DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XVII

15 05 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XVII

RECAPITULACIÓN

Acabo de cumplir cincuenta y nueve años, divorciado, sin familia, solo… pero soy un guerrero impecable. Recapitulo mi vida para enfrentarme a la danza de la muerte, con plena lucidez, con toda la energía almacenada a lo largo de mi vida, en episodios de mi pasado. No sé cuándo la muerte me agarrará por el hombro izquierdo para llevarme, pero sé que antes me dejará bailar la danza de la muerte. Tal vez me queden diez, veinte, incluso si se produjera un milagro, treinta o cuarenta años de vida. Son muchos años, demasiados, pero nada es seguro, mañana mismo podría ocurrir que la muerte me dijera, vámonos, ahora mismo, en este instante la muerte podría jalarme.

La vida ha sido un soplo y los recuerdos se han ido volatilizando en el aire. ¿Cuánto recuerdo de mi pasado? ¿Un 10%? Tal vez menos. Aún así sé que mis recuerdos están ahí, agazapados, como conejos asustados, esperando que el cazador los atrape, como le enseña Don Juan a Castaneda. He vivido, he caminado, he amado y he odiado. Al día ha seguido la noche ya la noche el día. Mi piel desnuda ha recibido el sol y la lluvia, la luz y la oscuridad. He temido y he arriesgado. El miedo ha sido mi principal enemigo hasta que encontré la senda del guerrero, un guerrero impecable, diamantino, sin dudas, sin remordimientos, sin autocompasión. A la primavera ha seguido el verano, a este el otoño y luego el invierno. Año tras año. Cincuenta y ocho años, cincuenta y ocho cumpleaños, enfrentándome a la muerte y a la vida.

He conocido personas que apenas han dejado huella en mi alma, otros han echado raíces. Todas las raíces están ahora arrancadas. Camino entre las zarzas, denudo, dejando que la sangre de mis heridas vaya regando abrojos y espinos como una fina lluvia persistente. No me importa dónde riego porque toda tierra es fértil, solo las raíces pueden estar podridas. Cada paso me ha llevado hacia delante, el universo no retrocede, al menos hasta el juicio final. Elegí en cada encrucijada el camino que decidí líbremente. Asumí las consecuencias, aprendí las lecciones Podría haber permanecido al calor del rebaño, esperando al carnicero que me condujera al matadero. El calor del rebaño es protector y su calidez puede engañar hasta a las almas más aguerridas. Elegí la soledad del hombre de conocimiento y busqué la verdad hasta en la oscuridad más profunda. La verdad os hará libres, dijo el maestro, y yo quería ser libre, siempre quise ser libre, aún lo deseo. Libre como un águila, volar en el cielo azul durante el día y contemplar las estrellas titilantes durante la noche, con las alas extendidas inmóviles, planear sobre el universo que fue creado para mí. También para mis hermanos, pero cuando lo miro con los ojos muy abiertos es solo para mí.

El camino del guerrero solitario es duro y tiene que librar sus batallas absolutamente solo. No le importa, ni siquiera cuando las fuerzas poderosas le son desfavorables. Hace lo que tiene que hacer, paso a paso, segundo a segundo. Hubo un tiempo en el que yo aún no era un guerrero ni conocía la senda. Cometí errores, tuve miedo, hice lo que no debería haber hecho. Pero ahora no me arrepiento, ni de uno solo de mis pasos, porque soy un guerrero, y ya no miro atrás, solo para recapitular, para que la coraza brille con las piedras preciosas del dolor.

Busqué el placer y huí del dolor. Ahora ya no huyo de nada. Sé que estoy vivo porque aún vislumbro la belleza en el rostro de una mujer, en su cuerpo que camina a mi encuentro. Porque siento el galope de mis entrañas y el deseo ardiente, el fuego que recorre mis venas. Y el niño que fui me mira desde su cunita con los ojos abiertos, buscando la ternura con sus manecitas. Sé que sufrí y sé que fui feliz, pero no lo recuerdo. Anduve a gatas, observando el mundo desde la posición horizontal. Me icé sobre mis endebles piernecitas y comencé a dar mis primeros pasos hacia la ternura. Es el bien más escaso sobre la superficie de este planeta, ni siquiera los diamantes son tan difíciles de encontrar.

Mientras recapitulo puedo ver que no hice otra cosa que buscar la ternura hasta que me transformé en guerrero impecable. Ahora el guerrero ya no busca, ya no busca nada, ya no espera nada, hace lo que tiene que hacer y se enfrenta a la ternura como se enfrenta al dolor, con la impasibilidad de un Buda, con la impecabilidad del guerrero. Los faros de mi consciencia iluminan la carretera de la vida, en plena noche. No voy a parte alguna, no regreso desde el lugar a donde no fui. Las sombras me aguardan a ambos lados, y más allá del frío asfalto solitario. La muerte va sentada atrás, inquieta, con la mano en mi hombro izquierdo. Está más inquieta que yo, no sabe si dejarme ir, intrigada por el camino que sigo, o arrebatarme en la lucha final. No me importa, el guerrero va al volante y sus ojos escudriñan frente a si. Puedo ver sobre la tapia del cementerio en un pueblecito de montaña a la muerte, despatarrada. Tendría unos seis años y me negaba a aceptar que los huesos allí amontonados como reliquias de un afecto perdido fueran todo lo que somos.

Aquel niño no recordaba la muerte de su perrita Tula, como el fiero guerrero tampoco la recuerda ahora. Entonces creía que todos éramos hermanos y los adultos maestros que nunca mentían. Hasta que a un rey mago se le deslizó el betún del rostro a churretones. Entonces supe que me habían engañado y no acepté las disculpas de que todo era por mi bien. Ya nunca aceptaría que todo lo que hacen por mí sea solo por mi bien. Una profunda desconfianza, negra como la noche, enraizó en lo más hondo de mi corazón y me acompañó el resto de mi vida. Si alguien puede mentir a un niño, ¡qué no hará con un adulto! Y cuando me diagnosticaron como enfermo mental supe que solo era una pose, me estaban diciendo simplemente que yo no confiaba en ellos, pero nunca se preguntaron por mis razones. Me señalaron con el dedo por las calles y sus risitas de conejos asustados hacían rechinar mis dientes. Me temían solo porque sabían que yo no confiaba ya en ellos y que nunca lo haría. Me habían herido hasta el fondo del alma, habían intentado engañarme haciéndome creer que la vida era bella y existían los ángeles que nos guardaban a los niños de todo mal, pero yo solo veía demonios a mi alrededor, demonios incapaces del cariño y de la ternura, mentirosos y manipuladores. Fueron buenos maestros para un enfermo mental mentiroso y manipulador. Me enseñaron la estrategia de la supervivencia: miente y manipula y sal corriendo cuando no funciona ninguna de las dos. Quisieron convencerme de que vivía en el mejor de los mundos posibles, de que nuestra sociedad era tan maravillosa que había que defenderla derramando la propia sangre, si era preciso. Cuando lloraba y pataleaba, protestando, me convencían de que todo era culpa mía. Y así me enseñaron a temer al Padre terrible que lo veía todo y lo castigaba todo y a pedir perdón a un hombre, a un adulto, que mentía y engañaba como todos.

Y me sentí culpable cada segundo de mi vida y sufrí remordimientos infernales y confesé mis pecados y nunca encontré la paz. Pero el que busca halla, el que camina encuentra, al que llama se le abre la puerta. Ahora soy un guerrero impecable y recapitulo todo lo que dejé atrás, porque debo estar entero, sin un agujero, sin una gota de sangre de menos, cuando deba de bailar mi última danza con la muerte. Será una danza exquisita y terrible y en ella no faltarán lágrimas ni risas, esperanzas y utopías y la desesperación más profunda. Mientras doy vueltas y vueltas, como un derviche, recuerdo lo que puedo de cada instante de mi vida y lo que aún no puedo recordar brotará antes o después, como una rosa blanca regada con mi sangre. Nada perdí porque no llevaba nada en el zurrón. Me entregaron la vida como un alquiler en precario, en cualquier momento podría ser desahuciado y nunca tendría la ayuda de los de “stop desahucios” porque fui marcado con la marca de Caín, la marca en la frente del enfermo mental, fui estigmatizado y azotado en la plaza pública. Ahora sé que no importa gran cosa. Todos somos inquilinos, todos caminantes que notamos la palma derecha de la muerte sobre nuestro hombro izquierdo. Ya no importa lo que me dijeron o dije, lo que me hicieron o les hice. Solo conservo la esperanza de pesar como una pluma cuando sea pesado en la balanza del dios egipcio, para que la mente poderosa del Águila me permita pasar y ser libre, dejándole a cambio el clon que estoy ahora reconstruyendo. Sí, ese fui yo, quédate con él y déjame pasar entre tu pico, no me retengas, déjame ser libre. Porque lo único que busca un guerrero es la libertad, no retener a los seres queridos ni pasarse la eternidad pidiendo perdón y sintiendo remordimientos y deseando que todo hubiera sido distinto. Todo está bien lo mismo que todo está mal, no importa. Y miro hacia atrás sabiendo que nada de lo que hice ni me hicieron está bien o mal, que para un guerrero lo mismo valen las rosas que las espinas, que puede caminar desnudo o acorazado, entre flores o sobre la arena infernal del desierto. Y el apego no deja de ser una debilidad del aprendiz de guerrero. Porque hasta mi personalidad, identidad, individualidad, no deja de ser un paso más hacia la libertad.

Y volaré como un águila sobre mi vida, observando los caminos que recorrí y los que me esperan, sin miedo y sin esperanza, sin ilusión y sin desesperación, paso a paso, cada momento es una vida y cada vida un momento. No perdí nada porque nunca tuve nada, nada desprecio ni nada aprecio. Hubo momentos para la risa y momentos para el llanto, momentos para el placer y momentos para el dolor, momentos para amar y momentos para odiar. Porque hay un momento para cada cosa y una cosa para cada momento, como dijo el sabio Salomón. Y todo es vanidad de vanidades y todo es vanidad. Y no seré recordado como nadie lo será, porque el enorme pico del Aguila nos absorberá a todos y solo los guerreros que hayan recapitulado tendrán opción a ser libres. Y la libertad es el águila volando sobre el universo, sobre los universos, sin detenerse en un instante porque la libertad es un todo y no está hecha de instantes.

Y bailaré mi última danza con la muerte en el lugar de poder que yo eligiera incluso antes de nacer. Y en esa danza lo daré todo, consciente de que nada fue mío.

Pero antes deberé recapitular, paso a paso, cada instante, cada lágrima, cada beso, cada rabia enquistada y cada pizca de podredumbre. Y cuando lo haga estaré listo para morir.

ACTUALIDAD

Esta tarde tengo una cita con dos preciosas mormonas que me van a enseñar. Y yo me dejaré enseñar porque soy un ignorante. Ahora todos son mis hermanos, mormones y católicos, budistas e islamistas. Porque yo soy todo y soy nada y de nada huyo ni nada busco, ni nada encuentro. Y puedo acudir a una cita con mormonas y no sentir nada especial, ni miedo, ni prudencia, ni dudas ni remordimientos. Y recibiré el afecto que quieran darme y si no quieren darme nada también lo recibiré.

Por fin me siento libre de las estrategias 1 y 2. La estrategia número 3 me dará un sexo paupérrimo y será una carga en mi presupuesto, pero al menos ya no tengo que seguir haciendo el idiota. La erosión emocional ha sido espantosa, no me extraña que ahora me encuentre mal y que la úlcera esté dando guerra y que la primavera traiga sus alergias y esa campanilla hinchada que me dio un “zuto de muete” como dicen los divertidos Gomaespuma cuando al despertar noté un trozo de carne o un ganglio hinchado en mi boca que me impedía respirar y que casi me trago, asustado, y que casi estuve apunto de arrancarme a dentelladas o ir a por un cuchillo para cortarla. Me voy a descomponer en vida, pensé. Pero solo era la campanilla hinchada por la alergia, como me dijo el doctor, a quien no pedí antiestamínicos porque parece que todo quedó en un susto.

He estado a punto de cruzar la línea roja que me marqué para la limpieza, el orden, la logística. Es signo evidente de que he estado muy, pero que muy mal, tal vez aún lo siga estando. Sino fuera por esos detalles que como luces rojas me señalan los puticlubs, tal vez me hubiera hundido sin remedio y sin darme cuenta. No voy a tomar medicación, me niego, me repito una y otra vez, ni me voy a internar. Si tengo que morir moriré como un guerrero impecable.

He visto a Diana, la rumana, seguimos con la terapia. Descarto relaciones sexuales naturales con cualquier mujer, esto es como la historia del lobo y Caperucita, el lobo nunca comerá a Caperucita sin antes haberse casado con ella y los lobos no se casan, menos los solitarios.

Sigo con las historias de Bautista y con el diario, pero no puedo escribir en las novelas, otro signo evidente de que no estoy bien. No tengo planes ni estrategias ni busco otra cosa que descansar y recuperarme.

Seguiré con la recapitulación y el diario seguirá avanzando. Nada digno de reseñar, excepto que las relaciones reales son tan complejas y sin sentido como las virtuales. El buscador del destino ha tomado decisiones que el cabrón del destino aprovecha. No me importa, nada me importa. El guerrero sigue su camino, desnudo, entre flores y zarzas, sin buscar, sin esperar, solo paso a paso.

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