DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XIX

25 05 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XIX

EL HOMBRE QUE FUI

Ha sido un fin de semana muy extraño. Lo que me ha ocurrido ha sido como si el hombre que fui hace muchos años hubiera regresado y se hubiera puesto al lado del hombre que soy. Me ha dado miedo el hombre en que me he convertido. Por un momento he sentido que era un monstruo y que aquel joven hombre bondadoso, amable y cariñoso era mi verdadero yo, que el proceso que me ha llevado a ser otra persona completamente distinta ha sido algo monstruoso, demoniaco, como si hubiera estado poseído… Ha sido solo un momento, porque enseguida he recordado que aquel hombre bondadoso que eché de menos durante unos minutos era el mismo que intentó suicidarse una docena de veces de las formas más terribles que mente humana pueda imaginar, el mismo que pasó tanto tiempo en psiquiátricos, viviendo la vida del loco; era el mismo que vivió aquellas espantosas crisis de pareja en las que me comporté como lo que soy, como lo que realmente soy, como lo que siempre he sido, como un enfermo mental.

Creo que ha sido consecuencia de que el shock del divorcio, del luto, de la fuga mental emprendida para poder vivir estos momentos sin suicidarme, desapareció bruscamente, se corrió el velo, y me he podido ver con la tranquilidad con la que se ven las personas normales y que hacía ya mucho tiempo que no podía lograr. La terrible nostalgia que sentí por el hombre que pude haber sido, de no haber tenido que soportar el espantoso karma de mi enfermedad mental -porque para mí es algo kármico, no tengo la menor duda- fue tan intensa que lloré. Fueron lágrimas de impotencia. Recordé entonces la frase que me dijo mi “ex”, que en realidad había vivido con más de una persona, con muchas personas distintas. Eso me hizo pensar en mi fascinación por los enfermos de múltiple personalidad, como he demostrado en relatos como Crazyworld, con el Sr. Múltiple Personalidad, y otras historias en las que trato el tema desde perspectivas diferentes. Tal vez yo padezca una patología de este tipo, pero no quiero pensar en ello, no serviría de nada y en realidad pienso que no es así, tan solo la intensidad de ese momento me hizo planteármelo.

Pasé del deseo infinito de poder cambiar mi pasado para retomar mi vida de otra manera, al infinito alivio de haber permitido a mi “ex” librarse de mi pesada carga e iniciar otro camino en la vida, que no será fácil pero que sin duda será más libre al haber podido arrojar a un lado esa losa espantosa de convivir conmigo. Me sentí tan bien que cesaron las lágrimas. Incluso llegué a pensar que su vida hubiera sido mucho más feliz de no haberse tropezado conmigo en el camino. Entonces recordé que de haber sido así ahora no tendría la maravillosa hija que tiene. Y digo que tiene, no que tenemos, porque ella ha decidido que yo no soy su padre, y la verdad es que lo comprendo muy bien, yo habría hecho lo mismo en su lugar. La vida es así de misteriosa, para conseguir tener una hija como la que tiene tuvo que hipotecar su vida al lado de un monstruo, de un enfermo mental. Cada don que recibimos debemos pagarlo con un altísimo precio.

Estoy orgulloso de haberlas librado de mí. No fue una decisión fácil. En aquel momento pensé que no llegaría a superarlo y que terminaría por suicidarme. Nunca me ha importado gran cosa la vida, pero no es sencillo vencer el instinto de supervivencia. Era preciso que se libraran de mí y como no tenían voluntad para hacerlo fui yo quien tomó la decisión. No me siento una persona que ha sacrificado algo importante por sus seres queridos y que merece un reconocimiento, en absoluto. Me siento como la bestia en la película de la bella, es preciso esconderse para que ella pueda vivir. Si ahora mismo existiera la más mínima posibilidad de retomar la relación diría que no. Como le dije a P. esta es una enfermedad crónica de la que uno nunca se cura. Mis crisis hubieran seguido y seguirán, solo que ahora estoy solo y las personas de mi entorno apenas se darán cuenta de nada porque me ven poco y en sociedad, fuera de toda convivencia íntima.

Cuando pienso en mis buenos momentos, en el hombre bueno que fui cuando no estaba mal, estoy convencido de que de no haber sufrido la enfermedad mental todo hubiera podido ser maravilloso, pero uno no vive de sueños, solo sueña cuando se duerme por la noche para olvidarse del sufrimiento cotidiano. La nostalgia que sentí solo es posible si me olvido de lo que ha sido casi toda mi vida, la de un enfermo en constante crisis, crisis muy largas, terribles, que me convertían en el monstruo. No es que piense que realmente fui un monstruo y que los demás eran maravillosos y no tuvieron nunca culpa de nada y que esta sociedad es una delicia y que soy yo el que estorba. Sería abdicar de mi lucidez, de mi inteligencia si pensara así. La sociedad es la que es y todos sabemos muy bien cómo es. Las demás personas, incluso mis seres queridos, son imperfectas, con sus debilidades, a veces terribles, con sus conductas a veces mezquinas y miserables. No, no puedo cargar con más karma del que ya cargo ni asumir defectos que no tengo, porque ya tengo demasiados, ni darme de latigazos para que todo el mundo se quede contento. Cada cual debe asumir la responsabilidad por sus propios actos, por su conducta, por su vida. Mi responsabilidad es tan terrible que solo con asumirla en parte ya tengo bastate.

No estoy contento con mi conducta tras el divorcio, pero creo que me ha salvado la vida. Sin mis estrategias ahora estaría muerto, estoy seguro. Tampoco voy a cambiar de forma de pensar en muchas cosas, no puedo pasarme la vida contentando a los demás cuando en realidad pienso como pienso por razones poderosas y no creo que volverse ciego para acompañar a otros ciegos sea lo mejor, como dice el evangelio, si un ciego guía a otro ciego ambos caerán en el hoyo. No es que piense que yo veo muy bien y que los demás son ciegos, simplemente no encuentro razones para pensar como los demás y no lo hago. Asumo mi absoluta responsabilidad por mis pensamientos, mis sentimientos, mi conducta, mi vida, pero nunca, nunca, jamás dejaré de pensar como pienso por miedo, para que los demás puedan vivir sus vidas sin obstáculos a costa de saltarlos pasando sobre mí. Eso no, nunca. Si algún día comparezco ante Dios aceptaré toda la responsabilidad por mi vida, no suplicaré por mi permanencia como ser para la Eternidad, no diré que no a cuantas responsabilidades kármicas haya contraído, pero estoy seguro de que Dios no puede ser tan mezquino como para haberme hecho libre y pedirme cuentas por haber actuado de acuerdo a una filosofía profundamente espiritual de la vida. Sí, puede pedirme cuentas, y se las daré, por mis defectos de carácter, por no haber luchado hasta la extenuación, por no haber amado como Él, por cada una de mis decisiones que no estuvieron guiadas por el amor, por la filosofía del guerrero impecable, pero si me ajustara cuentas por no haber renunciado a mis creencias más profundas, más espirituales, más absolutamente nacidas de dentro, entonces le diría a la cara que es un ser mezquino y que puede destruirme para siempre, no me importaría y se lo agradecería. No soportaría vivir en un universo dirigido por un ser así. Puede parecer una blasfemia, pero lo pienso con toda el alma y para siempre, esto no es moneda de trueque.

En realidad hay muchas cosas a las que no veo razón para renunciar, muchas formas de pensar que no voy a cambiar si no me convenzo de que son erróneas. Mi desesperada búsqueda de sexo, a través de canales muy sórdidos, no es algo vergonzoso para mí, en absoluto. Digan lo que digan yo necesito sexo y lo busco. Si no puede ser en una relación de amor, de pareja, que sea en una relación de amistad con derecho a roce, o en una relación promíscua, como las califico con mucho humor. La promiscuidad en realidad es amar poco a muchos en lugar de amar muchísimo a uno. Amar profundamente a una persona es hermoso, pero amar lo que se pueda a muchas personas no es una desvergüenza. Sigo pensando así y seguiré actuando así. Renunciar al sexo no es una opción para mí, al menos mientras el deseo sexual no desaparezca, como tampoco lo sería dejar de comer, al menos hasta que alcance una evolución espiritual tan alta que pueda renunciar al alimento físico.

En cuanto a las relaciones interpersonales he hecho lo que he podido, podría haber sido más, pero no se pueden pedir peras al olmo. Me he relacionado incluso en momentos muy fóbicos y debo agradecer a las personas que me han soportado su generosidad. No entiendo, de verdad, no entiendo cómo algunas personas han aceptado ciertas conductas, aunque son producto de mi enfermedad mental, de mi fobia. Es hermosa tanta generosidad, pero de verdad que yo no pido eso, no pido nada. Prefiero la verdad sangrienta a la hipocresía mezquina. Cuando me planteo estas conductas me digo que podría descubrir sus raíces pero me temo que son demasiado profundas para que pueda arrancarlas. Tal vez si actuara en todo momento como pienso, sin miedo, sin buscar contentar a los demás, todo esto desaparecería, pero no es fácil, ni siquiera para mí, ser yo mismo en cada momento. La sociedad se ha construido sobre la mentira, y no es fácil vivir una vida en la verdad. Yo he elegido vivirla y tengo que pagar las consecuencias, manías, obsesiones, compulsiones, fobias… Ninguna persona que viva en la verdad las tendría, pero vivir en la verdad es heroico en esta sociedad, incluso para personas muy evolucionadas espiritualmente.

Sigo pensando que la mayor muestra de amor que se puede dar a un ser querido es respetar su libertad. Esto me seguirá creando problemas, pero no es moneda de cambio. No se puede cambiar a los demás y respetar como son es uno de los pilares de la vida espiritual. No soporto que intenten controlarme basándose en que saben que su camino es mejor que el mío, lo será, no lo niego, pero la libertad es el don de la dignidad como seres humanos y nadie debería renunciar a ello.

Mi conducta, como enfermo mental, ha sido inadmisible muchas veces, incluso yo diría que tal vez hubiera merecido un ajusticiamiento sumarísimo, no lo niego y me someto a él, pero nunca me he creído una mala persona y por lo tanto quienes me traten como a un canalla, a un ser bestial, deberán asumir que yo no estoy de acuerdo y que lucharé con todas mis fuerzas. Quien me considere un malvado y me trate como a tal tiene que aceptar que se ha convertido en mi enemigo y que lucharé contra él como un guerrero impecable. Esto tampoco es moneda de cambio.

Entiendo que ciertos comportamientos por mi parte no nacen de la enfermedad mental, que son propios de mi personalidad, que pueden ser debidos a debilidades de carácter que no son aceptables ni admisibles y entiendo que los otros  se me enfrenten con todo el poder de que puedan disponer, lo entiendo, pero que no me pidan responsabilidades absolutas e inapelables por mis actos y crean que ellos pueden librarse porque son mejores o más guapos que yo. La ley del embudo, como decía mi padre de niño, no es justa ni aceptable. Si yo tengo que pasar por la parte estrecha del embudo, arrastrándome como un gusano, si es preciso, los demás también deberán hacerlo, porque si no lo hacen y caminan bien erguidos mirándome con desprecio por la parte ancha del embudo, lo consideraré como un comportamiento injusto, despótico e inaceptable. La igualdad ante la ley no solo es un principio constitucional, también lo es en cualquier circunstancia de la vida.

Y todo esto no es una proclama, ni un manifiesto, es de nuevo una estrategia de guerrero impecable para enfrentarme a lo que soy, a mi pasado y a la vida. No puedo aceptar que mi vida pudo haber sido otra, la de un hombre bueno, si no se me ha librado de la enfermedad mental. Si algún fármaco pudiera curarme entonces sí aceptaría que cada una de mis decisiones, como persona normal, debe ser asumida por mí con una absoluta responsabilidad. Mientras tanto asumiré la parte de culpa que tengo y aceptaré como consecuencia de mi enfermedad lo que no puedo controlar y contra lo que no puedo luchar. Nunca me escudaré en ella para rechazar asumir responsabilidades. Haga lo que haga, sea producto de mi enfermedad o de mi carácter, será responsabilidad mía, pero si no hay comprensión para mi enfermedad que no me pidan a mí comprensión para sus debilidades de carácter y sus mezquindades. Esta sociedad es la que es porque hay muchas personas que se consideran normales y que adoptan comportamientos mezquinos y miserables, la violencia y el terrorismo no es una opción aceptable, ni la corrupción, ni la mentira y manipulación política, ni la insolidaridad humana con los desheredados, ni el maltrato a la mujer, ni la explotación de los niños, ni la visión hedonista y materialista de la vida, la visión de la sociedad como una selva en la que los depredadores merecen sobrevivir y las buenas personas ser comidas. Esta no es la mejor de las sociedades posibles, y mi parte en la responsabilidad de que no lo sea es muy limitada, que no me pidan que asuma responsabilidades ajenas y que no me conviertan en chivo expiatorio, porque no lo voy a aceptar.

Y el momento pasó, las lágrimas de impotencia han sido enjugadas. Si pudiera cambiar mi vida la cambiaría, si pudiera cambiar mi pasado lo haría, si pudiera dar más amor a mis seres queridos daría más amor, si pudiera decidir de nuevo tomaría otras decisiones, pero no me siento avergonzado de mi lucha contra la enfermedad mental. Intenté suicidarme muchas veces, hace años que no he vuelto a intentarlo, eso no es moco de pavo. Ha sido una lucha dura, feroz, me siento orgulloso de haber vencido. Como me siento orgulloso de haber superado estos momentos sin medicación, sin haberme dejado hundir e internado en alguna parte. Como me siento orgulloso de escribir un diario desnudando mi alma y mis debilidades más mezquinas, enseñando mis vergüenzas más vergonzosas. Como me siento orgulloso de seguir el camino del guerrero impecable.

No puedo sentirme orgulloso de lo que aún no he conseguido hacer. La lucha contra la fobia sigue sin dar los resultados que me gustaría. Tampoco me siento orgulloso de mis relaciones interpersonales, sigue la desconfianza por mi parte, el miedo a que me hagan daño, la incapacidad para dar todo lo que debería dar. No me siento orgulloso de caminar en aguas pantanosas, intentando no ensuciar la verdad y no manipulando más de lo estrictamente necesario para alcanzar metas legítimas. Aún me queda mucho camino por andar, muchas lecciones que aprender, mucho a lo que renunciar para ser un guerrero impecable total. Aquel hombre bueno sigue en mi interior, es el que pide perdón por todo aquello que estuvo en mi mano evitar y no evité, por lo que pude amar y no amé, por las decisiones que debí tomar hace tiempo y no tomé. Mis mejores deseos para todos. Mi vida sigue y el diario seguirá. No sé dónde me llevará este camino pero nunca dejaré que el hombre malo que llevo dentro, como todos llevamos dentro, se salga con la suya, mientras pueda impedirlo y me quede un ápice de energía y de voluntad. Pero mi camino ya no es el camino de los demás, nunca lo fue, pero ahora estoy en condiciones de aceptarlo y defenderlo.

Ha caído la noche y me iré a mi cama solitaria. Mañana será otro día y aún me esperan muchos más, y cuando llegue el último bailaré mi danza con la muerte como un guerrero. Y seguiré luchando por aquello en lo que creo y cuando deba ensuciarme me ensuciaré y cuando eche de menos a aquel hombre bueno no echaré de menos la oscuridad del infierno y cuando piense en lo que pudo ser aceptaré lo que soy y lo que me espera.

QUE LA PAZ PROFUNDA NOS ACOMPAÑE A TODOS EN EL CAMINO

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