DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) IX

28 10 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

EL GRAN SECRETO DE MI VIDA

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VIVIR COMO UN LOCO

Hace algunos años un terapeuta me vino a decir que no saldría del agujero hasta que dejara de considerarme un loco, dejara de pensar en la locura, dejara de creer que todo el mundo me veía como un loco. Cierto, creerme un loco me llevó a odiar a la humanidad, y con odio en el corazón no podía encontrar el camino del guerrero ni conseguir superar aquella vida infernal en la que llevaba ya algunos años revolcándome. Pero me temo que tan malo como creerse loco cuando no lo eres es creerse “no enfermo”, sano, “cuerdo” “normal”, cuando no lo eres. Porque eso te obliga a un esfuerzo titánico, agotador, extenuante, interpretando un rol, un papel que tú no escribes, que lo escriben los demás, en una obra infernal que bien podría representarse en el infierno de Dante. No puedes luchar contra lo imposible, y eso es lo que intentas.

A lo largo de los siglos el enfermo mental no tuvo opción, o era loco o era cuerdo. Si era loco se le encerraba en mazmorras inmundas, y eso teniendo mucha suerte, porque lo más fácil es que fueras considerado como un “poseído” y entonces caías en las manos de la Inquisición que te sacaba el demonio del cuerpo en el potro del tormento o te quemaban en la hoguera si no lo conseguías. Eso o ser “cuerdo” y entonces eras una bestia, un criminal sin entrañas. No sé que era peor. Salvo en pequeñas comunidades muy extrañas en las que los “locos” eran considerados mensajeros de los dioses, ser un enfermo mental ha sido, a lo largo de la historia, lo peor de lo peor, la inmundicia más inmunda que un ser humano puede llegar a ser.

No hemos tenido opción, no había una vía intermedia. Cuando Freud siguió un camino extraño, emprendido por otros antes que él, el enfermo mental comenzó a ser realmente un enfermo y eso cambió la historia de la enfermedad mental, aunque tendrías que pasar décadas para que se nos considerara como “realmente” enfermos. Aún hoy día tenemos que luchar para ser considerados enfermos, con los mismos derechos y dignidad que los demás enfermos. Seremos el último gran colectivo marginal en “salir del armario”, aunque yo prefiero otra expresión más fuerte. Hemos vivido en las cloacas de la historia, como ratas inmundas. Pero ha llegado el tiempo en que reivindiquemos nuestra condición de enfermos. Aunque la nuestra sea una enfermedad invisible, porque aún no se ha estudiado el cerebro lo suficiente, porque aún vivimos en un mundo materialista, donde la espiritualidad es un cuento de hadas para niños crédulos, y por lo tanto la enfermedad del alma no deja de ser otra cosa que una disculpa para seguir siendo lo que supuestamente somos: malos, canallas, bestias inmundas.

La mayoría de la gente tiene un concepto muy equivocado de locura. Para ellos es una desvinculación total, absoluta, de la realidad. Como “loco” que he sido y que ha tratado con muchos “locos” a lo largo de su vida, puedo dar fe de que la locura es solo un concepto, no existe la locura, existen personas más o menos desvinculadas de la realidad a los que algunos insensibles llaman “locos”. Pero esa desvinculación nunca es absoluta. Yo no he visto a dementes tan desvinculados de la realidad que no “vieran” las paredes e intentaran pasar a través de ellas, que pisaran como si bajo ellos no existiera un suelo, que no comieran y bebieran, que no reaccionaran a estímulos externos. Que no hablaran sí, a muchos. Para mí el ejemplo más claro es el del “hermano mayor” cuya historia cuento en las Historias de Bautista. No hablaba con los demás, pero hablaba con Bautista, para los otros era mudo hasta que el Bautista, el gran hermano mayor, le demostró al psiquiatra de turno que no hablaba con quien no quería.

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En los psiquiátricos que he pisado a lo largo de mi vida me he encontrado con muchos dementes, en su mayoría personas mayores, casi abuelos, que permanecían sentados donde les colocaban, que no hablaban, que no se movían, que no miraban, que solo dejaban entrever que seguían vivos porque un hilillo de saliva caía de su boca. Nadie puede saber hasta dónde alcanzaba su demencia, pero yo estoy convencido de que muchos de ellos actuaban como el hermano mayor, habían perdido la esperanza en el ser humano, en la sociedad, en su curación, en cualquier futuro que no fuera la muerte, y caían en el mutismo de la desesperación. Ningún delirio es tan intenso ni dura tanto como para que el enfermo pierda por completo la vinculación con la realidad, lo que pierde es la esperanza, cae al fondo del abismo de la desesperación y allí no se habla, ni siquiera te mueves porque cualquier movimiento sabes que produce una reacción agresiva en tu entorno. Mejor permanecer quieto, silencioso, como un muerto, porque a los muertos no se les patea y tampoco se les entierra si descubren que puedes comer, aunque sean papillitas y purés.

Mi locura no fue tan drástica como las de estos pobres hombres, perdidos de la mano de Dios, pero fue lo suficientemente intensa como para que me haga una idea de la locura. Como he dicho en un capítulo anterior de este diario considero que la locura, la locura total, es imposible, porque aunque tu mente se despegue casi del cuerpo físico, el resto de los cuerpos, como hemos visto en la ley de los tres círculos o en el cursillo de yoga mental, siguen vivos y en contacto con el resto de cuerpos, aunque algunos puentes se hayan venido abajo. Mi locura fue una fuga de la realidad que hizo pensar a los demás que estaba realmente “loco”, de otra forma no se explica que me llamaran así. El loco de León fue señalado con el dedo y designado como loco, algo, pues, verían ellos en mí que les llevó a esa conclusión.

Como ya he contado considero que mi vida como “loco” comienza aquel día que regresé a casa desde Madrid, donde viviera aquella experiencia inquietante, terrorífica, en la estación de Chamartín. Ya estaba trabajando en León, por lo que tuvo que ser con posterioridad al año 1982, pero aún permanecía soltero y no llevaba mucho tiempo allí, por lo que sitúo la fecha entre 1983 y 1984. Mi madre le pidió a mi hermano que ocultara los periódicos, como dije sigo sin saber por qué, ya que mi entrevista en el País o tal vez en Diario 16, había ocurrido años antes y yo llevaba viviendo con mi madre en la casa ya muchos meses. ¿Por qué iban a quitar de mi vista unos periódicos que yo no había visto en todo ese tiempo y que ni siquiera sabía que existían? Es cierto que yo conservaba algunos ejemplares, pero los tenía escondidos y no había hablado de ellos. ¿A qué venía todo aquello? Imaginé que alguien me había sacado fotos en la estación de Chamartín y había salido en la prensa. ¿Qué otra explicación podía haber? Aquello desencadenó en mí una sorda y terrible rabia. Si todos me consideraban loco, si no podía hacer nada por vencer a mi locura, pues bien, sería un loco.

Esta es una decisión que estoy convencido han tomado algunas personas consideradas “locas”, que creo tomó también en su momento el hermano mayor. Mejor vivir como un loco que como un enfermo despreciado, marginado, que como una bestia perseguida. Parece una decisión irracional, pero curiosamente todos la hemos tomado y cuando lo hice yo la consideré racional, la mejor de las opciones. Suena duro, surrealista, delirante, pero es así, durante las guerras muchos soldados se hicieron los muertos en el frente para no ser rematados. Los enfermos nos hacemos los locos para que así al menos tengamos una opción, para que nos dejen en paz, para que podamos seguir con nuestras miserables vidas solitarias e infernales sin tener que pegar tiros en el frente todos los días.

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Recuerdo muy bien que al día siguiente me acerqué al trabajo con los puños apretados y dispuesto a vivir mi vida de loco con la mayor dignidad posible. Si nunca controlaría el tercer ojo, si no podía dejar de ver lo que estaba viendo, dejar de escuchar lo que estaba oyendo, al menos me buscaría un “estatus” que me permitiera que los demás me dejaran en paz, relativamente, claro, porque no vives en una sociedad sin pagar un precio. También recuerdo muy bien que mi caminar era lento, casi a cámara lenta. Sabía que estaba dando un gran paso, irreversible. La angustia era tal que se transmitía al cuerpo, todo mi cuerpo emocional era una llaga, todo mi cuerpo mental era una idea obsesiva: puesto que soy un loco actuaré como un loco. El miedo a ser incapacitado y encerrado de por vida era el más agudo de todos los miedos que me asaeteaban. Iba a ser despojado de un trabajo y ya nunca tendría independencia económica, iba a ser retirado de la circulación como un coche viejo y destartalado. Me esperaba una vida encarcelado, encerrado, en un psiquiátrico, tal como debió de sentir el hermano mayor cuando lo conducían al manicomio de Ciempozuelos. No es el mejor momento de una vida, no, puede que no sea tampoco el peor, pero lo parece.

Recorrí aquel corto trayecto entre la casa donde vivía con mi madre y el trabajo. Tal vez haya sido el recorrido más largo de mi vida, a pesar de la corta distancia. En mi nueva vida de loco había algunas normas elementales:

-No hablar, me he vuelto mudo. Hablar significa reconocer la existencia de los demás y si ellos no reconocen la mía yo tampoco tengo por qué reconocer la suya. Hablar para las cosas esenciales del trabajo no es hablar, es simplemente hacer los movimientos que hace una máquina cuando la ponen en marcha.

-No mirar. Si miras, te miran. Estableces una relación interpersonal, emocional. Nadie puede mirar a otra persona sin “verle” sin percibir su existencia, sin respetar su existencia. Los asesinos en serie no miran, solo utilizan los ojos porque no pueden evitarlo, pero no “ven”, no perciben, están solos en el universo y ni siquiera ellos existen. Mira el suelo, me dije, el suelo es mineral, no reacciona, no tiene ojos. Y fue a partir de aquel momento que dejé de mirar al mundo y a las personas, solo miraba por dónde iba, solo levantaba la vista para no tropezar. Fue a partir de aquel momento que se incubaría la terrible fobia social que se desencadenó de forma atroz con el mobbing en el trabajo que sufriría años después. Controla tu mirada, no dejes que se ancle en ningún corazón, ellos no tienen corazón, yo tampoco.

-Los demás no existen. Ellos hacen como si yo no existiera, me han privado de la dignidad más elemental que posee todo ser humano, pues bien desde este momento ellos ya no existen para mí. Son como piedras en el camino, con las que debo evitar tropezar, de las que debo huir cuando vienen hacia mí para que no me golpeen. Si su mayor desprecio ha sido llamarme loco, no saben hasta qué punto puedo despreciarles yo, hasta anular su existencia, de alguna manera tengo el poder de Dios que nos trae a la existencia y nos la quita cuando quiere. Yo puedo quitarles la existencia, sino existen para mí han dejado de existir en mi mundo. No me importa lo que hagan o dejen de hacer cuando vivan en sus mundos porque yo pertenezco ya a otro universo.

-He renunciado a la relación interpersonal, al afecto, a la amistad, al amor, soy una máquina que se mueve porque la han puesto en marcha. Una máquina que se levanta todos los días cuando suena el despertador, que se mueve con movimientos programados, que va a trabajar y hace lo que tiene que hacer, que regresa, que come porque tiene que comer, que procura dormir todo lo que puede para salir de este mundo, para evitar todo contacto con esta vida repugnante. Puede que con el tiempo alcance la demencia, puede que llegue a fugarme por completo de la realidad. La demencia es mi meta. Ya intenté quitarme la vida de las formas más espantosas que puede imaginar un ser humano. No lo he conseguido. Pues bien, al menos alcanzaré la demencia.

Estos principios de mi nueva vida de loco no fueron formulados así, solo eran como gusanos que me roían las entrañas, invisibles, indeterminados. Pero ahora no me cuesta nada formularlos, enunciarlos, porque formaron los cimientos de mi vida durante muchos años. Vivir como un loco no es fácil, yo diría que es incluso mucho más difícil que vivir como un cuerdo. Los cuerdos pueden aislarse, pasar desapercibidos, hablar cuatro palabras y replegarse a su anonimato. Un loco es como un viandante nocturno que camina en plena noche por lugares oscuros llevando un traje reflectante. Te ven a la legua. Nunca pasas desapercibido, todos te miran, todos te señalan con el dedo. Decidir ser un loco es renunciar al anonimato, convertirte en un famoso ridículo, en una bestia acechante que ni siquiera es felina, que ni siquiera puede pasar desapercibida.

Continuará.

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