DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO III)

3 06 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

EL GRAN SECRETO DE MI VIDA III

HISTORIA DEL PUNTO DE LUZ

Antes de que él existiera no existía nada fuera de la vida física de todos los días. Cuando él llegó lo cambió todo. No sabía por qué había nacido ni tampoco cuándo moriría, pero ambas cosas, que había nacido, y que moriría, eran ciertas. Cuando él llegó comencé a pensar si no existiría antes de nacer y si morir no sería otra cosa que regresar a donde estaba antes de nacer. Antes de que él llegara sabía que todo llevaba su tiempo y que moverse en el espacio exige un esfuerzo y tiene como consecuencia un deterioro. Cuando él llegó desapareció el concepto tiempo, dejé de saber en qué segmento temporal había que colocar los acontecimientos y el viaje en el espacio y en tiempo parecía posible y sencillo, de hecho ocurría todos los días.

El punto se movía cuando le daba la gana, luego me planteé si eso ocurría cuando me descontrolaba emocionalmente, cuando perdía el equilibrio psíquico. Pero no siempre era así. No controlaba su movimiento ni podía dirigirlo, ni sabía hacia dónde, ni sabía por qué o para qué. No me decía lo que deseaba saber y cuando le preguntaba no me respondía. A veces creía escuchar voces y a veces me parecía ver otros puntos de luz y otros cuerpos. Y entonces ocurrió y supe que no estaba solo… porque había otros puntos de luz.

Y todo se complicó, porque dejé de creer que era yo el que movía el punto de luz y que bien podía ocurrir que otros también lo movieran, o lo atrajeran, o vinieran a verle y se lo llevaran de paseo. Y esto cambió mi vida para siempre. Con el tiempo se originaría la teoría de la vinculación de Milarepa. Fue un camino largo y terrible, sórdido, obsceno, infernal, un camino de locura sin retorno.

El bebé físico tendría unos veintiséis años. Falleció mi padre en un hospital, de cáncer, tras más de cuatro años de terrible sufrimiento. Cuando murió escuché su voz, un aterrador sonido, como un suspiro de alivio. Y se hizo un silencio cósmico. Yo estaba solo con él, leyendo una novela de Logsang Rampa, creo que el tercer ojo. Pero no fue entonces cuando apareció mi Logos sino algún tiempo más tarde, no sé cuánto.

Al abandonar la religión católica me quedé sin nada. Los dogmas lo explicaban todo. Ahora tuve que buscar respuestas por mi cuenta y riesgo. Me interesó el fenómeno OVNI, me interesó el espiritismo, busqué y busqué. Un día cayó en mis manos un libro, Fundamentos de la mística tibetana, del lama Anagarika Govinda. La búsqueda tuvo un horizonte. Luego encontré a los rosacruces. Se inició un camino solitario. No tenía maestro aunque me hacía la ilusión de que existían maestros al otro lado del charco, en San José, California. Los libros budistas, los libros de yoga hablaban de la kundalini, la serpiente enroscada y de los peligros de despertar el fuego sin maestro, sin camino, sin directrices. Creo que lo hice y sufrí las consecuencias. La muerte era uno de los riesgos menores, porque el mayor era la locura. Y ese fue el camino que me acogió en su seno.

Un punto de luz es nada en un universo físico, pero lo es todo un universo de infinita oscuridad. Y ese punto de luz me volvió loco. Comencé a jugar con él y a buscar toda clase de explicaciones. Elucubré y deliré. A veces, cuando oprimía con fuerza mis ojos con los dedos, parecía formarse una especie de círculo, un ojo de luz, increíble, inexplicable. ¿Era eso el tercer ojo? Pero se supone que un ojo está quieto, en un lugar del cuerpo, sea éste físico o energético. Pero ese ojo parecía móvil. Se iba por ahí cuando quería y me llevaba no sé dónde, tal vez donde yo quería sin saberlo. No era un ojo fijo que mira hacia delante y solo ve a una distancia concreta. Eso, fuera lo que fuera, se movía en una llanura oscura. Los rosacruces hablaban de la proyección mental. ¿Era eso mi mente proyectada? Parecía diferente al ojo de luz que aparecía a veces. Tal vez una cosa fuera el tercer ojo del cuerpo etérico, astral, mental, causal o lo que fuera y otra cosas muy diferente la mente que se proyecta, como un globo que el niño sostiene en su mano y que el viento lleva de acá para allá. Todo era muy complicado, demasiado. Necesitaba encontrar una explicación, necesitaba controlar lo que me pasaba, pero todo fue inútil.

Y comencé a jugar, como un tonto que camina por la cuerda floja sobre un abismo. Quería ver mi cuerpo físico y a veces lo logré, pero no sabía si era mi cuerpo actual, que yo veía con mi mente proyectada, con mi tercer ojo, fuera del espacio y el tiempo, o era otro de mis cuerpos, un cuerpo del pasado o un cuerpo del futuro. Porque el problema, cuando no hay tiempo, es situar lo que ves en un momento cronológico. Tampoco podía ver el espacio. A veces, muy contadas veces, tras un considerable esfuerzo, lograba situar el cuerpo físico en un pequeño espacio, apoyado en una silla, en un sofá, tumbado en una cama. Pero poco más, no había paredes, no había suelo, la mirada no alcanzaba para ver una habitación completa, nada.

Y lo peor era cuando podía ver otros cuerpos físicos que no eran el mío. Normalmente rostros, a veces, con mucha dificultad el cuerpo completo. Casi siempre inmóviles, solo en alguna ocasión el cuerpo se movía en un espacio físico que no podía ver. Era como ver algo al final de un túnel muy largo. Las figuras parecían diminutas y aunque no había sensación concreta de espacio, era como si mirara con un telescopio un cuerpo situado no se sabía dónde. Era como una partícula subatómica en un universo cuántico. De pronto estaba en la dimensión física, un vistazo y regresaba a su dimensión, fuera la que fuera, o se movía en otras, desconocidas. No podía detenerlo el tiempo suficiente para ver una escena completa, concreta, en un tiempo concreto, en un lugar concreto. Era una locura, como lo es el universo cuántico.

Y de pronto llegaron las voces y la locura se adueñó de mí. Eran voces lejanas, a veces perfectamente identificables, la mía, la de otras personas conocidas, pero nunca podía saber qué decían, solo el tono, solo la emoción, solo una especie de intuición de un pensamiento. Una palabra, mi vida por una palabra concreta que pudiera escribir en un papel y que supiera que correspondía con absoluta certeza a lo que decía ese alguien, fuera quien fuese. Nada. Alguien está hablando de mí, parece que mal, quiero saber qué está diciendo. Era como poseer unos artilugios electrónicos de espía completamente deteriorados, inservibles. Puedo espiar, puedo espiar al mundo entero, pero no sé qué dicen, no tengo la menor seguridad de que sea bueno o malo o se refiera a mí o a otro. Quiero arreglar esos artilugios, quiero perfeccionar y controlar mi proyección mental, mi tercer ojo, o lo que sea. No soporto escuchar voces que no sé lo que dicen ni a quién pertenecen con seguridad.

Cuando tengo los ojos cerrados las voces me molestan, pero creo que podría controlarlas si el punto de luz se quedara inmóvil sobre la llanura oscura. Cuando tengo los ojos abiertos las voces me pillan por sorpresa, se apoderan de mí, se convierten en una obsesión. Intento no pensar en ello, que las voces se alejen, pero están ahí, al final quiero saber de quién son, qué hablan, dónde, cuando, por qué. Pero eso no es lo peor, es como si mi mente se fusionara con otra, otras mentes, y creo que puedo percibir sus pensamientos, sus emociones. Intento que la fusión se rompa, pero no lo consigo, es como si mi mente no fuera mía, mi personalidad la de otro. Es algo parecido a una posesión demoniaca. Tengo que controlarlo. Y cuando tengo los ojos cerrados veo que esos fenómenos se suelen producir cuando mi punto de luz toca o roza o se fusiona con otro que parece pertenecer a otra persona, es la proyección mental de otra persona, o lo que sea.

Y así día tras día. La cosa va a peor. Me gustaría arrancarme eso de la cabeza. Si fuera un ojo visible tomaría un cuchillo y me lo sacaría de donde quiera que esté, del cuerpo físico, del cuerpo astral, de lo que sea. Pero no es algo físico que pueda arrancarme, si es energía la materia no puede  hacer nada con ella, sería como intentar cortar el fluido eléctrico que fuera por el aire golpeándolo con un martillo. No puedes ver al hombre invisible, pero en este caso tampoco lo puedes tocar. Está en otra dimensión. Es como si me hubieran dado la llave para abrir todas las puertas dimensionales, pero una vez abiertas ya no las puedo volver a cerrar y ni siquiera sé dónde está la llave, porque la he perdido.

Pierdo el control y el bebé de casi treinta años comienza a actuar como un loco, concretamente un telépata loco. Si cierro los ojos puedo ver mi punto de luz, otros puntos de luz, mi rostro formado en una especie de nube grisácea, ectoplásmatica, o el rostro de otros, o mi rostro de carne, o el rostro de carne de otros, o mi cuerpo físico o el cuerpo físico de otros. Es una locura. Ellos no tienen la culpa de lo que me pasa, yo tampoco. Ellos no pueden hacer nada, porque ni siquiera saben, yo tampoco aunque comienzo a saber.  Y quiero morirme, físicamente, porque así acabará todo. Pero sé que no será así, en realidad comenzará todo y será peor.

Y el bebé físico ha iniciado su camino en la locura. Lo siento cada vez que cierro los ojos y sigo viendo lo que no me gustaría ver. Lo percibo en las miradas de los otros. Ha nacido un loco, el loco de León. Y me digo que en realidad no es para tanto, me basta con no cerrar los ojos… bueno, me bastaba, porque ahora están las voces. Las puedo escuchar en mi cabeza con los ojos abiertos y cuando los cierro, curioso, esos puntos de luz están danzando y aparecen rostros y cuerpos físicos y las voces pueden prevenir de esos dos cuerpos físicos que están juntos, de pie, como si hablaran tras haberse encontrado en algún sitio. Y quiero ver quiénes son y dónde están y qué hacen y de qué hablan. Pero no lo consigo, nunca lo conseguiré.

Y me digo que si actuara como si esto no estuviera ocurriendo tal vez no perdería el control de esta manera. Y lo intento. No cierro nunca los ojos en público. Cuando escucho las voces hago como si no las oyera. Pero no puedo evitar la pregunta: ¿las estarán oyendo los otros? Me digo que no, porque hubieran reaccionado como si vieran a un fantasma o estuvieran percibiendo fenómenos paranormales, con miedo, comentándolo en voz alta. No lo hacen… ergo solo yo percibo esas voces.

Hay noches en que intento dormir con los ojos abiertos y días en los que trato de no cerrarlos por ningún motivo. Hay días en los que intento no escuchar esas voces utilizando toda clase de tretas, físicas y mentales, pero las voces están ahí. Me descontrolo, me aterrorizo, no sé qué hacer, me gustaría salir huyendo, salir corriendo. Sería inútil. Intento razonar seriamente conmigo. Al fin y al cabo son puntos de luz diminutos, se mueven, sí, pero qué importa. Aparecen rostros ectoplasmáticas, ¿por qué no los miras como dibujos de un pintor alucinado? No te hacen daño, no parece que puedan hacerte daño. Ningún percance físico, no te golpean en la cabeza, en el cuerpo. No podrían matarte, de eso estás seguro. No pueden causarte lesiones físicas, ni enfermedades físicas. Solo la sugestión, solo el miedo. Pero no, no puedo engañarme, cuando algo se apodera de mi cabeza es como si algo, una entidad de algún tipo estuviera dentro de ella, pierdo el control. Mi voluntad férrea no consigue nada, especialmente por la mañana, al despertarme, en momentos de fuerte descontrol emocional, tras la comida, cuando bebo alcohol, cuando a mi alrededor se desarrollan escenas de agresividad verbal o física o ponen caras de rabia. Es como si sus mentes se comunicaran con la mía y me transmitieran todo, sin filtros. Es horrible.

Sigo razonando, si no pueden hacerme daño físico que les den morcilla. Si consigo no cerrar los ojos me olvidaré de ellas. Las voces es otro tema, peliagudo. No sé cómo tratarlas. Y se me ocurre que si supiera lo que dicen lo llevaría mejor, sería como escuchar a personas hablar según paso a su lado. Dicen cosas normales, nada terrible ni espantoso. Pueden estar enfadadas, pueden poner a parir a otro que no está presente, pueden ser mezquinas, cotillas, repugnantes, pero son personas, están ahí, si quiero me alejo y me olvido de ellas. Pero con las voces no es lo mismo. Haga lo que haga a veces siguen ahí, persistentes, como si estuvieran pensando en mí y hasta que no dejen de pensar no podré dejar de escuchar esas malditas voces. Pero no puedo decirles que no piensen en mí, que no hablen de mí. Esto no tiene solución.

Intento atenuar todo esto. No beberé alcohol, eso lo empeora todo. Vale, pero sin alcohol me sigue pasando. Intentaré no descontrolarme emocionalmente, pero es imposible, no puedo evitar reaccionar con rabia cuando me insultan, y ya está el descontrol, o no puedo evitar mirar con deseo a una mujer bonita, y ya está el descontrol. Esto es como caminar sobre el mar sin hundirte, sin mojarte. No hay milagros. No es posible un perfecto control y cuando me descontrolo, pasa. Por eso huyo de personas agresivas, de situaciones violentas, de estar con mujeres atractivas, al final acabo huyendo de todo. Solo cuando estoy solo me siento bien, bueno, relativamente, porque entonces puedo cerrar los ojos y ver lo que pasa o puedo escuchar las voces y las locuras que hago no las ve nadie.

Esto no avanza, tampoco retrocede, tampoco desaparece. Soy como un bebé que no controla nada, ni sus esfínteres, ni lo que ve, lo que oye, ni puede sobrevivir solo. Solo que soy un bebé de casi treinta años. Piensa, eres un hombre inteligente, culto, tienes una gran capacidad de raciocinio, tienes voluntad, puedes luchar, puedes vencer. Mentira, mentira y mentira. Esto no hay quien lo controle, nadie sobrevive a esto. Y se me ocurre leer vidas de gurús, de maestros espirituales, de santos, de lo que sea. Los mediums me llaman la atención. ¿Seré yo un medium sin saberlo? ¿Cómo hacen ellos para soportar esto? Y cuanto más me informo menos sé. Nada tiene el menor sentido.

Y en algunos libros de budismo, de yoga, encuentro los fenómenos que se suelen producir cuando la kundalini va subiendo. Eso me debe estar pasando a mí. No hay que hacer caso de estos fenómenos. De acuerdo por completo, no sirven de nada ni para nada. Si ves el futuro sufres porque crees no poder evitarlo, si oyes voces no sabes lo que dicen y si lo supieras…mejor no saberlo. Es como darle a un bebé un rompecabezas, se llevará a la boca alguna de las piezas y puede atragantarse y morir, ignora que sirvan para algo más. ¿Pero cómo puedo ignorar lo que me pasa? Es como presenciar una pelea entre dos hombres con cuchillos, se los clavan, se desangran, gritan, o como presenciar el coito de una pareja delante de tus narices. Puedes intentar no ver nada pero es imposible, puedes intentar permanecer impasible, pero no eres una máquina ¿Qué hacer entonces?

La locura me aguarda, lo sé y me gustaría que viniera rápido, perder la consciencia por completo. Pero no parece posible. Me dejo llevar, me hundo, reacciono como un idiota, me busco fórmulas para que esto al menos sea divertido. Y me hago preguntas demoniacas que acabarán por pasar factura, una terrible factura.

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