CURSILLO DE YOGA MENTAL 3-11

8 04 2015

CURSILLO DE YOGA MENTAL 3-11

SALUDO BUDISTA

ENTRENANDO EL CUERPO EMOCIONAL

Lo mismo que entrenamos el cuerpo físico y lo cuidamos con esmero, el cuerpo emocional necesita mucho entrenamiento y un cuidado exquisito. Si camináramos con el cuerpo físico desnudo por un terreno lleno de espinos y abrojos, nos heriríamos al menor movimiento, ocasionándonos heridas que por muy livianas que pudieran parecer acabarían por infectarse y hasta grangrenar cualquier parte de nuestro cuerpo.

El cuerpo emocional es aún más delicado, y siempre va desnudo por la vida. No es extraño que cada día, a cada momento, reciba tantas heridas. Lo raro es que no estemos siempre enfermos, y hasta agonizantes. Basta una palabra, un tono de voz, una mirada, un gesto para herirnos, no digamos la agresividad y la violencia, tanto psíquica como física.

Somos muy descuidados con el cuerpo emocional. Cada día nos arrojamos con ese cuerpo desnudo a los abrojos y nos revolcamos sin la menor prudencia. Y luego nos quejamos de estar deprimidos, angustiados, hastiados de la vida, sin fuerzas, prestos a montar en “santas cóleras”, a echar la culpa a los demás de todo lo que nos pasa. Buscamos el enfrentamiento en nuestras relaciones interpersonales, aceptamos todas las luchas de poder que nos plantean y encima decidimos librarlas en el terreno de los demás. Nos olvidamos de la máxima del guerrero impecable: si tienes que librar una batalla con tu enemigo, escoge tu terreno, el momento y el lugar, si aceptas luchar en el terreno del otro, cuando el otro quiere y de la forma que él quiere, luego no te quejes de que siempre salgas derrotado. Constantemente removemos viejas heridas, hundimos en ella el dedo, con fuerza, sin la menor delicadeza y dejamos que las heridas sangren, dejamos que la hemorragia nos deje sin fuerzas, que las heridas se infecten. Si tratáramos al cuerpo físico como tratamos al cuerpo emocional no duraríamos ni dos días. ¿Creemos que porque el cuerpo emocional es invisible y energético no sufre, nos va a durar para siempre, aunque lo tratemos a patadas? ¡Qué equivocamos estamos y cuánto vamos a sufrir por tratar a una parte importante de nosotros como si no nos importara lo más mínimo, como si fuera basura!

No entrenamos el cuerpo emocional, no lo alimentamos ni lo cuidamos. Al llegar la noche está tan agotado y herido que sin el sueño no podríamos seguir adelante. La vida duraría un suspiro. El sueño es el hospital del cuerpo emocional, entre otras cosas que veremos en otro momento. Allí restañamos nuestras heridas, nos alimentamos del afecto de nuestros seres queridos, nos bebemos su cariño como una pócima milagrosa, descansamos alejados de todo aquello que nos hizo daño durante el día. Pero sería un error confiar de forma absoluta en el sueño. Sería como acercarnos a las urgencias de un hospital y allí pelear con todo el mundo, a ver si alguien nos clava un cuchillo para que luego nos atiendan y vuelta a empezar.


CÓMO ENTRENAR EL CUERO EMOCIONAL

Entrenamos el cuerpo físico haciendo ejercicio, haciendo músculo. Alimentándolo, el cuerpo emocional también tiene músculo que entrenar y alimentar. El afecto es el mejor alimento, el mejor ejercicio para el cuerpo emocional, lo tonifica, lo estira, lo mantiene presto, en forma. La psicología moderna ya admite con naturalidad que todos necesitamos de la caricia, del abrazo, del beso, del contacto físico. Todas estas conductas no son otra cosa que el alimento y el entrenamiento del cuerpo emocional. Una sonrisa es como correr a paso ligero alrededor de un parque. Un ejercicio imprescindible para la salud.

Cada día deberíamos tomarnos unos minutos para estos ejercicios emocionales; una palabra de aliento con una persona a la que vemos sangrando por sus heridas emocionales; una sonrrisa a un desconocido, un beso a nuestros seres queridos, estrechar una mano, escuchar con la mirada atenta y afectiva lo que tienen que decirnos. Es un entrenamiento maravilloso para el cuerpo emocional. Cada día, al llegar la noche, deberíamos recapitular en cómo hemos entrenado el cuerpo emocional. Si no hemos besado o nos han besado, si no nos han abrazado o hemos abrazado o hemos estrechado una mano, o hemos sonreído, es un día perdido para el cuerpo emocional, que no solo no ha entrenado sino que encima ha recibido numerosas heridas que no hemos curado.

Deberíamos dejar de lado esa actitud estúpida del ojo por ojo y diente por diente. Si no nos sonríen no sonreímos, si no nos abrazan no abrazamos… Es como esperar que nuestro cuerpo físico se mantenga en forma viendo el ejercicio que hacen los demás. ¿Por qué vamos a dar la menor muestra de afecto a quien nos hiere? Ojo por ojo. Bien, si somos incapaces de aceptar las leyes del mundo espiritual, al menos seamos suficientemente egoístas, entrenemos el cuerpo emocional. Una sonrisa a quien nos ha zaherído con una palabra, un gesto. Si somos incapaces de hacerlo, de esforzarnos para distender unos músculos, al menos miremos con tranquilidad y afecto. La mirada es directa, no necesita tensar o destensar músculos. Solo hay que desearlo y está hecho.

Entrenemos todos los días, contemos las sonrisas, los abrazos, los besos. Si no ha habido nada es un día perdido. No hemos entrenado y entrenado y nos vamos a la cama con el cuerpo abierto por mil heridas. Los grandes gurús o maestros espirituales conocían bien este secreto, por eso entrenaban manifestando afecto por doquier, hasta el punto que todos a su alrededor quedaban electrizados. El qué dirán desaparece cuando uno sabe que si no entrena duro con el cuerpo emocional la hemorragia constante le hará tan infeliz que cualquier cosa que uno tenga que entregar a cambio para librarse de ella será más que aceptable.

MEDITACIÓN SOBRE EL CUERPO EMOCIONALES
Nos relajamos con la relajación de las muñecas rusas, recorremos nuestro cuerpo físico, sentimos su peso, nos hacemos conscientes de todo él. Ahora nos lo quitamos como si fuera la ropa que llevamos encima. Al hacerlo tenemos la sensación de ascender porque cada cuerpo es más y más ligero, las vibraciones de la materia que lo componen son más y más rápidas. De hecho la sensación de habernos elevado en cuanto nos deprendemos del cuerpo físico es real, lo emos abajo, como si estuviéramos levitando sobre él.

Ascendemos, nos alejamos de toda materia, entramos en el mundo astral. Recordamos que aquí las leyes son distintas así que cambiamos el chip de nuestra mente. Nos ponemos en pie con un impulso, con un deseo hecho voluntad, intento, que diría Castaneda. Ya en pie nos movemos en el aire. Sabemos que no necesitamos andar, miramos y deseamos. Eso es todo.

Observamos un edificio resplandeciente en el horizonte. Miramos, deseamos estar allí y lo estamos. Es un hospital. Sentimos curiosidad. Queremos estar dentro y antes de que nos hayamos dado cuenta estamos dentro. Hemos traspuesto las paredes sin el menor problema. En el mundo astral no hay obstáculos, solo el de nuestra propia mente, el de nuestras emociones, el de nuestros deseos. Vemos filas de camas donde reposan cuerpos astrales, como el nuestro. Vemos a doctores vestidos con túnicas blancas que atienden a los pacientes. Sentimos curiosidad y nos acercamos.

Los pacientes han llegado allí en sueños y los doctores, seres más elevados que han asumido la misión de ayudar están curando las heridas de los cuerpos emocionales. Vemos cómo se desgarra el cuerpo, nos asustan estas heridas. Si nos los viéramos cuando estamos conscientes en nuestros cuerpos físicos, nos asustaríamos. ¡Cuánto descuidamos nuestros cuerpos emocionales! Y luego nos quejamos de las depresiones, la angustia, la desesperación, el hastío de vivir…

Un doctor me mira. Me está viendo. Aquí todos nos podemos ver. No hay obstáculo alguno que lo impida. De pronto estoy viendo con los ojos del doctor, me estoy viendo a mí mismo. Si hubiera estado en el mundo físico habría exhalado un grito espantoso. Mi cuerpo es una verdadera carnicería. Heridas por todas partes, abiertas, una hemorragia por cada herida. Me estoy desangrando materialmente hablando. El doctor me pide que me tumbe en la cama. Voy a caminar hacia ella como si me estuviera muriendo, pero recuerdo que aquí no necesito andar. Miro la cama, deseo estar tumbado en ella, lo decido y ya estoy, boca arriba, mirando al doctor que se aproxima y me examina con meticulosidad. Me mira atentamente a los ojos y percibo su pensamiento. Me está diciendo que abra el ojo y me vea. Me está diciendo que me olvide de los dos ojos de carne. Ahora solo tengo uno, el tercer ojo. Sin saber cómo lo abro y observo pasmado que me estoy mirando desde arriba. Mírate desde dentro. Y lo hago. Veo mis órganos de luz sucios, heridos, sangrantes. Veo todo mi cuerpo que es una pura llaga. No sé cómo lo he hecho, pero me veo desde todas partes a la vez. Me digo que eso es propio de Dios. Y el doctor me responde: en efecto, es el ojo de Dios, solo que el nuestro es finito, muy pobre comparado con el suyo que lo ve todo y desde todas partes, sobre todo desde dentro de cada ser. Aprende a utilizar el ojo de Dios, aprende a servirte de él, es un don que Él nos ha dado.

Me siento agotado, agonizante. Ahora comprendo la causa de las sensaciones que experimento cuando estoy en el cuerpo físico, ese agotamiento crónico, esa tristeza infinita, la depresión constante. Esas cóleras sordas que me arrebatan, esa agresividad, esa violencia. Quiero vivir y ser feliz y me estoy muriendo y soy absolutamente desgraciado. Ahora lo entiendo. El doctor comienza a curarme, con cariño, con sus manos luminosas. Mientras lo hace siento curiosidad y observo con el ojo divino a todos los pacientes que están en la sala. Algunos están aún peor que yo. Me pregunto si estos doctores curarán también a los heridos en la lucha por el poder, por el dinero, por el apego a las cosas materiales, a los asesinos, a los terroristas, a los violadores, a los indeseables y canallas, a los malos, a los malvados. Y escucho la voz del doctor que me responde: el juramento hipocrático, un doctor no se pregunta si quien viene a él desangrándose, agonizante, es la víctima o el verdugo, lo cura. ¿Y el karma? Pregunto. El karma no es nuestra misión, me responde. Si lo fuera tal vez no te estaría curando a ti. Al fin y al cabo estas heridas, la mayoría de ellas te las has producido tú mismo hiriendo a los demás.

Y humildemente pido perdón y doy las gracias, y me prometo ser más cuidadoso. Un intenso sueño se apodera de mí, el sueño profundo, y me dejo llevar… me dejo llevar… me dejo llevar…

Despierto flotando sobre la llanura oscura. Me siento más vital, más ágil, más despierto, más feliz. El peso del cuerpo físico me empuja hacia abajo, siento su llamada. Y desciendo con suavidad. Estoy de nuevo en el mundo físico. Atravieso el techo y de nuevo estoy en esta sala. Levito sobre mi cuerpo y desciendo con mucha delicadeza. Sigo el proceso aprendido. No quiero olvidar esta experiencia, no, la necesito para cambiar mi conducta en el mundo físico. Estoy a un centímetro del cuerpo físico. Primero son mis pies astrales los que toman contacto, luego los tobillos, voy subiendo. Al llegar al ombligo dejo que mi cordón de luz se retraiga y entre por el ombligo en el cuerpo físico. El corazón, con mucho cuidado. Al fin solo me queda la cabeza y comenzando por el puente de la garganta voy hundiendo mi cabeza astral en la cabeza física. Con sumo cuidado, con suma delicadeza. Estamos en nuestros cuerpos físicos. Nos movemos como siempre, nos despertamos, nos ponemos en pie.

Movemos todo el cuerpo, abrimos y cerramos las manos, levantamos las piernas. La energía regresa a nosotros y se distribuye.

Hoy la recapitulación será sobre nuestra semana emocional. Observaremos nuestras heridas y recordaremos cómo nos las hemos producido. Haremos un conteo detallado de los besos, los abrazos, el contacto físico, las sonrisas, las palabras amables. Si no somos capaces de recordar entenderemos la causa de las heridas de nuestro cuerpo emocional. Durante la semana que viene entrenaremos nuestro cuerpo emocional. Durante la Semana Santa aprenderemos el valor del sacrificio por los demás, curar sus cuerpos emocionales es curar también el nuestro. Si ayudamos seremos ayudados, si sonreímos nos sonreirán, si abrazamos nos abrazarán, si besamos nos besarán.

SALUDO BUDISTA

QUE LA PAZ PROFUNDA NOS ACOMPAÑE A TODOS EN EL CAMINO

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