DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXX

11 01 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXX

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NOCHEVIEJA EN CÓRDOBA II

Me gustan los buhos, me gustan los buhos sabios, el canto del buho debería darme buena suerte esta noche. Seguro que me sucede algo especial. Tal vez un desconocido me trate como a un hermano. Miraculum admirabilis en esta sociedad donde todos somos desconocidos, competidores, donde cada cual busca su propia supervivencia. Ningún otro milagro me sorprendería más. Pero puede que ocurra cualquier otro milagro, tal vez se abra una puerta y pueda atisbar una vida pasada, aquí en Córdoba, en algún califato de los Abderramanes. Intento dejar mi mente abierta, vacía, observo las calles, los edificios, buscando un signo, pero no encuentro nada. Las calles están desiertas, una luz suave, rojiza lo ilumina todo como en un sueño. Camino arrastrando los pies, como un viejo que no tiene prisa alguna en encontrarse con la muerte. Veo pasar una pareja de jóvenes hablando de sus cosas, supongo que irán a cenar a casa de la familia de ella o a la de él. No siento envidia, el tiempo es tan fugaz que antes de que se den cuenta tendrán mi edad y tal vez caminen solos en una noche como ésta. Nada permanece, la vida es un aliento que comienzas a degustar cuando los pulmones reclaman más aire, pero solo te queda ya el último aliento, no tengas prisa o todo terminará antes de que des un nuevo paso.

Me dejo llevar por calles estrechas, curvadas, todo está silencioso y vacío. Saco alguna foto con el móvil pero la luz es pobre, mañana regresaré y haré nuevas fotos a la luz del día, para mi posteridad. Intento convencerme de que esta noche ocurrirá algo especial, el canto del buho así me lo anunció, pero sé que no será así. Estoy demasiado acostumbrado a que las fuerzas poderosas me saquen las castañas del fuego, siete vidas tiene un gato, pero en cuanto termina con las siete ya no le queda ninguna. Yo he superado la docena, no puedo esperar más milagros. Sí, creo que de alguna manera soy un niño consentido, cada vez que he caído al abismo he rezado por el aire mi oración favorita, soy bueno, merezco vivir, mi corazón rebosa amor, merezco una ayudita, y demasiadas veces me han enviado un ángel para que me rescatara en el último momento. Cuando me asustaba ser minero del carbón, como mi padre, y pasarme el resto de la vida en la oscuridad más negra, remedo del infierno, me enviaron a un fraile que me pintó el paraíso del deporte y luego, junto con el maestro, convenció a mis padres de que yo era un genio y merecía una oportunidad. Cuando a los doce o trece años la vida se acababa para mí (una anemia perniciosa, a punto de convertirse en leucemia me postró en el lecho de donde no pensé iba a moverme más, de allí pasaría al ataúd y del ataúd a la tumba) se me dio otra oportunidad, una oportunidad que no le fue dada a mi amigo Luisito, muerto a mi edad, ni al muchacho que conocíamos porque pasaba por la plaza muchas veces, todo serio, todo un hombrecito, con sus tal vez dieciséis años, también murió de repente y no tuvo otra oportunidad, como aquel bebé, primer hijo de los vecinos de Luisito, que me condujo a su piso y pidió que nos lo dejaran ver porque a mi siempre me gustaron los bebés, sentía una especial debilidad por ellos, y que acabó muriendo un mes más tarde, también de forma repentina, tampoco tuvo una oportunidad. En aquellos tiempos los bebés y los niños morían como moscas, de las típicas enfermedades de entonces o de cualquier otra desconocida para la época. Pero a mí se me concedió otra oportunidad.

Cuando cuadriculaba aquel patio de cemento del colegio, clamando por la voluntad que me faltaba para abandonar, porque no podía vivir sin sexo, sin una mujer, sin un poco de ternura, de alguna parte ignota de mí mismo surgió la decisión. Y cuando la virginidad me pesaba más que la piedra a Sísifo me arrastré como un gusano hasta el cubículo mercenario para perderla. Y cuando me arrojé al abismo, de cabeza, una y otra vez, una y otra vez, los ángeles extendieron sus alas una y otra vez, una y otra vez, para detener mi caída. Y cuando ya no esperaba nada apareció la mujer y el amor, y una hija, y un hijo y la familia, y el primer círculo dejó de estar vacío. Y cuando una y otra vez me abandoné a la desesperación, una y otra vez fui perdonado, hasta…

Hasta que todo se rompió en mil pedazos y llegó el divorcio y fui arrojado al crujir y rechinar de dientes, los ángeles desaparecieron para siempre de mi lado y escuché la maldición: comerás el pan con el sudor de tu frente y sembrarás la tierra y el fruto no crecerá, y caminarás por el valle de la muerte sin encontrar una fuente de aguas claras y la sed y el hambre morderán tus entrañas y para llegar a los lugares deberás hacer el camino mil veces más de lo que cualquiera necesitaría. Y fui expulsado de entre los hijos de los hombres y marcado con la marca de Caín en la frente.

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Y ahora camino por las calles estrechas y solitarias de una ciudad desconocida dejándome ver por todos los que quieran mirarme, pero nadie me mira. Solo los taxistas que recorren el laberinto, uno y después otro y hasta un tercero, llevando a los rezagados a sus nidos familiares. Pero aún puedo imaginar que la maldición ha sido desviada de mi cabeza y que aquello que imagino, con lo que sueño, se hará realidad, y una familia cordobesa me invitará a compartir pescaíto frito y una copa de cava o una mujer compasiva se dejará seducir en cualquier portal. Porque aún hay esperanza para el hombre, capaz de conservar un granito de esperanza en su mano cuando todos los granitos de arena de la playa han sido arrebatados al embravecido mar en la tormenta perfecta.

A la vuelta de la curva se escuchan unas voces y no tardo en ver una terraza ocupada por los últimos de Filipinas o de Córdoba, tomándose la última copa o cenando tapas, como ahora veo que hacen, tal vez porque han tenido la misma idea que yo. Todos ellos están protegidos bajo las sombrillas. No lo entiendo porque el chirimiri cordobés es apenas una gotita invisible que me salpica la nariz de vez en cuando. Aún es pronto, no son ni las ocho y media, pero debo aprovechar la ocasión, el pelo que ha brotado en mi cabeza afeitada, para cenar opíparamente unas tapas y un par de jarras de cerveza. Tengo sed, como si llevara caminando por el valle de Josafat toda la vida. Me siento a una mesa vacía, fuera del andamiaje de las sombrillas y espero. Espero a que el camarero me vea, a que termine de servir a todos, algo que llevará su tiempo, porque el camarero no parece tener prisa y los clientes tampoco. Utilizo el gran artilugio moderno que nos ha sido dado para disimular que estamos solos y que no nos importa que nos miren. Pero no hay nada nuevo en el “wasape” ni en el correo electrónico ni las cordobesas de la página de contactos han dado señales de vida. Y cansado de disimular saco mi libretita y escribo, escribo lo que sea, esperando. El tiempo transcurre, pero llegará el momento en que mi voluminosa humanidad sea percibida y al menos se me servirá una clara jarra de cerveza mientras me recitan el menú de tapas.

Las hojas de la libreta se humedecen y las finas gotas de lluvia hacen imposible seguir escribiendo. Ahora entiendo por qué todos los que están en la terraza se han aposentado en las mesas cubiertas por las sombrillas. Ellos están a cubierto mientras yo contemplo impotente cómo la lluvia arrecia y no podré cenar allí, ni aún abriendo el paraguas y comiendo a una sola mano, ni aún dejándome empapar hasta los huesos, porque esto se está convirtiendo en el diluvio universal, enviado a mí en exclusiva por mis muchos pecados. Guardo la libreta, abro el paraguas, espero unos instantes… y salgo disparado en busca del refugio de un portal, de un saliente, de lo que sea.

Todo mi gozo en un pozo, lleno de agua hasta los bordes. El sur ya no es lo que era y Córdoba ha sido trasladada a mi ansiado norte. La lluvia en Córdoba es una maravilla. Los únicos portales de Belén abiertos en esta ciudad, donde estuve sentado, y otro enfrente, están ocupados por tranquilos cordobeses refugiados bajo las sombrillas. El interior del bar donde estuve era tan diminuto que si hubiera entrado habría tenido que salir el camarero porque los dos hubiéramos formado el camarote de los hermanos Marx, justo cuando comienzan a trepar a las cabezas de los otros y la puerta se abre como bajo el empuje de una riada. Camino y camino, con el paraguas en ristre, sorteando algún que otro viandante que busca lo mismo que yo y no lo encuentra, porque no hay ni un mísero saliente donde pueda refugiar mi cabeza pelada. Y camino y camino, sin saber a dónde, sin saber ya dónde estoy y pronto el diluvio amaina, pero ya no puedo regresar atrás, porque me he perdido, y aunque pudiera las mesas y las sillas estarían empapadas.

Las callejuelas se suceden, una tras otra, y no veo el final porque todo son curvas y espirales en un laberinto donde pretendo matar al Minotauro, o sea a mí mismo, con la navaja de Teseo. Y de pronto la luz se enrojece y pienso que estoy en un ensueño de Castaneda, distinguible del sueño ordinario por esa luz rojiza. Pero no es un ensueño, en una pared aparece una especie de altar, velas y más velas que dan una intensa luz rojiza, y flores, y una estatua, parece que de la Virgen. Me acerco asombrado y contemplo esta mini-ermita de la virgen, colgada de una pared de piedra antigua. En una gran piedra grandes letras grabadas. Intento leer con las gafas empañadas. Es una cita del libro de Job. Algo así como que los pecados tirarán del alma del pecador hasta el abismo. Me hubiera gustado anotarla en la libreta, pero sigo con el paraguas abierto, ya no cae el diluvio pero sí un tupido chirimiri y además las hojas de la libreta están húmedas. ¡Qué pecados tan terribles he cometido yo para acabar aquí en la última noche del año, con el paraguas abierto, las gafas empapadas, intentando leer mi propia condenación! Como en el infierno de Dante. Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate.

Permanezco allí, esperando que las puertas del infierno se abran para tragarme. No para calentarme, como hubiera sido lo lógico en esta época del año, porque no hace frío, sigo con mi cazadora vaquera pero no tengo nada de frío, ni siquiera un poco, tampoco calor, no vamos a ser demasiado exagerados. Permanezco hasta que un grupo de extranjeros pasa a mi lado, tan perdidos como yo. Los sigo. Esta noche en el casco histórico de Córdoba hay muchos más extranjeros que cordobeses o nacionales. Pronto los pierdo por el camino. O mejor dicho, ellos me pierden a mí, porque van más deprisa. Yo sigo arrastrando los pies como el abuelo cebolleta que soy. Comienza a molestarme el tobillo derecho que me rompiera en aquel intento de suicidio a los diecinueve años y que parece haber marcado mi vida, desde entonces nunca dejé de ser el cojo de mi propio Lepanto. Tal vez la humedad esté haciendo su efecto, sin contar el camino recorrido, más de una hora desde el canto del buho. Necesito encontrar una señal, una encrucijada, algo. Y me llega la encrucijada. Parece estar casi fuera del casco histórico. Hay una parada de autobús, una calle que va hacia abajo a la izquierda y hacia arriba a la derecha. Hay gente en las aceras, una familia pensando en si tomarse la última copa o regresar con la manada. Siento la fobia acercarse. Ya no me preocupa si tirar hacia abajo, hacia arriba, si rodear una valla metálica y bajar unas escaleras o regresar por donde vine, porque todo está ocupado. Me hago el perdido y lo hago muy bien porque realmente estoy perdido. Lost. Solo que no en una mágica isla desierta, con hermosa vegetación y adorables monstruos, no, estoy aquí, en una encrucijada de Córdoba, rodeado de gente y los monstruos pueblan mi subconsciente.

Un padre de familia de mediana edad, con su esposa y sus hijos, menores, ha debido darse cuenta y comenta algo con su esposa. Algo sobre yuyu. ¿Le estará diciendo que yo estoy sufriendo yuyu por andar solo por estas calles? Si se refiere a mí está muy equivocado, porque me dan mucho más yuyu todos los que habitan estas aceras, incapaces de moverse porque el jefe de la manada no tira para lado alguno, que el malencarado navajero que me pediría la cartera, yo no se la daría, me echaría a reír y entonces me la clavaría en la barriga. Yo esperaría, apoyado en una pared a que la hemorragia fuera suficiente para perder la consciencia y pasar al otro lado sin demasiados inconvenientes. Me llamo idiota por regodearme en estas fantasías.

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Tengo que dejar de hacer el idiota y tiro a la derecha, subiendo la cuesta, porque gracias a Dios el grupito que estaba en esa acera a decidido moverse, por fin, en dirección contraria. Subo la cuesta resoplando como una locomotora, repleta de carabón, intentado escalar una montaña. Subo y subo hasta que ya no se puede subir más y la calle baja y baja. Estupendo. Me dejo llevar. He debido acertar sin pretenderlo. Esta zona parece mucho más habitada, algún pub abierto, gente en las calles, con la copa en la mano. Estoy cansado, me duele el tobillo y la fobia me está empezando a jorobar. Sería la situación ideal para que mi mente se abriera y me llegara un recuerdo de vidas pasadas, pero no, lo que me llegan son las miradas de un grupo de extranjeros, tal vez rumanos, por la musicalidad del lenguaje. El pub está abarrotado y en la calle hay un grupo numeroso de bebedores, la mayoría de ellos muy mamados, como observo. Los eslavos parecen ser grandes bebedores, como nos los describe la literatura rusa. Estos creo que son rumanos, también formidables bebedores. Dos de ellos comentan algo entre sí, en su lengua, uno es delgadito, con bigote y mirada vidriosa, por el mucho contenido del vidrio que se ha tomado. Un tercero dice algo en español, sin duda se refiere a mí, algo así como dejarle en paz, es muy fuertote. Lo ha dicho en español pero con acento. Interpreto que han podido comentar la posibilidad de robarme la cartera. Es cierto soy muy fuertote, un osote, pero lo que más tengo a mi favor es la sobriedad, he bebido menos que una fuente de montaña de prístinas aguas, antes de tomarse su primera copa en la ciudad. Y ellos están ya tan tomados que me imagino una graciosa pelea, me bastaría con tocarles con un dedo y se caerían de culo. Además en mi juventud practiqué artes marciales, taekwondo, no pasé de naranja o verde o yo qué sé, porque todos los colores me daban igual, pero aún puedo plantarme en postura defensiva, pierna izquierda adelante, brazo izquierdo abajo, derecho también, botando sobre las puntas de los pies. Aún podría lanzar mi piernas derecha, como un muelle, golpear rápido y regresar a la postura, cambiar de postura, pierna derecha adelante, brazos en postura defensiva, disparar el brazo derecho con el puño cerrado, golpear fuerte y retirar. Volver a botar y a botar. Casi me mareo de seguir lo que estoy pensando y casi me entra la risa tonta. Algo peligroso porque ellos podrían pensar que me estoy riendo de su figura y entonces sí, entonces tendría que luchar. Ya no estoy para esos trotes, aún incluso con gente tan mamada que un soplo les podría hacer caer. Mejor salgo de aquí por piernas para qué os quiero.

Y me apresuro, arrastrando el tobillo por estas calles medievales, esperando que me salga algún Abderramán al encuentro y me lleve a su palacio, a tomar una copa, y luego me ofrezca su harén. ¡Oh sí, su harén! Entraría cojeando y me dejaría caer entre cojines, esperando que las “hareneras” hicieran conmigo lo que ellas quisieran. Sonrío ante estas fantasías. Tampoco puedo quitarme de la cabeza la imagen que me surgió antes. Más sobrio que una prístina fuente de montaña antes de tomarse su primera copa al entrar en la ciudad. Jajá, estoy como un cencerro. Pero el cansancio hace mella. Ralentizo el paso y el bucle obsesivo-compulsivo comienza a hacer su nochevieja. La metáfora se repite en mi cabeza como en canto de un buho loco y no puedo bloquearla, no puedo, y cuando intento evadirme me viene a la cabeza aquel grupo de mamados peleando conmigo. Esto es insoportable. Necesito un banco, mi vida por un banco, mi reino por un caballo, París bien vale una misa. Jajá, si me hubiera bebido una docena de copas no estaría tan atolondrado.

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Y sigo caminando buscando el banco. ¡Oh miráculum admirábilis! En el latín macarrónico que aún recuerdo. Es que estas fuerzas poderosas son tan generosas, tan, tan, tan… son la repera, eso eso. La repera. Porque hay una iglesia, una calle que baja, y un banco libre, al lado de una fuente. Jujú, que me troncho. Tanto pensar en la fuente que ahora me viene al encuentro, solo que no es una fuente de montaña, es una fuente urbanita, erguida, echando agua por arriba y seguramente no potable, tan imbebible como los orines. Pero hay un banco. ¡Benditas seáis fuerzas poderosas por vuestra amable compasión! Y allí me siento. No tengo una cervecita para mi sed, pero aún me quedan unos pitillos. Enciendo uno, me relajo, me acomodo en el banco y doy gracias a la vida, que me ha dado tanto.

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Continuará.

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