LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XIII

22 11 2015

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LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XIII

EN LA PIEL DEL HERMANO MENOR

UNA VIDA SIN ESPERANZA

No soportaría ingresar en Ciempozuelos, como mi hermano. Tengo que encontrar la manera de que eso no suceda nunca. Mi hermano no tuvo suerte, tal vez no supo controlarse, tal vez algo le pudo, pero no podrá conmigo. Sé que no es real porque solo yo lo veo, solo yo escucho las balas silbar sobre mi cabeza, pero no puedo evitarlo, me arrojo al suelo, repto hasta encontrar un refugio y espero que pase todo… porque al final acaba pasando. No puedo encontrar una explicación, pero tiene que haberla. Las religiones lo explican todo, son la palabra de Dios y no pueden mentir. Dios lo sabe todo, Él también tiene que saber lo que me pasa.

Algún día conseguiré mantenerme de pie, mientras contemplo cómo los soldados corren frente a mi, con sus fusiles preparados para disparar. No tendré miedo, dejaré que me atraviese, como un rayo de luz, sin tocarme. No agacharé la cabeza cuando las balas corten el aire sobre mi cráneo. No es real, diré en voz alta, y lo repetiré hasta creérmelo. No es real. Pero hasta que eso suceda debo proteger mi vida, evitar que una bala me atraviese el pecho. A veces pienso que esa sería una buena forma de morir, sin tener que hacer nada, solo mantenerme en pie el tiempo suficiente para que algún soldado afine el tiro. No hay esperanza para mí, solo una muerte rápida. Lo he pensado muchas veces, pero cuando ocurre no soy capaz de hacerlo. Todo es tan real, los soldados corriendo, con sus uniformes y sus cascos, el sonido de la metralla a lo lejos, las balas que cortan el aire a mi alrededor, que no puedo permanecer de pie. Un impulso ciego me impulsa a correr, a tirarme al suelo, a buscar una trinchera donde refugiarme. Es el instinto ciego de supervivencia, el deseo de seguir vivo a cualquier precio. El terror me hace temblar, estremece todo mi cuerpo, siento un frío gélido recorriendo mi piel, noto cómo el vello de me pone de punta, siento retorcerse mis entrañas. A veces no he podido evitar orinarme encima.

Por suerte Bautista no lo ha notado, o al menos ha hecho como si no lo supiera. Es la única persona de este mundo de la que me puedo fiar. Él no me traicionará nunca, lo sé. Se limita a estar ahí, esperando hasta que todo pase, luego me da un abrazo, como si no hubiera pasado nada y habla de otra cosa. Hasta ahora he conseguido que no me pase en público, que nadie se entere. No sé la razón, tal vez logro controlarme cuando hay gente desconocida a mi alrededor. También me ha pasado alguna vez, estando solo, pero entonces es más fácil dejarme llevar, solo tengo que encontrar algo detrás de lo que refugiarme y esperar que todo pase… porque siempre acaba pasando.

No se lo he dicho, no hemos hablado de ello. Él sabe lo que me pasa pero calla porque yo no quiero hablar. Por suerte solo me ocurre muy de vez en cuando, a veces lo veo llegar y procuro estar solo, en mi cuarto, entonces me escondo bajo la cama y dejo que las balas silben a mi alrededor hasta cansarse. No sé por qué me ha dado por ahí. Odio la guerra, es la manifestación más brutal de la naturaleza humana. Me dan miedo los hombres, me doy miedo yo. Tal vez de niño oyera contar alguna historia de algún familiar muerto en el frente. Es como una pesadilla, hermano contra hermano, padres contra hijos, tiros en la nuca, fusilamientos, violaciones en la oscuridad de la noche. Una guerra fratricida recorrió las tierras de este país, soplaron vientos de odio, la tierra se empapó de sangre. Tengo miedo de que vuelva a ocurrir. Uno nunca está libre del odio, de la venganza, de acabar con la vida del hermano. Me dan miedo los hombres. Será por eso que mi cabeza la ha tomado con eso. Podría ver cualquier otra cosa, fantasmas, monstruos que intentan devorarme, pero no, tiene que ser la guerra, hombres en el frente, disparando a todo lo que se mueve, gritos de dolor, vidas que se siegan como la espiga en los campos.

 

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No es real, no es real, lo repito una y otra vez. El tiempo pasa, casi me olvido de la guerra, del tableteo de las armas. Y luego un día me vuelve a ocurrir, algo se dispara en mi cabeza, un tornillo se suelta y de pronto todo es real. No sé por qué estoy ahí, no sé por qué de pronto la guerra ha vuelto, el ansia fratricida de muerte, pero está ahí, frente a mí. Nada parece haber cambiado, los caminos son los de siempre, la llanura es la misma, los campos están como deben de estar en cada época del año. No he escuchado el rugido del motor de los camiones que se acercan, no veo aviones en el cielo tirando bombas, solo esos soldados frente a mí, corriendo como locos, disparando a todo lo que se mueve y las balas que pasan cerca, sin tocarme. Cuando ocurre no puedo razonar, no puedo pensar por qué nunca me da una bala perdida, se introduce en mi pecho, rasgando mi carne. Veo lo que veo, oigo lo que oigo. No puedo evitarlo.

Bautista me ha dejado algunos libros de religión y yo me he buscado algunos más. Leo mientras él atiende al público en la tienda. No creo ser tonto, entiendo lo que leo, lo rumio. Tal vez en algún libro haya un párrafo que me lo explique. Es cuestión de tener paciencia y leer con calma, sin que una sola palabra se pierda, encontrar sentido a todo. Leo la Biblia, el Corán, leo lo que dicen las religiones del mundo. Si Dios ha hablado a sus profetas necesariamente ha tenido que tener alguna palabra para nosotros. Él tiene que saberlo, lo sabe todo, no ha podido dejarnos de su mano. Ni una sola hoja cae del árbol sin que vuestro Padre celestial lo sepa. El tiene palabras para todos, para los fariseos hipócritas, para el hijo pródigo, para los publicanos, para los corderos llevados al matadero. Los grandes profetas de las religiones se ocupan de todo el mundo, de los lujuriosos, los adúlteros, los soberbios, los mentirosos, los ricos, los pobres, los sacerdotes, las vírgenes… ¿Por qué no dicen nada de nosotros? Jesús hasta expulsó demonios de algunos poseídos, pero de nosotros no dice nada. Tenemos que vivir sin esperanza, ver cosas que nadie ve, escuchar lo que nadie escucha, estar tristes todo el tiempo, cuando luce el sol en lo alto, cuando las mozas bailan con los mozos en la fiesta del pueblo, cuando llegan las fiestas y todo el mundo come hasta reventar. Pero nosotros seguimos tristes, como si de pronto la oscuridad hubiera caído sobre nuestras cabezas y la noche ya no nos abandonará nunca. Tristes, deprimidos, pensando en morir, pensando en lo peor que se puede pensar, sin poder evitarlo. Nos miran y sacuden la cabeza. ¿Qué le ocurre a este hombre para estar tan triste? No tiene que trabajar para comer, como nosotros, lleva una vida muelle, hace el vago cuanto quiere y nadie le dice nada. ¿De qué se queja?

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Lo veo en sus miradas, sé que es lo que cuchichean cuando me ven pasar. Es lo que peor llevo, no ser productivo, no aportar algo a la sociedad, que todo el mundo trabaje, que todo el mundo haga algo mientras yo me levanto todas las mañanas para ir al encuentro de Bautista. Permanezco allí, en la trastienda, leyendo sobre religión, leyendo cualquier cosa que pueda darme una explicación a lo que me pasa. Luego hablamos de cualquier tema y eso me hace sentirme bien. Creo que él piensa que soy inteligente y tal vez lo sea, más que muchos, puede que esa sea la razón de que esté como esté, vea lo que vea y escuche lo que escucho, porque soy tan listo que me he pasado de rosca. Cuando leo libros sobre la enfermedad mental me asombra que piensen que se nos va la cabeza, así, sin más, y de pronto nos hemos convertido en locos. Yo no me siento un loco. Sé que me pasan cosas que no entiendo, que veo guerras cuando no hay guerras, al menos no aquí, que escucho el silbar de las balas cuando no se mueve una brizna y que no soy normal, pero no soy un loco, puedo ver lo que ven los demás, puedo hablar con Bautista como un amigo y no se me ocurre agarrar un cuchillo de la cocina y salir corriendo tras los soldados que disparan, ni confundirlos con las buenas gentes de mi pueblo. Puedo leer libros y entenderlos, puedo lamentar lo que me pasa y desear que todo fuera distinto, pero no puedo cambiarlo.

Todas las mañanas me levanto tranquilo porque sé que me espera Bautista, incluso algunas veces viene a buscarme. Descorro el pestillo de la puerta de mi habitación, escucho que mi padre no esté en casa y salgo. Sé que él me tiene miedo, lo veo en sus ojos, como yo le tengo miedo a él. Bautista me puso el cerrojo por dentro, sin preguntar, como hace siempre. Mi padre también colocó el suyo en su habitación. Somos como dos enemigos separados por trincheras, escuchando lo que hace el otro y temiendo que en cualquier momento se desencadenen las hostilidades y alguien tire la puerta del otro a patadas. No quiero pensar en ello, imagino que mi padre tiene motivos para temerme y sé que yo le tengo miedo por cosas que prefiero callarme. La sombra de mi hermano es como una nube negra sobre nuestras cabezas. Desde Ciempozuelos parece planear sobre nosotros, como un cuervo, un pájaro de mal agüero, graznando improperios. El no tiene la culpa de nada, pero es como si nos hubieran castigado y él fuera el cuervo que viene a posarse en la rama antes de que el suicida se cuelgue.

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Los días no son un vacío infernal porque tengo mis libros, porque tengo a Bautista, pero me siento infeliz, no puedo evitarlo. Me gustaría ayudarle con la tienda, me gustaría encontrar un trabajo y ser útil a la sociedad, pero teme que en cualquier momento venga la guerra y todo el mundo sepa que soy un loco que ve soldados disparando tiros donde solo hay música de baile o el pregonero anunciando que llega Paquito, el de los pollos. Me da miedo que los demás sepan, porque sé que no me van a comprender, no van a intentarlo, ni siquiera me darán un abrazo compasivo, se alejarán de mí porque soy el cuervo de los desgracias. Me siento infeliz cuando veo a los novios darse un beso furtivo, cuando Bautista me invita a comer a su casa y veo lo que una familia puede hacer por un hombre. Me gustaría tener novia, que ella me viera como un hombre normal y cuando me fueran a pasar esas cosas malas me iría al campo, a escuchar el sonido de las balas hasta que todo pasara. A veces él ha bromeado, para luego callarse bruscamente, como si temiera ofenderme. Cuando voy a Ciudad Real, algún fin de semana, me gusta fantasear con que una chica se acerca a decirme algo bonito y nos hacemos novios. No sé, a veces hasta yo mismo creo que tengo novia. Cuando se lo cuento, que voy a ver a mi novia a Ciudad Real, hasta yo mismo me lo creo, pero luego veo su mirada y sé que él no me cree. Ningún loco puede tener novia. Ni novia ni nada, ni trabajo, ni una familia, ni un futuro, nada una vida sin esperanza.

No se lo digo a Bautista porque temo entristecerle, pero eso es lo que pienso, que no tengo esperanza, que mi vida es una vida sin esperanza. Tal vez consiga que nunca me encierren en Ciempozuelos, pasar desapercibido, leer libros, estudiar, hablar con él cada mañana, imaginar que algún día un sabio descubrirá qué nos ocurre en la mente a los enfermos mientras investiga cualquier cosa, cualquier virus nuevo. Sé que mi hermano quería hacerle la autopsia a una gallina, para saber qué nos ocurre en el cerebro a nosotros, pero la explicación tiene que ser más simple, solo encontrar ese tornillo que se ha aflojado, esa tuerca que se ha pasado de rosca, ese mecanismo entrampado. Alguien, algún día se ocupará de nosotros, sabrá que existimos, que no somos monstruos. A veces pienso que tal vez me habría venido mejor que la viruela me hubiera marcado o que la polio me hubiera dejado tullido, ellos sí creen que estás enfermo cuando a tu cuerpo le pasa algo y lo pueden ver, pero no se creen nada de la mente, esos son cuentos chinos, se trata de vagos que han descubierto la forma de no trabajara, son malas personas que no quieren reconocerlo y buscan disculpas.

Una vida sin esperanza, eso es lo que me espera. Día tras día acudo a la tienda de Bautista y mientras hablamos me creo por un momento una persona normal. Hasta me gusta contarle de vez en cuando lo que me ha dicho mi novia o cómo le he robado un beso cuando estaba descuidada. El no se burla de mí, me escucha y a veces me pregunta algo, como si me creyera. A veces pienso que si encontrara una mujer que me comprendiera y me quisiera tal vez podría curarme. Al menos mi vida tendría sentido, tendría una esperanza. Sé que voy a terminar mal, todos los locos terminamos mal, pero no quiero decírselo a Bautista, no quiero hacerlo sufrir. No soporto que la gente sufra, daría mi vida porque nadie sufriera. Puede que sea eso lo que me ha trastornado, el sufrimiento de las guerras es inhumano, tal vez no haya podido soportar que los hermanos maten a los hermanos y como consecuencia mi cráneo se haya reblandecido. Me miran como a un loco pero no se dan cuenta de lo locos que están los que corren en el frente disparando a todo lo que se mueve, los que se odian hasta al punto de derramar la sangre de su hermano, de su padre, de su hijo. Ellos sí que están locos, pero no se les reblandece la mollera, porque la tienen muy dura.

Una vida sin esperanza. Sé que terminaré mal, como terminamos mal todos los locos, pero voy a luchar, porque no me encierren en Ciempozuelos, no tomaré medicación, no hablaré con los médicos de locos. Sé que puedo resistir… y cuando no pueda dejaré que la muerte me lleve a donde nadie pueda verme… para no molestar.

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