DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO I)

18 05 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

EL GRAN SECRETO DE MI VIDA

Escribo esto en algún momento de mi vida y en algún lugar del corto espacio que he recorrido, paso a paso. Es como una bomba de relojería construida por un muerto para matarse a sí mismo. Todo en esta confesión es surrealista, un sin sentido. Comenzando porque un muerto escriba una confesión. Siguiendo porque esa confesión sea una bomba de relojería para matarse si ya está muerto. Y terminando con que ninguna bomba puede matar a alguien que ya está muerto y un muerto no puede construir nada, ni una bomba para matarse a sí mismo.

Es imposible encontrar el menor sentido en estas palabras. ¿Por qué las escribo entonces? Porque soy un loco y los locos podemos escribir lo que nos de la gana porque nadie nos hará caso. ¿Quién puede hacer caso de un loco? Solo otro loco, pero los locos estamos demasiado ocupados con nuestra propia locura para ocuparnos de las locuras de otros locos. ¿Entonces? ¿Quiero hacer daño a alguien, esto es una mezquina venganza, una manipulación para destrozar vidas, seres queridos, a la mismísima humanidad? ¿Cómo podría hacerlo si ya estoy muerto, y cómo un loco puede hacer daño con la verdad si la verdad la tienen los otros, los que no están locos?

Confieso que en un momento de mi vida deseé tener a mi alcance un botón, que oprimiéndolo pudiera volar el planeta entero. ¡Bum! Una explosión atómica, mil bombas “H”, miles de millones de bombas “H”, una supernova explotando y arrasando todo en un radio de miles de millones de años luz. Entonces, en aquel preciso momento, de haber tenido al alcance de mi dedo índice aquel botón, lo hubiera apretado. No hubieran quedado ni partículas subatómicas de un planeta llamado Tierra. Nadie merecía seguir viviendo, nada merecía seguir existiendo. Fue una especie de blasfemia infinita, acabar con la obra de Dios, puesto que no podía acabar con él. ¿Cómo Dios podía haberme creado, haber creado a los seres humanos, haber creado un universo vacío y solitario, o un universo con seres distanciados unos de otros millones de años luz? ¿Qué sentido tenía todo aquello? En mi rebelión cósmica, blasfema, no solo quise acabar con mi vida, lo que al fin y al cabo era perfectamente natural, sino con las de otros, con todo el universo. Consciente de que todo nos será perdonado, salvo la blasfemia contra el Espíritu Santo, di el paso para que nunca, nunca jamás, ni al final de la Eternidad, pudiera ser perdonado.

Y entonces…entonces ocurrió. Ocurrió mi muerte. Y aquella idea blasfema se esfumó como había llegado a mí, desde algún lugar del universo, emitida por una criatura rebelde, por un Lucifer que deseaba rebelarse contra los designios divinos que nos obligaban a sufrir para alcanzar la bienaventuranza. Y cuando esperaba el juicio, la condena absoluta, la aniquilación infinita, el regreso a la nada… Muero y sigo vivo y no soy aniquilado. Tal vez porque la idea no era mía, ni tampoco la blasfemia, porque solo fui un receptor de radio que captó el pensamiento final de una entidad rebelde, encerrada en una cárcel galáctica, en cuarentena, esperando la sentencia definitiva. Era el último mensaje de Lucifer a todos sus seguidores, a los rebeldes. Y el planeta Tierra era el cubil de la rebelión. Y en él estaba yo, un receptor de radio capaz de recibir cualquier transmisión. Una especie de artilugio roto, enviado con una misión entre los rebeldes y que había perdido completamente el rumbo.

Estaba muerto. Lo supe cuando no pude despegar los párpados para mirar a mi alrededor tras aquella horrísona explosión que me dejó casi completamente sordo. Mi piel estaba ardiendo. Todo yo era una antorcha, una antorcha ciega. Porque no podía ver. Solo una absoluta oscuridad a mi alrededor. Y de nuevo, blasfemo, recé. ¡Oh Dios! No quiero pasar el resto de mi vida como un invidente, prefiero estar muerto, completamente muerto. Y allí permanecí, de pie, junto a un baño donde me estaba afeitando. Escuché gritos, pisadas, alguien llegó hasta mí, invisibles manos me colocaron en una camilla y fui trasladado a un hospital. No sé cuándo perdí la consciencia y cuándo la recobré. ¿Estaba muerto? ¿Y mis seres queridos? ¿Mi esposa, mi hija, mi hijo? No podía recordar nada. Un trauma brutal había golpeado mi mente y solo era capaz de enfrentarme a un dilema sin sentido, estaba muerto y al mismo tiempo parecía estar vivo.

Alguien manipulaba mis párpados, creo que un filo cortante rasgaba la piel. Manos enguantadas tiraron de mis párpados hacia arriba y hacia abajo y… se hizo la luz. No estaba ciego. El alivio fue infinito. Un doctor comentó algo de que los párpados se me habían pegado por el calor. Mi cuerpo era una antorcha y el dolor persistente, ni bajaba ni subía, un dolor intenso, insufrible que permanecía en mi piel, en mi cuerpo y que aún era capaz de aumentar cuando intentaba moverme.

Lo único que recuerdo fue la entrada de alguien en la habitación preguntándome si daba permiso para que pasara un equipo de televisión para entrevistarme. Mi respuesta categórica, casi vomitando de repugnancia. No, no doy mi permiso, me niego absolutamente. Y los buitres carroñeros se alejaron. Allí debí quedar yo con mi esposa que permaneció a mi lado como lo había hecho desde el principio. Nunca entendí aquello, sigo sin entenderlo. Hay algo que nunca comprenderé. Porque en el fondo ella siempre creyó que yo había sido el causante de la explosión de gas en la casa. Había salido con nuestra hija, creo recordar que para llevarla a misa, puesto que yo me había negado a bautizarla en la religión católica, porque deseaba que fuera libre para elegir su camino y porque no podía aceptar que el morir sin estar bautizado pudiera condenarnos al infierno. Era una de esos estúpidos dogmas con los que yo había roto hacía tiempo.

Ella nunca creyó que la explosión hubiera sido fortuita, a pesar de que la sustitución de la calefacción de carbón por gasóleo y la manipulación en el calentador de gas hubieran podido propiciarla de alguna manera. Nunca lo creyó porque me comentó todo lo que habían investigado bomberos y policía. Y antes del divorcio aún sacó el tema a colación. ¿Cómo puede una mujer permanecer al lado de un hombre todos estos años pensando que él ha hecho algo así? No lo entiendo. Sí puedo entender que yo haya permanecido a su lado todo este tiempo, porque la amaba con locura y porque sin ella no existía supervivencia para mí. Aún así, tampoco lo entiendo. ¿Cómo pude seguir a su lado sabiendo que ella estaba convencida de que lo ocurrido había sido causado por mi mano?  Tras la explosión morí, y sin embargo no tomé decisiones de muerto.

Pero ese no es el gran secreto de mi vida, ni lo es tampoco mi temporada en el infierno, ni cuando me arrojé al Metro de cabeza, ni cuando me aferré a un cable de alta tensión, ni cuando puse la pistola en mi sien y apreté el gatillo, ni cuando me tomé dos tubos de pastillas y me arrastré como un maldito marine por un bosque intentando alcanzar la carretera para no morir, ni cuando… ¿Qué tengo yo para que las fuerzas poderosas me salven una y otra vez,  para que una esposa permanezca a mi lado tantos años, para que todavía alguien sobre el planeta me siga hablando? No lo entiendo, ni mucho menos que el Espíritu Santo haya perdonado mi blasfemia contra él. ¡Con lo fácil que hubiera sido dejarme morir y que nadie recordara ya mi nombre ni mi existencia sobre la faz de este valle de lágrimas!

El gran secreto de mi vida es otro, mucho más sencillo, pero infinitamente más terrible. Un secreto por el que tal vez aún siga vivo, porque debe ser desvelado en su momento. Mi muerte no es nada, mi aniquilación infinita no supone nada en un universo infinito, pero tal vez ese secreto sea importante, tal vez deba ser desvelado en su momento para que la humanidad encuentre otro camino que no sea cortar cabezas, poner bombas en traseros o descerrajar tiros en la nuca,  asaltar el muro del primer mundo con pateras, seguir guerreando como animales estúpidos para alcanzar una pizca de poder que no sirve para nada, para que desaparezca de una vez por todas la esclavitud y los dictadores de pacotilla, y las democracias de pacotilla, y las bestias feroces que pueblan nuestras selvas urbanas, violadores, pedófilos, asesinos en serie; para que desaparezca la máquina trituradora de carne del mercado financiero, para que el hedonismo del carpe diem ocupe su lugar, el de los tontos que creen que solo vivimos una vez y que esta mierda de vida lo es todo.

Es un secreto tan ridículo que todo el mundo se tronchará de risa cuando lo conozca, pero es el gran secreto de mi vida, el gran secreto de nuestra existencia. La teoría de la vinculación de Milarepa conocida y aceptada en todas sus consecuencias. Desde mi nacimiento me fue desvelado poco a poco, junto a la tapia del cementerio, a las cinco o seis años de edad, cuando no pude aceptar que la vida fuera eso, de que el ser humano fuera un ser para la muerte; cuando permanecí tres meses en la cama esperando la muerte por una anemia que podía transformarse en leucemia en cualquier momento; cuando abandoné la creencia en un Padre terrible y me lancé al mundo, al demonio y a la carne; cuando busqué la dosis mínima de cariño a través del sexo y al no encontrarlo busqué la aniquilación con una rabia desesperada casi infinita.

Ancianos días

Pero creo que el gran desvelamiento se inició con aquel sueño. Ya era rosacruz y seguía los estudios con gran entusiasmo, aún sentía interés por el fenómeno Ovni y había comenzado mi camino budista, a practicar yoga mental. Cuando desperté de aquella larga siesta lo recordé todo. Un sueño largo y detallado. Me puse a escribirlo intentando que no se perdiera ningún detalle importante. Y allí estaban los doce Ancianos de los Días, en aquella sala espaciosa como de nave espacial galáctica. Y allí fui introducido por un hombre joven, con una capa blanca, y allí me hablaron aquellos ancianos. Luego me tumbaron en aquella especie de cama de quirófano y penetraron mis sienes con aquellas extrañas agujas al final de un brazo metálico,  seguramente manejado por una inteligencia artificial. Y finalmente pude ver toda la historia de la humanidad en aquel extraño monitor.

Y fue a partir de aquel sueño que mi vida cambió y algo que no estaba allí antes comenzó a formar parte estrecha de mi vida. Tras tantos años aún no entiendo que algo tan nimio estuviera a punto de trastornarme por completo, de volverme loco. No es para tanto, me digo siempre. En todos estos años bien habría podido desarrollar asombrosos poderes, pero no ha sido así, todo es superficial, sin importancia, pero tan persistente que no he podido controlarlo, ni bloquearlo, ni he tenido fuerzas para conseguir que no afectara mi vida.

Aquel diminuto punto de luz, aquel fosfeno ridículo, que podía ver ahora cada vez que cerraba los ojos me convirtió en el loco de León. Porque el punto de luz no solo se alejaba y acercaba a mí a gran velocidad, especialmente cuando estaba muy desequilibrado emocionalmente, también comencé a ver caras, rostros en aquella especie de nube blanca y lechosa en que se transformaba el punto a veces. Pero eso no fue lo peor, cuando al final de aquella especie de túnel luminoso, al otro lado de aquella pared blanca que vibraba tanto y se hacía transparente pude ver rostros humanos de carne y hueso, cuerpos humanos, físicos, que estaban quietos o se movían, entonces perdí totalmente el control.

No era para tanto. Es lo que no cesaba de repetirme una y otra vez. Un punto de luz cuando cierro los ojos, que se mueva cuando estoy descontrolado. Bueno, es solo un maldito punto de luz, qué puede hacerme. Dificultades para dormir. Bien, si tengo que dormir con los ojos abiertos, pues dormiré con los ojos abiertos. Tal vez con el tiempo ese punto luminoso se convierta en algo tan normal como las gafas. ¿Ver rostros en esa nube? Bueno, no parecen hacerme mucho daño y desaparecen al cabo de un corto espacio de tiempo. ¿Ver rostros humanos, cuerpos físicos humanos? ¿No los veo todos los días? ¿Que importancia tiene que los vea con los ojos cerrados, como al final de un túnel, en cuanto esa nube se intensifica y se hace transparente? Como mucho es otra forma distinta de ver, un poco rara, eso sí, pero no tan terrible. ¿Estoy desarrollando el tercer ojo? ¿No es lo que quería, por lo que he trabajado tanto? ¡Por qué me quejo!

Pero aún existía algo peor. Las voces, las malditas voces, fueron las que acabaron conmigo. No eran claras, las escuchaba como si estuvieran muy lejos. No era capaz de distinguir lo que decían, ni siquiera una palabra clara. A veces su tono era exacto al de alguna persona que conocía. Era como si estuvieran hablando de mí y captara su conversación al otro lado de una especie de túnel dimensional. ¿Pero por qué estaban hablando precisamente de mí? No era seguro, no percibía sus frases, ¿por qué iban a hablar de mí y por qué siempre mal? Era algo con lo que me debatía todos los días. Mi razón me decía que mis conclusiones no eran verdaderas, un ser racional aceptaría lo evidente, que veo un punto de luz con los ojos cerrados, que se mueve de forma extraña, que a veces aparecen caras, que a veces me parece ver mi cara y otras rostros diferentes, algunos conocidos. Que en contadas ocasiones puedo ver rostros físicos humanos y cuerpos físicos humanos, como al final de un túnel, como al otro lado de una llanura oscura. Las voces que llegan a mí pueden proceder de esas personas que estoy viendo, pueden ser escenas que estoy comenzando a ver gracias al desarrollo del tercer ojo. Bien, todo esto es real, no puedo descartarlo, pero de ahí a concluir que hablen mal de mí, sin distinguir sus palabras, que esos rostros son proyecciones mentales de otras personas, que el tercer ojo me va a permitir verlo todo y escucharlo todo, como si fuera el ojo de Dios, hay mucha distancia, eso ya forma parte del delirio, conclusiones falsas propiciadas por el miedo, por el terror.

Pero no podía evitarlo, era como si a alguien que acaba de ver una escena real terrible, a un asesino en serie descuartizando el cuerpo de una víctima, se le pidiera con palabras melífluas que cerrara los ojos y se olvidara de todo. Nadie que hubiera percibido una escena así podría hacerlo y pedírselo sería algo tan tonto que solo las personas muy tontas pueden hacerlo. Sin embargo yo no estaba presenciando un descuartizamiento para que me afectara tanto. Solo el dichoso punto de luz, la nube, los rostros dibujados en esa nube, los rostros y los cuerpos físicos que presenciaba como si estuvieran allá, a lo lejos. Las voces que hablaban en una conversación normal que yo no podía escuchar bien. ¿A qué venia tanto miedo? Creo que era más bien lo que podría llegar a sucederme pronto, muy pronto. Porque, en efecto, la cosa fue a más. Ver al final de un túnel a una pareja que parece estar haciendo el amor no es para tanto. Lo vemos en las películas y abrir la puerta de una habitación y ver a la pareja de turno haciendo el amor tampoco es para tanto. Perdón, perdón, se cierra la puerta y no pasa nada. Luego la escena nos puede venir a la cabeza y podemos regodearnos y hasta sentirnos mal si somos un poco puritanos, pero de ahí no pasa. ¿Por qué me afectaba tanto a mí?

Sentía pánico a que eso fuera a más y a las posibles consecuencias. Porque no dejaba de pensar en ello. ¿Y si algún día escuchara las voces con claridad y descubriera que fulanito y menganito o zutanita están poniéndome a caer de un burro? Bueno, me ha pasado algunas veces en mi vida, descubrir a personas que no se han apercibido de mi presencia, hablando mal de mí. No es plato de gusto, desde luego, pero no deja de ser algo normal en la vida. Todos sabemos que somos muy hipócritas, que mentimos, decimos lo que no pensamos a otras personas cuando están presentes y cuando están ausentes les ponemos de chupa de dómine. Lo que me aterrorizaba era llegar a saber lo que todo el mundo pensaba realmente de mí. ¿A ustedes no les daría miedo? Por supuesto, solo que eso aún no me había ocurrido. Era un miedo a un futuro que tal vez no llegara, como realmente aún no ha llegado.

¿Y la premonición? Ver el futuro no es plato de gusto, mucho menos si es un futuro trágico y terrible, ni aún el futuro más halagüeño, que te toque la lotería, por ejemplo, no deja de ser algo traumático. Ver la muerte de alguien próximo a ti no es plato de gusto. Y me ocurrió. Y tuve que tomar decisiones. Y el terror de que el futuro que se ve no puede ser cambiado se apoderó de mí. Me desequilibró de tal manera que mi conducta se convirtió en algo errático, en la conducta de un loco. Y cuando la persona a la que se lo dices te responde que ella también ha visto su muerte y que no me preocupe, y cuando esa muerte sucede, entonces… No me considero una persona equilibrada, ni que tenga facilidad  para superar estas experiencias, aún así no creo que la persona más equilibrada del mundo pudiera salir de esto sin sufrir algún trauma.

Y cuando esa muerte es la de un familiar cercano la cosa se complica, y actúas como un loco y lo dices, pero acaba ocurriendo igualmente. Solo el tiempo y un estudio minucioso de esas premoniciones te llega a convencer de que un futuro previsible no es un futuro escrito, seguimos siendo libres y podemos cambiar las cosas, al menos las que están en nuestra mano. Pero hasta que consigues convencerte el terror preside tu vida y tu conducta se convierte en la de un loco y comienzas a vivir como un loco.

¿Este es el gran secreto de mi vida? Suena ridículo, ¿verdad? El gran secreto es la causa de que estas cosas sucedan, lo que tiene que haber detrás para que sean posibles. Conocer ese  secreto sería como saber que existen leyes físicas nuevas que pueden transformar toda nuestra vida. Y como mi mente es como es, se puso a elucubrar y la teoría de la vinculación de Milarepa fue aflorando. Y me interesé por la física cuántica y ese mundo me pareció tan semejante al que yo vivía que sentí una especie de vértigo. Y con el tiempo la ciencia iría avanzando que es una barbaridad, y llegarían las impresoras en tres dimensiones y los artilugios que permiten transmitir emociones o el tacto de una mano, etc. Incluso un invento, ahora tan cotidiano, como el móvil, me hubiera ayudado mucho en aquellos tiempos de telépata. Al fin y al cabo hablar por el móvil es una especie de telepatía sin hilos, solo que perfectamente científica.

¿A qué viene ahora descubrir el gran secreto de mi vida? Pues a que estoy muerto y a los muertos se nos ocurren cosas muy extrañas, como tomar el pelo al personal, o contar secretos que a nadie interesan, solo por incordiar, solo porque los demás te vean desnudo y puedan observar tus vergüenzas con absoluta indiferencia. Nadie que lea este manuscrito “encontrado en una bañera”, parodiando una obra literaria, querrá saber nada del autor, pero es que ahora eso no me importa, me tiene sin cuidado. Estoy deslizándome hacia la muerte como un muerto que ya está muerto. Eso es algo tan surrealista que al menos me puedo permitir ciertas cosas. Me puedo permitir contar el gran secreto de mi vida y que los demás decidan si mis conductas a lo largo de ella tienen algún sentido o son las de un loco. Me puedo permitir subir esto a Internet y que lo lean cuatro curiosos y que no tenga la menor trascendencia en mi vida, lo que no me gustaría, porque lo que quiero es que todo el mundo me llame loco y me mire como a un loco y no me hablen, y me señalen y se burlen de mí, y que nadie se acerque a mí porque estoy contaminado con este virus de locura tan peligroso. Eso es lo que quiero y me sentiría muy decepcionado sino ocurriera, porque mi vida como muerto viviente sería muy aburrida sino sucediera algo así.

De todas formas yo me sigo preguntando las razones por las que las fuerzas poderosas no me dejaron morir cuando aquella anemia perniciosa estuvo a punto de transformarse en leucemia, faltó la punta de un pelo. ¿Por qué no ocurrió? ¿Por qué el metro no me pasó por encima y me hizo papillita? ¿Por qué no? ¿Por qué un cable de alta tensión me deja colgado de una torre, paralizado, supurando por una quemadura en el sobaco y no me pasa nada más? ¿Por qué no? ¿Por qué fui a elegir balas de fogueo para una pistola cuando posiblemente existieran balas reales en aquel cajón? ¿Por qué? ¿Por qué logré llegar a la cuneta de una carretera de montaña, después de arrastrarme por un bosque cayéndome de sueño debido a dos tubos de pastillas que me había tragado, y un camionero me descubrió a tiempo, cuando todo estaba en mi contra y debería haber muerto por hipotermía en aquel bosque de montaña? ¿Por qué? ¿Por qué sigo vivo tras una explosión de gas en mi piso, la provocara yo o no, cuando las paredes se fueron a la mierda? ¿Por que? ¿Por qué pierdo el amor de mi vida, mi hija, lo pierdo todo, y sigo vivo? ¿Por qué?

El hermano menor, cuya historia cuento en las historias de Bautista, murió al ponerse delante de un tren. Su primer intento de suicidio y lo consigue. El hermano menor muere al atragantarse con un bocadillo. ¿Cuantos suicidas han muerto a la primera? ¿Cuántos? Espero que algún día saquen también esas estadísticas. Creo que soy un caso excepcional. ¿Por qué? ¿Por qué estoy contando ahora el gran secreto de mi vida cuando me propuse hacerlo cuando me diagnosticaran una enfermedad terminal o viera muy cerca los últimos días de mi vida? ¿Por qué? Sigo sin entenderlo. Mi gran secreto es una mierda, si se me permite la expresión, pero ha destrozado mi vida. Tal vez contarlo ayude a reconstruir otras vidas. No tengo ni idea de cuándo subiré estos textos a Internet. Tal vez mañana, tal vez en un año o en dos o en diez. No importa.

Sigo preguntándome y no encuentro explicación a las razones por las que no fui encerrado de por vida en un psiquiátrico, a las razones por las que muchas personas han seguido relacionándose conmigo. ¿Qué escondían aquellos periódicos que mi madre le dijo a mi hermano que escondiera para que yo no los viera? Aquel episodio de mi vida sigue siendo un enigma. ¿Alguna vez alguien me contará todo lo que se dijo del Loco de León? No puedo ser tan malo cuando una maravillosa mujer ha convivido conmigo veinticinco años, cuando una hija no salió corriendo cuando aquella vez que perdí el control totalmente abrí un boquete en la puerta de la cocina. O tal vez es que ellas son demasiado buenas, heroicas, tal vez las personas son mucho mejores que lo que la  desconfianza en el ser humano que siempre me ha guiado me dio a entender. Aún así no lo entiendo. Una bestia feroz como yo debería estar encerrada. Un alma perdida como yo debería haber sido aniquilada hace tiempo por las fuerzas poderosas. ¿Por qué no sucede, por qué, por qué, por qué? Tal vez algún día descubra la razón, cuando traspase la línea del más allá.

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