DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXIV

22 01 2016

CORDOBA NOCHEVIEJA

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXIV

 

NOCHEVIEJA EN CÓRDOBA VI

 

UN GUERRERO ES ALGUIEN QUE BUSCA LA LIBERTAD, LA TRISTEZA NO ES LIBERTAD. TENEMOS QUE QUITÁRNOSLA DE ENCIMA

EL DON DEL ÁGUILA

CARLOS CASTANEDA

 

Creo que he encontrado tantas contradicciones en la filosofía chamánica de don Juan como el propio Castaneda a quien ponía de los nervios tener que abdicar de la lógica y la racionalidad para entregarse a algo que no parecía aportar gran cosa a su vida. Yo mismo me pondría de los nervios si eso fuera posible, porque abandonar el sólido terreno de la lógica para caminar por el aire no es para mí una diversión que merezca la pena, salvo cuando escribo alguna novela, sin embargo los reveses de la vida curiosamente han tenido en mi un efecto balsámico porque una vez que lo pierdes todo, que disminuye el apego a cosas y personas, el que algo pueda ponerme de los nervios me sorprendería tanto como que un milagro devolviese la ilusión a mi vida.

 

Según don Juan un guerrero debe desprenderse de la tristeza, no es buena para él, y sin embargo en otro momento le dice a Castaneda que la felicidad no es precisamente el mejor terreno para el guerrero. No tengo a mano la cita literal pero el significado estaba muy claro, un guerrero no se maneja bien en momento de felicidad, de alegría exultante, cuando todo en la vida le va bien. Así pues un guerrero no debe entregarse nunca a la tristeza y sin embargo debe huir de la felicidad como de la peste. Este tipo de contradicciones crispaban a Castaneda, sin embargo aparecen constantemente en la filosofía chamánica de don Juan. La lógica y la razón no forman parte del universo chamánico del nagual, se podría decir que son propias de la primera atención que necesita de ellas para mantener el punto de encaje en su sitio.

 

Mientras camino, arrastrando los pies, cojitranco, tan triste que hasta yo mismo me doy pena, por una acera mojada en Córdoba, pasadas las diez y media de la noche, en medio del silencio y el vacío, el asfalto desierto, la pena, la congoja me consumen el alma. Toda una vida de lucha para llegar a esto, un patético vejestorio, con unos cuantos kilos de más, arrastrando la pierna derecha como si me hubieran herido en el frente, porque el terrible dolor del tobillo ha ido subiendo por la pantorrilla y ahora de rodilla para abajo la carne, hasta el hueso, son solo una llaga dolorosa. La vida es tan frágil y fugaz que uno se pregunta si merece la pena, tan siquiera, despertar todos los días, abandonar el mundo de los sueños.

 

Un guerrero no se entregaría, no se abandonaría de esta forma a semejante tristeza y sin embargo como dicen don Juan la felicidad es lo peor que le puede ocurrir a un guerrero, no se puede ser guerrero y feliz. ¿En qué quedamos? La única forma de superar esta contradicción es el humor, al menos para mí. Es curioso pero no hay momentos tan felices en los libros de Castaneda como cuando don Juan y Genaro se tronchan de risa ante las tonterías de Carlitos. El sentido del humor de estos dos naguales debió de ser digno de disfrutarse. El humor es la única forma de superar las contradicciones de la vida del guerrero. Cuando estás triste puedes saltar fácilmente a la segunda atención y en ella descubrir nuevos mundos. Nada más sencillo que recapitular cuando estás triste, cuando estás tan triste que el alma se arrastra por el suelo, quejicosa. Ahora mismo podría repasar toda mi vida, desde la muerte de la perrita Tula, algo emblemático para mí, a los tres años, en aquel pueblecito de montaña al que nunca he regresado, hasta este momento, perdido en las calles de una Córdoba meona que no deja de mear su chirimiri sobre mi cabeza. A veces  se me ocurre abrir el paraguas, que luego vuelvo a cerrar porque no merece la pena caminar de esta guisa con un paraguas abierto. Nada me gustaría más que salir de mi cuerpo, pasar a la segunda atención, utilizar el cuerpo energético, el cuerpo de luz, para contemplarme desde lejos, caminando de esta manera tan ridícula, arrastrando los pies, cojeando ostensiblemente, pujando por un cuerpo voluminoso y pesado que ya me sobra, no lo necesito, lo abandonaría sino fuera tan doloroso hacerlo. Con el divorcio bajé más de quince kilos, pero he vuelto a engordar. Me consuelo pensando que en parte se debe al músculo que estoy echando en el gimnasio y haciendo natación, pero no deja de ser otra patética manera de fugarme de la realidad. Me gustaría poder verme desde la otra acera, como si mi cuerpo, como si yo mismo fuera otra persona. Seguro que me entraba la risa tonta. Nada como el humor para superar las contradicciones de la vida. Pero estoy tan cansado, me duele tanto el tobillo, la pierna que ni siquiera soy capaz de entregarme a estos delirios que tanto me gustan. Lo que necesito es encontrar otro banco y cuanto antes.

 

Si hay un consuelo, un maravilloso consuelo en la vida es el de que por mucho que sufras, por mucho que los tormentos del infierno caigan sobre ti, al final el tiempo obliga a soltar la mordida al demonio de turno al cerbero, al cancerbero, al perro del Hades, al demonio del pozo, al monstruo de tres cabezas, no hay mal que cien años dure ni dolor que se prolongue más allá de la muerte… al menos que sepamos. Es por eso que cuando encuentro el banco no me alegro tanto como debería, al fin y al cabo estaba previsto que el tobillo llegara a tener su descanso antes o después. Me siento en la humedad, sin miedo al resfriado, a la pulmonía o a lo que quiera venir. Enciendo un pitillo y fumo, descanso el tobillo, el cuerpo, incluso el alma dolorida. Ni me planteo que esta salida ha sido un error. Debería haber comprado algo, habérmelo comido en la habitación del hotel y luego haberme emborrachado a conciencia. Bueno, no se pueden adoptar todas las decisiones a la vez, este año ha tocado ésta, el que viene, si Dios quiere, tocará otra. Lo que me sigue abrumando es el recuerdo de tantas derrotas. ¿Cómo es posible que intentara suicidarme tantas veces, que tomara decisiones tan estúpidas, que cometiera tantos errores, que me importara tanto el qué dirán, que no fuera capaz de ser asertivo, diamantino, ante el cínico chantaje de tantas personas que han pasado por mi vida? ¿Tan poderosas eran, tanto daño podían hacerme, tan listas y relistas eran? No, en realidad la mayoría eran pobrecitos que seguramente hubieran salido huyendo con que yo me plantara simplemente ante ellos y dijera “NO”?  Nunca he podido entender mi falta de voluntad, mi debilidad congénita, esa cobardía insólita que me acompañó tantos años de mi vida.

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Entonces recuerdo aquella pregunta tonta que Castaneda le hace a don Juan. ¿A qué debemos tener más miedo en este mundo? No es literal, algo así le pregunta Carlitos al nagual, y este le responde, tampoco es literal, que el peor enemigo de un guerrero es otro ser humano. Homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre. Y cuando Castaneda se queda con la boca abierta, intentando asimilarlo, don Juan le explica que en efecto, no hay que temer a los aliados, ni a los seres inorgánicos, ni a tantas entidades desconocidas que habitan nuestro mundo, lo único que nos debe dar miedo, realmente miedo, es otro ser humano. No hay peor enemigo, remacha con Juan. En efecto, la lucha de poder que emprendemos los seres humanos, unos contra otros,  puede generar explosiones atómicas, genocidios, tanto sufrimiento como ningún demonio del infierno podría imaginar. Vivimos en un mundo realmente terrible, peor que el infierno, donde el hombre es un lobo para el hombre y la falta de empatía, de solidaridad, de amor, genera el dolor más incisivo que puede sufrir un ser humano, ser ninguneado por otros seres humanos, como si no existieras, como si tu cuerpo fuera invisible y tu alma nunca hubiera nacido. La lucha de poder, ese ocupar el espacio que ya ocupa otro, ese conseguir lo que el otro tiene, ese obtener mucho más de lo que entra por tu boca o cabe en tu estómago, ese encerrarte en tu círculo y no pensar en otra cosa que en destrozar con tu poder al prójimo, todo esto es propio del ser humano, solo de él, los aliados te pueden dar sustos de muerte y los demonios llevar al infierno pero para ninguno de ellos serás invisible, inexistente.

 

No, no me sorprende que haya tenido tanto miedo a los seres humanos, hasta el punto de llegar a la humillación y la abyección más inhumanas. Don Juan lo sabía muy bien, por eso entrena a Castaneda como a un guerrero, porque en esta lucha o vences o mueres. Lo que mantiene la primera atención es el punto de encaje de toda la humanidad, colocado en el mismo sitio. Así podemos ver a los otros, observarlos, sentir su presencia, su pensamiento, sus emociones, por eso nos importa tanto el qué dirán. Y es por eso que la soledad llega a ser tan insufrible cuando no eres un guerrero, un buen guerrero.

 

Si alguien cree que la compañía no es tan importante yo le invitaría a realizar el siguiente experimento. Aprovechen quince días de sus vacaciones, compren una tienda de campaña, la mochila, todo lo necesario, los alimentos con los que puedan cargar y váyanse a la montaña, pongan la tienda en un pequeño claro del bosque y dedíquense a vivir esos quince días en soledad. Sabrán de qué hablo cuando digo que la soledad es dura. Al principio, cuando lo hacía en mi juventud, pensaba que lo que yo sentía era propio de mi enfermedad mental, era debido a mi carácter, a mi personalidad, que los demás, el resto del mundo no podía sentir algo semejante. Ahora sé que en realidad todos sienten los mismo y por eso buscan el calor del rebaño y hacen concesiones.

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Vayan solos a la montaña y cuénteme lo que sienten. Luego vayan acompañados de un amigo o ser querido y finalmente vayan en grupo. Verán que los resultados son muy ilustrativos. En la montaña, en soledad, se desmorona toda tu lógica, toda la razón. Lo que durante el día parece normal, los sonidos, los ruidos, cualquier cosa que suceda, por la noche se convierte en un peligro ominoso. Permanezcan solos en su tienda de campaña, escuchando lo que ocurre fuera. De pronto un ruido que les parece extraño. Lo analizan fríamente con su lógica de la vida cotidiana. Ha sido solo un chasquido, no puede pertenecer a un animal grande, tal vez un lagarto. ¿Pero cómo un lagarto puede salir por la noche?  Un sonido más fuerte, ese debe pertenecer a un jabalí, los jabalíes salen por la noche, pero van en manadas. No tiene que ser otra cosa. Tal vez me ha seguido un delincuente para robarme. Sí, me he fijado en que en la gasolina donde reposté, antes de subir a la montaña, un joven me miraba raro, ya lo creo, es posible que me haya seguido para robarme. Tal vez piense matarme para que no le denuncie.

 

Todos estos razonamientos les parecerán ridículos a la luz del día o si están en compañía o si están en su casa, en la ciudad, pero aquí, en la montaña, solos, en plena noche, observarán lo frágil que es la lógica, la razón. En mi juventud llegué a pensar que esto solo me ocurría a mí porque era lo que era. Solo cuando comencé a comentarlo con algunos allegados descubrí que en realidad eso era lo más natural del mundo. ¿Pero cómo puedes ir tu solo a la montaña? No lo entendían, me entraba la risa de la cara que se les quedaba. Porque en la montaña, en soledad, hay que superar el miedo, hay que enfrentarse a los desvaríos de la imaginación. Puedes llegar a pensar que hay un lobo fuera, aunque es verano y sabes que los lobos solo atacan en invierno o cuando no encuentran caza y están muy hambrientos. Puedes pensar que hay un oso pardo fuera aunque sabes que los osos ya han desaparecido de esa zona de montaña. O puedes pensar que un delincuente te ha seguido para robarte y matarte. Todo es posible en plena noche, en la montaña. Por eso enciendes la linterna, abres la cremallera y miras hacia fuera, temblando. Solo quien ha vivido una experiencia semejante sabe hasta qué punto la lógica y la razón desaparecen. Prueben luego a ir con otra persona y si es timorata háblenle de lo que puede haber fuera, verán cómo se echa a temblar y luego él les contagiará su miedo a ustedes. Si, en cambio, es una persona valiente, con sentido del humor, un cachondo mental, se tomarán el pelo uno a otro, se reirán. ¿Tienes miedo de que afuera haya un zombi? ¿Y si fuera una zombi que estuviera muy buena? Etc etc etc Luego prueben con un grupo y verán cómo esos miedos casi desaparecen, cómo el calorcito del rebaño hace que fuera de ese círculo no haya nada tan poderoso como para darles miedo.

 

La presencia de otros seres humanos con su punto de encaje en su sitio hace que el suyo se refuerce, nuestro mundo es así porque todos lo vemos así, es decir, porque todos andan por ahí con la clavija de sus cinturones en el mismo agujero. Si cada uno la llevara en el suyo propio esto sería un caos y cada uno viviría en su mundo. Es lo que nos sucede a los enfermos mentales, a los locos, como algunos nos llaman, tenemos el punto de encaje en otra posición y no vemos las cosas como la mayoría, desentonamos, no se pueden entender con nosotros ni nosotros con ellos. Es la teoría de la vinculación de Milarepa, todos tendemos a la fusión porque no hay otro camino, tenemos que regresar al Todo del que nos desgajamos. Es la ley de los tres círculos, nuestra consciencia no puede con toda la humanidad, por eso solo queremos a unos pocos en el primer círculo, solo podemos amar con absoluta intensidad a  muy pocas personas, la pareja, los hijos, los padres, los hermanos, muy pocos. El resto debe sufrir un largo y trabajoso proceso de vinculación pasando de círculo en círculo.

 

Es por eso que caminando esta nochevieja por las calles mojadas de Córdoba me siento tan solo y desamparado. Nadie en mi primer círculo, nadie en las calles, nadie en parte alguna, mi punto de encaje anda suelto haciendo que perciba universos remotos y terroríficos, haciendo que me traslade al pasado y recapitule. Estoy solo pero no puedo renunciar a la vinculación, a la fusión, a la compañía. Mi mente enloquece como si estuviera solo en la montaña, cualquier ruido es sospechoso, cualquier circunstancia peligrosa. Y eso que en la ciudad han inventado el día en plena noche. La luz de las farolas me advierte cuando dos hombres se aproximan por detrás. Llevan bolsas de plástico, parece que van a algún domicilio, y hablan entre ellos. No parece que se digan cosas muy importantes, pero hablan. Yo no puedo hablar sino conmigo mismo. La soledad es un veneno mortal, en grandes dosis genera una enfermedad que acaba con tu vida.

 

La sabiduría del cuerpo me dice que alguien tiene clavada en mí su mirada. Y en efecto, una furgoneta blanca ha parado porque el semáforo está en rojo y un joven, que va al volante, me está mirando con curiosidad, yo diría que asombrado. ¿Qué hace este hombre sentado en un banco mojado, fumándose un pitillo, cuando todo el mundo está en sus casas, con sus familia? Le devuelvo la mirada y él me la hurta, sabe que su curiosidad no es bien recibida, un solitario siempre lleva a cuestas tragedias sin nombre que es mejor seguir ignorando.

 

Decido continuar, el sonido de las sirenas de los coches de policía me recuerdan los sonidos de la montaña en plena noche. Sé que no va a pasar nada, pero ¿y si me detuvieran por un error y terminara en comisaría? La soledad hace que tu lógica se desmorone. Pasan de las once, ya se ve a alguna que otra persona por la calle.  Yo sigo parando en cada banco para echar un pitillo y descansar. Estoy ahora en una avenida con árboles, en un parque. Hay algunos aparatos para que los mayores hagan gimnasia y ridículas advertencias. Abro el paraguas porque la lluvia arrecia un poco. Lo cierro más allá. Me siento en otro banco y en otro y fumo un pitillo y otro. El dolor del tobillo es inhumano.

 

cORDOBA NOCHE

 

Llega un grupo de personas, como disfrazadas, un hombre se atreve a preguntarme si conozco una plaza. Creo que la he visto al pasar, pero no estoy para hacer esfuerzos, ni de cabeza ni de pies. Le digo que no soy de Córdoba. Continúan su camino haciendo sonar matasuegras, trompetillas. Sus puntos de encaje les dan solidez, forman parte de un círculo, aunque sea un segundo exterior. No están solos por eso sobrellevan mejor todo lo que les suceda. A estas alturas el agotamiento es brutal y tengo miedo de que surja la fobia. Me detengo mirando a lo lejos un hotel que parece lujoso, hay un ascensor que parece ir por la fachada. Me imagino allí dentro, entre el lujo y la compañía. Al día siguiente, a plena luz, el hotel no era tan lujoso ni tan atrayente, pero de noche todos los gatos son pardos y todos los hoteles acogedores.

 

Quiero llegar al hotel cuanto antes. No tengo especial interés en escuchar las campanadas. No he traído uvas ni pienso celebrar las campanadas. Ahora que estoy solo me parece una tontería. Me cuesta encontrar el hotel. Se acercan las doce y ahora sí hay gente moviéndose por las aceras. Un matrimonio joven, hurto la mirada a la mujer, cuando está lejos, tengo miedo de la fobia, cuando está cerca observo que no es tan atractiva como me parecía, no tenía por qué haber hecho mi famoso paripé fóbico. El marido ha debido notar algo y tal vez esté un poco bebido. Su comentario despectivo puede no ir dirigido a mí, tal vez no, aunque la sabiduría del cuerpo dice sí. Eso me pone aún más fóbico. Necesito llegar y cuanto antes. Los últimos minutos son un infierno. Por fin estoy delante de la puerta del hotel, espero que se abra. No se abrió desde dentro y la recepcionista tuvo que abrir con un mando a distancia, puede que yo estropee todos estos artilugios, aunque me da la sensación de que también podría ocurrir que lo hicieran ellos para que nadie pueda marcharse in pagar. Me acerco para que la puerta se abra. Si no lo hace será un problema, tal vez el recepcionista de noche no esté en su sitio. ¡Lo que me faltaba! La puerta se abre. Sigo pensando que es raro que se abra desde fuera y no desde dentro. Subo en el ascensor, llego a la habitación. Han dado ya las campanadas. Hago pis, enciendo el televisor, me pongo en pijama y comienzo a comer turrón y beber cava de la botella, a morro. Miro si hay algo interesante, nada. Me lleva un rato acabar con el turrón y la botella. Me entra un dulce sopor. Nada como el cava para emborracharse, es una borrachera suave, casi dulce. Apago las luces y me quedo dormido como un bendito.

LA FELICIDAD ES DEMASIADO TRASTORNANTE PARA PERMITIRLE AL GUERRERO LA CONCENTRACIÓN REQUERIDA A FIN DE USAR LA LUMINOSIDAD DE SU CUERPO Y CONVERTIRLA EN SILENCIO

 

EL DON DEL ÁGUILA

CARLOS CASTANEDA

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