LAS HISTORIAS DE BAUTISTA X

9 06 2015
LAS HISTORIAS DE BAUTISTA X

EL HERMANO MENOR

Parece algo incontrovertible que la enfermedad mental tiene entre sus causas una, genética. Para quienes no crean que la patología mental es una enfermedad porque no la pueden ver, aquí encontrarán algo para reflexionar sobre su estricto criterio. Si se asoman al microscopio electrónico tal vez puedan ver algún gen retorcido que un experto catalogaría como causante de tal o cual enfermedad mental. Pero el ver para creer es algo que les dejo a los “santostomases” de este mundo. Yo no necesito ver el alma para creer en ella, ni el más allá para intuir que existe, ni el amor como un océano azul dentro de mi corazón para saber que el amor existe. Quienes necesitan ver para creer tendrán que esperar a que en el futuro se invente un aparato que pueda ver el alma, el espíritu, el amor, el más allá, la enfermedad mental, el mundo invisible, las diferentes dimensiones del universo. Por mi parte ya he visto bastante, demasiado, por culpa de un desarrollo, tal vez prematuro del tercer ojo. Lo poco que he visto -porque gracias a Dios no lo he desarrollado del todo, sino estaría muerto o loco, aunque esto último tal vez lo haya conseguido ya según algunos- me da una idea cabal de lo que me hubiera perdido sin ese desarrollo del tercer ojo y de lo que me estoy perdiendo por no tener suficientemente desarrolladas otras facultades mentales y espirituales.

Esto que estoy diciendo causará mucha risa a los lectores escépticos, pero mis tiempos de contemporizar con ellos se han acabado. Que crean lo que quieran creer, piensen lo que puedan o quieran y vivan como mejor les parezca, pero por mi parte se acabaron las tonterías, eso de que no existe el más allá porque nadie ha venido a darme un bofetón, o que no existe el alma porque solo puedo ver y tocar mi cuerpo físico y eso del amor son cuatro hormonas estúpidas que andan revueltas. Los ojos del cuerpo son para ver realidades físicas, pero eso no significa que no haya otros ojos, y el corazón está para bombear sangre, pero eso no significa que no exista otro corazón capaz de amar. Quienes no crean en la enfermedad mental porque no pueden verla, seguramente tampoco creerán en el alma porque no se ve, ni en el amor, porque lo único que pueden decirnos los científicos es que al microscopio solo se ven cuatro hormonas muy revueltas. Yo creo en todo lo invisible porque lo palpo con la consciencia de mi alma, y entre esos mundos invisibles está el de la enfermedad mental.

Al hermano menor se le diagnosticó una enfermedad mental, concretamente una esquizofrenia paranoide, a los tres o cuatro años de que el hermano mayor tuviera la primera crisis. Son datos que Bautista deberá corregirme si estoy equivocado. Para mí el tiempo y el espacio no significan mucho, por eso pongo tan poco interés en ellos. Imaginemos una familia, un matrimonio que tiene dos hijos, el mayor acaba internado en Ciempozuelos y el menor sigue su camino. Es para desesperarse. Para quienes no creen en el karma tendrán que contentarse con los genes. Dos genes torcidos tocaron a esta familia en la lotería de los genes. Otras ramas del árbol genealógico también tuvieron lo suyo. Cierto que si nos remontamos a Adán y Eva todos podemos alegar que en nuestra inmensa familia humana tiene que haber necesariamente genes torcidos, aunque no nos toquen a nosotros concretamente. ¿Es esto una lotería? Yo no lo creo así, creo en la reencarnación, creo en el karma, creo en la educación, en el ambiente, en la cultura, en el cariño o en la falta de cariño, y por lo tanto nunca me conformaré con la tonta explicación de que a mí, como a los hermanos de los que estoy hablando, nos tocó la trágica lotería de los genes torcidos. Algo kármico había en esa familia, estoy convencido, también tuvieron mala suerte con los genes dominantes y recesivos, con el momento histórico, con un determinado ambiente y con una segurísima incapacidad para el cariño, para el amor, porque no puedo creer que dos hermanos sufran una grave crisis en tan corto espacio de tiempo si el cariño y el amor les hubieran salido por las orejas. Si eran enfermos mentales y había genes dispuestos a dar la tabarra seguro que antes o después hubiera ocurrido algo, se hubiera manifestado lo que había dentro, pero no me cuesta imaginar la escasez de cariño en esa familia porque también la hubo en la mía, algunos años después, el franquismo no era propicio a las manifestaciones físicas de cariño, fuera besos, abrazos, fuera contacto físico, caca niño. Yo también achaco a la falta de cariño mi virulenta y terrible entrada en el mundo de la enfermedad mental. Aquella generación de posguerra estuvo necesitada de todo, desde el pan cotidiano hasta el cariño con la mano, porque tendría que forzar mi memoria para recordar alguna caricia en mi infancia.

No importan las causas, los hechos fueron los que fueron y la tragedia griega cayó sobre aquella familia, la madre tendría que ser internada en una residencia donde moriría pensando seguramente aquello de qué mal he hecho para merecer todo esto. El hermano menor se acabaría suicidando, el hermano mayor moriría al intentar comerse un bocadillo o bocata en estos tiempos, y el padre moriría poco tiempo después. Las tragedias griegas no se escribieron porque los escritores de aquellos tiempos tenían mucha imaginación o porque los dioses del Olimpo griego eran muy malos y juguetones, las tragedias se escribieron porque eran reales, existían antes de ser escritas. La realidad superará siempre a la ficción.

Sin perjuicio de ponerme en la piel del hermano menor, como hice con el mayor, en este primer episodio quiero describir un poco cómo me imagino lo sucedido. Aunque no le he preguntado a Bautista si el hermano menor estuvo presente durante las crisis del hermano mayor es seguro que de una forma u otra se acabaría enterando. La repercusión que esto puede tener en un adolescente o en un joven de dieciocho o diecinueve años solo es comprensible para quienes poseen una gran empatía o para quienes la hemos presenciado o vivido en nuestra piel. En mi caso recuerdo muy bien cómo me afectó una bronca entre mis padres que terminó con el ojo morado de mi madre y la sensación de aquel niño de unos ocho años que la presenció de que mi madre no había sido precisamente una víctima absolutamente inocente, una corderita mansa, porque aún recuerdo muy bien lo mal que me sentí conforme ella iba diciéndole cosas a mi padre con una lengua viperina que me ponía los pelos de punta. Y todo fue “in crescendo” hasta que mi padre soltó el puño. Mi padre era un minero del carbón que llegaba a casa no precisamente como de jugar un partido de golf, bebía a veces y le sentaba muy mal el alcohol. Mi madre era una mujer con unas cualidades maravillosas, como las tenemos todos, mi padre también, incluso yo, no en vano la chispa divina está en nuestro interior, pero también con unos defectos terribles que me obligaron a enfrentarme a ella en choques de trenes con el paso de los años y a la que confieso sin vergüenza haber tenido muy poco afecto. Era mezquina y podía herir más con la lengua que con un cuchillo. En aquellos tiempos no se conocía el maltrato familiar como ahora, se sabía que los maridos pegaban a sus mujeres, que las madres nos daban zapatillazos a los hijos y que existía violencia física y psíquica en las familias, pero se ocultaba y callaba.

Pues bien, aquel niño de ocho años que presenciara aquella escena, acabó imaginando que su padre había matado y descuartizado a su madre porque al día siguiente no la encontró a la hora de la merienda. Se podría achacar a mi exceso de imaginación o a los claros antecedentes de mi enfermedad mental el que un niño pudiera pensar eso, pero estoy convencido de que a cualquiera le hubiera afectado, aunque tal vez no tanto como para dirigirme al cementerio del pueblo, dibujar una tumba en el suelo y pensar lo que seria de allí en adelante de aquel pobre huérfano. También recuerdo la terrible impresión que me marcó para siempre cuando mi padre me arrojó a la cabeza un cuchillo porque no quería comer la sopa un domingo. Me salvo un gesto reflejo. Podría haber muerto.

¿A qué viene todo esto? A que en aquella familia pudo existir un ambiente parecido, apenas separan unos pocos años mi generación de la suya. Me imagino que el padre era un poco autoritario, como todos en aquella época, que la madre tal vez fuera demasiado posesiva con los hijos. Y me imagino con facilidad lo que sintió el hermano menor cuando el mayor fue internado en Ciempozuelos. Me cuenta Bautista que nunca quiso ir a visitarle al psiquiátrico, ni le preguntaba por él. Esto que a un lector falto de empatía y desconocedor de cómo funciona la enfermedad mental, le podría parecer de una insensibilidad casi bestial, para mí y para nosotros los enfermos mentales es perfectamente comprensible. Me puede pasar lo mismo, es lo que pensaría el hermano menor. No quiero saber como vive mi hermano en Ciempozuelos porque yo puedo terminar allí. Los enfermos mentales tenemos una sensibilidad excesiva para estos temas, sufrimos por nuestra enfermedad, sufrimos por lo que vemos que sufren los otros por “nuestra culpa”, sufrimos por lo que imaginamos nos ocurrirá en el futuro, a nosotros, a ellos, a todos. Sufrimos por todo y tanto que lo raro es que no nos volvamos todos locos en dos días y medio. Y aún nos parece poco lo que sufrimos y nos pasamos los días y las horas dándole vueltas al pasado y a nuestras culpas y remordimientos. No es de extrañar que intentemos bloquear ciertos recuerdos o no queramos saber de las desgracias que sufren otros. Podemos parecer insensibles, mezquinos, miserables, sin emociones, auténticos psicópatas o sociópatas o asesinos en serie, pero lo cierto es que esta actitud no es otra cosa que un intento de bloqueo de estímulos, recuerdos, realidades que nos hacen mucho daño. Algo así, solo que de otra forma, les sucede a los autistas, por ejemplo, no pueden asimilar toda la información que recibe su sensibilidad excesiva, su mente aguda, y huyen de comunicarse, de las relaciones interpersonales, se esconden para que haya un muro entre ellos y la realidad. Sé muy bien cómo este exceso de sensibilidad me ha afectado durante toda mi vida y lo que hice y dejé de hacer y lo que hago ahora para poner un muro, para bloquear el sufrimiento propio y ajeno que llega a mí en oleadas. Lo único bueno del desarrollo del tercer ojo a través de técnicas de yoga mental y técnicas rosacruces es que ahora sé por qué nos ocurren estas cosas, qué fenómenos están en juego, por qué unos perciben tanto y otros tan poco, qué ocurre cuando abrimos una puerta a otras dimensiones. Ese conocimiento me ha permitido, tras una durísima lucha, lograr cierta maestría en el control y el bloqueo de lo que no quiero que llegue a mí, aunque no siempre lo consigo y esto se va acumulando hasta que al cabo de los años se produce una de mis severas crisis. Por eso sé que nunca me curaré, que las crisis seguirán hasta la muerte y más allá, en otras vidas, porque lo mismo que un pantano acabará rebosando si las lluvias se acumulan y no se abren las compuertas, nuestra mente acabará reventando si no bloqueamos tanto estímulo o no abrimos las compuertas por donde puede salir tanta agua represada. Una de esas compuertas, tal vez la que más sensación nos da de que todo lo reprimido está saliendo fuera y dejándonos en paz, es el sexo. Los que me conozcan pensarán que ya estoy otra vez con lo mismo, vale, pero es así. Y por desgracia a los enfermos mentales esa compuerta les ha sido negada con más drasticidad que a los
demás.

En otros capítulos hablaré de este tema en relación con los hermanos, baste por ahora con saber que está ahí. El hermano menor se iría angustiando más y más, escucharía a sus padres hablar de su hermano, sufriría por él aunque intentara no pensar nunca en cómo era su vida en Ciempozuelos. La mente no puede controlarse y menos en estos temas. En la meditación de la estación de trenes ya vimos que si nos ponemos en la vía, para detener el tren de la mente, terminará por arrollarnos. El hermano menor iba acumulando y represando agua y no se abrían compuertas, no salía con chicas, no se relacionaba por miedo al qué dirán los que saben de lo que le ocurre a su hermano, de lo que pensarán de él, otro cordero para el matadero. Los enfermos mentales nos marginamos y aislamos no porque nos guste sino porque nos da miedo el trato que podemos sufrir de los otros. Si ya tenemos bastante con todo lo que nos entra de una realidad cotidiana “normal” si encima tenemos que lidiar con inconscientes, insensibles y auténticos burros emocionales que nos insultan, se burlan, nos señalan con el dedo, nos llaman “locos” para qué queremos más, mejor meternos en las cloacas y que nos coman las ratas. Así de claro.

Bautista no me ha contado en qué consistió la crisis, imagino que él estaba ya muy ocupado con su papel de hombre de la familia, trabajando, tal vez viviendo el noviazgo con Maria-Luisa, visitando al hermano mayor de vez en cuando, como para estar presente en alguna crisis. Debió enterarse “a posteriori”, pero esto ya lo matizará él en su momento. No tengo clara la cronología por lo que la matizaremos en otros capítulos. Imagino que la madre no pudo soportar el sufrimiento causado por lo que sabía del hermano mayor recluido en Ciempozuelos y terminó enferma e internada en una residencia. El padre no debía llevar esta situación mucho mejor. Y de pronto un día ocurre. Para los enfermos mentales resulta complicado explicar cómo nos vienen las crisis, por qué y sus consecuencias. Yo haré un esfuerzo basándome en las mías para que los lectores comprendan qué le pudo pasar el hermano menor.

Recuerdo muy bien mi primer intento de suicidio, hacia los diecinueve años. Recuerdo todo lo que tenía acumulado, represado, pero no puedo explicar por qué lo hice y de aquella manera. Puedo hablar de una educación represiva en el colegio religioso, de mi terrible e inútil lucha contra la sexualidad, imparable, de mi terror por ir al infierno tras tanta masturbación, de mi crisis intelectual tras estudiar filosofía y descubrir que la teología que me enseñaban era un sofisma continuo. Recuerdo los paseos alrededor de aquel patio del colegio en Hondarribia, Todas las noches, solitario, recorría a gran velocidad aquel rectángulo, a una velocidad que hoy, viejo y gordo me daría vértigo. Recuerdo mi pánico a regresar al mundo, al demonio y a la carne tras aquellos ocho años encerrado, aislado, del miedo a las mujeres-demonias como nos enseñaban los frailes; el miedo a buscar un trabajo que ya tenía en la mano, el miedo a relacionarme con personas incrédulas y ateas. Sufrí y sufrí y sufrí, día tras día, hasta que lo tuve claro -gracias a Dios una de mis pocas cualidades es acabar siempre teniendo las cosas claras- y cómo tomé una decisión y cómo la acabé llevando a cabo. No recuerdo otro tormento mayor. Sufría hasta físicamente. Fue espantoso. Al fin llegaron las vacaciones y escribí aquella carta. Abandonaba. No hice caso de la respuesta. Y entonces mi padre se jubiló y nos fuimos a León, la gran capital, desde aquel pueblo de montaña. Y me encerré en casa y me daba pánico salir (la fobia social encubierta) y espiaba a las chicas tras la ventana. Y el ansia viva, como diría Mota, de perder la virginidad se fue haciendo una idea obsesiva imparable. Necesitaba sexo, necesitaba relacionarme con chicas pero era incapaz. Necesitaba un trabajo pero no lo encontraba. Y entonces el pantano comenzó a desbordarse. El asma fue una enfermedad física tan agobiante y desesperante que deseaba la muerte. Me asomaba a la ventana, por la noche, en verano y abría la boca como un hipopótamo, intentando conseguir una bocanada de aire. Me moría por falta de aire y era una muerte lenta, lenta, lenta, lentísima, infernal. Luego descubrirían mis múltiples alergias, pero para mí siempre fue una enfermedad psicosomática, todo lo que llevaba dentro salía por mi punto más débil, relacionado con el chakra de la garganta, anginas, faringitis, asma. Los trabajos no me duraban porque eran excesivamente físicos y mi cuerpo no lo soportaba, mi asma se rebelaba. Y la humillación crecía y crecía, por no encontrar trabajo un joven que había estudiado tanto, por no ser capaz ni de mirar a la cara a las mujeres, por no poder hacer nada frente a una enfermedad que había brotado de pronto. Y una noche de verano, desesperado, me asome a la ventana, buscando aire, buscando esperanza, buscando chicas, buscando un sentido a la vida, y no encontré nada. Y la desesperación me nubló el entendimiento y me subí a la ventana. Quería tirarme de cabeza, pero el instinto de supervivencia no me lo permitió. Me tiré de pie. Y el golpe fue horrísono. Tres pisos más abajo, en una terraza, yacía mi cuerpo aún vivo. Y aquel grito de la vecina y aquel grito cósmico de mi madre y aquella terrible decepción de seguir vivo. No sentía mi cuerpo, pero mi consciencia seguía allí. Es una de las muchas razones que tengo para creer en el alma. Porque mi cuerpo había desaparecido, ni lo percibía. Había quedado paralizado. Y me llevaron al hospital, ni recuerdo cómo, tal vez perdí la consciencia, gracias a Dios. Me había roto un tobillo, varias vértebras, estuvieron a punto de estirparme un riñón, estuve allí varios meses, sin moverme. Salí escayolado, con una faja ortopédica, con problemas renales, con el maldito asma que me llevaría a un hospital especializado en enfermedades pulmonares, y con tantas heridas en el alma que aún sigo sin entender cómo he podido vivir todos estos años. No recuerdo cómo acabé en el psiquiátrico ni cuando, lo que si recuerdo fueron los electroshocks.

No es extraño que pueda imaginarme lo ocurrido al hermano menor. Día tras día, intentando no pensar en el hermano mayor pero haciéndolo, intentando no imaginar cómo era Ciempozuelos, pero viviendo cada escena con la fantasía delirante que nos es propia. Observando el sufrimiento de sus padres, especialmente el de su madre, cómo se iba deteriorando todo en aquella familia. La angustia de que él terminaría así antes o después. Un futuro sin esperanza, recluido como una bestia, sin que su infinita voluntad le fuera a servir de nada. No es sorprendente que el hermano menor se esforzara tanto en no ser internado, en no tomar medicación, se aferrara a Bautista como a una lapa. No es extraño que leyera tanto sobre su enfermedad y solo pidiera el internamiento voluntario en la clínica de Lopez Ibor,solo para ver si aquellos profesionales maravillosos le podían aportar algo. No pudieron aportarle nada, como veremos en su momento.

Desconozco cómo se produjo la crisis, pero no me cuesta imaginármelo. La agresividad, la violencia, es lo que más temen los “otros” de nosotros. Ignoran que cualquier otra persona, en nuestro lugar, reaccionaría con mayor violencia, con infinita mayor violencia. Cuando explotamos es porque ya no podemos más. Los otros explotan a diario, día tras día, con palabras, gestos, incluso algunos con pequeñas peleas a las que nadie da excesiva importancia. Nosotros nos pasamos años conteniendo y cuando el pantano revienta, revienta de verdad. Es fácil que la crisis del hermano menor tuviera su dosis de agresividad, incluso de violencia, pero no debió de ser mucha, el delirio es más poderoso que la violencia. Ya hablaremos largo y tendido de los delirios del hermano menor. Creo que la explosión delirante, la crisis esquizofrénica, la paranoia, tuvo mucho que ver con la imposibilidad de sacar al exterior, a través de las compuertas normales y “preestablecidas” todo lo que llevaba dentro. No podemos explicar estas crisis, pero sí podríamos hablar largo y tendido de lo que nos lleva a ellas. Días y días reprimiendo aquello de lo que no podemos hablar porque nadie nos entiende ni quiere entendernos. Días y días con la angustia de la caída, que por muy dura que sea no deja de ser menos angustiosa que ese bracear en el tiempo como en un océano borrascoso.

Por suerte allí estaba Bautista. Yo, que nunca tuve un hermano mayor como Bautista que me escuchara y escuchara y escuchara, en quien pudiera confiar, de quien recibir cariño, sé muy bien el inmenso don que recibió el hermano menor y que le permitiría seguir vivo años y años, con una calidad de vida muy importante. Al final se suicidó, es cierto, al final fue derrotado, como lo seré yo, como lo seremos todos, pero el hermano menor fue un auténtico guerrero impecable y este es el canto del viejo Homero al astuto Ulises, al intrépido Aquiles, a la guerra de Troya, al capricho de los dioses, de las fuerzas poderosas. No sé a qué dios achacar este gran don pero le fue concedido al hermano menor, que recibió a Hermes, mensajero de los dioses, y le tuvo a su lado, escuchándole, muchos años. Este Hermes moderno se llama Bautista. Y este Homero cantará con su voz rota, de viejo, de ciego, de enfermo mental, esta nueva Odisea, esta nueva Iliada, esta tragedia griega moderna, porque las generaciones futuras deben conocer los hechos, y olvidarse de que las leyendas urbanas siempre las crean quienes no viven los hechos a que dan lugar, ni siquiera los conocen por testigos de primera mano; los creadores de leyendas urbanas son gente mezquina, aburrida, hastiada de la vida, insensibles, inhumanos, tontos hasta decir basta, que un día deciden narrar hechos que desconocen basándose en cotilleos, maledicencias, cuentos para aterrorizar a bebés, leyendas urbanas sobre Hidras de mil cabezas, sobre sirenas que atraen a los normales a los acantilados para devorarles, sobre lo que los dioses quieren o dejan de querer, sobre Cíclopes que se esconden en cuevas, sobre ríos Leteos e infiernos dantescos. Este viejo y ciego Homero jura solemnemente que acabará con estas leyendas urbanas sobre los enfermos mentales o morirá en el intento.

Hermano menor, astuto Ulises, intrépido Aquiles, guerrero impecable de la prehistoria, hoy tomo mi descacharrada lira y con mi voz rota inicio este canto a tu vida, una vida de lucha, de astucia, una vida impecable que tuvo un trágico final porque no hubo una Penélope a tu lado y porque no encontraste la nave que te ayudara a recorrer océanos buscando un pequeño aporte para la humanidad. No soportaste la humillación de no poder aportar algo a esta sociedad que tan poco hizo por ti. Tal vez esta fuera la causa definitiva de tu derrota, como cree el gran hermano Bautista, pero yo sigo creyendo que fue la ausencia de Penélope lo que te impidió la victoria. Ninguna diosa Venus te visitó, ni siquiera en sueños, para arrebatarte tu virginidad. Y esa virginidad que este Homero de pacotilla perdió una noche cualquiera en la calle La Ballesta de Madrid, tras una trágica y desesperada lucha por perderla de otra manera, y esa virginidad que intentabas ocultar a Bautista hablándole de tus supuestas novias, fue la que te arrojó al tren del destino.

Que desde allí donde te encuentres guíes mi pluma para cantar tus hazañas que de otra manera permanecerían para siempre en el olvido. Porque tu batalla vital merece que yo la cante para los siglos venideros, aunque los dioses y las fuerzas poderosas saben muy bien que tú mereces mejor cantor, pero no lo hay, porque solo un hermano puede cantar las hazañas de otro hermano, los otros prefieren cantar a políticos y generales, a sus héroes de pacotilla de los reality shows, porque ni siquiera cantan a los artistas y literatos, a los pintores y creadores, porque saben que entre ellos hay una gran mayoría de hermanos, de enfermos mentales, que se han ocultado tras su obra para pasar inadvertidos.

Hermano menor, aquí comienzo mi Odisea, que alguna Orfea, que alguna hermana logre bajar a los infiernos y resucitarte, que te haga atravesar el río Leteo para que recuerdes otra vez y nos lo cuentes a todos, con tus palabras, para que nos cuentes que tu vida anónima fue una lucha ejemplar y merece todo nuestro respeto. Que Dios te bendiga, hermano.

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: