Diario de un enfermo mental (El gran secreto V)

28 06 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

EL GRAN SECRETO DE MI VIDA V

El tercer ojo

LA NECESIDAD DE UNA EXPLICACIÓN

Lo mismo que nada molesta más a los otros que la necesidad que sentimos los enfermos mentales de darle vueltas y vueltas a nuestra enfermedad, buscando explicaciones, causas raíces, obsesionándonos con ello y acabando por ser incapaces de pensar en otra cosa, de vivir, a nosotros, los enfermos mentales no hay cosa que nos moleste más que esa incapacidad de los otros para hacerse preguntas, preguntas fundamentales, para buscar explicaciones, un sentido a la vida, razones para seguir viviendo. Nada nos molesta más que ese carpe diem, ese vivir sin sentido, buscando esto o aquello, sin más, sin preguntarse nunca las razones más profundas de nuestro comportamiento. Sabemos que somos mortales pero no queremos conformarnos con ello. Todos sentimos una infinita ansia de inmortalidad, de felicidad, está en nuestra naturaleza más profunda, es la esencia del cuerpo causal o alma, de nuestro ego más profundo. No nos conformamos con ser mortales, con ser infelices, con el misterio, no queremos darle a nuestra alma lo que nos pide, la respuesta final, la felicidad absoluta, la eternidad.

Por ello me sentí tan conmovido, tan regocijado, dentro del dramatismo, de la tragedia que supuso el que el hermano mayor, como me contó Bautista en las historias de Bautista, persiguiera a las gallinas buscando atrapar una para abrirle el cráneo con las herramientas del forense de las que se había apropiado. Es una escena de un intenso y profundo humorismo que me hizo reír al tiempo que casi lloro. El hermano mayor, lo mismo que yo, lo mismo que todos los enfermos mentales necesitamos una explicación a lo que nos ocurre y nunca nos conformamos con vagas y estúpidas hipótesis. Lo mismo que le ocurrió al hermano menor cuando se internó voluntariamente en la clínica de Lopez Ibor, para ver si alguien le daba alguna explicación mejor que aquellas que él había buscado en los libros, en las religiones. Es por eso que los otros, los familiares, de los enfermos mentales se equivocan tan profundamente cuando intenta que nos olvidemos de lo que somos, de nuestro pasado, de buscar explicaciones inútiles. Es algo que está en nuestra naturaleza y oponerse a ello es tan tonto como oponerse a las leyes de la vida y del Cosmos. No se puede anular el instinto de supervivencia, es inútil intentarlo. Solo se puede encauzar y cuando se intenta anular las patologías pueden ser terribles, lo mismo que cuando intentamos anular el instinto sexual, otro de los más arraigados en nuestra naturaleza. Es como intentar que el agua se remanse en un pantano repleto de agua de lluvia, hasta arriba. El agua acabará por salir por alguna parte y lo más fácil es que salga por las partes más débiles y haga el mayor daño posible.

Fue esta necesidad de explicarme lo que me ocurría la que me llevó a la locura del loco de León, al intentar reprimir fuerzas que me superaban, terribles, inapelables. Por eso interrumpo aquí aquellas hipótesis delirantes, para explicarme a mí mismo lo ocurrido. Los enfermos mentales no podemos evitarlo, lo mismo que no podemos evitar sentirnos culpables de lo que nos pasa o intentar redimir el sufrimiento causado a nuestros seres queridos, o buscar justificaciones a nuestros actos y conductas. Eso va en nuestra naturaleza y lo mejor que podemos es encauzarlo de la mejor forma posible. En la serie de textos que titulé “Conociendo al enfermo mental” me quedé bloqueado en el delirio profético. Circunstancias de mi vida me obligaron a pensar en otras cosas. Sin embargo en ese delirio profético que todos nosotros vivimos en alguna etapa de nuestra enfermedad con absoluta intensidad y que nunca desaparece de nuestras vidas, están muchas explicaciones a nuestras conductas patológicas. Nos sentimos profetas, enviados, para “salvar” a la humanidad de un destino aciago, del apocalipsis. Lo mismo me ocurre a mí cuando decido contar el gran secreto de mi vida, confiando en que pueda ayudar a la humanidad a encontrar un camino mejor. Es una profunda necesidad de encontrar sentido y utilidad a nuestras vidas. Lo mismo que el hermano menor, que según Bautista se suicidó por incapacidad para sentirse útil a la sociedad, todos nosotros necesitamos que nuestras vidas no hayan sido sufridas en vano. Es una de las humillaciones más profundas y degradantes para el ser humano. Dicen que los nazis hacían que los prisioneros en los campos de concentración cavaran hoyos que luego tenían que rellenar. No hay trabajo más inútil, ni siquiera el de cavar la propia tumba, y eso que hacer un trabajo denigrante sabiendo que vas a morir de todas formas es una de las mayores torturas que se le pueden infligir a un ser humano.

Nosotros, los enfermos mentales, no queremos cavar un hoyo para luego rellenarlo y aquí no ha pasado nada, y si tenemos que morir, de suicidio o de lo que sea, al menos queremos que nuestra muerte no haya sido en vano. Esa es una de las razones que me han llevado a escribir este diario secreto. Aún consciente de que de nada servirá lo que aquí cuente, porque la humanidad seguirá su camino, diga yo lo que diga, el impulso de contar el gran secreto de mi vida es irresistible. Somos muy poquita cosa para que se nos hayan encomendado misiones tan espirituales como desvelar a la humanidad las razones que hacen que estemos aquí y ahora, viviendo lo que estamos viviendo. Incluso maestros espirituales de la talla de Jesucristo o Buda no lograron elevar a la luz a la humanidad, así, de pronto, ipso facto, porque la libertad del ser humano es un don y una ley básica de la espiritualidad. Si somos libres los maestros espirituales pueden quemar nuestro karma y darnos lecciones evangélicas pero no pueden saltarse nuestra libertad para elevarnos a la luz.

Aún así cuando viví aquel impresionante sueño en mi juventud que marco mi vida entera, no pude por menos de pensar que se me había encomendado una misión y que debería cumplirla contra viento y marea, me pusiera como me pusiera. No soy tan importante como para que las fuerzas poderosas me salven una y otra vez de la muerte, intento de suicidio tras intento de suicidio, pero puede que mi modesta misión sí lo sea. Tal vez escribir este diario sea una ridícula tontería, pero nada es pequeño en el mundo espiritual. El maestro Jesús lo expuso muy bien en el evangelio con la parábola de los denarios. A quien se le ha dado riqueza se le exigirán cuentas de su administración, a quienes nos han dado un simple denario, un céntimo, también se nos pedirán explicaciones si lo enterramos bajo tierra. Por eso escribo, contra mi voluntad, por eso me negué de forma tan tajante a vivir la vida a la que había sido destinado. No quería nacer, me negué a contribuir con mi sufrimiento a dar el mensaje que se me pedía. Aquellos tres ancianos o dioses del karma o entidades espirituales, o lo que fueran, que nunca me importó mucho saber quiénes eran, intentaron convencerme de que aceptara la misión y cuando me negué me permitieron ver el futuro de la humanidad. Y entonces, a regañadientes, maldiciendo de mi maldita suerte, tuve que aceptar lo inevitable. ¿Fue solo un sueño? ¡Bastante me importa! Estoy aquí, escribiendo, tras haber vivido un infierno como enfermo mental. No importa que fuera un sueño o una visión profética como la de San Juan en el apocalipsis, estoy aquí después de haber hecho todo lo posible para que no llegara este momento, después de haberme negado a sufrir y sufriendo más y más tras cada negativa. He tenido que perderlo todo para que ya nada me importe, ni los sueños, ni las misiones, ni las profecías, ni siquiera el futuro de la humanidad. La verdad es que me importa un comino, pero a pesar de ello sigo escribiendo.

Muchas veces me he preguntado qué hubiera sido de mi vida de no aparecer ante mis ojos cerrados aquel ridículo punto de luz. Siempre he concluido que tal vez mi vida aún hubiera sido peor. La enfermedad ya estaba ahí latente y la búsqueda de la verdad, de una explicación, la lucha del guerrero impecable no la empeoró, al contrario. No obstante quiero explicármelo a mí mismo, visualizando el antes y el después de aquel momento.

ANTES

De niño no veía puntos de luz con los ojos cerrados, ni rostros ectoplasmáticos, ni rostros de carne, ni cuerpos físicos, ni nada por el estilo, y sin embargo tardé muchos años en convencerme de que la fantasía no era real. Vivía mis fantasías con tal intensidad que muchas veces dudaba que no hubieran ocurrido. Creía que me sucederían al día siguiente o que lo que ocurría dentro de mi cráneo era tan importante y real como la vida cotidiana, tan aburrida. Vivía en un mundo invisible para los demás, pero tan real para mi que cuando alcancé una edad en la que ya no se me permitió seguir siendo un niño y se me obligó a comportarme como un adulto, sufrí tanto que es una herida que no ha cicatrizado y nunca cicatrizará.

El tercer ojo2

DESPUÉS

Cuando vi los puntos de luz, los rostros, el universo que se movía en la oscuridad, comprendí que no estaba tan errado cuando de niño consideraba el mundo invisible tan real como el visible. Fue un golpe atroz. Fue como ver un muro donde los demás solo veían aire e intentar convencerles a cualquier precio de que ese muro realmente existía me llevó a la locura. Luego busque explicaciones y las fui encontrando poco a poco. Lo que le sucede al cuerpo físico es real, faltaría más, pero también lo es y con mayor intensidad lo que le ocurre al cuerpo astral, al emocional, al mental, al… Si percibimos lo que le sucede al cuerpo físico es porque los otros cuerpos que están dentro de él lo perciben. Cuando alguien sufre un grave deterioro de sus nervios o de su cerebro y deja de sentir dolor, los demás no pueden creérselo, es una grave enfermedad, una grave patología. Y así es, porque alguien que no siente dolor puede quemarse y no se entera, puede clavarse algo en el pecho y no ser consciente si no lo ve clavado. Las leyes del mundo físico son inapelables y no se puede vivir en el mundo físico con las leyes de los otros mundos. Cuando alguien pierde la memoria esa parte de su vida deja de existir. Sigue existiendo para los demás, los que la han vivido con él, pero para el que ha perdido la memoria lo que no recuerda deja de existir. La estrecha interconexión entre nuestros cuerpos nos permite tener memoria de lo que nos sucede en el mundo físico, sentir dolor cuando el cuerpo físico se deteriora, ser conscientes de que estamos vivos en un mundo material, dentro de un cuerpo de carne. Pero eso se debe a que nuestros cuerpos están interconectados y a que los cuerpos superiores transmiten a los inferiores la consciencia. Sin ella seríamos pedruscos, minerales, no con una falta absoluta de consciencia, porque como le explica don Juan a Castaneda el mundo mineral también es consciente, solo que de otra manera, más lenta, diferente. El budismo también cree que todo está vivo, todo es consciente, aunque cuanto más descendemos más se atenúa la consciencia. Somos muy capaces de aceptar que el animal tiene menos consciencia que nosotros los humanos, y los vegetales menos que los animales, y los minerales menos que los vegetales, y sin embargo no somos capaces de aceptar que por encima de nosotros existan otras consciencias, otras entidades. Nos creemos los reyes del universo, que todo se ha creado para nosotros, que todo gira a nuestro alrededor. Como le pasó a Galileo aceptar que la Tierra gira alrededor del Sol y que no todo el universo se hizo para reverenciarnos y rotar al alcance de nuestra mirada, le enfrentó a toda la humanidad de la época. Somos tan soberbios que buscamos las explicaciones más ridículas con tal de no asumir que somos muy poquita cosa, hormiguitas en universos de gigantes, de dioses.

Sin aquel punto de luz mi vida hubiera transcurrido como la de un enfermo mental, igualmente que ahora, solo que ahora “veo”, solo que ahora he encontrado explicaciones que hacen razonables ciertos hechos, que me dan un poco de esperanza. ¿Hubiera dejado de suicidarme sin la aparición del punto de luz, hubiera logrado formar una pareja, una familia? Es posible, pero es seguro que no hubiera avanzado en la superación de la enfermedad con mayor celeridad, y desde luego no creo que hubiera impedido la ruptura de pareja, de familia. Tal vez mi “locura” no habría sido tan evidente, mi conducta tal vez hubiera sido más “normal”, como la de un enfermo mental cualquiera, con sus depresiones, sus intentos de suicidio, sus internamientos, su medicación… Las crisis son solo catarsis, lo mismo que la fiebre es signo de la enfermedad, y la fiebre tiene que subir al máximo para que luego pueda bajar y el enfermo acabe curándose. Mi fiebre fue algo brutal, salvaje, pero eso no significa que antes no estuviera enfermo.

No estaba preparado para aquello, nunca he sabido por qué ocurrió. Tal vez la medicación influyera, como los electroshocks, como los intentos de suicidio y el síndrome postraumático, como la estupidez de aquellos porros fumados por imposición del grupo o la manada. Los libros que he leído hablan de lo importante que es comer bien, no tomar estimulantes como el alcohol, las drogas, el tabaco. El budismo hace mucho hincapié en eso y tiene razón. Si supiéramos los efectos que nos causan ciertos alimentos, bebidas, drogas, el maltrato que damos al cuerpo físico no nos costaría tanto llevar una vida sana. Pero qué me dicen de los electroshocks, machacar al cerebro con corrientes eléctricas, cambiar de forma tan radical el funcionamiento de nuestro cerebro físico con medicaciones que siempre, siempre tienen efectos secundarios. Un intento de suicidio puede descontrolar la armonía de los cuerpos de una forma brutal. Y todo eso lo viví al margen de que bebiera algo de alcohol de vez en cuando, fumara a partir de cierta edad o me dejara llevar por la gula comiendo lo que no debía. Es imposible controlarlo todo, cuando intentas controlar tu vida alguien viene desde fuera y… Como en la graciosa frase que corre por ahí. Hoy hace un buen día, a que viene alguien y lo j…

Continuará.

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