MANUAL DEL PERFECTO SOÑADOR I

17 11 2015

MANUAL DEL PERFECTO SOÑADOR   O   LOS CAMINANTES DE SUEÑOS Y EL ARTE DE ENSOÑAR

 

Telalarinov

A MODO DE PRÓLOGO

Los sueños son uno de los misterios más cerrados a nuestra comprensión, de todos los misterios y secretos en que está inmersa la vida humana. Dicen que soñamos todas las noches, aunque no siempre recordamos los sueños; de hecho son muchos más los sueños que no recordamos que aquellos de los que tenemos consciencia. Suponemos que las noches en las que no recordamos un solo sueño también hemos soñado, lo mismo que sabemos, por ejemplo, que siguen ocurriendo cosas a nuestro alrededor mientras estamos dormidos, aunque no podamos darnos cuenta de ello. Estamos seguros de ello porque otras personas que han permanecido despiertas nos lo han contado y porque cuando nosotros estamos despiertos sabemos que nos han sucedido muchas cosas, aunque otras personas en nuestro entorno lo desconozcan porque estaban dormidas.

Aunque experimentos en laboratorio han demostrado, o creen haber demostrado, que la parte de tiempo que dedicamos a los sueños no es el total de las horas dedicadas al sueño y que al parecer solo soñamos en la fase REM, lo cierto es que nadie lo sabe con certeza. El hecho de recordar sueños no significa que al despertar otras noches, sin ser conscientes de haber tenido un solo sueño, no hayamos soñado. Tampoco el hecho de que al despertar a un soñador, en un momento determinado de sus horas de sueño, y no recuerde nada significa necesariamente que a esas horas nadie sueña o esa persona en concreto no ha soñado. Si hubiera espectadores cualificados de nuestros sueños podríamos tener la seguridad de cuánto tiempo abarca ese periodo y de que el resto del tiempo no soñamos en absoluto, sino que nos dedicamos a otras cosas, a descansar sencillamente.

Nadie conoce los pensamientos y los sentimientos de los demás sino es a través de lo que ellos nos cuentan y deduciendo de sus palabras y conductas que sus ideas y emociones deben de ir por determinado camino y no por otro, puesto que caso contrario se producirían contradicciones y entraríamos en el terreno resbaladizo de la doble o múltiple personalidad. En el sueño estas deducciones son aún más complejas y menos verosímiles, puesto que las personas hablan muy poco de sus sueños y cuando lo hacen no podemos estar seguros de si nos mienten, a sabiendas para ocultar sueños que consideran vergonzosos, o sin ser conscientes de ello, puesto que la memoria en la vigilia funciona de forma muy diferente a la memoria de los sueños y expresar qué se ha vivido realmente en sueños es infinitamente más difícil que explicar lo que nos sucedió ayer en el mundo de la vigilia.

Si fuera cierto que soñamos durante todo nuestro periodo de descanso y no solo durante unos minutos cada noche, nos encontraríamos con otra vida paralela, una auténtica y real vida, aunque tan complicada de recordar y de explicar que no llegaríamos muy lejos si intentáramos contarla en una autobiografía o currículum onírico. Al cabo de nuestras vidas las horas de sueño son muchas, casi un tercio o en algunos casos un poco más. Teniendo en cuenta que durante el sueño no comemos, ni trabajamos, ni nos dedicamos a otras actividades relacionadas con el funcionamiento de nuestros cuerpos, que consumen mucho tiempo en nuestra vigilia y que no nos llevan a parte alguna, dejando de lado el mantenimiento en el taller de nuestro vehículo carnal, habría que deducir que en el supuesto de llevar una vida paralela onírica, ésta sería mucho más intensa, permitiéndonos muchas más actividades, y más provechosa o aburrida, según una persona considere que “pensar” es útil o aburrido. Porque poco más podemos imaginar que suceda en los sueños sino es “pensar”.

 

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Para el ser humano cualquier tipo de actividad que no sea “utilizar” el cuerpo, bien fuere para moverse, para comer, para relacionarse, para trabajar…es “pensar” o “no pensar” si no somos conscientes de los procesos de nuestra mente. Sin embargo es muy probable, sino claramente posible, que en sueños también nos podamos “trasladar”, “relacionar” y hacer todo aquello que solo podemos hacer a través de nuestro cuerpo, y en esto no incluyo el sexo o el amor, porque las sensaciones, emociones y sentimientos, al menos la mayoría, muy bien pudieran darse sin el cuerpo.

Y aquí entramos en el meollo de la cuestión o la madre del cordero. Si los sueños son un puro proceso “bioquímico” que ocurre en nuestro cerebro mientras dormimos, está claro que mientras soñamos no podemos hacer otra cosa que no sea dejar que el cuerpo, las neuronas y las hormonas cerebrales, entre otros procesos de nuestro complejo organismo biológico, funcionen como quieran, o mejor dicho, de la forma en la que han sido diseñados. Pero si por casualidad poseyéramos otro cuerpo distinto al cuerpo físico, digamos un cuerpo energético o astral o espiritual, o un espíritu o un alma, que permanece muy atada al cuerpo durante los periodos de vigilia, pero que durante los sueños puede separarse del cuerpo y llevar una vida muy diferente a la que necesariamente nos vemos obligados a llevar con el cuerpo… entonces…entonces todo cambiaría y nos encontraríamos en un universo desconocido, asombroso, lleno de misterios y de aventuras maravillosas.

Con este ensayo sobre los sueños no pretendo convencer a nadie de nada, aunque por mi parte sí puedo decir que estoy absolutamente convencido de que la segunda opción es la verdadera y la que mejor explica ciertos fenómenos oníricos que no tienen el menor sentido si pensamos en el sueño como un cóctel de estímulos, que se mezclan al azar. Lo mismo que no creo que algo tan perfecto como la vida haya surgido de una mera casualidad, al mezclarse y evolucionar un conjunto de partículas, átomos y genes, sino que estoy convencido de que hay una mente detrás de todo, así pienso que el sueño no es una casual asociación de estímulos y sensaciones, sino una auténtica vida paralela que nos resulta muy difícil de explicar y comprender, porque en esa vida, en esa dimensión, no existen los soportes básicos que nos permiten entender la vida de vigilia: el tiempo y el espacio.

Morphia

Mi aventura con este manual es conseguir una técnica, la más sencilla posible, para recordar nuestros sueños, y otras técnicas que nos permitan programar nuestros sueños y alcanzar determinados objetivos. Sin recordar no se puede hacer nada en el mundo onírico, y esto es extremadamente difícil por las razones que veremos. Sin poder ser conscientes de nuestros sueños y poder decidir en ellos e incluso programarnos, nuestro trabajo sería tan solo un aburrido “sujetar” al álbum correspondiente el insecto cazado con mucha dificultad. Así pues, utilizaremos el manual para saber cómo recordar y actuar en sueños, y luego analizaremos los sueños para encontrar alguna explicación.

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MANUAL DEL PERFECTO SOÑADOR

UNA GUIA PARA SOÑAR, PARA RECORDAR LOS SUEÑOS Y PARA INTENTAR EXPLICARLOS

 

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INTRODUCCIÓN

Siendo niño ya me sentí seducido por el universo onírico. Como todos los niños soñaba mucho y recordaba la mayoría de los sueños. A pesar de que sentía mucho miedo a las pesadillas rara vez me iba a la cama sin el deseo secreto de que los sueños de esa noche fueran mucho más divertidos que los sueños de la noche anterior. Lo cierto es que disfrutaba mucho soñando, hasta el punto de que me costaba despertarme y cuando lo conseguía me sentía triste y malhumorado, lo que me sigue sucediendo en la actualidad.

Ignoro cómo los demás han pasado la línea que separa la infancia de la edad más o menos adulta, para mí fue un trauma descubrir que el mundo de la fantasía o el universo onírico no eran “reales”. Hubo un tiempo feliz en el que el niño que yo era pensaba que los deseos, cualquier deseo, podía realizarse. Que uno podía fantasear sobre algo, sobre cualquier cosa, y “ese algo”, fuera lo que fuera, llegaría a realizarse con el tiempo.

En lo que se refiere a los sueños, los “personajes” oníricos eran para mí muy reales y las escenas soñadas, si bien muy diferentes del mundo de la vigilia, no dejaban de tener para mí una solidez muy real. No recuerdo cuándo sucedió, tal vez ocurrió con posterioridad a descubrir que los Reyes magos eran los adultos que se disfrazaban y que los regalos no los traían ellos sino nuestros papás, de ahí la diferencia abismal entre unos regalos y otros. No es que unos fueran más “buenos” que otros, sencillamente sus papás tenían más dinero.

Algo tan inocente e inocuo para un adulto fue para el niño crédulo y confiado que yo era, que somos todos, un terrible trauma. Se abrió un abismo bajo mis pies que separaba la realidad adulta de la otra y desde entonces nunca volvió a llenarse ese precipicio, aunque sí he ido tendiendo puentes que me permiten pasar de uno a otro con gran facilidad.

Las fantasías y los sueños pasaron a ser una diversión en la que me gustaba refugiarme a menudo, sobre todo cuando las cosas me iban mal. Era un juego privado y personal en el que no era preciso invitar a otros a participar y por lo tanto yo marcaba las reglas y era muy libre para jugar cuando y donde me apetecía.

Aprendí a ocultar mis “fantasías” y a no contar mis sueños. Procuraba también que los adultos no me vieran jugar. Esas facetas de mi personalidad de niño debían ser ocultadas a los adultos por la cuenta que me traía. Ellos no entendían nada, ellos eran unos idiotas que intentaban divertirse de formas tan peregrinas como peligrosas.

Separé un universo de otro y ya nunca dejaría que ellos, los adultos, entraran en él. No creían en nada que no pudieran palpar con sus manos callosas e incrédulas, ellos no creían prácticamente en nada que no fuera el dinero y sus consecuencias. Su mundo era tan aburrido que ni siquiera me planteaba aprender sus reglas.

Pero tuve que hacerlo. Para sobrevivir es preciso adaptarse a las circunstancias, sean las que sean. Eso implica mentir, disimular, aceptar las reglas del juego del ajedrez de la vida. ¿Qué importa en la vida? Por supuesto el dinero, sin él no podríamos comprar alimentos, imprescindibles para mantenernos con vida. Para conseguir dinero es preciso tener mucha suerte y nacer millonario o que a lo largo del tiempo te sonría la fortuna y puedas dejar de trabajar. De otra forma te pasarás un tercio de la vida trabajando para alguien que te paga mal, para quien solo eres un instrumento y perdiendo buena parte de la vida que podrías emplear mucho mejor haciendo cosas que no quieres, que no te gustan, solo porque de esa forma lograrás seguir vivo. Hay afortunados que trabajan en lo que les gusta, a quienes se les paga bien o muy bien y que disfrutan con lo que hacen. Perfecto. ¡Ojala todos tuviéramos la misma suerte! Pero no es así. El resto de los mortales trabajamos duramente para vivir y con nuestro sueldo procuramos adquirir un hogar decente donde nuestra intimidad personal esté relativamente a salvo. La vida cotidiana, “real”, tiene su encanto. No se puede negar, pero la mayor parte del tiempo la ocupamos luchando, peleando, batallando, por intentar defender “nuestro territorio”, nuestra personalidad e individualidad. Queremos ser lo que somos y si no puede ser, al cien por cien, al menos al cincuenta o al treinta o a lo que sea, pero al menos algo de nosotros mismos debe permanecer en pie o nuestra individualidad desaparecerá y no habrá consciencia “nuestra” solo una consciencia común o una especie de “realidad” que solo perciben otros.

La mayoría de la gente piensa que la “realidad”, o sea la vida cotidiana de todos los días, es lo único que merece la pena, lo único que realmente existe. Todo lo demás es pura fantasía, producto de nuestra imaginación, algo que está bien cuando necesitas evadirte, pero que no posee la menor consistencia y de lo que no puedes fiarte en lo más mínimo.

Bien, que ellos se queden con sus ideas, con su vida cotidiana, con su “realidad”, que la disfruten todo lo que quieran o puedan. Por mi parte sigo pensando de forma muy parecida al niño que fui un día. Aquel niño que creía a pies juntillas que la fantasía era tan “real” como la realidad misma, aquel niño que creía que todo lo que deseara con intensidad se realizaría antes o después, el niño que vivía con la misma emoción un partido de futbol en el patio del colegio que su fantasía de ser un día un mito del futbol profesional. No importa que puedas tocar una pared o que te rompas el cráneo contra ella. Lo que verdaderamente importa es lo que piensas, lo que sientes, lo que vives en tu interior. Esa es tu vida y no otra. Si algo te obliga a sentir de distinta manera, a empatizar con el prójimo, a seguir las reglas que supuestamente marca un universo físico construido por ¡vaya usted a saber quién!, es porque la colisión de mundos personales, de consciencias individuales, de vidas interiores, amplia tu mundo y el mundo de los otros, generando unas fronteras, unos límites, que marcan los linderos de la supervivencia. Si intentas destruir o anular otro mundo individual de consciencia, éste se rebelará y se defenderá, si sigues insistiendo tendrás que acabar con él o él acabará contigo.

Esto, que es tan evidente en el mundo físico o realidad aceptada por todos, también sucede en el universo onírico, solo que de otra manera. Si alguien desea pasarse un tercio de su vida “durmiendo”, sin saber lo que realmente está ocurriendo en su vida durante ese periodo de tiempo. Si alguien considera que el sueño es una más de las debilidades que nos obliga a aceptar la vida, lo mismo que perdemos tiempo alimentándonos o trasladándonos por un espacio o intentando convencer al prójimo de que nos deje hacer algo que a nosotros nos parece razonable y a él no, entonces que se vaya a la cama con la tranquilidad de quien cree que es un periodo de descanso en el que las células se regeneran y todo nuestro cuerpo descansa del duro ajetreo cotidiano.

Manual soñador

Por mi parte sigo pensando lo mismo que cuando era niño, que la fantasía es tan real como la realidad misma, que el sueño solo es un cambio en el estado de nuestra consciencia, lo mismo que cuando éramos niños pensábamos de otra manera y nos sentíamos diferentes. ¿Acaso el niño que fuimos y el adulto que somos son entidades diferentes o mundos paralelos? Si no es así, tampoco la vida que llevamos en sueños es diferente a la vida que llevamos cuando despertamos, sencillamente en una somos niños y en otra adultos. Es posible que pensemos a pies juntillas que la vida onírica es la vida del niño inconsciente y la vida de vigilia es la cruda realidad del adulto, la única aceptable y la única real, digan lo que digan y así se caiga el universo sobre nuestras cabezas. Pero puede que nos equivoquemos.

Este “Manuel del perfecto soñador” pretende abrir una puerta a otra dimensión, a la dimensión onírica. No intento convencerles de nada, tan solo les voy a mostrar lo que puede suceder cuando rompemos las cárceles dogmáticas y nos adentramos en el territorio terrible y al mismo tiempo absolutamente maravilloso de la libertad. Somos libres, nos hicieron libres y nuestro único límite es la libertad de los otros.

Pueden seguir creyendo que la única forma de viajar por el universo es en una nave espacial, diseñada para viajar a la más alta velocidad posible de acuerdo a las leyes físicas existentes y que la única forma de vivir y de conocer nuevos territorios es construir una carcasa de metal, ponerle un depósito de combustible y diseñar un complejo sistema para viajar por el espacio. Lo que ocurra en ese viaje es “real”, lo que suceda cuando viajamos con nuestras mentes es pura fantasía, imaginación sin sentido. Lo uno es vida y lo otro diversión infantiloide. Bien, piensen lo que quieran y vivan su vida como mejor les parezca. Son libres. Pero si me permiten les voy a llevar hasta una pared que no se puede atravesar, les voy a mostrar una puerta en esa pared y les voy a invitar a pasar a través de ella. Lo que hallen al otro lado será cosa suya, pero estoy casi convencido de que no será muy diferente a lo que yo encontré.

Para empezar este largo camino es preciso ir con calma, etapa tras etapa e ir anotando en su cuaderno de bitácora todo lo que descubran. Por ello este manual de los caminantes de sueños tendrá diferente etapas y en cada una de ellas iremos anotando nuestros descubrimientos. Para empezar, es preciso que “recuerden”. De nada sirve pasarse horas y horas soñando si luego no recuerdan lo que soñaron. La memoria de la vida cotidiana no nos sirve para el universo onírico. El sueño tiene otra memoria, otra “realidad”. Es preciso aceptar con humildad lo que encontremos a lo largo del camino, lo mismo que un bebé asume con naturalidad que antes de comenzar a caminar debe gatear y antes de aprender a llevarse la cuchara a la boca debe dejar que otros lo hagan por él y antes de empezar a hablar debe balbucir. Si aceptan que son bebés en el mundo onírico dejarán de sentirse descorazonados a cada fracaso. Lo mismo que un bebé no se rebela y quiere destruir el universo porque al nacer depende de otros y porque todo es nuevo para él y todo debe ser aprendido desde el principio, el soñador, el caminante de sueños debe asumir que es un bebé que acaba de nacer en el mundo de los sueños. No pueden comportarse como adultos, creer que lo saben todo, morder la mano de quien les da de comer, intentar andar por su cuenta cuando apenas saben gatear.

Por ello este manual que acaba de empezar con una introducción emotiva, seguirá con un “Manual del perfecto soñador” o una especie de cuaderno de bitácora para los bebés oníricos. Luego comentaré y analizaré algunos de mis sueños y finalmente me pondré en pie y andaré, con pasos titubeante, como no podría ser de otra manera, por el universo onírico.

Se trata de una experiencia personal. Cada soñador o caminante de sueños o “ensoñador” en la terminología del Don Juan de Castaneda, que comentaremos ampliamente en este manual, vivirá su propia experiencia y hará acopio de sus propias vivencias y datos. Nada es verdad hasta que ustedes lo comprueben por sí mismos. Cierto. Pero no se olviden de que alguien puede llegar, con el costado abierto, y decirles aquello de: “Si no me crees pon tu mano en mi costado”.

Les dejo con unas normas sencillas para empezar a recordar los sueños. Sin este paso previo todo lo demás resultará inútil.

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