DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXII

18 01 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXII

Calle Céspedes

NOCHEVIEJA EN CÓRDOBA IV

LAS PIERNAS MÁS LARGAS DEL MUNDO

Cuando el Groucho Marx de los vagabundos desapareció de mi vista cerré un instante los ojos, buscando la oscuridad que ya nunca encontraré porque siempre estará repleta de puntitos de luz que vienen y van, pero al menos mantener los párpados caídos me produce una intensa sensación de bienestar. Me duelen los pies, el cuerpo, me duele todo, hasta el alma. El tobillo está dispuesto a amargarme la noche y seguro que lo conseguirá. Pasa un coche. Abro los ojos, de nuevo es un taxi que se para unos metros más allá. Siento una mirada clavada en mí, de nuevo giro la cabeza a la izquierda, con la misma precaución de siempre y ésta vez por fin hay un motivo para tanta prudencia. Una chica joven, más bien baja, rubia, muy agradable de cara, casi más agradable de cuerpo, camina por la calle hacia mí, portando un bolso de viaje. No cesa de mirarme y sus pasos van encaminados hacia el banco. No tarda mucho en hablarme. Quiere saber si conozco dónde está la parada de taxis. Intento ser amable, tan dulce como la miel, pero el cansancio solo me permite sacar una voz un poco impostada, artificial. Le respondo que no sé dónde hay una parada, pero que los taxis no dejan de pasar, seguro que tendrá suerte. Advierto entonces que el taxi que acaba de pasar está dejando un viajero. La rubia también lo sabe porque ha mirado. Me pregunto si ocurrirá lo mismo que he oído sucede en algunas grandes capitales como Madrid y Barcelona, solo se puede pillar un taxi en las paradas, sino al parecer ponen multas. ¿Ocurrirá lo mismo en Córdoba? Lo desconozco. Debería levantarme y ofrecerme a llevarle el bolso hasta la próxima parada, como un caballero, pero estoy harto de amabilidades que no llevan a parte alguna, como en las páginas de contactos, jijí-jajá, pero nunca ocurre nada, no digo que el sexo tenga que ser como jugar al parchís, pero al menos una cita para tomar café no creo que tenga nada que ver con el Apocalipsis.

Ella me sonríe, yo la sonrío, los dos sonreímos, la deseo feliz año pero ella no me desea lo mismo, la noto un tanto preocupada, tal vez tenga miedo de andar sola por aquí. Bueno, rubia, si quieres que sea un caballero contigo, al menos deberías sentarte a mi lado un rato, alegando cansancio, aunque tu juventud y vitalidad harían esa manifestación bastante increíble. Lo siento, maja, pero no voy a hacer ningún sacrificio más por nada, para nada.

La veo desaparecer en la curva, siguiendo los pasos del Groucho Marx de los vagabundos. La he mirado el culo con disimulo, lo confieso, con mucha discreción porque esas cosas se notan. Cualquiera puede hacer ese experimento y descubrirá que la mirada es como una avispa clavada en nuestro cogote, uno siempre nota que lo están mirando con fijeza. No tengo ganas de explicar por qué suceden estas cosas. Esta noche abdico de mi condición de guerrero impecable, de vidente con el tercer ojo abierto, de aspirante al nirvana, esta noche me conformo con llegar al hotel sin pasar por urgencias.

Estoy muy cansado, me gustaría estar allí un buen rato. Enciendo el último pitillo. Ya no tendré más tabaco hasta mañana, salvo que ocurra otro miráculum admirábilis. Fumo con tranquilidad, las piernas estiradas, mirando la noche, la luz rojiza de las farolas, escuchando el silencio. Por suerte no hace mucho frío, por suerte ha parado el chirimiri cordobés. Al cabo de un rato pasa un grupo de personas. Me miran raro, los solitarios siempre llamamos la atención del rebaño. Esta es una noche para ir calentito dentro del rebaño. La soledad se hace angustiosa por momentos. Decido levantarme, tal como estoy de cansado o descansado y seguir caminando, a la busca de un bar de tapas. Todo está cerrado y ni siquiera se oye bullicio en las casas. Las calles silenciosas y desiertas, el suelo empedrado por el que dejo resbalar mi tobillo como en los peores momentos de mi vida, tras tirarme desde un tercer piso en mi primer intento de suicidio, allá en León, a mis diecinueve años. He pagado muy caro el error, pagaré el correspondiente karma durante toda la vida. En momentos como éste siempre recuerdo aquel terrible error que me volvió cojitranco. Hasta mi “ex”, cuando denunció mi desaparición aquella vez que me marché de casa dispuesto a morir de hambre en el monte, dio como un detalle identificativo mi renquear de la pierna derecha. Recuerdo cómo me sorprendió este detalle cuando luego leí la copia del atestado. Aunque intento no pensar en ello este arrastrar la pierna por el empedrado me recuerda lo viejo que estoy, lo solo que estoy, la figura patética y peripatética que debo hacer esta noche y las restantes noches y días de mi vida, cuando el cambio de tiempo o el cansancio me convierten en un gordito cojitranco. La angustia de la soledad me puede. Ralentizo el paso aún más, arrastrando los pies como un viejo. Sí, también recuerdo que mi “ex” me lo decía y se enfadaba mucho. Arrastras los pies como un viejo. Como lo que soy, un viejo cansado de vivir.

Córdoba de noche

Pasa un coche, parece enorme, no veo el distintivo de taxi. Se detiene más allá, en una curva. Lo que me faltaba. No soporto ver gente cuando estoy como ahora, tan mal, tan hundido, tan sensible a los viejos y terribles recuerdos de mi pasado. Noto cómo la fobia me agarra del pescuezo. Decido pararme, detenerme, quedarme mirando lo que sea, para disimular. Pero algo atrae mi atención. La puerta trasera del coche se abre y aparece un zapato de tacón, luego un tobillo, luego una pierna desnuda, larga, larga, larga, larguísima. Cuando termina de salir la pierna aparece una minifaldita de cuero. Me quedo pasmado. Acabo de ver la pierna más larga del mundo, para recorrerla y llegar a lo alto del muslo, donde comienza el valle del Edén, casi tendría que comprarme una vespino, al menos esta noche, con lo cansado que estoy.

Las piernas son de una mujer que termina de salir del coche y se pone en pie. Ahora la veo con la debida perspectiva. Es rubia, delgada, piernas larguísimas, torneadísimas, perfectísimas. La minifalda deja poco a la imaginación. Creo que la vería las braguitas, que imagino blancas, si hiciera algún movimiento extraño, pero es muy consciente de su cuerpo, de su ropa, de quién es… de que yo la estoy observando. En efecto, me mira y se sorprende de que yo le hurte la mirada. Sí, no puedo seguir mirando o perderé el control. Baja del coche un hombre tan largo como ella y muy bien vestido. Hablan entre ellos, parecen rusos, mejor dicho, son rusos. Ella me mira, le dice algo y se ríe. El se ríe también. No entiendo qué se han dicho pero la sabiduría del cuerpo no necesita saber idiomas. Ella ha notado mi extraño comportamiento y no sé si se ha sentido ofendida porque haya dejado de mirarla e intente controlarme tan a ojos vista o por lo contrario, porque la he mirado con demasiada fijeza, con excesiva lascivia, con…No creo haber sido tan descarado. Además, que la den, si no quiere que la miren como yo la he mirado, que se deje de minifalditas y se ponga unos pantalones tan largos como sus piernas. No es que vaya provocando, cada uno tiene el cuerpo que tiene, pero hija mía, figlia mea, si enseñas lo que enseñas no puedes ofenderte de que te miren como te miran. Aunque me da en la nariz que la ofensa es más por el miedo que tengo a seguir mirándola, al fin y al cabo una mujer como ella si se viste como se viste es lógico que espere lo que espera, que todos los hombres nos caigamos de culo.

¡Dios qué mujer! No tengo cinta métrica para medirla pero juraría que llega a los dos metros. Rubia, ojos azules, cara angelical…mente perversa, cuerpo perfecto, aunque para mí demasiado delgado, y piernas largas, largas, larguísimas, yo creo que son las piernas más largas del mundo. Es rusa, su marido es ruso y tan alto como ella, y del coche bajan también dos niños, niña y niño o niño y niña, los dos rubios como el trigo bajo el sol, los dos querubines, tal vez menores de diez años, vestidos de fiesta, todos visten impecablemente, parece la típica familia rusa feliz, rica, esplendorosa, de los nuevos millonarios rusos, herederos del viejo zarismo.

He Pingping, Svetlana Pankratova

No puedo seguir quieto, esperando más, llamo demasiado la atención. Camino lo más rápido que puedo. Ahora veo que el supuesto taxi no es un taxi sino un mercedes. Lo sé por el circulito del capó, inconfundible. Es un coche lujosísimo, amplio, largo, casi tanto como las piernas de ella. Un señor coche, un cochazo. Cuando voy a superarles sale del coche un hombre mayor, delgado, pelo canoso, alto, altísimo, como la rusa y el ruso y como llegarán a ser los rusitos. Viste con esos trajes de etiqueta que hacen pensar en Bond, James Bond, acudiendo a la embajada rusa en la espía que surgió del frío, suponiendo que se titule así la película, que no me acuerdo, y suponiendo que en ella James Bond vaya a la embajada rusa, que no recuerdo.

Estoy a punto de chocar con el señor. Por un momento viene a mi mente la imagen de un mafioso ruso que acude a celebrar la nochevieja con su hija y su yerno y sus nietos al casco histórico de Córdoba, como podría haber estado en Granada o en la Costa Azul, La Riviera, Montecarlo o la madre que les parió a todos. No creo que sean mafiosos, esa es una idea perversa y maquiavélica, pero sí son millonarios, millonarios rusos, seguro. Y tal vez vengan a la fiesta en una mansión histórica que puede ser suya, porque la acaban de comprar con sus millones de rublos o puede que sea de un amigo ruso que la acaba de comprar de la misma manera o puede que sea de algún millonario español y andaluz, cordobés, por más señas, que invita a la creme de la creme de la sociedad rusa de los millonarios en España, que seguro se han instalado en la Costa del Sol y hasta es posible que hayan tenido que ver con la operación Malaya, con Jesús Gil, con la Pantoja o la madre que les parió a todos. Me pongo de mal humor porque al menos la rusita no debería haberse burlado de mí. O de haberse burlado luego debería haberme compensado dejándome trepar por sus piernas en vespino. Esta noche estoy demasiado cansado no hubiera podido trepar por sus piernas sino es montado en una vespino. Al menos debería haberme sonreído. No sé, algo, un detalle. Pues no se burla de mí, lo comenta con su marido y se ríen y luego acarician a sus preciosos hijos, rubitos, querubines, y junto con el padre o el suegro o lo que sean, se pierden tras una verja, en un patio que tal vez conduzca a un restaurante de diez estrellas michelín, al fondo, aunque no veo el luminoso, o tal vez sea la mansión de Piti-Pata, el millonario desconocido que tiene tratos con la mafia rusa.

Cuando llego a una nueva curva giro la cabeza y contemplo por última vez las piernas más largas del mundo. Todo la familia ha estado hablando en ruso y diciendo tonterías, seguro, pero ahora se van a perder en el patio de la mansión donde les espera la creme de la creme para pasar de un año a otro. El chofer no se ha bajado del coche, no puedo saber si es ruso y si es tan alto como todos ellos. Seguro que ahora maniobra y se va o mete el coche en el patio. Decido que no quiero saberlo, decido que si los millonarios rusos tienen tan buen karma como para que la vida les conceda todo esto… pues bien, que lo disfruten, que lo gasten a manos llenas, ya se quedarán sin nada y cuando acumulen mal karma alguna terrible desgracia les sucederá. Como a mí, que no sé qué mal karma he acumulado, pero ahora estoy aquí, en el casco histórico de Córdoba, cojeando, cojitranco, arrastrando el maldito tobillo derecho, herido en mi orgullo por las risitas de la millonaria rusa, poseedora de las piernas más largas del mundo. ¡Pero qué buena estaba la tía! ¡Dios, me la comería a bocaditos! Y me imagino subiendo en vespino por sus piernas. Esto me pasa cuando estoy tan cansado, que no controlo.

Me he deprimido tanto que casi estoy tentando de echarme a llorar, pero no, decido hacer un último esfuerzo para encontrar algo abierto y cenar. No es que tenga hambre, un hambre feroz, pero ya sería hora de meter algo al cuerpo. Me pierdo, no sé por dónde voy ni quién soy. Decido seguir todo recto por la calle más ancha, subiendo, bajando, lo que sea. Hay una arcada, la paso y desemboco en una plaza enorme, apenas iluminada, llena de arcadas, de soportales. Veo un pub abierto y jóvenes, pocos, tomándose copas bajo los soportales. Si no miro mal hay dos pubs abiertos, vaya esto es nuevo. ¿Y si me acercara a ver si dan tapas? ¿Cómo van a dar tapas en un pubs? Pues pudiera ser, pudiera ser. Pues no, que hay mucha gente, y jóvenes, y la mayoría mamados y en cuanto vean a un carroza solitario como yo, y que además es un tipo raro, con manías, se van a meter conmigo. Bueno, al menos voy a disfrutar de la plaza sin prisas. Saco el móvil miro a ver cómo quedan las fotos con esta luz incierta, pues mal, fatal, no se ve nada, además no sé cómo se activa el flash en el móvil, suponiendo que tenga flash.

máquina de tabaco

Pasa una familia, nadie está solo, soy el único que camina por el casco histórico de Córdoba en solitario. Echo de menos un pitillo, mi reino por un pitillo. Y entonces…¡Oh miraculum admirábilis! Al fondo, bajo los soportales, veo un kebak. No, no pienso castigarme con una cena de kebak en nochevieja, me niego, pero es posible que tengan una máquina de tabaco. Seguro que las fuerzas poderosas son buenas conmigo. Y en efecto, lo son. En la terraza hay un negrito sentado, tomándose un refresco. El dueño, un turco tan osote como yo, mira por la ventana abierta a la plaza. Está detrás de la barra. Entro y observo, sorprendido, a varias familias españolas, tal vez cordobesas, tomándose algo en las mesas, tal vez cenando. Veo una máquina de tabaco, toda reluciente, toda colorines, apoyada en la pared. Me da un vuelco el corazón, ya no estaré privado de tabaco mientras camino por el casco histórico de Córdoba en la noche más triste del año para mí. Le pregunto al osote turco si está activada la máquina. Me dice que sí. Saco tabaco y me voy, ni siquiera pienso en cenar un poco, para calmar el hambre. Me siento en el primer banco que encuentro y enciendo un pitillo, me relajo, luego enciendo otro, me relajo más. Bueno, al fin y al cabo la noche no está yendo tan mal. Es cuestión de disfrutar de lo que las fuerzas poderosas quieran darte. Me han concedido el don, ¡miráculum admirábilis!, de contemplar las piernas más largas del mundo, de ver a la rusa más alta que he visto, salvo alguna pívot de baloncesto rusa, la más rubia, la más guapa, solo le faltaba comer un poco más, no soporto tanta delgadez. Soñaré contigo, esbelta rusa, mientras camino solitario por el casco antiguo de Córdoba en la noche más triste del año para mí. No importa, ahora al menos tengo tabaco.

plaza Córdoba

Continuará.

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: