DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO VIII)

9 09 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

EL GRAN SECRETO DE MI VIDA VIII

EL ROL DEL LOCO

Como ya he contado, antes de que la doctora Carmen, poderosa Afrodita, la de los hermosos y llamativos pechos, a los que mirara con lujuria, con rabia, mientras hacía los test en aquel despacho de un centro psiquiátrico privado en una localidad castellano-leonesa que no voy a desvelar por si acaso me bloquean en facebook… es una broma, claro… como decía, que me he perdido, antes de que la doctora Carmen me dijera que no era tan fácil volverse loco, yo creía que estaba “chupado”, solo tenías que decidir, que me vuelvo loco, tío, y como un cencerro para el resto de tu vida. No, no es tan sencillo, ni siquiera cuando has pasado por una docena de intentos de suicidio, a cual más terrible, cuando no consigues sexo ni a tiros y tú no puedes vivir sin sexo, cuando las mujeres no te hacen el menor caso, cuando la vida es una auténtica mierda y no el paraíso de fraternidad que anhelabas cuando eras un angelito, en tu infancia., cuando todo el mundo te llama loco y se burla de ti, cuando… Vamos, que yo creía que me iba a volver loco con facilidad, pero no fue así.

Tuve que adoptar el rol del loco porque eso era lo que necesitaba, lo que me pedían a gritos, lo que luego sabría, gracias a Castaneda, que Dios tenga en su gloria, no era otra cosa que el desatino controlado, solo que en mi caso estaba descontrolado, muy descontrolado. ¿Cuáles eran las razones y cuántas para que yo quisiera volverme loco? Bueno, creo que hay que desgranar este gran secreto como si fueran las cuentas de un rosario, misterio a misterio, avemaría tras avemaría. Esto nos va a llevar un tiempo, pueden ponerse cómodos.

tula-arnes-rojo

Durante mi infancia me pasaron muchas cosas que influyeron decisÍvamente en mi personalidad, comprendí la tragedia tras la muerte de mi perrita Tula, comprendí el terror cuando el marido de mi tía resultó ser un atracador de bancos y junto con su esposa pidió asilo a mi padre que era entonces su cuñado. Desperté en plena noche escuchando las voces, aquel hombre al que no recuerdo haber conocido nunca, solo escuchado hablar de él, venía huyendo de un atraco en Asturias, le perseguía la policía y la guardia civil y no se le ocurrió otra cosa que pedir asilo a su cuñado. Para un niño de tres años un atracador es como un demonio con pistola que va pegando tiros por ahí. Que ese demonio estuviera en nuestra casa y que tanto él como su esposa, la hermana de mi padre, intentaran convencer a mi padre y a mi madre de que les facilitaran una pernoctación mientras se recuperaban de la persecución (¿cómo se llamaba aquella película de Steve McQueen, en la que trabajaba con aquella tía buena… sí Ali MacGraw? Si, la tengo en la punta de la lengua, claro La Huida de Sam Peckinpah) de las fuerzas del orden. Para mí aquello sí que fue duro y no ver las películas de este genio violento. Porque aquel niño tenía la imaginación muy viva, demasiado, como ahora demuestra en su edad adulta como escritor. Aquel niño se imaginó que el marido de su tía les iba a pegar un tiro, a sus padres, a él, a su hermanita, a todos. Sí, aquella noche comprendí el terror. Y comprendí que la gente era mala cuando observé a una vecina dejando un caldero de basura, con excrementos humanos incluidos, en la puerta de otra vecina con la que se llevaba muy mal. Y comprendí lo que era la justicia y la autoridad en esta sociedad cuando un guardia jurado de la empresa de carbón donde trabajaba mi padre vino a preguntarme si yo había visto realmente a la vecina hacer lo que realmente hizo. Y me planteé, por primera vez en mi vida, si el decir la verdad era tan bueno como parecía o como decían, porque imaginaba que a lo mejor aquel hombretón, con traje de pana marrón, escopeta al hombro, sombrero y no sé cuántas cosas más, me llevaba a la cárcel que debía de ser un lugar horrible, infernal.

Yo era un niño muy sensible, muy cariñoso, muy angelote, como creo que lo son todos los niños, salvo que alguno nazca ya como psicópata, sociópata, futuro asesino en serie, o algo por el estilo. Yo creía en la bondad, en la bondad de los adultos, incluso en la de los niños, aunque aquellos malnacidos, o tal vez solo fueran unos niños juguetones, me llevaran como en un entierro, entre cuatro, tomado de manos y pies, yo era el cadáver, la víctima, como lo sería el resto de mi vida, y me dejaron caer, tal vez sin proponérselo, tal vez no adrede, aunque yo siempre lo haya creído así, sobre un casco de botella, de gaseosa, posiblemente La Casera, que estaba en el suelo. Me dejaron caer y me clavé aquel casco en la rodilla, y fue espantoso, creo que me tuvieron que llevar al hospital y darme unos puntos.

Entonces comprendí lo que era el dolor físico y que uno se podía morir y que la muerte debía de ser algo espantoso porque tan pronto estabas vivo y contento como te morías y ya no sabías quién eras ni donde estabas, no eras nada, eso, eso precisamente era la muerte, hacerte nada. No, no quiero morir. A pesar de todo yo era un niño bueno, intentaba no mentir nunca y cuando lo hacía me confesaba el sábado con el cura y juraba no volver a mentir nunca, pero los adultos eran malos, la sociedad era injusta y mala y la mentira era imprescindible para sobrevivir. A pesar de ello, de saber que los adultos eran malos y trapaceros y la sociedad una auténtica mierda, aquel niño decidió ser bueno y salvar almas, a ser posible de negritos, del África, del Congo, belga o francés o lo que fuera. Y aquel niño procuraba no mentir y ser bondadoso y no quejarse de que otros niños le dejaran caer sobre cascos de botella o intentaran arrebatarle las canicas de acero que le había regalado su padre a puñetazos y patadas. Y cuando pecaba me confesaba y me arrepentía de mis muchos pecados y juraba no volver a cometerlos.

Entonces no pensaba que mi vocación de mayor sería la de ser loco, entonces no pensaba que era un loco, solo que la vida era dura y los adultos no tan buenos como parecían y los otros niños no tan niños como querían que yo creyera. Cuando pienso en mi de niño la ternura me estremece y de pronto los ojos se me llenan de lágrimas y  los hombros se sacuden con un llanto convulso. Me quiero, me amo, soy un angelote del cielo, ¿cómo es posible ser tan bueno? De verdad, que lo era, lo recuerdo muy bien. ¡Díos mío qué pasó para que terminara deseando ser un loco y que todos me llamaran loco y me consideraran loco!

Cuando reflexiono sobre ello no soy capaz de encontrar la respuesta. Vidas pasadas, karma, genes, ¡yo qué sé! No, tal vez todo sea mucho más sencillo. Aquel niño era un ángel y los adultos y la maldita sociedad le querían transformar en un demonio y él no quería y se resistía y cada vez que se hacía un poco malo se volvía un poco loco para fugarse de la realidad. Sí, en efecto, creo que así fue, que mi deseo de ser loco comenzó en mi infancia, cuando un camión mató a mi querida perrita Tula, que no tenía la culpa de nada, cuando un hombre malo, un atracador de bancos llega a casa una noche, con una pistola y comienzan a dar voces todos sin pensar en el niño que está en otra habitación, dormido como un angelito. Cuando pude ver la cara desencajada de aquella mujer que odiaba tanto a su vecina que hasta había recogido sus excrementos humanos para arrojárselos a la otra a su puerta. Menos mal que en aquellos tiempos no existían las pruebas de ADN porque la hubieran pillado ipso facto, sin necesidad de hacerme declarar a mí, pobrecito, tan tímido, tan medroso, tan aterrorizado.

Deseé ser loco cuando el párroco me aleccionó con el catecismo y ya no pude vivir en paz, porque todo era pecado y cada sábado tenía que descargar mi conciencia, repleta de piedras, en aquel confesionario de madera. No podía mentir, ni la menor mentira, aunque fuera pecado venial, porque los pecados veniales podían acumularse y convertirse en mortales. ¿O no era así? No importa porque aquel niño lo creía. Como creía que se iría al infierno y el infierno era espantoso, demonios asquerosos con rabo y cuernos y pezuñas, con caras desencajadas, asándote a la parrilla o cociéndote en aquellas calderas de Pedro Botero dándote golpetazos con remos de madera en la cabeza, y así para siempre. Porque la Eternidad era eso, para siempre, para siempre, para siempre… Un día tras otro y tras otro y tras otro… Puede que esto les parezca la mayor estupidez que mente alguna pueda concebir, pero para aquel niño, para aquel ángel del cielo, así era el infierno y así sería su vida si cometía pecados mortales y no los confesaba y tal vez no tuviera tiempo para hacerlo antes de morir, porque la muerte te puede pillar por sorpresa, en cualquier momento, como nos decía el cura, adelantándose a Castaneda y la muerte con la mano en tu hombro izquierdo.

Pero yo entonces era demasiado niño para que la certeza de la muerte me hiciera mejor persona, era solo un infierno incomprensible e injusto. Y así me acercaba al cementerio en aquel pueblecito de montaña y miraba las tapias blancas e imaginaba los huesos en las tumbas y me decía, una y otra vez, no puede ser cierto, no puede ser que todos terminemos ahí, muertos, con los gusanos consumiendo nuestras carnes, con los huesos pelados, con las calaveras mirando el vacío. No puede ser, no, Dios sería muy injusto si todo terminara ahí. Pero Dios no es injusto, me decían en la catequesis, Dios nos da otra vida, un más allá, pero antes hay un Juicio final y si has cometido un pecado, un pecadito, por pequeño que sea, te condenarán al infierno por toda la Eternidad. Eso tampoco es justo. Yo soy muy bueno, muy buenín, y si por descuido digo una mentirijilla de nada es solo para no recibir castigo, para que no me vapuleen con la zapatilla, para que al maestro no me de regletazos en las palmas de las manos, para que no me echen las broncas, que yo odio las broncas, no puedo soportarlas porque me hacen pensar que todos los adultos son malos y asquerosos y que la vida es una mierda, una maldita mierda.

No es de extrañar que cuando descubrí el sexo, de adolescente, tal vez con once años, tal vez con doce, puede que incluso con diez, me centrara en el sexo como en la tabla de salvación que necesitaba frente a la muerte, un océano aterrador donde todo el mundo se ahogaba. El sexo era placer y plenitud y posible y tierno y dulce y de todo. Aunque luego, cuando estallabas y el aquel chorrito pegajoso, como ectoplasmático, salía de tu pililita y ponía perdidas las sábanas, te sentías morir y a continuación un vacío infinito se apoderaba de ti. Pero luego te recuperabas y querías más y más y mucho más. Por eso te masturbabas tanto todos los días, para mantener a raya a la muerte. Pero llegó un día en que no fuiste capaz de seguir confesando tantos pecados mortales porque el cura se enfadaba y te echaba mucha penitencia y te decía que irías al infierno. Dejaste de confesar y continuaste comulgando, porque el padre prefecto te vigilaba como un halcón, o mejor, como un buitre. Y así comulgaste en pecado mortal y eso era un pecado imperdonable y estabas excomulgado, aunque nadie lo supiera. No sé si era así, pero aquel niño, aquel adolescente, lo pensaba.

No es extraño que deseara volverme loco, que pensara que el rol del loco era un buen rol, un buen papel en la obra calderoniana, La vida es sueño, o El gran teatro del mundo, o lo que fuera. Yo quería pasar desapercibido, quería fugarme de la realidad, porque la realidad, seamos francos, era una auténtica mierda. Lo único que me gustaba era el sexo y además de pecado ni siquiera podías disfrutarlo plenamente, porque las chicas, las mujeres no se dejaban. Tenías que masturbarte como una rata de cloaca, bajo las sábanas, en aquellos dormitorios comunales de doscientos o más, con las puertas de los armarios entornadas para que los otros no lo notaran. Y las rodillas dobladas para que la tienda de campaña de la sábana no permitiera ver aquel movimiento rítmico, indeseable, pecaminoso. Y para ver la braguita a una chica tenías que esconderte y esperar que ella pasara por aquella escalera metálica. Y para tener sexo, un sexo completo tenías que pagarlo, irte de prostitutas, de putas, a lugares horrendos, donde había matones, hombrotes de músculos hercúleos, dispuestos a darte una paliza si no pagabas.

Sí, ahora entiendo por qué deseé volverme loco y lo intenté con todas mis fuerzas, por qué adopté el rol del loco, del loco de León, del loco de Ciudad-fría, en aquella ciudad inhóspita, con poco calor humano, como en todas, supongo. No soportaba aquella vida de mierda, aquella realidad de mierda, aquello que los demás decían que era la vida, trabajar duramente, como mi padre, en la mina, bajo tierra, llegando a casa a veces como un negrito, muy negro, muy negro, “mu nego, mu nego” que diría aquel niño, aquel bebé. La vida de mi padre no era un ejemplo para mí, trabajaba como una bestia, le pagaban muy poco, estaba bajo tierra, como una rata, y siempre preparado para salir corriendo si el pajarito enjaulado palmaba, porque entonces podía producirse una explosión de grisú y quedar enterrado, como habían quedado enterrados tantos y tantos mineros.

No necesito remontarme tan lejos, a vidas pasadas, a un mongol que le corta la cabeza a otro mongol, o sea yo, a un árabe que es descuartizado por clamar por la justicia desde aquel minarete, a un soldadito joven y rubio que va a la guerra donde morirá sin duda alguna. No necesito repasar mis muertes violentas pasadas para comprender por qué quise ser un loco, me basta con recordar lo que era la vida, lo que es la vida, lo que será la vida, una puta mierda, el odio, la guerra, la violación, la pedofilia, muertos de hambre en el tercer mundo, muertos de hambre que llaman a nuestras fronteras, a nuestras puertas, corruptos que se quedan con el dinero de todos y les parece bien, una sociedad materialista, hedonista, miserable, mezquina, una mierda de sociedad, un asco, sin esperanza, sin la menor esperanza si crees en la espiritualidad, si intentas ser solidarios, sensible, empático, si intentas ser buena persona. Sí tenía buenas razones para desear ser un loco… pero no lo fui, no lo conseguí… solo desempeñé el rol del loco. Un papel difícil en una obra de teatro, pueden creerme, como lo es el de bufón. Pero creo que lo hice muy, muy bien, y estoy satisfecho. Pueden creerme, yo me daría a mí mismo el Oscar, de verdad. Pero esa obra de teatro, esa comedia bufonesca deberá ser contada en otro momento, porque la vida sigue y yo tengo que seguir buscando sexo… con perdón.

Continuará.

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: