10 12 2015

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

 

EL GRAN SECRETO DE MI VIDA

 

LA LÍNEA ROJA DE LA LOCURA

 

Desde niño supe que yo no era un niño normal, mi excesiva sensibilidad y aquella vivísima imaginación que solo años después sabría que era delirante, me hicieron saber muy pronto que no me parecía en nada a los niños con los que jugaba. Había algo, algo que no era capaz de concretar, de definir, que me impedía conectar con el resto de los mortales, especialmente con los niños de mi edad, con los que jugaba en el pueblo a aquellos divertidos juegos de mi infancia.

 

Era un niño excesivamente tímido, lo que entonces se llamaba “de una timidez enfermiza”. De hecho muchas veces me sentía realmente enfermo cada vez que me veía obligado a superar mi timidez por algún motivo importante. Los demás, niños y adultos, me producían un miedo instintivo y aterrador que no era capaz de concretar en un razonamiento lógico. Sabía que me podían hacer daño, daño físico, psicológico, moral, pero no era exactamente eso lo que me aterrorizaba de ellos, el daño físico era muy relativo y estadísticamente improbable, el daño psicológico nunca pasaría de burlas o insultos que cuyo efecto terminaría pasando con el tiempo, como bien sabía. No Había algo más, mucho más, más incluso que la forma como vivía mis fantasías, con un realismo atroz, imposible de controlar o bloquear.

 

Solo años más tarde, cuando caminaba por aquella calle en dirección al trabajo, consciente del paso que iba a dar, consciente de lo que arriesgaba, de que mi vida ya no volvería a ser la misma, llegué a intuir qué era lo que realmente me ocurría de niño. Viví en dos dimensiones, absolutamente reales cada una de ellas, sin saberlo. Estamos acostumbrados a vincular al cuerpo físico todo lo que nos sucede, si sentimos dolor es porque nos duele el cuerpo físico, si sufrimos de cualquier otra manera es porque el cuerpo siente ese sufrimiento. Con el tiempo llegamos a asumir que el sufrimiento moral, el sufrimiento psicológico, el sufrimiento existencial también son dolores, pero los sentimos con el cuerpo físico, como si no pudiera existir otra forma de sentir el dolor que a través del cuerpo. Cualquier sufrimiento, cualquier enfermedad, podría ser erradicada si encontráramos en el cuerpo físico, en el cerebro, en las hormonas, en las células, en la genética, las llaves que abren y cierran el paso al dolor y a la enfermedad. No creemos en las enfermedades del alma porque ya nadie cree en el alma, algo invisible, insustancial que no puede ser visto ni palpado, un concepto religioso, dogmático, que solo siguen defendiendo los dogmáticos religiosos.

 

En realidad aunque todo sufrimiento acabe repercutiendo en el cuerpo físico eso no significa que nazca siempre en él. El terror a lo desconocido, la angustia ante el futuro, el sufrimiento moral que nos ocasiona el ver la maldad en nuestro entorno, el contemplar cómo personas aparentemente normales son capaces de tanto odio hacia los demás, de causar tanto sufrimiento, no son dolores del cuerpo físico, no nacen en él para afectar a nuestro psiquismo, es al contrario. Seguramente si los científicos conocieran todo sobre nuestro cuerpo físico sabrían cómo se comunican las neuronas estas cosas y cómo bloqueando determinados contactos neuronales estos dolores se atenuarían o desaparecerían, pero eso no significa que estemos tratando de enfermedades físicas sino del psiquismo que se transmite al cuerpo físico porque todos los cuerpos están conectados, como hemos visto en las clases de yoga y en la ley de los tres círculos.

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Una de las ideas obsesivas que se apoderó de mi en aquella etapa de mi vida y que fui incapaz de combatir fue la de que podía realmente llegar a hacer daño a los demás con mi mente, incluso acabar con su vida, sí matarles como si mi mente fuera una pistola que pudiera disparara balas al cuerpo de los demás. Fue una obsesión aterradora que me angustió hasta el infinito. Entonces la achaqué al desarrollo del tercer ojo, a lo que estaba viendo, a mi condición de telépata loco, a que algunos acontecimientos que había experimentado con mi mente telepática estaba comprobando que tenían visos de realidad, que existía algo razonable y lógico en mis conclusiones. Me costó recordar un dramático episodio en mi vida de adolescente.

 

Los hechos, la realidad, fueron tan sencillos como implacables. Yo había descubierto la masturbación y me gustaba tanto que me masturbaba varias veces al día, algunos días hasta media docena de veces o más. Por entonces vivíamos en un pueblecito de montaña, en un piso bajo de un edificio que facilitaba la empresa minera del carbón a sus trabajadores. La ventana de mi dormitorio daba a la calle, la ventana era tan baja que incluso el niño que yo era podía encaramarse a ella o mirar desde fuera sin ni siquiera ponerse de puntillas. Por entonces estaba en la cama, el médico me había diagnosticado una anemia perniciosa, falta de hierro, debido a mi mala alimentación, pero también, según le dijo a mi madre a mi presencia, ocasionada por lo mucho que me masturbaba. No fue una broma, no, le dijo que me habían pillado a tiempo, que estaba al borde de la leucemia, es decir de una muerte segura, porque entonces, incluso ahora, la leucemia no es ninguna broma. Iba a morir si no me cuidaba y hasta era posible que acabara muriendo por mucho que me cuidara. Terminé en la cama, comiendo filetes de hígado, tomando ponches de huevo con jerez y procurando no masturbarme. Recuerdo que estaba tan débil que apenas podía levantarme de la cama, y eso con gran esfuerzo. Incluso moverme en el lecho, mover las extremidades, me costaba un esfuerzo terrible. Pero ni entonces fui capaz de controlarme, seguía masturbándome.

 

Mi amigo Luisito me visitaba de vez en cuando. Nos llevábamos muy bien, él me invitaba a su casa para ver en la televisión en blanco y negro, una de las primeras del pueblo, mis series favoritas, Viaje al fondo del Mar, Bonanza, los dibujos animados y tantas otras. Le estaba muy agradecido porque me encantaban aquellas series y aquellos dibujos. No sé qué veía él en mí, supongo que le atraía mi imaginación para los juegos, mi creatividad, aquella inteligencia que me atribuía todo el mundo, desde el maestro, al cura, a cualquiera que me escuchara hablar de literatura y de tantas cosas que ellos ignoraban. Ocurrió que Luisito vino a verme sin avisar, entonces no existían móviles y pocos tenían teléfono fijo, sus padres eran uno de los pocos que lo tenían en el pueblo, pero en mi casa no había nada de eso, ni televisor, ni teléfono, e incluso la lavadora que teníamos era de las más elementales y sencillas. Yo había comido bien, las judías verdes que me encantaban y el filete de hígado que había comenzado a gustarme mucho. Me sentía bien, bien comido, tranquilo, descansado, y muy calentito bajo las sábanas y mantas. La imaginación buscaba un objeto al que asirse, eran muchas las horas que tenía que pasar en la cama. Terminé masturbándome, por supuesto, las fantasías eróticas eran las que más me atraían. Justo cuando estaba llegando al orgasmo escuché unos golpecitos en el cristal de la venta. Era mi amigo Luisito. Lo había visto todo. Me sentí terriblemente avergonzado. Recé para que no dijera nada, pero lo hice, mi madre le hizo pasar a la habitación y cuando nos quedamos solos lo primero que hizo fue comentar lo que había visto. Me sentí tan humillado y enfadado que alegué sentirme mal y le despaché enseguida.

 

Aquella tarde estallé en uno de mis arrebatos de cólera que tanto se han repetido a lo largo de mi vida y que tanto daño me han hecho. Lo maldije en voz alta, lo califiqué de insensible, de borrico, de idiota. Tenía miedo de que lo comentara con más gente y de que aquella situación vergonzosa la acabara conociendo todo el mundo. Esto puede parecer bastante ridículo, pero en aquellos tiempos era algo tan vergonzoso como la lepra. Nunca he sabido de dónde he sacado mi afición a las maldiciones cuando estoy arrebatado por la cólera, es algo que muchos años más tarde, cuando tuve el sueño de la decapitación, siendo un mongol, y las maldiciones que arrojé sobre el enemigo que me cortara la cabeza, comencé a comprender. Yo quería que Luisito se muriera para que no pudiera contar a nadie lo que había visto. Lo maldije por su “insensibilidad”, debería haberse callado, no comentar algo tan íntimo.

 

 

No volví a verlo. Mientras yo luchaba con la muerte, tragando filetes de hígado como un perro hambriento, tomando pastillas de hierro, recibiendo inyecciones muy dolorosas, pensando que de aquella no iba a salir, el recuerdo de Luisito se fue diluyendo, pero no tanto como para no preguntarle a mi madre por él. Me dijo que estaba enfermo, no se sabía qué le pasaba, podía ser alguna de las típicas enfermedades de aquellos tiempos, sarampión, tosferina, viruela, lo que fuera. Al cabo de un tiempo me enteré que Luisito había muerto. No pude ir a su entierro porque no podía levantarme de la cama ni para ir al servicio, hacía mis necesidades en una vacinilla de porcelana. Sufrí muchísimo, sobre todo porque se me metió en la cabeza la posibilidad, la certeza, de que yo lo había matado con mi maldición.

 

¿Cómo era posible que un adolescente de doce años creyera que podía matar de una maldición, con su mente? En aquel tiempo aún no había desarrollado el tercer ojo, no era el telépata loco que llegaría a ser. ¿Entonces?  Sin duda era una patología de una enfermedad mental enmascarada. Ya entonces sufría de manías obsesivo-compulsivas, ya entonces padecía de largas depresiones, aunque nadie pensaba que estuviera enfermo, ni yo mismo, solo cuando aquel psiquiatra me diagnosticó como enfermo mental supe que padecía una enfermedad y mi familia pudo al fin comprender mis extrañas conductas de niño y adolescente. Aún no sabía que era un fóbico social pero ya me miraba las puntas de los zapatos cuando caminaba por las calles del pueblo en dirección a la parroquia, donde asistiría, como monaguillo, a la misa que iba a decir el cura. Cruzaba de una acera a otra, daba vueltas y rodeos para no encontrarme con nadie. Una conducta idéntica a la que llevaría a cabo años más tarde, cuando sufrí de acoso en el trabajo, de mobbing y no podía entrar por la puerta principal del palacio de justicia, ni ver a nadie, me miraba la punta de los zapatos, caminaba mirando al suelo, por las calles me cruzaba de acera si alguien conocido venía caminando en mi dirección.

 

Yo era un enfermo mental y la enfermedad podía rastrearse hasta mi infancia y adolescencia. Incluso antes de que se abriera el tercer ojo y comenzara a ver puntitos de luz, a ver caras, a ver figuras ectoplasmáticas, cuerpos astrales o ectoplasmáticos, cuerpos físicos, a escuchar voces, a ver cosas que nadie más podía ver, incluso mucho antes de que me ocurriera todo aquello yo ya tenía comportamientos muy parecidos a los que ahora estaba adoptando. De niño casi podía hablar con mis amigos invisibles, casi podía verles, tenía sueños impresionantes, como el del conde Drácula tras leer un cuento en el periódico. Me daba miedo la gente, me escondía, me marginaba, creía que nadie me iba a comprender nunca. Tal vez si el tercer ojo no se hubiera abierto mi locura se habría manifestado de otra manera, tal vez no hubiera llegado a ser un telépata loco, pero hubiera sido algo loco, no sé qué, pero loco. Yo era un enfermo mental y el desarrollo del tercer ojo no hizo sino agudizar mi enfermedad y mis crisis.

 

Aquel telépata loco llegaría a temer haber matado con su mente a algunas personas, como temí haberlo hecho con Luisito. A algunos compañeros de trabajo que murieron de forma extraña. Episodios dramáticos y perfectamente naturales que para mí supusieron lo que años más tarde describiría en mi relato delirante y divertido como el “terror de las mentes”. Yo era un telépata loco capaz de matar con mi mente. En realidad un compañero murió de infarto, era mayor, estaba estresado, le dio el infarto en el trabajo y yo le acompañé en un coche al hospital, mientras le tomaba de la mano e intentaba guiarle al más allá. Otro murió de una flebitis que le comenzó en una pierna y acabó produciéndole un ictus cerebral o algo así, no recuerdo bien las circunstancias. Yo estuve en su funeral pensando que lo había matado porque en mi peor fase de telépata loco no me hacía caso. Muchos murieron a mi alrededor, pero no los maté yo. No sé si se puede o no matar con la mente pero sí sé que de poderse y de tener yo esos poderes mentales habrían muerto otras personas y no ellos. Sin duda habría matado a otros que se merecían la muerte más que ellos.

 

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Y fue entonces cuando creí que acabaría cruzando la línea roja de la locura, estaba convencido de ello y el horror, la infinita angustia que esa certeza me produjo hizo que mi inteligencia calenturienta diseñara algunas estrategias para evitarlo. La más llamativa, la que caracterizaría al telépata loco, al loco de León, fue aquella obsesión compulsiva que me pudo y me obligó a forzar a los demás a comunicarme mediante gestos que estaba comportándome como un verdadero loco. Mi razonamiento era muy sencillo: creo que puedo matar con mi mente al que piensa mal de mi, al que me oculta cosas, al que se burla de mí, al que…por lo tanto antes de matarle, de que mi mente le mate, debo advertirle y así lo hice. Estoy percibiendo lo que piensas de mí y no me gusta, me voy a enfadar mucho, podría matarte, pero antes te voy a avisar. Como no podía hablar de ello, decirlo en palabras, vocalizarlo, porque eso sería, de alguna manera, admitir mi locura, lo que hacía era enseñarles un código de gestos. Si me toco la nariz de tal forma, si me acaricio el mentón, si toco el lóbulo de mi oreja… entonces sabes que te estoy advirtiendo, que estoy leyendo tu pensamiento y que puedo matarte.

 

Fue una auténtica locura, la aventura delirante del telépata loco. No sé cuánto trascendió, pero debió de ser mucho, porque algún comentario así me lo dio a entender. Como aquel que comentó con otros delante de mí, que ya era famoso, o como aquella chica, recepcionista de un camping en Santander, a donde iba por primera vez, que no me conocía de nada, quien comentó con una compañera que yo era “el loco de León”. En efecto, aquella locura duró mucho tiempo y no sé si la prensa se ocupó de ello o los medios de comunicación, pero sí me consta que el mejor medio de comunicación, el boca a boca, el cotilleo funcionó. ¡Vaya si funcionó!

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Y todo comenzó aquella mañana, mientras me dirigía al trabajo, cuando tomé la decisión. Aquella mañana surgió el telépata loco, el loco de León, y todo porque no podía soportar lo que percibía a través del tercer ojo, porque me daba miedo ver el futuro, escuchar los pensamientos ajenos, poder matar con mi mente. A partir de aquel momento no cesaría de danzar sobre la línea roja de la locura, incluso creo que la traspasé en numerosas ocasiones. Por eso creo que puedo hablar de la locura, de los locos, con causa suficiente, por propia experiencia. Incluso Don Quijote regresó de su locura y murió cuerdo, aunque yo hubiera preferido que Cervantes no lo trajera de regreso, Don Quijote debería haber muerto loco, como yo, lo mismito que yo, pero en realidad yo nunca crucé definitivamente la línea roja. Y es de eso de lo que quiero hablar. No creo en la locura, no existe la locura como tal, por mucho que uno se desvincule de la realidad siempre habrá un vínculo fuerte con ella, te dolerá el cuerpo, tendrás que comer, que dormir, verás a otras personas, no tropezarás con las paredes cuando camines hacia ellas. Un loco es siempre un loco relativo, todos podemos regresar de la locura, de la supuesta locura. Pero eso solo es posible si hay cariño. El cariño, el amor, es lo único que nos puede rescatar de la locura. Años más tarde esbozaría aquel relato del buque fantasma, basado en la ópera de Wagner. Los locos vamos todos en un gigantesco buque fantasma, recorriendo los océanos del mundo, recalando de vez en cuando en algún puerto. Si no recibimos cariño el barco volverá a zarpar, como un buque fantasma, recorriendo una y otra vez los océanos del mundo.

 

Por suerte yo fui rescatado con cariño, con amor. Por suerte una mujer me quiso y viví una gran aventura durante veinticinco años que un día terminó. Por suerte tuve una hija que me quiso aunque ahora haya abjurado de mí. Fui rescatado de la locura con amor y por eso sigo aquí, y por eso algunos me creen cuerdo aunque yo sé perfectamente que sigo estando loco porque cuando no tengo suficiente cariño cruzo la línea roja y me vuelvo a mi locura. Por eso quiero contar lo que hay más allá de esa línea, por eso quiero que todo el mundo conozca lo que realmente somos los locos y se termine la leyenda negra. Así es, hermanos, no existe la locura ni existen los locos, simplemente cruzamos la línea roja cuando no tenemos cariño, zarpamos en el buque fantasma de la locura, por los océanos del mundo, buscando amor. La única forma de rescatarnos de esa locura es a través del cariño, del amor. ¿Estarías tú dispuesto a rescatar a un loco dándole suficiente cariño y amor? ¿No? Entonces no te quejes de que sigamos locos. Déjanos seguir nuestro camino, No te molestaremos si tú no nos molestas a nosotros.

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