DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO DE MI VIDA VII)

6 08 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

EL GRAN SECRETO DE MI VIDA VII

LA IMPOSIBILIDAD DE LA LOCURA

Cuando Carmen, mi última psiquiatra, me dijo que no creyera que volverme loco iba a resultarme tan fácil comprendí que había emprendido una tarea imposible. Tras mis terribles intentos de suicidio buscando la muerte, que me fue negada de forma drástica e inapelable por las fuerzas poderosas, deseé alcanzar la locura, la locura absoluta, la pérdida total de la consciencia. Si no soy consciente, pensaba, no sufriré, mi vida dejará de ser el infierno que es. Y para alcanzar esa falta de consciencia nada mejor que la locura, pensaba con ingenuidad infantil.

¿Qué es en realidad la locura? La mayoría piensa que un loco es el que ha perdido la razón, la lógica, que no puede razonar, no se pueden utilizar con él los silogismos clásicos porque no los comprende. Si la razón fuera la única forma posible de conocimiento podríamos definir la locura como la falta de conocimiento y nos quedaríamos tan panchos. Sin embargo la razón solo es una forma más de conocimiento y ni siquiera es la mejor. Es la más lenta, algunos creen que la más segura, pero si fuera así viviríamos en el mejor de los mundos puesto que al parecer todos somos racionales y es evidente que no es así. La razón ha creado la ciencia, la tecnología, gran parte de la sociedad en la que vivimos, pero no nos hace felices, ni buenas personas, ni solidarios, ni más humanos, ni más espirituales. La razón es como un martillo que nos ayuda a clavar clavos pero no nos dice dónde ni cómo clavarlos, podríamos insertarlos con saña en los ojos de los demás y seguiríamos pensando en nosotros como seres racionales. Si solo existe esta vida ¿qué sería más racional, intentar vivirla en nuestro exclusivo provecho o dedicarla al amor, a que los demás sean felices? Parece claro que una concepción espiritual de la vida, dedicada al amor, a la evolución de toda la especie humana, contradice racionalmente la premisa de que solo existe esta vida. Cualquier sentimiento altruista, el amor, maternal, de pareja, el sacrificio por nuestros seres queridos, contradice la creencia en que la vida es limitada, fugaz y puramente material. Si así fuera quienes aman y sacrifican su vida por los demás serían unos idiotas irracionales, y todos sabemos que a pesar de los pesares y contra toda lógica el amor maternal existe, el amor de pareja sigue siendo un potente motor en nuestras vidas, el sacrificio por nuestros seres queridos continúa siendo una aspiración de toda persona buena. Algo no encaja aquí.

Lo que no encaja es la afirmación de que la racionalidad es la única forma de conocimiento. Sabemos que existe la intuición, intuimos cosas que no podrían ser deducidas de forma lógica, “creemos” en cosas que no vemos, aspiramos a cosas que racionalmente no son posibles. Aspiramos a la felicidad absoluta, la buscamos, es nuestra meta, y sin embargo la lógica nos dice que el individuo no puede aspirar al todo, que el tiempo no puede aspirar a la eternidad, que la materia no puede moverse según las leyes del espíritu. Hay algo más que racionalidad en nuestras vidas, el conocimiento no procede solo de esa fuente, el gran misterio de la vida se nos escapa. Así pues, que alguien pierda la razón no debería ser considerado como locura, sino tan solo como un instrumento que se ha extraviado, pero en la caja de herramientas hay muchas, muchas más.

Hubo un tiempo en el que llegué a creer que si perdía la razón me volvería loco, y no me importó buscar la locura como la forma definitiva de escapar de la realidad. De esta forma me transformé en el “Loco de León”, pero ni aún así logré perder la razón y escapar totalmente de la realidad. Entré en otro mundo, es cierto, pero en ese mundo continuaba existiendo una lógica implacable, la lógica del espíritu, la lógica del misterio de nuestra existencia.

EL LOCO DE LEÓN

Creo que podría situar el comienzo del camino en un lugar y un tiempo concretos. La estación de Chamartín, en Madrid. Yo regresaba de visitar a una amiga con la que tuve una estrecha relación mientras residía allí. Ya tenía serios problemas de cordura, el tercer ojo había comenzado a desarrollarse y veía cosas, con los ojos cerrados, que no podía aceptar ni asimilar. Comenzaba a escuchar las voces con una intensidad terrible. ¿Me había vuelto telépata? Era una obsesión, un delirio, un angustioso terror. Con el tiempo llegaría a ser capaz de escribir relatos humorísticos y paródicos tan sangrantes y terribles como “Terror en las mentes” o “Cartas del telépata loco”. En ellas exploraba todas las delirantes consecuencias de ser un telépata. Pero cuando aquel día me acerqué a las taquillas de la estación de Chamartín yo no era capaz de tomarme con humor lo que estaba viviendo, al contrario, las increíbles consecuencias futuras del desarrollo de aquella facultad telepática fueron como la gigantesca piedra que Sísifo elevaba a la cima de la montaña, una y otra vez, porque los dioses le habían castigado a soportar durante toda la eternidad una vida inhumana.

Recuerdo cómo me senté en uno de aquellos asientos unidos de la estación, que hace años que no he vuelto a ver. Estaba solo pero no lejos de mí había otras personas, sentadas, charlando, mirando, esperando a sus trenes. Algunas paseaban y se acercaban o alejaban de mí. El rumor de las voces y los ruidos llenaba aquella estación megalómana. No podía evitar cerrar los ojos, se había vuelto una manía obsesivo-compulsiva. Y al cerrarlos aquel puntito de luz, aquellos puntitos de luz que se movían sin el menor sentido en la oscuridad, se acercaban hasta mí y a veces podía ver los rasgos de un rostro ectoplasmático, a veces la vibración era tan rápida que aquella especie de nube grisácea se volvía en extremo luminosa y su densidad se hacía tan tenue que era capaz de ver, como al final de un extraño túnel el cuerpo físico o el rostro físico de una persona. Si al abrir los ojos veía a esa persona por allí la angustia se hacía tan intensa que me paralizaba. ¿Por qué razón me angustiaba ver un cuerpo físico de aquella manera y no cuando la miraba con los ojos de la carne? En gran parte se debía a las voces. Cuando veía de aquella manera con los ojos cerrados era fácil que empezara a escuchar voces. Unas voces extrañas, como distorsionadas, como lejanas, como… inhumanas, podría decir. Cuando empezaron llegué a temer que fuera el mismo demonio quien me estuviera hablando, tentando. Luego desarrollé diferentes hipótesis que intentaban ser racionales. Si estaba en otra dimensión, las voces físicas tenían que llegar hasta mí atenuadas, distorsionadas, imposibles de descifrar. ¿Eran voces físicas o mentales, telepáticas? Eso tampoco estaba claro. Algunas veces parecía una conversación normal entre dos personas físicas, otras, en cambio parecían como pensamientos verbalizados, como emociones que intentaran expresarse a través del sonido. Nada tenía sentido. Preferí creer que aquel fenómeno era telepatía que no un demonio que había decidido tentarme, volverme loco. Era más “humano” pensar en la telepatía.

No podía soportar las voces, no eran como las voces físicas normales que uno escucha más o menos lejos o cerca y a las que hace más o menos caso o atribuye a una persona concreta con un estado de ánimo concreto. Lo terrible de esas voces era que parecían querer apoderarse de mí. Sus emociones querían ser las mías, sus pensamientos los míos, era como si alguien intentara poseerme, entrar en mi cuerpo y apoderarse de mi personalidad. La lucha era terrible, angustiosa, inhumana, nadie quiere perder su propia personalidad porque pensamos que es lo único que realmente tenemos. Comprendí lo que deberían sentir los famosos “poseídos” de la Biblia. Con el tiempo llegaría a razonar sobre el fenómeno y asumirlo como algo natural. La lectura del Cuerpo astral me confirmó muchas de aquellas hipótesis. En el mundo astral no nos movemos como lo hacemos en el mundo físico, ni nos comunicamos de la misma forma, es un universo nuevo con leyes nuevas. Es algo tan novedoso como utilizar un teléfono móvil. En mis tiempos ya era bastante complicado intentar comprender cómo las voces podían viajar a través de cables como para pensar ni siquiera en la posibilidad de teléfonos que transmitieran las voces por el aire. La metáfora del teléfono móvil era ideal para explicar lo que me estaba pasando, solo que entonces aún no se había inventado el móvil. De haber sido así seguro que se me habría ocurrido esa metáfora. Era como tener un teléfono móvil incrustado en el cerebro, lo mismo que los demás, solo que ellos no se daban cuenta. No sabía cómo funcionaba, cómo se bloqueaba o apagaba, cómo se escogían las llamadas que me interesaban y desechaba las otras. Alguien llamaba y yo escuchaba su voz sin poder hacer nada, era como estar atado mientras tus torturadores hablan y te ponen música a todo volumen, una especie de tortura que aún no ha sido inventada, gracias a Dios. Hubiera dado mi vida por poder apagar el móvil, o simplemente bloquearlo, o tener la oportunidad de escoger las llamadas, ésta me interesa, ésta no.

Los puntos de luz parecían traer las voces y cuando llegaban las voces yo perdía el control. Aquello sí que era fobia social y no la que desarrollé con el tiempo, tras sufrir el mobbing, el acoso en el trabajo. Era solo una hipótesis, pero parecía funcionar, cuando yo estaba intranquilo, sufría una emoción intensa, o perdía la ecuanimidad, me enfadaba, estaba deprimido o de mal humor, entonces era más fácil que viera caras, cuerpos, que comenzaran las voces. Me sometí a una disciplina férrea, como un Sísifo con esperanzas, trataba por todos los medios de no perder el control, de estar alegre, no deprimido, de que nada me afectara, ni los insultos, ni las broncas o el malhumor, la agresividad que me rodeaba. Si la única forma de controlar las voces era permanecer como un buda impasible, yo sería un buda impasible. Una auténtica locura. Luego comprendí que por muy ecuánime que yo estuviera si la otra persona, el transmisor, estaba totalmente descontrolado el fenómeno se producía igual. Yo no podía apagar mi móvil, por lo tanto si el otro tampoco quería apagarlo solo me quedaba intentar que hablara con otros y no conmigo. Otra auténtica locura, en efecto. Una locura que me obligaba a alejarme de la gente, especialmente de las personas coléricas, agresivas, con poco control emocional. Intentaba huir de las posibles broncas, de las situaciones emocionales descontroladas. Y todo ello para no escuchar aquellas malditas voces.

Y así fue como tras un largo periodo de tiempo en el que fui incapaz de levantarme para ir a sacar el billete, haciendo un terrible esfuerzo caminé como un zombi hacia las taquillas. Y entonces ocurrió, el “Loco de León” dio sus primeros pasos en la nueva vida, en la locura. Me dije que estaba harto de las voces y que si los demás no tenían la culpa, yo tampoco. Que si ellos se dejaban llevar por pensamientos malévolos, por emociones descontroladas y negativas, yo no tenía porqué sufrir aquellas voces, era culpa suya, no mía. Comencé a actuar como un auténtico telápata. Miraba a alguien que hablaba con agresividad, con cólera, e intentaba hacerle ver que me estaba transmitiendo pensamientos agresivos que yo no tenía por qué soportar. Estuve largo rato en la cola y todo el mundo debió darse cuenta de que me pasaba algo raro. Comenzaron los cuchicheos y cuando llegué a la taquilla estaba tan nervioso y agresivo que debí mirar al pobre taquillero como si estuviera recibiendo sus pensamientos y emociones en mi mente, y cuanto más me miraba con mirada extraña, primero, luego agresiva, luego compasiva, luego… Aquello era un arcoiris de emociones, que cada vez me descontrolaban más y más. Cuando llegué a casa y mi madre le preguntó a mi hermano si había escondido los periódicos comencé a delirar, a elucubrar. ¿Alguien me había hecho una foto y aparecía en la portada de algún periódico? Si no era asía, ¿a qué venía lo de esconder los periódicos, pensaba mi madre que los iba a utilizar para quemar la casa? Aquello no tenía ni pies ni cabeza. No podría encontrar un ejemplo mejor de los efectos que ciertas actitudes hipócritas, yo diría que idiotas, que los otros, nuestros seres queridos tienen en nosotros, los enfermos mentales. Si hubiera salido en la prensa y me hubieran dejado ver el periódico hubiera sabido que mi delirio era real, hubiera sufrido, sí, pero dentro de la realidad, no en un mundo delirante. Deberían haberme contestado cuando pedí explicaciones, pero no lo hicieron… y no lo hicieron porque yo ya era un loco. Mi camino en la locura había comenzado.

Continuará.

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