DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXIX

5 01 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXIX

NOCHEVIEJA EN CÓRDOBA

Al contrario que en Granada esta vez no iba vestido de guerrero impecable, salvo los calzoncillos rojos inevitables, y no tenía razón alguna para actuar como tal. La nochevieja pasada, recién divorciado, necesitaba actuar como guerrero impecable todos los días y a todas las horas, casi hasta para ir al retrete, el menor descuido y me hundiría como un ballenato con varias toneladas de hormigón, en aguas profundas. Por suerte ya había transcurrido un año, el luto pasado, la vida seguía su estúpido camino a ninguna parte y a mí, francamente, me importaba un pito todo, incluida esta nochevieja, la pasada y la que vendrá. Esta vez no cometería los mismos errores, aprendida la lección, por lo que no había reservado habitación en un hotel de categoría y con Spá, no necesitaba despilfarrar el dinero para demostrarme que algo tenía que hacer para demostrarme que estaba solo y desesperado. Esta vez reservé habitación individual, diminuta, en un hotel aceptable y barato. Tampoco cometí el estúpido error de reservar cena y cotillón en cualquier restaurante de lujo o no, que estuviera abierto esa noche, y donde me pedirían una cantidad exorbitante por una cena que sinceramente no se lo merecería. Ya no tenía que despilfarrar o actuar como un guerrero impecable para demostrarme a mí mismo que iba a seguir viviendo, que nada ni nadie podría conmigo y que haría lo que fuera preciso, todo lo que fuera preciso. Esta vez me conformaría con cenar unas tapas en cualquier sitio, suponiendo que hubiera abierto algún cualquier sitio. Por si las moscas tomé la precaución de hacerme una señora tortilla y meterla en una fiambrera, para el camino y si sobraba y la necesitaba, también para la cena. Unas lonchas de jamón envasado al plástico, un trozo de queso, dos barras de turrón, una del duro y otra de nata y nueces y una botella de cava.

Si todo salía bien cenaría opíparamente unas tapas en cualquier sitio, si todo salía mal, como era probable, cenaría en la habitación del hotel, me bebería la botella de cava y me iría a dormir sin haber tomado las malditas uvas. Cuando uno está en familia, vive en sociedad, se ve obligado a hacer un montón de cosas que no haría si estuviera solo, como era mi caso. Ahora que llevo un año solo he dejado de hacer casi el cincuenta por ciento de lo que hacía antes. Ya no tengo que preocuparme por nada o por casi nada, ni de agradar por acá o por acullá, si alguien se siente molesto que me lo diga y veremos si pactamos, porque yo también, con seguridad, me sentiré muy molesto con él. La convivencia en sociedad no es otra cosa, un constante tira y afloja para que todos cedamos un poco y consigamos otro poco, que la cosa sea equitativa, vamos, y así todo parece ir muy bien. Si mencionara en este diario todas las cosas que he dejado de hacer, se me caería la cara de vergüenza. Casi no me importa nada, salvo comer cuando tengo hambre, dormir cuando tengo sueño que es con frecuencia, trabajar porque de algo tengo que vivir y hacer el idiota buscando sexo porque realmente sigue siendo lo único que me interesa de la vida.

La ida fue realmente una bajada a los infiernos, no sé por qué, pero a veces me pasa. La sensación de soledad era agobiante, asfixiante, terrible, infernal. No entiendo cómo me desmoroné de aquella manera. Seguramente la culpa la tiene la mañana, no soporto despertarme, dejar el maravilloso mundo de los sueños, donde soy tan feliz, para abrir los ojos a una vida miserable que no me apetece nada. Me cuesta adaptarme, reponerme al trauma, aceptar que otro día más estoy vivo y eso supone que tengo que hacer algunas cosas que no me apetece nada hacer. Como siempre buena música, alguna que otra parada, incluida una, ya cerca de Córdoba, para comerme un buen trozo de tortilla y beber mi kefir de agua, una bebida que me acompañará siempre, hasta el infierno, porque seguro que voy a ir al infierno, y mira que lo repito veces, Cesarines, vas a ir al infierno, porque te lo mereces, y allí seguro que lo pasarás mucho mejor que en esta puñetera y perra vida.

No empezaba bien la Nochevieja esta vez, el hundimiento parecía el preludio de alguna tragedia griega que nadie había escrito pero que seguro escribiría yo, y pronto. Como siempre me perdí a pesar de tener claro por dónde quedaba la calle y lo que tendría que hacer. Siempre me pasa cuando visito por primera vez una ciudad, menos la segunda vez y a partir de la tercera todo va bien. Estaba tan hundido que es lógico que diera unas cuantas vueltas, tampoco me disgusta porque así me hago una idea de cómo es la ciudad, a primera vista, dando vueltas y revueltas, visitando barrios que nunca vería sino fuera porque me pierdo, etc etc. Siempre cometo errores, la mayoría de las veces los mismos. Tenía que haber mirado si el hotel tenía parking y cuánto costaba. Estaba dispuesto a pagar lo que fuera por tener el coche en un parking público, me puede pasar de todo, pero quedarme sin coche, como me ocurre tantas veces en los sueños, eso no, antes la horca.

Logré encontrar un sitio en zona azul cercano al hotel, al que no pude acceder con el coche porque la calle era dirección prohibida o aquello era un lío pistonudo. Tuve suerte porque eran las dos o catorce horas y por menos de dos euros, lo máximo que podías meter en la maldita maquinita, me dio un ticket hasta las siete o diecinueve horas. De esta forma podría volver para echar más, otras dos horas, hasta las nueve o veintiuna horas. Y una vez asegurado el coche iría al casco histórico, daría unas vueltas y buscaría un bar de tapas para cenar.

La recepcionista del hotel era una señora madura, ignoro si soltera, casada o divorciada. Menos guapa que la joven recepcionista de Granada, pero yo diría que resultona si quisiera tener algo que resultar conmigo. No me lo pareció. Fue amable, fue como las andaluzas, musical, muy andaluza en carácter y en forma de comportarse (todos los pueblos tienen su idiosincrasia) pero nada de nada, aquella mujer no querría saber nada de mí aunque me vistiera de dólares, incluido el calzoncillo, bueno, qué le vamos a hacer. Fui paciente, a pesar de que me caía de cansancio, y fui amable, lo que pude, a pesar de no esperar nada a cambio. A veces me pregunto por qué soy tan amable con la gente cuando ya no espero nada de ella, todos están en el tercer círculo, gracias a Dios no tengo ninguno en el cuarto o infernal, y los del segundo son pocos y no me acompañan las Nocheviejas. Ningún candidato al primer círculo, pues vale, que les zurzan, no sé por qué tengo que ser tan amable, repito, debe de ser ese ansia viva que me acompaña desde niño de agradar a todo el mundo para que no me hagan daño.

Por fin en la habitación, una ducha, a la cama y a ver si puedo dormir un poco. Que no me olvide de la alarme del móvil, no, no me he olvidado, y ahora a ver si me repongo un poco y puedo pasar una noche aceptable. Lo intento pero no lo consigo, bueno, al menos ya no estoy tan bajo de ánimo. Llamo a Bautista para desearle feliz año, antes de que se haga más tarde y me apetezca menos llamar. He probado los canales en la tv porque no consigo dormir, un desastre, apago la tv y me pongo de costado. La habitación es diminuta, la cama también, bueno eso no sería un problema si alguna mujer quisiera compartirla porque de eso se trata, de comprimirse, arriba o abajo o de costado, para que ambos puedan caber. No, no tendré esa preocupación, seguro.

Antes de las diecinueve horas me ducho, me visto y me palpo para no olvidarme nada, la cartera, el tabaco, el móvil…El despiste siempre formó parte de mi vida, pero desde el divorcio se ha convertido en un verdadero problema, cada vez que salgo de casa debo hacer un inventario preciso, aún así siempre se me olvida algo y tengo que volver. La memoria a corto plazo está flaqueando demasiado, tal vez termine con Alzheimer, como en el sueño, o me de un ictus cerebral o me de algo, cualquier cosa, hoy no tengo el ánimo muy alto, últimamente estoy viviendo experiencias oníricas muy impactantes que me hacen pensar en lo fácil que tendría que ser decidir en sueños no regresar y morir tan ricamente en la cama, sin enterarte. No es algo que haya descartado del todo, me temo.

Una vez más me planteo si no hubiera sido mejor quedarme en casa, cenar opíparamente algo de marisco y luego irme emborrachando poco a poco, sin prisas hasta alcanzar los límites de Orión y más allá, ni siquiera hubiera sido necesario llegar al lecho revuelto, me hubiera bastado con el sofá. Desde luego habría sido más cómodo, pero no es lo que busco, lo cómodo, el desmoronamiento, el dejarme deslizar por el tobogán. Sé que por muy bien que me salgan las cosas esta noche no será algo agradable. He caminado hasta el coche con desgana, he sacado nuevo ticket hasta las 21 horas y me dispongo a buscar el casco histórico. No tengo prisa pero tampoco interés alguno en perderme una y otra vez, en machacarme los pies para nada. Decido que la calle con adornos navideños que va en la dirección correcta tiene más posibilidades de conducirme a la meta que otras. Intento disfrutar del paseo, no hace frío, este es el invierno más cálido que recuerdo. No camino como un guerrero, no soy un guerrero, lo fui en Granada cuando no hubiera sobrevivido de no serlo, actué como tal y me jugué la vida, ahora, un año después ya no necesito ser un guerrero para hacer lo que hago. Ni siquiera voy vestido como tal. Nada de las galas que porté entonces, la vestimenta del guerrero, ahora voy en vaqueros, camisa vaquera, cazadora vaquera, zapatos náuticos, solo el calzoncillo rojo me recuerda mi etapa en Granada, pero no lo veo.

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Estoy tranquilo, procuro disfrutar de lo que veo, pero no lo consigo, los recuerdos del pasado me golpean, una y otra vez, como si fuera un saco en el que se entrenara el boxeador del destino. Hoy no puedo ser el personaje de mi novela “El buscador del destino” porque acabaría destrozado de caminar y de hacer el tonto. Intento que la fobia me deje tranquilo, tampoco me preocupa mucho, si tengo que hacer el tonto, lo haré. Encuentro la entrada al casco histórico sin demasiados problemas y me dispongo a dar una vuelta histórica, esotérica, mística y si puede ser gastronómica. No son ni las 19,30, aún es pronto para pensar en cenar. Recibo una llamada. Es L., esta mujer siempre tan detallista, para un enfermo mental no hay mejor amigo que otro enfermo mental… a veces, no siempre, mi experiencia durante este año me dice que salvo excepciones establecer una relación con un enfermo mental es un verdadero milagro, “miraculum admirábilis”, creo recordar de mis estudios de latín en el bachillerato. ¡Cuánto tiempo ha pasado! Toda una vida… y parece que fue ayer.

Hablo con ella y por un momento me siento normal de cara a los viandantes que se cruzan conmigo, uno más con el móvil pegado a la oreja, eso significa que tiene alguien con quien hablar en una noche tan señalada. Como no me conocen puedo “fardar” de normal, pasar desapercibido. Termino la conversación y me dispongo a orientarme un poco. Esto es mucho más complicado que el barrio Húmedo, de León, callejas más estrechas que parecen dar vueltas en espiral, el típico diseño árabe que yo comparo con un mandala tibetano, tienes que entrar en meditación para poder salir de aquí. Al final decido salir a una avenida y bajar, siguiendo la muralla. El cuerpo empieza a pesarme y el tobillo derecho, el que me rompiera en aquel estúpido intento de suicidio de joven, comienza a rechinar y a quejarse. Me siento en un banco de piedra, mojado, es increíble, nunca pensé encontrarme en Córdoba con el chirimiri vasco. ¡Quien le iba a decir al jovencito que fui, paseando por Hondarribia, como un seminarista tímido y asustado, que ya casi un abuelo recibiría la famosa lluvia calabobos nada menos que en Córdoba! El calentamiento global acabará con todo, por suerte yo ya estaré paseando por el otro barrio, intentando explicarme qué demonios de reencarnación he llevado en esta maldita vida que me tocó vivir.

Me llama G. No consigo contestar con suficiente rapidez y luego al intentar llamarle me responde una mujer con acento extranjero. Ya empezamos, cuando me pongo como buscador del destino, nunca sé si es que soy el hombre más despistado del planeta, el tonto más tonto entre los tontos o es que el destino me busca las cosquillas, porque me he limitado a cliquear en el número de G., ¿ por qué me sale una extranjera? Ella se ríe y entonces me doy cuenta de que es DR. Está en Rumanía. Me llamó el otro día para felicitarme el año. Yo la mandé un SMS porque no tiene “wasape”. No pensaba llamarla, ¿cómo ha surgido ese número, así, de repente, si no he hecho otro cosa que intentar descolgar a G. y luego llamarle? Me río yo también, el destino es un burlón descarado. Felicito el año y procuro cortar pronto, es una llamada al extranjero, recuerda.

Consigo al fin, tras concentrarme con todas mis fuerzas en el móvil, hablar con G. quedamos en vernos para Reyes e ir al cine. Cuelgo y enciendo un pitillo. He dejado el paraguas que se recoge y que debí comprar en Viena, si no recuerdo mal, a mi lado, en el banco. Intentaré con todas mis fuerzas recordar que está allí, estoy harto de mis despistes. Mientras fumo escucho el canto de un buho, inconfundible. Veo a un hombre de mediana edad, con un perro que mira hacia los árboles con mucha atención. Parece demasiado interesado en el buho, es algo curioso, extraño. Veo que sube las manos a la boca, que las pone de una forma rara. Tardo en comprender que la respuesta al buho verdadero es suya. Es genial, lo imita de maravilla, no había conseguido distinguir el verdadero de la imitación. Veo que el perro me mira con ojos cariñosos. Se lo agradezco, esta noche voy a encontrar más cariño en los perros que en los humanos. Se acerca con un poco de miedo, extiendo la mano para que me huela. Lo hace y mueve la cola, se deja acariciar y nos hacemos amigos. Su amo sigue tras el buho, se mueve de árbol en árbol, las manos en la boca, suena el buho artificial, responde el verdadero. Me divierte todo aquello, enciendo otro pitillo, observo al imitador de buhos, observo al perro. Aquello me parece un buen presagio.

De pronto comienza a llover con un poco más de fuerza. Me levanto del banco, abro el paraguas y comienzo a caminar hacia la muralla, he visto una puerta, un arco, iniciaré desde allí mi periplo por el casco histórico de Córdoba. No hay mucha gente, es hora de que se vayan reuniendo en casita para la cena. Algunos sacan a pasear a los perros, otros, sobre todo jóvenes, parecen haber estado ya bebiendo y mucho. Me pregunto sino tendré algún incidente esta noche, soy la víctima ideal, solo, mayor, gordo, con cara de estar pidiendo que alguien saque una navaja y me la clave en la barriga. No soy el guerrero de Granada, solo un divorciado solitario y triste que camina en Nochevieja, nadie sabe qué, ni por qué lo hace. Me gusta la muralla, me gusta lo que estoy viendo. El califato de los Omeya, como ya he visto en el nombre de una calle. ¿Quién era el califa? ¿Abderramán III? También he visto otra calle con su hijo Alhakén II. Al-Ándalus, Averrores, Maimónides. Estoy convencido de que tuve una reencarnación árabe. ¿Fue en Córdoba? Procuro ponerme receptivo. Es curioso que cuando hice aquel viaje, con mi primer sueldo y mis veintidós añitos, visitara Sevilla y Cádiz pero decidí dejar Córdoba para otra ocasión porque ya llevaba mucho recorrido en tren, Zaragoza, Barcelona, Valencia, Castellón, Sevilla, Cádiz, y quería subir a Bilbao para ver a mis primos antes de pasar unos días en León, con mis padres. No me llevaba muy bien con ellos y por eso había decidido dejarles para el final, solo unos días, así tendría la disculpa de que me veía obligado a reincorporarme al trabajo. Entonces pensé que volvería pronto a Córdoba, pero han pasado casi cuarenta años. Es algo que me resulta sintomático, como si mi subconsciente intentara huir de algún recuerdo que aún sigue en carne viva, varios siglos después.

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