DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXI

15 01 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXI

Groucho

NOCHEVIEJA EN CÓRDOBA III

EL GROUCHO MARX DE LOS VAGABUNDOS

Córdoba

Sentí que alguien se aproximaba por el otro lado de la calle y giré la cabeza con suavidad, controlando, tal como estaba de desmadejado lo más fácil sería que perdiera el control de la mirada si se trataba de una mujer, por poco atractiva que fuera, y la desnudara mentalmente con lujuria. Eso es algo que me sucede con cierta frecuencia, sobre todo cuando estoy cansado, por eso procuro no dejar que mi mirada se lance antes de tiempo, como un fogoso caballo sin control.

Me quedé atónito. No, no era una mujer, pero tampoco un hombre normal y corriente, aunque estuviera borracho, dada la fecha. No, quien se dirigía hacia mi era nada menos que el Groucho Marx de los vagabundos. No tuve que pensarlo mucho para darle ese apodo. Se trataba de un hombre joven, calculé unos treinta años, con barba negra y sucia y melena larga y tan negra y sucia como la barba. Venía tan inclinado que me pregunté cómo no tropezaba y se rompía la nariz, porque en el estado en que se encontraba, con mucho alcohol en el cuerpo, al menos eso supuse, sino llevaba también algo de droga, mantener la postura de Groucho Marx, e incluso forzarla un poco más, sin tropezar la nariz con el suelo era algo realmente insólito.

Llevaba la mano izquierda a la espalda, por lo que solo necesitaría ir a la pata coja para que el número circense fuera perfecto. Era asombroso. Le miré con fijeza, sin la menor discreción. Pensé que se dirigía hacia mí y me preparé para recibirle. Pero no, lo que buscaba era el agua santa de la fuente, con seguridad muy contaminada, pero perfecta para alguien que está mamado y no se puede mamar más porque tiene los bolsillos vacíos. Bebió con la mano izquierda a la espalda, me fijé que la postura parecía claramente artificial y forzada, pero la llevaba con gracia, como si la adoptara veintitrés de las veinticuatro horas del día, incluso en sueños. Dio un par de vueltas a la fuente y luego se dirigió hacia mí. ¡Ya decía yo! Quería alguna moneda para un bocadillo. Tal como iba supuse que su estómago no aguantaría nada sólido, las monedas se convertirían en vinazo del malo, porque no tendría bastante ni para media copa. Me dio pena que pudiera llenar aún más su pellejo de vino malo y le dije que no llevaba suelto.

De no haber estado tan cansado, con el tobillo rechinando y quejándose como una frágil novicia perseguida por don Juan, tal vez me hubiera levantado y le habría abrazado como a un hermano, porque eso era un hermano enfermo mental. Estaba claro, ni un borracho, ni un drogadicto se hubieran podido transformar en el Groucho Marx de los vagabundos de aquella manera. Eso solo lo podemos hacer los enfermos mentales, tan histriónicos, tan preparados para la interpretación que hacer de Groucho Marx en Nochevieja es para nosotros pan comido.

No le gustó que yo le negara el pan y la sal, rezongó, protestó, y eso me confirmó más en que su estado alcohólico era muy avanzado, apenas se le entendía nada. No, aquella no era una borrachera corriente de Nochevieja, seguro que en Córdoba le conocería todo el mundo. A los enfermos mentales con ese tipo de manías obsesivo-compulsivas, nos acaba conociendo hasta el Tato.

¿Un enfermo mental nace o se hace? Pues en este caso yo juraría que se había hecho a base de borracheras, tal vez de droga dura y todo ello causado a su vez por el paro, vivir en la calle, en fin, todo lo que ya sabemos de las cloacas de nuestra sociedad. No importa cómo llegue uno a la enfermedad mental, nadie nace con ella, bueno, al menos no se nota mucho. La enfermedad mental es una enfermedad del alma y por lo tanto podemos traerla de otras vidas pasadas, claro que si no creemos en la reencarnación hay que buscar explicación en la genética, pero aún así no conozco casos de niños enfermos mentales. No considero la hiperactividad como una enfermedad mental, ni tampoco el autismo, creo habría que encuadrarlos en otro terreno. La enfermedad mental clásica se suele manifestar en la primera juventud. Es curioso que tampoco la adolescencia sea una etapa de la vida propicia al diagnóstico de la enfermedad mental. Tal vez se deba a que el adolescente ya está de por si bastante “grillado”, permítaseme la expresión, como para que alguien pueda detectar la enfermedad. Creo que también fue mi caso, la misantropía de que hice gala, el aislamiento, el desprecio a las relaciones sociales, bien pudieran haber sido síntomas de mi enfermedad, aunque ningún psiquiatra se hubiera atrevido a diagnosticarme, teniendo en cuenta como se suelen comportar los adolescentes.

Es en la primera juventud cuando la enfermedad sale a la luz y es diagnosticada, al menos en la mayoría de los casos. Los adolescentes y los niños son otra cosa. Esa es la forma habitual de llegar a la enfermedad, aunque hay otras muchas, como la degradación que suponen el alcoholismo y la droga, o el maltrato, o el acoso y la violación, o…Todo ataque brutal a nuestro psiquismo es un golpe terrible para nuestra mente que suele fugarse de la realidad y ya estamos en la enfermedad mental, puesto que no es otra cosa, en el fondo, básicamente, que una fuga de la realidad. El Groucho Marx de los vagabundos parecía un alcohólico y drogadicto tan erosionado que había alcanzado ya los terrenos de la enfermedad mental, aún así algo me decía que también podría tratarse de un esquizofrénico no medicado que además bebe y se droga, algo que bien puede suceder cuando no hay familia ni atención de la sociedad.

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Me sorprendió que no me pidiera un pitillo después de haberle negado las monedas. Suele ser lo habitual. Creo que estaba tan enfadado que ni se le ocurrió. Farfulló algo incomprensible y se fue hablando consigo mismo en voz alta e incomprensible. La postura se agudizó aún más, la bisagra de su cintura rechinó al inclinarse el torso un poco más, y la mano a la espalda se puso aún más rígida. Iba tan inclinado que se podría pensar que aquel borracho en realidad buscaba obsesivamente alguna moneda perdida en el suelo. Llegó a la próxima curva y desapareció.

Fue entonces cuando se me ocurrió la idea. ¿Por qué no le había invitado a representar el final de Esperando a Godoy, de Beckett? Había terminado de leer la obra en el libro electrónico unos días antes y la tenía muy reciente. Creo que nuestra interpretación hubiera sido antológica, da igual el papel que hubiera elegido cada uno. Repasé el antológico final.

Esperando a Godot

ESTRAGÓN.- ¿Adónde iremos?
VLADIMIRO.- No muy lejos.
ESTRAGÓN.- ¡No, no, vámonos lejos de aquí!
VLADIMIRO.- No podemos.
ESTRAGÓN.- ¿Por qué?
VLADIMIRO.- Tenemos que volver mañana.
ESTRAGÓN.- ¿Para qué?
VLADIMIRO.- Para esperar a Godot.
ESTRAGÓN.- Es verdad. (Pausa.) ¿No ha venido?
VLADIMIRO.- No.
ESTRAGÓN.- Y ahora ya es tarde.
VLADIMIRO.- Sí, es de noche.
ESTRAGÓN.- ¿Y si lo dejáramos plantado? (Pausa.) ¿Si lo dejáramos plantado?
VLADIMIRO.- Nos castigaría. (Silencio. Mira el árbol.) Solo el árbol vive.
ESTRAGÓN.- (Mirando el árbol.) ¿Qué es?
VLADIMIRO.- El árbol.
ESTRAGÓN.- Sí, pero ¿de qué clase?
VLADIMIRO.- No sé. Un sauce.
ESTRAGÓN.- Vamos .a ver. (Lleva a VLADIMIRO hacia el árbol y quedan parados ante él. Silencio.) ¿Y si nos ahorcáramos?
VLADIMIRO.- ¿Con qué?
ESTRAGÓN.- ¿No tienes un trozo de cuerda?
VLADIMIRO.- No.
ESTRAGÓN.- Entonces no podemos.
VLADIMIRO.- Vámonos.
ESTRAGÓN.- Espera, tenemos mi cinturón.
VLADIMIRO.- Es demasiado corto.
E5TRAGÓN.- Tú me tiras de las piernas.
VLADIMIRO.- ¿Y quién tira de las mías?
ESTRAGÓN.- Es verdad.
VLADIMIRO.- De todas formas, déjame ver. (ESTRAGÓN se desata la cuerda que sujeta su pantalón. Este, demasiado ancho, se le cae hasta los tobillos. Miran la cuerda.) Yo creo que puede servir. Pero ¿será fuerte?
ESTRAGÓN.- Vamos a ver. Toma. (Cada uno agarra un extremo de la cuerda, y tiran. La cuerda se rompe. Están a punto de caer.)
VLADIMIRO.- No vale. (Silencio.)
ESTRAGÓN.- ¿Dices que tenemos que volver mañana?
VLADIMIRO.- Si.
ESTRAGÓN.- Entonces nos traeremos una buena cuerda.
VLADIMIRO.- Eso es. (Silencio.)
ESTRAGÓN.- Didi.
VLADIMIRO.- ¿Qué?
ESTRAGÓN.- No puedo continuar así.
VLADIMIRO.- Eso se dice fácilmente.
ESTRAGÓN. ¿Y si nos separásemos? Quizá nos fuera mejor.
VLADIMIRO.- Mañana nos ahorcaremos. (Pausa.) A no ser que venga Godot.
ESTRAGÓN.- ¿Y si viene?
VLADIMIRO.- Estaremos salvados. (VLADIMIRO se quita su sombrero -el de LUCKY- , mira en el interior, pasa la mano, lo sacude y se lo vuelve a poner.)
ESTRAGÓN.- Entonces, ¿nos vamos?
VLADIMIRO.- Súbete los pantalones.
ESTRAGÓN.- ¿Qué?
VLADIMIRO.- Súbete los pantalones.
ESTRAGÓN.- ¿Que me arremangue los pantalones?
VLADIMIRO.- ¡Que te los subas!
ESTRAGÓN.- Es verdad. (Se sube los pantalones. Silencio.)
VLADIMIRO.- Entonces, ¿nos vamos?
ESTRAGÓN.- Vámonos. (No se mueven.)
TELON

¿Qué papel hubiera desempeñado yo mejor, Vladimiro o Estragón? No importa porque ninguno de los dos nos hubiéramos podido ahorcar. Mi cinturón no daba para mucho, no serviría para colgarse de un árbol, y él, tal vez Estragón, tal vez ni llevara cinturón sujetando sus pantalones, además su postura del Groucho Marx de los vagabundos no era la adecuada para un buen ahorcamiento.

Otra vez sería, pensé, muy lejos de imaginar que la ocasión se presentaría de nuevo al día siguiente. Como soy un narrador omnisciente no tengo el menor problema en adelantar acontecimientos. El día de año nuevo, por la tarde, sentado yo en el banco de un parquecito cercano al casco histórico, disfrutando del concierto de los pajaritos, que a ratos era infernal (el chirimiri cordobés había desaparecido y lucía el sol) y que por cierto grabé con el móvil para mandárselo a mi lucecita del otro lado del charco, que sigue pasándolo muy mal y de la que me acordaría de forma intermitente toda la Nochevieja., aquella tarde soleada y luminosa volví a encontrarme con el Groucho Marx de los vagabundos.

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Fumaba otro pitillo. La noche anterior había dado gracias al cielo de que no me pidiera tabaco porque solo me quedaba uno, aparta del que me estaba terminando de fumar, y no pensaba, milagro aparte, que pudiera comprar más tabaco hasta el día siguiente. Se acercó también por la izquierda, sin hacer ruido, y esta vez solo me apercibí de su presencia cuando me habló. De nuevo las moneditas para un bocata. Esta vez parecía estar bastante mejor, como si hubiera dormido toda la noche y toda la mañana. Hablaba con normalidad, se le podía entender, no parecía estar borracho ni drogado, e incluso su postura del Groucho Marx de los vagabundos era menos extremada. Seguía inclinado, con la mano a la espalda, solo le faltaba, como la noche anterior, el puro y el bigote pintado con betún. Sí, también la chistera y el frac, pero en el caso del Groucho Marx de los vagabundos se le puede perdonar este descuido.

De nuevo le di nones, pero esta vez me pidió un pitillo, se lo di, me dio las gracias, le di las buenas tardes…fuese y no hubo nada, como en el famoso soneto. Bien hubiera podido tratarse de un mimo, como el que aquella misma tarde me encontrara en el puente romano de Córdoba, muy hermoso, del que saqué una porrada de fotos, pero no, la diferencia entre un enfermo mental y un mimo es que los enfermos somos incapaces de quedarnos quietos tanto tiempo en un mismo sitio, gracias a Dios, no puedo imaginarme un psiquiátrico más tétrico que uno repleto de mimos que no se mueven, cada uno en su esquinita. Por suerte solemos ser más bien peripatéticos y eso alegra mucho los pasillos de nuestros psiquiátricos, siempre llenos de gente que sigue su propia pista, como los corredores en los estadios olímpicos.

Encendí otro pitillo y me puse a pensar en aprovechar aquel incidente, real, como la vida misma, para un relato humorístico, para un personaje, el Groucho Marx de los vagabundos. Luego pensé que sería muy triste, luego que alguien podría ofenderse, incluso yo, al fin y al cabo era un hermano enfermo mental. Al final recordé a Vladimiro y a Estragón y me dije que ambos, hermanos enfermos mentales, fraternales vagabundos de la vida, donde mejor hubiéramos estado es colgados de uno de los árboles de aquella calle del casco histórico, en plena Nochevieja, a la luz rojiza de las farolas, la decoración ideal para la escena final de Esperando a Godot. Bueno, pensé, de no habernos podido colgar de un árbol, al menos podríamos haber hecho una representación antológica de la obra. Yo me pido para quitarme el cinturón y que se me caigan los pantalones, dejando ver los calzoncillos rojos de la buena suerte.

Querido hermano, el Groucho Marx de los vagabundos, nos volveremos a encontrar en otra ocasión, que no sea Nochevieja, que tú no estés tan borracho y yo no esté tan cansado, podremos representar la obra en el mismo lugar, a la luz rojiza de las farolas, y de lo que saquemos, poniendo tu la chistera –que esta vez vas de Groucho Marx completo- serán las primeras monedas de nuestra fundación, a la que con tu permiso llamaré. Fundación para enfermos mentales Esperando a Godot, patrocinada por Vladimiro y Estragón.

Un abrazo fraternal, querido Groucho Marx de los vagabundos.[/size]

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