EL PROFETA MILAREPA Y SU DISCÍPULO KARMAFINITO

25 09 2015

EL PROFETA MILAREPA

NARRADO POR SU DISCÍPULO FAVORITO, UN GORDITO ESPAÑOL QUE TOMÓ EL NOMBRE DE ADEPTO KARMAFINITO.-

Es difícil saber con antelación los vericuetos que tomará tu Karma, bien sea individual o formes parte de un karma colectivo. En mi caso, mi karma colectivo es una entidad abstracta, aunque muy concreta a la hora de pagar los impuestos llamada España, porque algún nombre era preciso elegir para diferenciarla del resto. El karma que padece esta buena entidad no es moco de pavo (la inquisición, la guerra civil y otros muchos desastres que han dejado en su piel kármica un fuerte olor a chamusquina) aunque no mucho mayor que otros karmas colectivos que se arrastran por la superficie del planeta Tierra.

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En cuanto a mi karma individual, lo cierto es que pesaba tanto que lo iba arrastrando por los caminos, hasta que tuve la suerte kármica de darme de bruces con Milarepa, el gran profeta y sabio del siglo XXI. Puede que fuera suerte o sencillamente que el joven lama me atrajera como un imán, lo importante fue encontrarlo, porque a partir del momento en que me puso la vista encima noté como si el peso de mi zurrón kármico ( un “totum revolutum” de lujuria, santa cólera, gula, soberbia infinita y el resto de pecados capitales, aparte de algunos defectillos menores que no merecen ser nombrados) se aliviara, hasta el punto de respirar con más entusiasmo. Creo que en ello también influyó bajar diez kilos casi de golpe, debido a la dieta de arroz, bambú y tsam-pa (en otro momento les daré la receta) a que me sometió Milarepa.

Uno se encuentra  con muchas personas en el camino de la vida, con demasiadas, diría yo, pero son pocas las que te dejan alguna huella y menos aún quienes llegan a tocar tu corazón un instante. Encontrarse con alguien que cambie tu vida se puede calificar de auténtico milagro. Solo los auténticos elegidos tienen esa suerte. En mi caso además de suerte hallé un amigo, aunque como me dijo Milarepa en cierta ocasió: “son los enemigos los que nos transforman en profundidad, por eso deberías arrodillarte, amado chela karmafinito, ante cada uno de tus enemigos”.

Antes de conocer a mi maestro me resbalaban las religiones, las filosofías de oriente, los espiritistas, los ovnis, el esoterismo y hasta los valores morales. Llevaba una vida apática, comiendo abundantemente (con exquisitez si podía), refocilándome como un cerdo con las bellezas de la televisión o las procacidades de las películas porno (la lujuria es uno de mis karmas más pesados), trabajando lo menos posible y ocupándome tan poco de la cultura, que ni sabía quién había escrito el Quijote. Era un auténtico azote para los devotos y la gente de bien. Quien me hubiera dicho que al cabo de unos años me encontraría con un joven de cráneo mondo y lirondo, vistiendo túnica azafranada, los pies descalzos y portando una escudilla de madera, con la que pedir limosna de puerta en puerta, y que semejante esperpento iba a introducir su mano en mi interior, a través de la barriga, y darle la vuelta a mi alma, quien me hubiera referido semejante delirio habría tenido que aguantar mis risas durante años. Sin embargo sucedió y si me permiten les contaré a gruesos trazos esta caída del caballo sobre el duro adoquín de la calzada de Damasco.

En este desolado y pecaminoso páramo apareció Milarepa, como un carrito de helados en medio del desierto y de pronto me vi abocado a la más apasionante de las aventuras que puede emprender un ser humano: la búsqueda de sí mismo. Milarepa era un joven tibetano, que por azares de la fortuna y coacción del destino, en forma de chinito con coleta y fusil, tuvo que emprender un doloroso exilio por medio mundo hasta recalar en este país de nuestros pecados. Había hollado nuestro sacro suelo con objeto de dar unas cuantas conferencias sobre mística tibetana y así poder recaudar unas pesetillas para ayudar a los refugiados, que desde las llanuras de la India contemplaban, los ojos llorosos, el Himalaya, donde están situadas las cumbres místicas del planeta.

No entiendo cómo semejante noticia llegó a mis castas orejas, que pocas veces escuchan la radio o penetró por mis ojillos picarones, que huyen de los telediarios y de la prensa. Fuera como fuese el caso es que me veo entrando en un salón de actos de alguna entidad bancaria (¡santa paradoja!) de mi ciudad, donde el lama Milarepa daba una conferencia titulada: “Misticismo tibetano y la realidad de nuestro tiempo”. Ni me imagino cómo pude llegar hasta allí. Tal vez fuera invierno –de los crudos- y yo me encontrara paseando cerca, el rostro amoratado por el frío y las orejas tiesas y rojas como brasa de pitillo (por aquel entonces fumaba como un carretero). Seguro que busqué la puerta más cercana, a través de la cual se perdiera una vaharada de calorcito. El caso es que entré, sentándome en la última fila de butacas, y me puse a soplarme las manos con fruición.

Nadie niega hoy que Milarepa tenga el don de la palabra, que sea capaz de encandilar al oyente con sus historias de misticismo tibetano, repletas de humor, de interés humano y con su pizca de suspense. Pero la conferencia que entonces escuché fue un auténtico rollo macabeo, si me permiten utilizar la jerga con la que entonces intentaba comunicarme con mis semejantes. Solo hablaba tibetano, ni una palabra de inglés(de nada me hubiera servido) o de castellano. Para traducir su discurso, que iba escupiendo sin la menor prisa, habían puesto una intérprete del Ministerio de Asuntos Exteriores Español que había estado destinada en Katmandú una temporada. La tal señorita era guapa, guapísima, pero su traducción generaba constante hilaridad entre la concurrencia. Creo que fue su atractivo el que me ayudó a entrar en calor en unos minutos. Entonces hubiera podido levantarme y salir a la calle, donde podría haber tomado un taxi y haberme plantado en casita en un santiamén. Pero fue su carita de rosa la que me clavó al asiento. Porque lo cierto es que las palabras tibetanas de Milarepa me interesaban muy poco.

Y aquí debo tomarme un respiro porque en mi vida hay un antes y un después, un antes de la conferencia de Milarepa y un después de la conferencia de Milarepa. Dicho así parece una tontería, pero hoy ni mi propia madre me reconocería (la pobre expió su karma hace unos años y ahora estará reencarnada en algún cuerpo modelado a la medida de su evolución espiritual). En cuanto a la intérprete volví a encontrarla, siendo ya discípulo de Milarepa, en Calcuta, vistiendo un precioso shari. Era la esposa del cónsul español y su atractivo sensual había madurado y aquilatado como un diamante en manos de un genial tallador. ¿Pueden creerme que ni siquiera noté un cosquilleo libidinoso en la yema de mis dedos?. Estaba en el camino de la budeidad y nada ni nadie iba a obstaculizar mi ascensión hacia la Luz Suprema.

Continuará.

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