LAS HISTORIAS DE BAUTISTA X

15 07 2015

LA DECISIÓN

En la vida de todo enfermo mental llega un momento en el que se toma la decisión, la decisión por antonomasia. Es el momento clave en la vida de todo enfermo. Algunos no llegan a tomar esa decisión nunca y eso significa que aún hay esperanza. Aún no han traspasado las puertas del infierno donde el genial Dante escribiera aquello de “lasciate ogni speranza, voi ch’entrate” Vosotros que entráis dejad toda esperanza.

En mi caso tengo muy claro cuál fue ese momento. Acababa de salir del despacho de mi psiquiatra en el Alonso Vega. Había sido una conversación durísima, la primera tras mi intento de suicidio en el metro. Aquel doctor me miró con mirada acerada, fría, sin mover un músculo, y me dijo que había traicionado su confianza, que había perdido completamente la fe en mí. Me dijo cosas muy duras. Han pasado muchos años para que pueda transmitir la literalidad de sus palabras, ni siquiera el sentido aproximado, pero sí recuerdo lo que sentí, lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. El final de su discurso fue terrible. Permanecería encerrado el resto de mi vida. No se podía hacer nada conmigo. Era el deshaucio definitivo de mi condición de persona.

Recuerdo que salí de su despacho, entré en el comedor, desierto a aquella hora y me quedé allí de pie. Firme, rígido, los puños cerrados, apretados, clavándome las uñas en la carne hasta hacerme sangre. No creo que hablara en voz alta o gritara porque en ese caso me habrían atado con correas a la cama, ya no habría la menor consideración conmigo. Y no lo hicieron, de lo que deduzco que aquel espantoso monólogo lo hice en silencio, conmigo mismo. Subí la cabeza, miré al techo, el cuello rígido hasta romperse, los dientes apretados hasta rechinar, con la fuerza de un loco. Y comencé mis improperios. Al primero que le tocó fue al bueno de Dios. Le dije de todo. Abjuré de su existencia, de su bondad. Ya no creo en ti, le dije, no creo en tu bondad, me has condenado sin darme opción a defenderme, me has traído a la vida para que viva en un infierno. ¡Qué te has creído! Luego continué con el doctor por quien sentía tanto odio que aún hoy me estremezco.

Cuando le conocí parecía una buena persona, simpático, amable, discreto, buenos modales. Una persona culta, tal vez de buena familia. No niego que intentara comprenderme, pero fue incapaz de darme el menor afecto, un poco de cariño. Nunca he estado de acuerdo con la transferencia de Freud. Si el doctor no se involucra contigo, no se hace tu amigo, no te da su afecto, su cariño, si permanece como un espectador que solo mueve un dedo para apagar la alarma del despertador cuando termina la hora, si te escucha como una pared, si no percibes nada humano en él, como si fuera un témpano de hielo, entonces puede hacerte los test que quiera, las preguntas que le de la gana, ahondar en ti como si fueras un pozo de petroleo a perforar. Todo será inútil. Los enfermos mentales necesitamos afecto y cariño, no una batería de test o un muñeco que hace que nos escucha durante horas.

Seguramente era una buena persona, con una mujer hermosa y dulce, con unos hijos cariñosos y simpáticos, tal vez viviera en un bonito lugar, tuviera un prestigio profesional, unos amigos cultos con los que charlar de vez en cuando; seguramente daba fiestas y tenia una posición social envidiable. No puedo saberlo porque nunca habló conmigo de sí mismo, de su familia, de su vida. Era un muñeco diabólico, solo quería encontrar el mecanismo roto en mi interior y arreglarlo, como si fuera un mecánico y yo un coche. Era lo que había estudiado, lo que se llevaba, lo que se consideraba debía hacerse con los enfermos mentales. Ahora, tras conocer a Bautista, pienso que era su antítesis. Nunca des cariño a un enfermo mental, busca la tuerca oxidada en su mecanismo y reemplázala. Eres un sumo sacerdote de la ciencia y dices misa todos los días ante tus enfermos. No eres humano, no te muestras humano, no eres amigo de nadie, solo un muñeco diabólico. Si una de las máximas de Bautista es que nunca podrás curar a un enfermo si no le das cariño, amor, aquel hombre nunca hubiera podido llegar a curarme, aunque hubiera permanecido en sus garras el resto de mi vida.

Mi capacidad de empatía me permite ponerle en su piel y no odiarle. Como me dijo Bautista en realidad hubo una época en la que los psiquiatras eran unos don nadies, no tenían prestigio, no estaban tan bien considerados como hoy en día. Incluso puede que aquel doctor no ganara tanto dinero como yo pensé, ni tuviera la mansión que yo imaginaba, tal vez su esposa no fuera tan bella y trabajara, tuviera una profesión universitaria de algún tipo, y tal vez sus hijos no fueran tan educados y simpáticos. Nunca lo supe porque fue él quien abrió un abismo entre nosotros. Yo necesitaba más un amigo que un doctor, porque no tenía amigos, me sentía muy solo. Necesitaba afecto porque nadie me daba afecto. Pero el genial Freud estableció la norma de la transferencia. Si el doctor se involucra demasiado en los problemas del paciente se produce la transferencia, el doctor se convierte en un amigo y no en el mecánico que arreglará su cerebro. Tal vez el genial Freud se equivocara, estoy convencido de ello. Ningún psiquiatra puede involucrarse en los problemas de todos sus pacientes, hacerse amigo de todos, sin acabar sufriendo las consecuencias, tal vez convirtiéndose él en un paciente. Es cierto, pero no se trata de ejercer una profesión teniendo muchos clientes, ganando mucho dinero y adquiriendo mucho prestigio. De lo que se trata es de hacer lo que se pueda con el enfermo mental, darle una pizca de cariño, como un aceite benefactor para lubricar el mecanismo. Bautista no ganó dinero en su trato con los enfermos, incluso puso de su parte cuando fue preciso, no tuvo miedo a la transferencia, se limitó a escuchar, dar cariño, hacerse amigo de los enfermos y a no enfadarse cuando éstos no se curaban milagrosamente.

Aquel doctor se enfadó mucho conmigo. No había logrado saber cuál era la pieza rota de mi mecanismo, yo era un fracaso terrible en su carrera. Yo era el espejo más descarado de su gran fracaso. Y tomó una decisión canallesca. No niego que lo pensara, incluso mucho, que tirara la toalla, que decidiera fríamente que lo mejor para mí sería permanecer encerrado para siempre. Pero no existe mayor tortura que privar a un ser humano de su libertad de por vida, que incapacitarle como ser humano, que privarle de su dignidad. Mi odio cuando salí de su despacho y permanecí allí de pie, en el comedor, maldiciendo de todo y de todos, fue casi infinito. Puedo entender su desesperanza, su desesperación, tal vez incluso llegó a cobrarme afecto, al fin y al cabo yo era un joven prometedor, inteligente, culto, que citaba escritores, que le daba mi propia versión de mi enfermedad, que podría llegar a ser alguien en la sociedad. Tantas horas perdidas, tiradas a la papelera. ¡Qué fracaso más estrepitoso! ¿Qué pensaba? ¿Que yo iba a sentir afecto por quien no me lo daba, que yo no iba a mentir a quien me retenía como a un prisionero en un psiquiátrico durante meses y meses, por quien se burlaba de mi teoría de que mi problema era no haber tenido cariño durante la infancia, luego haber sido adoctrinado y reprimido en un colegio religioso, imbuyéndome teorías dogmáticas e inaceptables sobre la vida, por quien sonreía paternalmente cuando yo le decía que el sexo podría ayudarme mucho, que perder la virginidad podría ser algo importante en mi curación? Fracasó porque no me trató como a un amigo, porque no me dio afecto, porque nunca creyó que algo tan simple como el cariño, como la amistad, como ayudarme a soportar la soledad, como encontrar una chica con la que tener sexo cariñoso, pudiera ser el medicamento que necesitaba. Era un sumo sacerdote de la ciencia, Dios le hablaba en su “sancta sanctorum” y era yo el hereje, el profano, el incrédulo.

Allí, de pie en el comedor, con el cuerpo tan rígido que bien podría haberme partido algún hueso, con los dientes tan apretados que bien podría haberme roto alguno, con tal odio en el corazón que aún hoy día me pregunto cómo pude llegar a amar, cómo fui capaz de enamorarme y de tratar de ser una persona normal, fue allí cuando tomé la decisión. La decisión de que yo no pertenecía a la especie humana y nunca querría saber nada de ella. La decisión de que si nadie me comprendería nunca, me daría nunca el menor afecto, de que si otro ser humano como yo se arrogaba el derecho de privarme de mi libertad durante el resto de mi vida, de privarme de la dignidad a la que todo ser humano tiene derecho, yo iba a permanecer desligado del futuro de la humanidad, de la sociedad, del resto de seres humanos. Si me consideraban una bestia, si nunca confiarían en mí, si jamás me darían afecto, yo les haría el mayor desprecio que un ser humano puede hacerle a otro, ellos dejarían de existir para mí, se harían invisibles, serían como pedruscos que encuentro en el camino. El fin de la empatía, el fin de la esperanza, el fin de la condición de ser humano.

Me transformé en un actor, y muy bueno. Debí de serlo para convencerle de que tenía que volverse atrás de su decisión y darme el alta, algún día, dentro de mucho tiempo, muchos años, pero algún día. Aún no soy capaz de recordar cómo salí de allí. Mis recuerdos están bloqueados, como tantos otros. Como me ocurriera antes, cuando fui atado con cadenas a una cama y alimentado por un embudo, a la fuerza, comprendí que no sobreviviría en aquella sociedad con la verdad, buscando afecto, buscando amistad, buscando amor. Tenía que actuar, engañar, para que me permitieran respirar. Comprendí que era una bestia y que nadie me aceptaría nunca, solo podía actuar, como si interpretara un papel en una obra titulada “Puede que no sea normal, ¿pero no lo parezco?”. No importaba que los disimularan, que fueran hipócritas, mientras la obra siguiera su curso, mientras mi interpretación fuera buena. No podía ser yo mismo, no podía mostrarme como era. La bestia salía a la calle con máscaras para que nadie saliera corriendo. Así me sentía yo, una especie de asesino en serie que trata de que no le descubran, imitando a los demás, como el personaje de Dexter, de las novelas y la serie televisiva, solo que yo no había perdido la empatía ni el afecto por los seres humanos, y eso me hacía sufrir tanto que si el mismísimo demonio se me hubiera aparecido le hubiera vendido mi alma a cambio de ser tan poderoso que nadie, nunca más, hubiera podido amenazarme con encerrarme el resto de mi vida en aquella cárcel para las almas.

Solo una vez, haciendo el mayor esfuerzo de mi vida, con una desesperación terrible, me volví atrás de aquella decisión, cuando decidí darme una oportunidad, buscando el amor de una mujer e intentando ser una persona normal. Pero no fue posible, ahora lo entiendo, había tomado aquella decisión y como las de un guerrero impecable, como las de un hombre de conocimiento, hay decisiones de las que uno no puede volverse atrás nunca. Ahora lo entiendo.

¿Tomó el hermano menor aquella decisión? Estoy seguro. ¿Cuándo lo hizo? No lo sé. De lo que me ha contado Bautista no puedo hacerme una idea, ni aproximada, de lo que le llevó a tomar la decisión, pero sí estoy seguro que lo hizo, como lo hizo el hermano mayor, como lo hacen todos los enfermos que dejan de intentar relacionarse y formar parte de la sociedad en la que viven. Deciden que siempre estarán solos, porque se les considera unas bestias, porque no pueden contribuir con su trabajo a lo único que se aprecia en esta sociedad, el dinero, la productividad, el dar tu esfuerzo para que te den un mendrugo de pan. Tal vez fuera una decisión prolongada en el tiempo. Yo situaría el comienzo cuando decidió no ir a ver a su hermano. Entonces aceptó que él no sería capaz de verlo sin sufrir las consecuencias. No hay nada más doloroso que decidir permanecer solo el resto de tu vida. Saber que vayas donde vayas te van a mirar como los humanos miran a las bestias, con miedo, con recelo, con absoluta desconfianza. Una desconfianza que yo he percibido muchas veces a lo largo de mi vida. Cuando aquel psiquiatra me dijo que permanecería encerrado el resto de mi vida, cuando mi madre clamaba a Dios con aquello de “qué he hecho yo para merecer esto”, cuando la persona a la que más amaba en mi vida me decía que yo no cambiaría nunca, cuando notaba que su desconfianza era visceral, salía de sus entrañas, de su naturaleza, que lo mismo que les ocurría a los demás, ella también me tenía miedo. Cuando te miran con miedo sabes que eres una bestia, cuando no confían en ti sabes que no puedes convivir con nadie.

El hermano menor tomó la decisión y a partir de aquel momento su vida se llamó Bautista, el único ser humano que le escuchaba, que no le miraba con miedo o desconfianza. Ignoro sus intentos de buscar trabajo, de intentar hacer amigos, de buscarse novia, de hacer un esfuerzo de interpretación para que los demás le vieran como una persona normal. Existieron, tuvieron que existir, porque como el propio Bautista me cuenta, a menudo le mentía sobre unas supuestas novias en Ciudad Real. Antes de tirar la toalla, de tomar la decisión, los enfermos mentales hacemos unos esfuerzos ímprobos, que nunca son apreciados, por socializarnos, por intentar ser normales. Luego, un día, tomamos la decisión y nos convertimos en actores, algunos podemos ser actores patéticos, otros mejores, pero todos actores. Y desde ese momento nuestras vidas dejan de ser vidas y se transforman en un camino, más o menos doloroso y solitario, hacia la muerte.

Sé que me va a costar ponerme en la piel del hermano menor, porque voy a sufrir mucho, pero debo hacerlo, se lo debo. Se lo debo a todos los hermanos, a todos los enfermos mentales. Ahora ya no me importa salir a la calle sin máscaras, la bestia puede mostrar su fealdad porque lo ha perdido todo y el camino que le queda es más corto y más llevadero.

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