DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXIII

20 01 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXIII

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NOCHEVIEJA EN CÓRDOBA V

EL CAMPOSANTO DE LOS MÁRTIRES

Mi obsesión por los cementerios debió comenzar a los cinco años en aquel pueblecito de montaña. No recuerdo qué me impulsó hacia el cementerio, en las afueras del pueblo, sobre la ladera de una montaña. Sin duda debió tratarse de algo profundo, porque allí permanecí, mirando las blancas tapias y pensando en los huesos enterrados dentro y que en un momento del tiempo fueron personas como yo. El que en aquel momento fueran solo huesos me produjo tal impacto que no pude soportar la angustia y deseé morir. Con cinco años, es increíble que un niño pueda ser tan consciente. Siempre quise descubrir las razones que me han impulsado hacia la muerte. Tiene que haber una razón y tiene que estar en vidas pasadas. Mi “ex” se burlaba de mi extraña facilidad para encontrar los cementerios en cualquier ciudad o pueblo, solo tenía que perderme y seguro que terminaba al lado de un cementerio.

Parece broma, pero no lo es. He dado mil vueltas al casco histórico de Córdoba, para un lado, para otro, arriba y abajo, de haber tenido el temido GPS ahora sabría a ciencia cierta cuántas vueltas he dado, cuántos kilómetros he recorrido y el número de pasos desde que saliera del hotel.. Y todo acabar mirando las tapias de un cementerio. He llegado hasta el parquecito y me he sentado en un banco de madera, está mojado pero no me importa. He abierto y cerrado el paraguas más veces de las que puedo recordar. El chirimiri cordobés viene y va, ahora parece que nos va a dejar tranquilos el resto de la noche. Una pareja ha pasado por allí con un perro y se ha ido. Estoy solo, con el pitillo en la boca, pensando que definitivamente esta noche no voy a cenar, pensando que definitivamente estaré solo el resto de mi vida, sin sexo, sin mujeres, sin nada que merezca la pena salvo darle vueltas en el caletre a las mismas tonterías de siempre. Me gusta la luz rojiza que desprenden las farolas. Me produce la sensación de estar en un ensueño de Castaneda, el tono rojizo de la luz es lo que distingue el ensueño del sueño normal, le dice don Juan. Yo estoy en un ensueño, sentado en un banco mojado, fumando un pitillo sin prisa, mirando las hojas de los árboles cercanos, mirando el suelo mojado, mirando la enorme tapia que tengo a mi izquierda… Y de pronto he sido consciente. Esas enormes tapias pertenecen a un cementerio.

Hay un letrero al final de la tapia, a la izquierda, intento saber qué dice, forzando la vista, al fin lo consigo. Es el Camposanto de los mártires. Saco una foto con el móvil, la luz no es buena pero al menos me ayudará a recordar que la Nochevieja del año 2015 estuve aquí, en Córdoba, solo, sin cenar, en una ciudad vacía y desierta, mientras la lluvia fina que ya para siempre llamaré el chirimiri cordobés intenta humedecer mi alma, pero está ya tan reseca que nada podría florecer en ella. Observo que las tapias tienen una gran altura. Una imagen delirante acude a mi cabeza, los difuntos intentando saltar la tapia con pértigas. Me río yo solo, tendrían que ser campeones del mundo de pértiga para poder saltar aquello. ¿Cuál era el record del ruso? ¿Más de seis metros? No creo que la tapia sea tan alta. Y la idea comienza a dar vueltas y más vueltas en mi cabeza hasta llegar a un bucle perfecto. De pronto…

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Comienzan a sonar unas campanas, por un momento pienso que están tocando a muerto en una iglesia cercana y me asusto. Como le dice don Juan a Castaneda, antes de morir un guerrero recibe una señal de su muerte, no tiene por qué ser dramática, escandalosa, a veces es simplemente un detalle relacionado con algo que el guerrero conoce muy bien. Me he estremecido, por un instante he pensado que esas campanas estaban anunciando mi muerte. Luego he comprendido que era un reloj dando las diez. He tardado en recuperar el resuello. Salí del hotel antes de las siete o diecinueve horas, si ahora son las diez llevo más de tres horas caminando, deambulando, sentándome tan solo unos minutos en los bancos. Es una caminata excesiva para mí, un vejestorio gordito al que nunca le ha gustado mucho caminar. Debería parar un taxi y regresar al hotel. He traído turrón y una botella de cava, suficiente para emborracharme y dormir el resto de la noche a pata suelta. Estoy tentado de hacerlo, pero aunque esta noche he abdicado de mi condición de guerrero impecable mi obstinación y cabezonería es la misma de siempre. Si no encuentro algo para tomarme unas tapas al menos espero hallar alguna cafetería o pub abierto, necesito tomarme una cerveza y luego tal vez un gintonic, no sé por qué he comenzado a pensar en esta bebida que hace mucho tiempo que no tomo. Esta noche estoy de capricho.

Me fumo tres pitillos más, no me apetece nada levantarme aunque el banco está muy mojado y debo tener la culera del pantalón totalmente empapada. El tobillo acabará conmigo esta noche, lo he forzado demasiado y además la lluvia no suele hacerle mucho bien. Una bocanada recapitulatoria me deja sin aliento. No es posible que esté aquí, que haya llegado hasta donde he llegado tras una vida insólita y sin sentido. Cuando reviso loa pasos dados me gustaría encontrar uno que me explicara lo que ahora soy pero no puedo concretar en una decisión el camino que me ha traído hasta aquí, a esta soledad, a este vacío absoluto, como si hubiera tirado mi vida por la ventana. No es posible, me digo una y otra vez, no es posible que de repente todo lo conseguido, todo aquello por lo que luché a lo largo de mi vida, se haya ido por la borda. La angustia se hace insoportable, hasta que el viejo ídolo del pasado tropieza y se rompe en mil pedazos. Ahora no soy peor persona de lo que fui en el pasado, ni estoy más enfermo ni más loco ni soy más perverso, más canalla, en absoluto, al contrario, creo que estoy mejor de lo que nunca estuve. La prueba es que no he pensado ni un solo segundo en subir al coche y buscar un precipicio para arrojarme, como despeñarme por ese puente que he visto a lo lejos hace un rato, iluminado por luces fantasmagóricas. ¿Cuándo he estado bien? Ni de niño, siempre triste, aterrorizado por lo que pudieran hacerme los otros niños, los adultos, incapaz de controlar una imaginación tan viva que a menudo me despegaba de la realidad y me resultaba imposible regresar a ella, ni de adolescente, tan obsesionado con el sexo que no pensaba en otra cosa, ni de joven, siempre dándole vueltas en la cabeza buscando la fórmula más sencilla e indolora de suicidarme. ¿Pude haber estado peor que cuando viví lo que yo llamo mi temporada en el infierno? No, no puedo quejarme de cómo estoy ahora, sin amor, sin familia, sin nada, pero al menos he superado aquellas ideas suicidas tan obsesivas contra las que no podía hacer nada. Estoy mejor que nunca, más cuerdo, más lúcido, más dueño de mí mismo. Y tampoco es que esté más solo de lo que nunca estuve en el pasado, es solo la sensación de una nochevieja que intento celebrar de alguna manera, como siempre, aunque tal vez no debiera haberme emperrado en ello. Para el próximo año cenaré bien y me iré a la cama tan ricamente, bueno, tal vez me emborrache si estoy tan deprimido que no puedo dormir, pero siempre será mejor que este patético intento de celebrar algo a toda costa cuando no hay nada que celebrar.

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Cuando pienso en lo que pude haber hecho para no estar ahora aquí, solo, triste, desesperado, se me revuelven las tripas. Desde esta atalaya de mi vida todo parece mucho más fácil de lo que fue en realidad. El amor es bello pero terrible, la convivencia erosiona tanto que lo milagroso es observar aún a parejas caminando por el mundo en lugar de solitarios peripatéticos mirando con ojos esperanzados el abismo que contemplan desde el puente. Si no hubiera sido un enfermo mental…Creo que los problemas de convivencia de la pareja tal vez no hubieran sido los mismos pero sí parecidos. El día y la noche solo se encuentran al alba y al ocaso, es ley natural, ley física, no pueden convivir el resto del tiempo. Pero aún así tal vez hubiera podido reaccionar mejor a los problemas. Ese salir de estampida de casa cuando se produce la bronca y yo estoy tan mal que solo lejos de allí puedo esperar que la angustia se vaya atenuando mientras no dejo de pensar que al fin y al cabo la muerte lo acabará solucionando todo antes o después. ¿Por qué esa falta de control? Cuando sube la ola de la cólera hasta la cabeza ya no puedo hacer nada, es como si la ola de un tsunami me arrastrara, con fuerza imponente, hasta donde ella quiera. Me gustaría saber de dónde me viene esto. No me sirve eso de los genes, ni el maltrato infantil, ni observar a mi padre cómo golpeaba a mi madre y le dejaba el ojo a la virulé, ni sus infernales estallidos de cólera, como cuando aquel domingo me lanzó el cuchillo a la cabeza porque no quería tomar la sopa, ni cuando le veía borracho y tenía tanto miedo que no sabía dónde meterme. No, aquí hay algo más, mucho más. Me gustaría conocer mis vidas pasadas, de “pé a pá”, para así rastrear la causa de esta cólera casi apocalíptica. No es que quiera convencer al otro de mis razones, puedo vivir tan ricamente aunque todo el mundo pienso lo contrario a lo que yo pienso, no es que tenga tanto miedo a que me hagan daño, no, es otra cosa, es el miedo a la soledad, ese quedarte solo en medio del mundo, del universo, porque no eres capaz de rendirte con armas y bagajes y arrodillarte ante ellos dejando que hagan contigo lo que quieran. Es ese sentimiento de santa justicia que te impide asumir que los demás sean más poderosos que tú, que puedan obligarte a hacer lo que no quieres hacer, porque en tu interior habita la misma chispa divina que en los demás, ellos no son superiores a ti, y por supuesto tú no lo eres para sentirte elevado sobre ellos. Pero ese comportamiento demoníaco de quienes se creen dioses y consideran que pueden esclavizar a los demás, hacerles pasar hambre, hacerles trabajar para ellos como esclavos, humillarles, mirarles como si fueran una mierda. No, eso nunca pude soportarlo y mis estallidos de cólera eran como bombas atómicas. Pero, ahora que lo pienso, bien podría haber actuado con la calma con la que actúo ahora. Soy un guerrero impecable, hago lo que tengo que hacer, no me preocupa morir, no me preocupa nada. Sin embargo cuando noto esta infinita soledad en mi interior se aviva esa llama colérica, ese infierno dantesco, regresa a mi todo el pasado, como si regresaran a mí todas mis vidas. Es la soledad, el quedarme solo, el que hace saltar todas las alarmas, el que aviva el sentimiento de cólera hasta hacerme pensar que la destrucción del universo entero no sería nada, no importaría lo más mínimo. ¿Por qué me asusta tanto quedarme solo, por qué es lo único que no puedo soportar?

¿Cómo hubieran sido las cosas de no ser yo un enfermo mental? Es la pregunta que siempre me hago, la coletilla de todas mis reflexiones, la curiosidad malsana que me lleva a explorar con la mente los otros caminos de cada encrucijada. ¿Hubiera actuado de la misma forma cuando mi familia no quería que me casara con una divorciada con un hijo? Vacié mi primer círculo, ni padres (bueno, mi padre ya había fallecido), ni hermanos, ni primos, ni tíos, ni sobrinos… Cuanto más pienso en todo ello más me convenzo de que en realidad mi enfermedad mental no tiene nada que ver con lo que pienso, lo que siento, lo que soy. Enfermo o no, nunca habría renunciado a mis creencias más profundas, a mi forma de pensar, a mi forma profunda de ser, a mi filosofía espiritualista de la vida. No, no renunciaría a ello por nada ni por nadie. Y sin embargo…Sí, es cierto, ser asertivo no implica romper con todo el mundo y encerrarte en tu búnker. Hubiera podido ser más flexible, utilizar más la mano izquierda, como hace todo el mundo o como todo el mundo dice que hace. No, no puedo engañarme, en realidad me disgusta profundamente la hipocresía, prefiero la verdad directa. De no haber sido un enfermo mental tal vez no habría actuado como lo hice, nada de marcharme de casa a cada bronca, pasarme horas por ahí, solo, pensando en el suicidio, no me habría encamado, dejado de hablar, dejado de comer, ni daría voces, ni perdería el control y daría un puñetazo a la puerta. Sí, tal vez no habría hecho eso, una patología típica de mi enfermedad, pero me temo que las cosas no hubieran sido muy diferentes, tal vez más suaves, tal vez se pueden decir las mismas cosas con un tono de voz normal, tal vez se puedan hacer las mismas cosas sin que parezcan pataletas de niño malcriado. Tal vez, pero uno no puede renunciar a lo que es, a sus creencias más profundas, y ni lo que soy ni lo que pienso encajan en esta sociedad, los demás no pueden aceptar una visión espiritualista de la vida porque para ellos no existe otra cosa que el mundo físico y la vida hasta que mueres y lo que tienes que hacer para sobrevivir. Nada más. No, no es posible llegar a un acuerdo, solo reaccionar mejor, como una persona “normal” como ellos dicen.

No era posible. Por eso la ruptura es tal vez el hecho del que me siento más orgulloso. Haber podido librarles a ellas de mi peso a sus espaldas, que puedan seguir su vida sin tener que preocuparse de un peso muerto. Tal vez debí haberlo hecho antes. Al concluir el primer año del matrimonio y darme cuenta de que no era posible, no era posible que un enfermo mental tuviera pareja, no era posible la convivencia con una persona tan distinta. Pero si lo hubiera hecho no tendría una hija. Bueno, tal vez debí haberlo hecho tras mi último intento de suicidio, estando ya casado o tras la explosión de gas en el piso. Sí, allí debió haber acabado todo. Pero no pude hacerle. No me sentía capaz de renunciar al amor y tampoco creía poder seguir vivo solo, no al menos entonces. Cometí un grave error y todos lo pagaron, yo lo pagué. Ahora, aquí sentado en este banco mojado, mirando la tapia del Camposanto de los mártires, pienso que en efecto, que debí haberlo hecho mucho antes. Pero sigo sin entender por qué seguí vivo tras mis intentos de suicidio. Entonces nada de esto habría ocurrido, muchas vidas hubieran sido distintas… pero mi hija no habría nacido. La vida es compleja, misteriosa, inexplicable. Mejor tarde que nunca. Estando solo no perjudicaré a nadie.

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Al fin me levanto y decido regresar al hotel, pero no sé si ir hacia abajo o hacia arriba. Decido ir hacia abajo y me equivoco, como sabré al día siguiente. Elegí el camino más largo, dando un gran rodeo. La reflexión en el Camposanto de los mártires me ha hecho vulnerable. La fobia puede atacar en cualquier momento. ¡Pero quién podría desencadenarla! Todo está vacío, desierto, las calles mojadas, apenas circulan coches. Son más de las diez, todo el mundo estará cenando en sus casas, con sus familias, la ciudad está desierta. Veo un parque que creo reconocer, estaba cerca de la muralla, cerca del búho sabio, pero está cerrado. Un gato se mueve felinamente cerca de un trozo de muralla, me pareció que era un callejón estrecho, pero está cerrado. Bordearé todo el parque. Sigo la carretera. Veo el puente. Si subo hacia arriba llegaré al hotel, estoy en la dirección buena, al menos eso creo. Pero el tobillo se queja a gritos, cojeo con enorme dificultad. Demasiado esfuerzo para un día. Esto parece el viacrucis que hacíamos en el colegio en Semana Santa. En cada estación yo imaginaba el dolor que sentía aquel hombre con una cruz a cuestas, despreciado, insultado, escupido. Si me dejaba llevar lo bastante hasta yo mismo podía sentir cada matiz de aquel dolor, en toda su intensidad. Ahora siento lo mismo. Con cada paso mi vida me sale al camino y en cada estación debo detenerme para dar una bocanada antes de ahogarme. Nochevieja en Córdoba. No soy un guerrero impecable, solo un tonto que cometió el error de intentar cenar por ahí. Ahora las pasaré canutas para regresar. No importa, cuando estás solo todas las nocheviejas son iguales, pase lo que pase. Y sigo mi camino, esperando encontrar pronto otro banco.

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SOLO COMO GUERRERO SE PUEDE SOBREVIVIR EN EL CAMINO DEL CONOCIMIENTO. PORQUE EL ARTE DEL GUERRERO ES EQUILIBRAR EL TERROR DE SER HOMBRE CON EL PRODIGIO DE SER HOMBRE.

VIAJE A IXTLAN

CARLOS CASTANEDA

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