la recapitulación: Seguir el camino de pareja durante veinticinco años hasta el momento de la ruptura y ver cada paso como el que me trajo hasta aquí, uno tras otro y otro tras uno. Que ya no te quede nada, ni amor, porque es imposible, ni siquiera amistad, porque la amistad es casi un milagro tras una ruptura sentimental, ni simple cortesía, porque ya no hay nada, absolutamente nada. Que ya no tengas hija porque la sangre no es nada sino hay afecto y aquel sueño fue terrible, drástico y sin contemplaciones, nada, no iba a quedar nada, absolutamente nada. El que Sara no me haya felicitado el día del padre es simplemente la consecuencia de una decisión irreversible. Ella no puede hacer otra cosa y yo nunca abdicaré de mi filosofía vital -la mayor muestra de amor por un ser querido es respetar su libertad- aunque me costara la vida. Es un camino sin retorno.

Mi agradecimiento hacia ellas será eterno y mi deuda impagable, pero lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Solo mi filosofía del guerrero me permite afrontar una situación que en otro momento de mi vida me hubiera conducido a un serio intento de suicidio. No renuncio al pasado, ni al amor ni a la esperanza, pero solo mi filosofía budista de la vida me permite asumir lo ocurrido dentro de un contexto espiritual. Nada se pierde para siempre, y como dice Milarepa en su ceremonia del amor eterno: Quien amó una vez en el tiempo amó para la Eternidad.

Y aún hay algo más duro: asumir tus errores, aceptar tus debilidades, aprender tus lecciones. Las mías son muy duras y aún me harán sufrir mucho:

-Mi temperamento colérico nació conmigo, viene de vidas pasadas. Las circunstancias de la vida y mi enfermedad mental me han impedido llevarlo con naturalidad. Si es cierto que las muertes violentas han sido una constante en mis vidas pasadas, aún me va a quedar mucho por purgar. Debería trabajar por recordar, sin miedo, con valentía, porque tengo derecho a recordar lo que fui y porque sin recordar no voy a poder superar esto. Una muerte violenta como mongol, me cortaron la cabeza. Una muerte violenta como árabe, fui descuartizado. Una muerte violenta como soldado en el Oeste americano. Una muerte violenta como soldado en la primera guerra mundial. Una muerte violenta como soldado en la segunda guerra mundial. Ordené la muerte de otro como inquisidor en tiempos de Felipe II o aledaños. Tal vez fuera prostituto o gigoló en tiempos del imperio romano. Tal vez fuera cátaro en la Edad Media y me traicionara mi gran amor. Tal vez fuera rosacruz en otros tiempos. Debí ser soldado y sufrir muertes violentas, prostituto y amar la lujuria y el desenfreno. Debí ser un buscador de la verdad, un hombre de conocimiento, un cátaro, un rosacruz, un templario, un esoterista, y sería muy fácil que también tuviera muertes violentas, tal vez me quemaran. Apenas conozco mis vidas orientales. Debí de estar con Milarepa en algún momento. Me cortaron la cabeza como guerrero mongol, pero debí de ser chino y tal vez un cortesano. Me atrae mucho la cultura china, y la japonesa, algo hice en japón.

-El sexo y la lujuria no son exclusivamente consecuencias de mi enfermedad mental. Ella las exacerba en las crisis, pero vienen de vidas pasadas. Tal vez mi vida como prostituto me marcó. Es como si nunca hubiera podido resistirme al encanto femenino, amantes, esposas, clientas… ¿Fui mujer en alguna ocasión? No lo recuerdo. Hay algo femenino en mi temperamento, pero eso es normal porque todos somos mitad femeninos y mitad masculinos hasta que se produzca el andrógino, del que habla el yoga tántrico. ¿Fui homosexual en alguna ocasión? No lo recuerdo. Por ciertas reacciones al ver cómo eran tratados algunos homosexuales en mi infancia yo no lo descartaría. No creo que fuera nunca un pervertido ni un delincuente sexual, pero el sexo es algo a superar. No digo que renunciar, hacerme monje, pero sí conseguir que ocupe su lugar, ni por encima ni por debajo de otros.

-La soberbia. Esa seguridad en mi mismo como intelectual. Ese sabiondillo que antes se cortaría una mano que renunciar a la lucidez mental. Tal vez provenga de mi etapa esoterista. Tal vez fuera un sabio oculto, un estudioso en la sombra, odio esconderme en las cloacas. Puede que la soberbia me pueda, pero no olvido la frase evangélica: “No se pone una vela bajo un celemín, sino sobre un candelabro, para que ilumine a todos los que están en la casa”.

-No creo que el dinero me importara gran cosa nunca, ni en vidas pasadas. Pero sí debí de ser un hedonista. Me gusta la comida, la bebida, los pequeños vicios como el tabaco. Me gusta vivir bien, disfrutar a tope de la vida, pero nunca debí de ser millonario, aunque tampoco un paria, un desheredado, al menos no con frecuencia. Como enfermo mental aún sigo convencido de que apenas he disfrutado de la vida, poco del sexo, algo más de la comida, muy poco de las relaciones sociales… No tengo vicios que me aten, salvo el sexo, si así se le considerara.

De mi pasado cambiaría:

-El miedo a la muerte, el miedo a que los demás me hagan sufrir, el miedo a que los demás me señalen con el dedo y me llamen loco, el miedo a decir la verdad y sufrir las consecuencias, el miedo a perder el amor de los seres queridos, el miedo a defender mi filosofía de la vida, el miedo a arriesgarme en aventuras vitales…

-El instinto exacerbado de supervivencia que me ha llevado a mentir, manipular y a fugarme de cualquier situación que pudiera generar un enfrentamiento con otros, especialmente con los seres queridos.

-El no defender mi territorio, mi parcela de poder, mi personalidad, mis ideas, mi filosofía de la vida. El ceder más de la cuenta, a pesar de que los demás, especialmente los seres queridos, piensen lo contrario. No tengo dudas y no tengo por qué avergonzarme de no tenerlas. Las dudas de los demás son suyas, no mías, puedo respetarlas, quererles, ayudarles, pero son suyas no mías, es algo en lo que debí ser más fuerte.

-La sinceridad es mi terreno y todo guerrero impecable debe librar sus batallas en su propio terreno y no en el de sus enemigos. Debí ser más sincero, aún más de lo que fui. Siempre sincero. No importan las consecuencias, no importa el instinto de supervivencia, es mejor vivir con tu propia cara que con caretas. Como se dice en el curso de milagros, la mentira es la enfermedad, la mentira es la no realidad. Solo la verdad es salud, es real, es Dios. La verdad os hará libres dice el evangelio y don Juan le dice a Castaneda que la única meta del guerrero impecable es ser libre.

-La idea equivocada, terrible, judeo-cristiana de que el sufrimiento redime y hay que buscarlo para redimir. Dios es la felicidad suprema y en el evangelio se dice “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Eso implica ser felices como él, la búsqueda de la felicidad no es un pecado, es una meta divina. Busqué el sufrimiento y acepté el sufrimiento como falsa herramienta para purgar mis pecados y hacerme perdonar mis errores. Nunca debí renunciar a la felicidad y ahora aún estoy a tiempo de buscarla, cada día y a cada momento.

LO OCURRIDO HASTA HOY 22 DE MARZO DEL 2015 / 12,55 HORAS

Debo recapitular rápidamente lo ocurrido desde mi vuelta de Granada. Debo ponerme al día. Algún momento descontrolado en el trabajo. Una constante búsqueda de sexo a través de la estrategia número 2, que ya no tengo por qué ocultar que se trata de las páginas de contactos en Internet. ¿Por qué lo oculté antes? Aún no había asumido que estoy solo y en un nuevo camino en la vida. Un rotundo fracaso, un desastre, una tomadura de pelo. Una experiencia interesante sobre el supuesto conocimiento de la psicología femenina. Material de primera para relatos humorísticos. Si esto sigue así pasaré de inmediato a la estrategia número 3, la búsqueda de una prostituta que me guste y lo más barata posible, me haría cliente habitual y en mi presupuesto mensual habría que hacer sitio a estos gastos. La estrategia número 1, que ya no tengo que ocultar que es la búsqueda de una nueva relación sentimental, estuvo hibernada, la resucité un poco y luego la enterré. Tal vez tres o cuatro posibilidades muy trabajadas, todas mujeres extranjeras, se han ido hundiendo como el Titanic, contra icebergs mandados por el destino o tal vez simplemente fui engañado de una forma muy sutil y exquisita. Algo muy trabajado, desde el punto de vista humano, psicológico y como escritor con dotes excepcionales para estas cosas (no tengo abuela, así que me beso porque quiero). Una chica rusa de 27 años. Era la número 1, en base tal vez a falsas intuiciones o premoniciones o sueños que me llevaron a pensar que era el milagro esperado, que la había buscado en sueños, que era una amante de una vida anterior. Los obstáculos fueron insalvables, o tal vez fue un timo exquisitamente urdido. Una norteamericana de 50 años, alto estatus, directa, buscando una respuesta clara, tal vez fuerzas ocultas lo desbarataran o también fue un timo sutil y muy raro, rarito donde los haya. Una chica francesa de unos treintaytantos. Claramente un timo, aunque me gustó jugar con ella, pensando que si no le das oportunidad al milagro, éste nunca sucede. Tal vez, tal vez, todo lo que me dijo fuera real, aunque es difícil de creer, no se lo creería ni su propio padre. Otra chica francesa, de unos 30 años, un bombón, pero de un romanticismo y una ingenuidad increíbles en estos tiempos. Burguesa, con negocio propio. Un buen partido si yo buscara solo el dinero y sexo con una “tía buena”. Fui claro, fui directo, la habría visitado en Niza sin problemas, solo con que me dijera sí. Me hubiera arriesgado. No volví a tener noticias cuando se lo propuse.

Aún queda una posibilidad, o tal vez dos, si juego bien mis cartas. En realidad lo único que quiero es una cita, conocerlas en persona, mirarnos a los ojos y decidir darnos tiempo, intentar una relación a distancia, bueno algo, algo que no sea una foto en Internet y un perfil que puede ser falso. Creo que ya me he cansado de este juego idiota. Una vez esta oportunidad tenga una conclusión, antes o después, más bien antes, decidiré que soy un idiota y me buscaré una prostituta, me haré cliente fijo y aceptaré que así es nuestra sociedad, hipócrita hasta el tuétano, reprimida, estúpida y tan ñoña que yo en mis tiempos de colegio religioso no lo era más. Ni una sola oportunidad con “producto nacional” como me dice A. que está al tanto de mis tejemanejes porque es un buen amigo y porque ha decidido “cuidarme” para que no cometa una locura, y desde luego que podría cometerla. Jueguecitos estúpidos, el juego del parchís como lo llamo yo, tiro porque me toca y como cuando me da la gana. Juego contigo un poco, luego desaparezco y nunca sabes si todo son perfiles falsos de los administradores de la página, para que sigas pagando, o es que las mujeres de este país son tan reprimidas y ñoñas que dan risa, o es que yo soy tan “madurito” que me he pasado, y el abuelo de las páginas de contactos es una especie de diana para divertirse un poco, o tal vez es que la mujer necesita tanta estabilidad que habría que parar el universo para que se bajara a echarte un polvo. Estabilidad económica, emocional, de todo tipo. Esa es la conclusión a la que he llegado. Nunca se arriesgan, quieren conocerte a fondo antes de darte una cita, incluso las extranjeras te mandan test o exámenes psicotécnicos para conducir, como los llamo yo. Antes de tomar un café contigo te harían seguir por un detective durante un año, si tuvieran dinero y ganas. No se arriesgan y como dice el refrán el que quiera peces que se moje el culo. Yo me arriesgo sin problemas, quiero peces, almejas en concreto y me mojo el culo hasta donde haga falta. No es que me pille de sorpresa, por mis estudios de budismo sé que el dios Shiva, el hombre, es el destructor, el caos, lo que hace que el universo se mueva, sino permanecería congelado en el tiempo. En cambio la diosa Shati es la conservadora, intenta mantener las cosas en su sitio para que esto no sea un perpetuo caos, explosiones de supernovas en todo el universo cada dos segundos. Así pues no es sorprendente que la mujer, incluso en el sexo, sea conservadora y te pida estabilidad. “Serio” es la palabra que más usan las extranjeras, en cambio las nacionales te dicen que quieren “follar” pero imagino que será con otros porque nunca quieren conmigo. Todas quieren conocerte antes, y cuando les dices que eres un libro abierto desaparecen, como si no les interesara la lectura. Y quieren que les cuentes cosas antes de quedar para invitarte a un café, pero no te preguntan nada, y cuando tú les preguntas no te contestan. Y antes de darte su teléfono quieren saber que eres de fiar. En cambio yo se lo doy a todas y ninguna me llama. ¿Para qué me contactan, si han visto mi perfil, y para qué responden a mis intentos de contacto, si esto no va ir ni a la vuelta de la esquina, a comprar pipas?

La imagen que estoy dando de la mujer española es una mierda y seguro que lo que ocurre es que el mierda soy yo. Tal vez otros tengan más suerte o las españolas se comporten de otra forma con ellos, o tal vez es que he escogido mal las páginas de contacto, o tal vez… o tal vez al buscador del destino todo le sale mal porque se ha emperrado en luchar contra él y cortarle los c… como en mi novela, por eso voy siempre en sentido contrario y todo acaba saliendo mal. Eso sí, material para relatos humorísticos tengo por un tubo y lo iré utilizando para gran regocijo de los lectores, porque eso sí, yo reír me he reído poco, porque está en juego mucho para mí. Pero me acabaré riendo, la vida es una tom-tom-tómbola, como decía Marisol, uno de mis mitos eróticos de adolescente.

Al menos ahora sé que no todos los perfiles son falsos. He conocido a D. una chica rumana con la que contacté en una página de estas, más tipo romántico y de buscar pareja que de sexo-sexo. Es real, pude verla y tocarla… poco, porque no hubo sexo. No, aunque estuvo en mi apartamento. Tuve que dormir en el sofá y acabó saliendo casi por piernas. En realidad vino a verme con la condición de que la ayudara con un problema en el habla, debido a un trauma infantil. Nunca hablamos de sexo, pero una vez en mi apartamento… una vez allí… pues yo esperaba que sucediera algo. Quedamos como amigos y ella es ahora una más de mis discípulas, aunque no sé por cuánto tiempo, me da mala espina. Pero lo importante para mí ha sido saber que sí, que son reales, al menos algunas, puede que no todas, o puede que unas pocas, pero tras un perfil en una página de contactos, puede haber una mujer real. ¡Qué alivio!

Sexo, lo que se dice sexo, solo lo he tenido con una prostituta. Brasileña, madurita, muy, muy amable, un cielo de mujer. No he vuelto porque antes quiero agotar la estrategia 1 y 2. Pero de esto hablaré a fondo en próximo capítulo de este diario. ¿Pero aún queda algo de qué hablar? Mucho, queda mucho, y muy divertido. Esto del sexo será muy divertido, pero si Dios hubiera querido que lo viviéramos así, en lugar de hacernos sexuales habría hecho que nos reprodujéramos como las estrellas de mar, que un brazo se despegara del cuerpo y saliera un bebé y luego el brazo se regeneraría y blá-blá y blá. El sexo en esta sociedad es una mierda, tendría que haber una nueva revolución francesa, esta vez sexual, o volver el amor libre de los hippies, o… tal vez es que ya no soy joven y los abuelos al asilo y contar chistes verdes.

He vuelto con el cursillo de yoga mental, aunque las alumnas son cada vez menos, porque ya no me quedan casi alumnos, excepto G. que el pobre no acaba de salir del bache. Asistí el sábado pasado a la asamblea de la asociación y me he comprometido todo lo que puedo y aún más. No sé en qué acabará todo esto, pero para mí ya no hay vuelta a atrás, soy un enfermo mental público y confeso y mi campaña seguirá mientras viva, aunque tenga que hacerla solo.

Se suspendió la kedada que debería haberse celebrado ayer. Lola se ha llevado una gran decepción. Es una pena pero yo no esperaba gran cosa, como le dije, lo difícil de un avión es el despegue, luego, ya en el aire, puede ir a cualquier parte. A los enfermos mentales no nos hacen despegar ni con un cohete en el culo. Somos medrosos, tenemos más miedo que vergüenza. Salimos disparados a escondernos como ratas cuando se hunde el barco y nuestro barco se está hundiendo siempre, todos los días y a todas las horas. Nos da miedo que nos señalen con el dedo, que nos vean en público, que nos llamen locos, tener problemas en el trabajo, si tenemos trabajo, tenemos miedo a que nos vean juntos, a hablar en voz alta, a hacer kedadas, a conocernos entre nosotros. ¿A que no tenemos miedo? Bueno, que ninguno se ofenda, estoy generalizando, cada enfermo es un mundo, como cada persona es un mundo. Y yo también tuve miedo, pánico, terror, y lo sigo teniendo. Solo que yo ahora no tengo na que perder y me importa una mierda lo que me pase. Mi caso es totalmente excepcional. Mi máximo respeto a mis hermanos y ya habrá otra kedada y lo pasaremos bien, seguro que sí.

Bueno, tal vez sea hora de cerrar este capítulo. Ya casi me he puesto al día. Y llega la hora de la comida. Por cierto que una empresa alemana, una franquicia, me está surtiendo de comida a domicilio, está bien y no es cara. Vinieron de puerta en puerta y quise probar, pero eso no significa que abdique de mi condición de chef. Bueno, vale, vamos a comer… y la próxima semana…hablaremos del gobierno. ¡Qué buenos eran Tip Coll! Pero nunca hablaban de sexo. ¡Claro que en aquellos tiempos! ¡Y ahora en estos tiempos! Lo dicho.

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