CITAS DE KRISHNAMURTI VI

11 08 2015

EL APEGO

. Existe una intensidad que adviene cuando no hay ningún requerimiento psicológico. La comida, la ropa y el techo son ne­cesidades y no requerimientos psicológicos. El requerimiento psicológico es el oculto y vehemente deseo de algo, el cual con­tribuye al apego. El deseo por el sexo, por la bebida, por la fama, por el culto, con sus complejas causas; el deseo de autorrealización con sus ambiciones y frustraciones; el deseo de Dios, de inmortalidad. Todas estas formas del deseo inevitablemente engendran ese apego que conduce al infortunio, al temor y al dolor de la soledad. El deseo de expresarse uno a si mismo mediante la música, mediante el escribir, el pintar o por otros medios, lleva a una desesperada atadura a los medios. Un mú­sico que usa su instrumento para alcanzar la fama, para llegar a ser el mejor, cesa de ser un músico; él no ama la música sino los beneficios que da la música. Nos utilizamos los unos a los otros en función de nuestros requerimientos psicológicos, y a eso lo llamamos con bonitos nombres; de esto brotan la desesperación y el interminable infortunio. Utilizamos a Dios como un refugio, como una protección, igual que una medicina, y así la iglesia, el templo con sus sacerdotes se vuelven muy insignificantes, cuan­do no carentes de significado alguno. Lo usamos todo, las má­quinas, las técnicas, para nuestros requerimientos psicológicos, y no hay amor por la cosa misma.

EL AMOR

El amor existe sólo cuando no existe el requerimiento psico­lógico, el deseo. La esencia del yo es este deseo y el cambio constante de los deseos, y la eterna búsqueda, de una atadura a otra, de un templo a otro templo, de un compromiso a otro. El comprometerse uno a sí mismo con una idea, con una fórmula, el pertenecer a algo, a alguna secta, a algún dogma, todo ello está impulsado por el deseo, es la esencia que toma la forma de las más altruistas actividades. Es un pretexto, una máscara. La libertad con respecto a los deseos, es madurez. Con esta libertad adviene la intensidad que no tiene causa ni es utilitaria.

LA NEGACIÓN

La mayoría de las personas niega ciertas cosas fáciles y su­perficiales; otros van más lejos en su negación y están aquellos que niegan totalmente. Negar ciertas cosas es comparativa­mente fácil: la iglesia y sus dioses, la autoridad y el poder de quienes la tienen, el político y sus métodos, etc. Uno puede llegar bastante lejos en la negación de cosas que aparentemente carecen de importancia, las relaciones, los absurdos de la socie­dad, la concepción de la belleza que establecen los críticos y aquellos que dicen que saben. Uno puede descartar todo esto y quedarse solo, solo no en el sentido de aislamiento y frustración, sino solo porque uno ha visto el significado de todo esto y even­tualmente se ha apartado de ello sin ningún sentimiento de su­perioridad. Esas cosas se han terminado, están muertas y uno no vuelve a ellas. Pero ir hasta el mismo fin de la negación es un asunto completamente distinto; la esencia de la negación es la libertad en soledad. Pero son pocos los que llegan tan lejos y hacen pedazos todo refugio psicológico, toda fórmula, toda idea, todo símbolo, quedando incólumes, desnudos e inocentes.

Pero qué necesario es negar; negar sin procurar obtener algo, negar sin la amargura de la experiencia y la esperanza del co­nocimiento. Negar y quedarse solo, sin mañana, sin un futuro. La tormenta de la negación es la desnudez total. Es esencial que uno permanezca solo, sin estar comprometido con ningún curso de acción, con ninguna conducta en particular, con nin­guna experiencia, porque solamente esto libera a la conciencia de la esclavitud del tiempo. Así, toda forma de influencia es comprendida y negada, lo cual impide que el pensamiento trans­curra en el tiempo. La negación del tiempo es la esencia de la intemporalidad.

Negar el conocimiento, la experiencia, lo conocido, es invitar a lo desconocido. La negación es explosiva; no es un asunto de ideas, algo intelectual con lo que el cerebro pueda jugar. En el mismo acto de negar hay energía, la energía de la comprensión; y esta energía no es dócil, no puede ser domeñada por el temor o por la conveniencia. La negación es destructiva, no repara en las consecuencias; no es una reacción y, por tanto, no es el opuesto de la afirmación. Afirmar que algo existe o que no existe, es continuar en la reacción, y la reacción no es negación. La negación no escoge y, por consiguiente, no es el resultado del conflicto. La opción es conflicto, y el conflicto es inmadurez. Ver la verdad como verdad, lo falso como falso y la verdad en lo falso, es el acto de la negación. Es un acto y no una idea. La total negación del pensamiento, de la idea y la palabra trae libertad con respecto a lo conocido; con la total negación del sentimiento, de las emociones y sensaciones, hay amor. El amor está más allá y por encima del pensamiento y del sentimiento.

La total negación de lo conocido es la esencia de la libertad.

VER

Qué pocos son los que ven las montañas, o una nube. Miran, hacen alguna observación y siguen de largo. Las palabras, los gestos, las emociones impiden ver. Se le da un nombre a un árbol, a una flor, se les pone en categorías, y «eso es tal cosa o tal otra». Alguien ve un paisaje a través de un arco o desde una ventana y, si sucede que sea un artista o que esté familiarizado con el arte, dice casi inmediatamente que eso es como aquellas pinturas medievales o menciona el nombre de algún pintor mo­derno. O si se trata de un escritor, mira con el fin de describirlo; si es un músico, probablemente no ha visto jamás la curva de un cerro o las flores que tiene a sus pies, es un prisionero de su práctica diaria o la ambición lo tiene asido por el cuello. Si es un profesional de alguna clase, es probable que jamás vea nada. Porque para ver debe haber humildad, y la esencia de la humildad es la inocencia. Ahí está esa montaña iluminada por el sol de la tarde; verla por vez primera, verla, como si nunca se la hubiera visto antes, verla con inocencia, verla con ojos que han sido bañados por el vacío, con ojos no marcados por el conocimiento ‑entonces el ver es una experiencia extraordina­ria. La palabra experiencia es fea, va acompañada por la emo­ción, el conocimiento, el reconocimiento, la continuidad; este ver no es ninguna de estas cosas. Es algo totalmente nuevo. Para ver esta cualidad de lo nuevo tiene que haber humildad, esa humildad que nunca ha sido contaminada por el orgullo, por la vanidad. Con este hecho cierto, esa mañana existía este ver, que era como el ver la cumbre de la montaña, el sol del ocaso. Ahí estaba la totalidad del propio ser, el que no se ha­llaba en estado de necesidad, conflicto y opción; el ser estaba totalmente pasivo, con una pasividad activa. Existen dos clases de atención: una es activa y la otra carece de movimiento. Lo que estaba sucediendo era realmente nuevo, algo que jamás había sucedido antes. «Verlo» suceder era el milagro de la hu­mildad; el cerebro permanecía completamente quieto, sin nin­guna respuesta pese a que se hallaba despierto en su totalidad. «Ver» la cima de esa montaña tan espléndida al sol poniente, aunque uno la hubiera visto miles de veces, verla con ojos que no guardaban conocimiento, era ver el movimiento de lo nuevo. Esto no es tonto romanticismo ni sentimentalidad con sus crueldades y humores, ni emoción con sus olas de entusiasmo y de­presión. Es algo tan completamente nuevo, que en eta atención total sólo hay silencio. Lo nuevo existe desde este vacío.

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