CITAS DE KRISHNAMURTI V

4 05 2015

CITAS KRISHNAMURTI V

MADUREZ

La madurez no es del tiempo, no es una cuestión de edad, ni adviene merced a las influencias y al medio. No puede comprarse, y ni los libros, ni los maestros o los salva­dores, ni el uno ni los muchos pueden jamás crear el clima apro­piado para esta madurez. Ella no es un fin en sí misma; se ori­gina sin que el pensamiento la cultive, sin que se la busque a través de la meditación; adviene oscuramente, secretamente. Tiene que haber madurez, eso que es la sazón de la vida; no la sazón que engendran la enfermedad y el alboroto de la existencia, el dolor y la esperanza. La desesperación y el esfuerzo no pueden traer consigo esta total madurez, pero ella tiene que existir sin que se la busque.

AUSTERIDAD

Pero esta austeridad adviene cuando el cerebro permanece claro, no dañado por ninguna clase de heridas psicológicas causadas por el temor; el conflicto, en cualquiera de sus formas, destruye la sensibilidad del cerebro; la ambición con su crueldad despiadada, con su esfuerzo incesante por llegar, consume las sutiles capacidades del cerebro; la codicia y la envidia hacen que el cerebro se recargue de satisfacciones y rechace molesto las insatisfacciones. Tiene que haber un estado de alerta sin prefe­rencia, una percepción lúcida en la que hayan cesado toda po­sesión y conformismo. El comer en exceso y la complacencia en cualquiera de sus formas embotan el cuerpo y entorpecen el cerebro

IMAGINACIÓN

la imaginación se detiene frente a la realidad; la imagi­nación es peligrosa, carece de validez, sólo el hecho la tiene. La fantasía y la imaginación son placenteras, engañosas y deben ser completamente desterradas. Toda forma de mito, fantasía e imaginación tiene que ser comprendida, y esta misma com­prensión las despoja de su significado.

SENTIMIENTO

La palabra «sentir» es engañosa; sentir es más que la emo­ción, que un sentimiento, que una experiencia, que el tacto o el olfato. Aunque esa palabra pueda confundir, debe ser em­pleada en la comunicación, especialmente cuando hablamos de la esencia. El sentimiento de la esencia no se origina en el cere­bro ni en fantasía alguna; no es experimentable como una sacudida; sobre todo, no es la palabra. Uno no puede experi­mentarlo; para que exista la experiencia debe haber un experi­mentador, el observador. Experimentar sin el experimentador es completamente otra cosa. Es en este «estado», en el cual no hay experimentador ni observador, que existe ese «sentimiento». Este no es intuición que el observador pueda interpretar o seguir ciega o razonablemente; no es el deseo, el anhelo que se transforma en intuición o en «la voz de Dios», evocada por los políticos y los reformadores sociales. Es necesario alejarse muchísimo de todo esto para comprender este sentir, este ver, este escuchar. El «sentir» requiere la austeridad de lo que es límpido y claro, de lo que no contiene en si confusión ni conflicto. El «sentimiento» de la esencia adviene cuando existe la sencillez de seguir algo hasta su mismo fin, sin ninguna desviación, pena, envidia, temor, ambición, etc. Esta sencillez está más allá de las capacidades del intelecto; el intelecto es fragmentario. Esta per­secución de algo hasta su fin es la más alta forma de sencillez; no la vestidura mendicante o el comer una sola vez al día. El «sentimiento» de la esencia es la negación del pensamiento y sus capacidades mecánicas ‑el conocimiento y la razón. La ra­zón y el conocimiento son necesarios en el manejo de los proble­mas mecánicos, y todos los problemas del pensamiento y del sen­timiento son mecánicos. Debe existir esta negación de los mecanismos de la memoria, cuya reacción es el pensamiento. Destruir para llegar hasta el mismo fin; destrucción no de las cosas exteriores sino de las guaridas psicológicas y de las resis­tencias, de los dioses y sus refugios secretos. Sin esto no puede haber viaje dentro de esa profundidad cuya esencia es amor, creación y muerte.

LA MUERTE

. La muerte no es un asunto fortuito; con ella no valen los argumentos. Uno puede discutir permanentemente con la vida, pero eso no es posible con la muerte. Así es ella de final y absoluta.

CREACIÓN

No hay creación si la muerte no barre con todas las cosas que el cerebro ha acumulado para proteger la existencia egocéntrica.

LA MUERTE

Anteriormente, la muerte era una nueva forma de continuidad, la muerte estaba relacionada con la con­tinuidad. Con la muerte llegaba una nueva existencia, una nueva experiencia, un hálito nuevo y una nueva vida. Lo viejo cesaba y nació lo nuevo, y lo nuevo daba entonces lugar a algo más nuevo todavía. La muerte era el medio hacia el nuevo estado hacia la nueva invención, hacia un nuevo modo de vida, un nuevo pensamiento. Era un cambio aterrorizador, pero ese mismo cambio traía una nueva esperanza.

Pero ahora la muerte no trajo nada nuevo ‑un nuevo horizonte, un nuevo hálito. Es la muerte, absoluta y final. Y entonces nada hay, ni pasado ni futuro. Nada. No nace de ello cosa alguna. Pero no hay desesperación ni búsqueda; hay muerte completa, sin tiempo; un asomarse a grandes profundidades que no están allí. La muerte está ahí, sin lo viejo ni lo nuevo. Es la muerte sin sonrisa ni llanto. No es una máscara que cubre, que esconde alguna realidad. La realidad es la muerte y no hay ne­cesidad de esconder cosa alguna. La muerte ha borrado todo y nada ha dejado. Esta nada es la danza de la hoja, es el llamado de aquel niño. Es la nada, y eso es lo que tiene que haber: nada. Lo que continúa es decadencia, la máquina, el hábito, la ambición. Hay corrupción, pero no la hay en la muerte. La muer­te es la nada total. Y tiene que haber la muerte, porque gracias a ella existe la vida, existe el amor. Porque en esta nada esta la creación. Sin la muerte absoluta, no hay creación.

LA MEDITACIÓN

La meditación no es una búsqueda; no consiste en buscar, probar o explorar. Es una explosión y un descubrimiento. No es un domesticar el cerebro para que se amolde, ni es un auto­ análisis introspectivo; ciertamente no es el entrenamiento en la concentración, que incluye preferencias y rechazos. Es algo que llega con naturalidad cuando todas las aseveraciones positivas y negativas y las realizaciones han sido comprendidas y abando­nadas fácilmente. La meditación es el vacío total del cerebro. Lo esencial es el vacío, no lo que hay en el vacío; el ver sólo existe desde el vacío; de él proviene toda virtud, no la mo­ralidad social y la respetabilidad. Es desde este vacío que llega el amor, de otro modo no es amor. Los cimientos de la recta conducta están en este vacío. Él es el principio y fin de todas las cosas.

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